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jueves, 2 de junio de 2011

Comidilla de condominio

Comidilla de Condominio
Leonor Fernández Riva

 Todos los días, Luz Dary, llega puntual al elegante condominio donde presta sus servicios como administradora.   Al pasar por la portería saluda con aire impersonal a los guardias que le responden invariablemente  con un  entusiasta pero respetuoso: “¡Buenos días, doctora!”. Como es  apenas natural, ella nunca se toma el trabajo de explicarles  que es simplemente una contadora.

De unos cuarenta  años, alta, delgada,  rostro afilado, ojos pequeños e inexpresivos, cabello lacio cortado a la altura de las orejas,  cero maquillaje y  gesto apagado,  no hay en la presencia de Luz Dary  nada especialmente atractivo, aunque en aras de la verdad,  justo es decir,  que  tampoco se aprecia  en ella nada particularmente  desagradable. Su atuendo es discreto. Viste siempre con faldas a  media pierna o pantalones rectos de colores oscuros, blusas camiseras de tonos neutros, zapatos bajos  o mocasines.  Nada que sobresalga o impresione.

 Se acostumbró desde siempre al anonimato, a esa especie de ser y no ser que en definitiva le ha deparado una existencia  sin envidias ni celos profesionales. Pasó por el colegio y luego por el instituto donde siguió contaduría siendo solamente una más. Ni buena, ni mala alumna. En ocasiones los mismos profesores olvidaban su presencia y no lograban ubicarla al corregir los exámenes. Muchas veces fue confundida con alumnas más aventajadas, equivoco que le significó mejores calificaciones. Pero, y a pesar de lo que todos pudieran suponer, ella no quería parecerse a sus compañeras más vivaces, más desenvueltas, más simpáticas. Su bajo perfil no la afectaba. Por el contrario, había llegado a sentirse cómoda en esa aparente invisibilidad. Una condición que le permitió  camuflarse entre los demás y observar sin ser observada. 

Hija única al  morir sus padres quedó sola. No tiene amigas íntimas ni parientes cercanos  y   a no ser por unos pocos flirteos fugaces de su juventud y el acoso de un  jubilado que cree  ver  en ella el alivio para su vejez,  las páginas sentimentales de su diario no tendrían nada que contar.  Su vida entre el condominio y su apartamento discurre plana y sin matices con  invariable semejanza.

Los propietarios del  condominio,  que ven en ella una persona eficiente y responsable,  la tratan con indiferente cordialidad. Si se la encuentran  o acuden a su oficina para cancelar las cuotas mensuales  le dirigen un  escueto saludo y una sonrisa  a  flor de labios. Tan solo el presidente  de la Junta Directiva y algunos de sus  miembros con los que necesariamente se reune cada mes, tienen con ella algún trato. Luz Dary sabe que para todos es solo “la administradora” y que su vida personal les tiene sin cuidado. Pero eso no la afecta. Se siente  a gusto con este tipo de relación. Conoce las vidas de cada uno de los residentes, muchas de ellas complicadas tanto en lo económico como en lo afectivo,  y ellos en cambio, no saben nada de la suya. De manera opaca, sin nada que alegre especialmente su corazón, pero también sin nada que lo turbe, transcurren invariablemente los días de Luz Dary, la administradora. Aparentemente, los sentimientos y afectos no hacen parte de su vida ni de sus prioridades.

Así las cosas,  sucedió que en aquel condominio debieron en algún momento  acometer una obra de gran magnitud. Una obra costosa y  compleja. Hacía ya un tiempo se habían detectado profundas fisuras en algunas de las losas exteriores que servían de techo a los parqueaderos. Cuando llovía el agua se filtraba a chorros perjudicando a los propietarios de los vehículos cuyo estacionamiento coincidía con la bendita falla.  La cosa iba de mal en peor, la humedad podía llegar a afectar los mismos cimientos. El edificio entero peligraba. Se hicieron exhaustivos estudios y se recibieron numerosas  propuestas. No era fácil decidirse; el trabajo requería mucha exactitud y era también muy costoso. Al fin, después de muchas juntas y análisis,   fue aceptado el proyecto que a juicio de la administración reunía las mejores condiciones de costo y beneficio.

Cada vecino debió colaborar con una elevada cuota extra  y el edificio en bloque, salir de los ahorros destinados para afrontar  imprevistos. Pero como todo  llega a su  término, por  fin,  un  día,  se logró recolectar los varios cientos de millones que se precisaban para iniciar la obra.

Esta vez, Luz Dary  dio  también muestras de  efectividad en el recaudo y  gran prolijidad en el  informe. A pesar de las dificultades todo estaba saliendo de acuerdo a lo planificado.

Y todo hubiera seguido bien de  no ser por el cambio de guardias  que realizaba cada cierto tiempo la compañía de seguridad contratada para vigilar el edificio. Uno de los nuevos vigilantes llamado John Jairo, literalmente revolucionó la población de domésticas del lujoso condominio… y a una que otra propietaria. Y con bastante razón.  De no más de treinta y cinco años, alto, musculoso, piel tostada por el sol,  rostro enérgico de rasgos viriles,  ojos negros y profundos y sonrisa cautivadora, aquel vigilante era lo que suele decirse, un chico muy bien plantado.  Y lo más sorprendente, no parecía  darse cuenta del revuelo que su presencia causaba. Siempre, cortés, siempre respetuoso y correcto. Una actitud que aumentaba su encanto.

De un momento a otro y sin que nadie se apercibiera, la  presencia de Luz Dary, la administradora, empezó a experimentar sutiles cambios. Un día, se pintó tenuemente los labios; otro, llegó con una blusa  coqueta; días después, con hermosas sandalias de tacón alto.  Pero lo más inusitado y que sin embargo  pasó desapercibido para todos  fue una llamita  que empezó a iluminar  su antes apagada  mirada. Por primera vez en su vida, Luz Dary estaba enamorada...pérdidamente  enamorada.

La firma del contrato con la empresa constructora y el consiguiente desembolso se fijó para después de Semana Santa.  El Consejo en pleno  se despidió de sus actividades  unos días antes de la festividad religiosa y luego de desearse mutuamente unas vacaciones tranquilas y familiares fijaron la prioritaria reunión para la siguiente semana.

Al pasar el largo feriado, fue notoria la ausencia  de Luz Dary.  A todos les extrañó  pues era algo que nunca había ocurrido. Nadie sin embargo se inquietó y el hecho se atribuyó a algún problema de salud. Algunos propietarios hasta comentaron que  últimamente había trabajado mucho,  que se la veía más delgada y que su mirada a ratos parecía afiebrada. Como no fue posible contactarla  por teléfono decidieron esperar. 

Pero al tercer día de ausencia se dispararon las alarmas. El Presidente del Consejo de Administración tuvo un mal presentimiento. Acudió al banco y  comprobó que todo el dinero había sido transferido días antes del feriado a la cuenta de la administradora; cuenta que por supuesto,  en ese momento  estaba ya también en blanco. No se pudo realizar ningún reclamo, el dinero se había transferido por internet  con las claves respectivas y en sucesivas entradas.

A pesar del intenso operativo desplegado por la policía para localizarla, no se pudo dar con el  paradero de Luz Dary. Prácticamente nadie en el barrio en que vivía la recordaba. Pocos habían reparado en su presencia. Tal parecía que nunca hubiera existido.

La  última  pista que se tuvo de ella  fue precisamente en la portería del edificio. Esa tarde al despedirse de los guardias la administradora se había mostrado inusualmente amable. Se la notaba  alegre. Les deseó un turno  tranquilo durante el  feriado y les enfatizó con una sonrisa -que luego de los acontecimientos ellos calificaron de irónica-: “Estén atentos, muchachos,  no hay cómo descuidarse,  hay   mucha inseguridad en la ciudad”.

 Nadie  conoció nunca las  visitas de Luz Dary al  apartamento de John Jairo durante las semanas que antecedieron a los acontecimientos. Nadie tampoco se percató de la pasión que la embargaba. La administradora, presa de un sentimiento  que nunca antes había experimentado, era dócil arcilla manipulada a voluntad por  su amante quien no  tuvo dificultad en convencerla: "Son ricos. No tienes  por qué guardar fidelidad a gente que te desprecia. Será un juego de niños. El  largo feriado  nos dará tiempo para   ponernos a salvo. Amor, nos espera una vida de dicha sin nombre".

Y soñando con eso, Luz Dary  acudió feliz esa tarde,   después de dejar su trabajo,  a esa última cita. 

Nadie  relacionó  el cadáver desnudo  que fue encontrado días después en el  río crecido por las lluvias, con el cuantioso desfalco perpetrado  en el condominio. El avanzado estado de descomposición y el ataque de los carroñeros  hicieron imposible la identificación de la infortunada mujer. Para la policía podía tratarse de cualquiera de las muchas mujeres reportadas como desaparecidas en la ciudad.

 John Jairo, el atractivo vigilante,   habría podido  aportar información valiosa al respecto,  pero  a nadie se le pasó por la cabeza relacionarlo siquiera  con la administradora.  Sobre todo cuando  el consenso general acerca de ella era que: "Esa h...e p..a ya  debe estar al otro lado del océano gastándose todo nuestro dinero".

"Sí." piensa  el joven vigilante disimulando una sonrisa. "Te has convertido en comidilla de este condominio, querida Luz Dary. Y esa notoriedad me la debes a mi".

 Y continúa  como si nada, su vida cotidiana. Sigue  asistiendo con   puntualidad a sus turnos en el condominio  y mostrándose con todos amable y correcto. Pero cada tarde,  al volver a su  modesto apartamento,  disfruta  revisando  una y otra vez, con expectativa creciente, los ya  numerosos  catálogos  de viajes."Ya llegará  mi día piensa mordiéndose los labios satisfecho. "Soy  joven, puedo esperar el tiempo que sea necesario". 

 Cuando al cabo de un año  presenta  su renuncia porque según explica: "...debo acompañar y  cuidar a mi anciana  madre que se encuentra muy enferma en una apartada vereda del interior", el sentimiento es general.

 Como lo expresó elocuentemente  una de las señoras del Concejo de Administración:
“Un guardia como John Jairo con su estampa, su  simpatía, su responsabilidad y su corrección ¡no lo volveremos a tener,  nunca, pero nunca! ".


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domingo, 22 de mayo de 2011

El desertor




El noticiero del mediodía informó entre otras noticias de menor trascendencia, que en la tarde anterior una patrulla del Ejército que realizaba un reconocimiento de rutina en una vereda apartada de la Costa fue emboscada por una milicia de la guerrilla conformada por más de doscientos hombres.  Hay  nueve soldados muertos, cinco malheridos y un desaparecido que se cree ha sido secuestrado por los subversivos

Embozado en su puesto de guardia los ve llegar. Son muchos, demasiados. Es preciso alertar a sus compañeros que en ese momento descansan  desprevenidos en el pequeño caserío. Pero el pánico lo paraliza. Ese mismo pánico  que ha sentido en cada escaramuza  desde el instante en que inició  la obligada  conscripción. 

Él no es hombre de armas. Lo suyo es el campo, las siembras, las cosechas,  su humilde pero cálida choza junto a su madre y sus pequeños hermanos. No esta  lucha  contra un  enemigo impredecible, sanguinario y  sin rostro.
Ya están muy cerca. Ahora los divisa mejor.  Deben ser más de doscientos. Los masacrarán sin ninguna duda. La única forma de advertir a sus compañeros  es haciendo un tiro, pero esa sería también su sentencia de muerte. No puede pensar. Sus reflejos responden únicamente al temor infinito que lo domina.
Sigilosamente, tratando de no hacer ruido y sin parar mientes a  los peligros agazapados en el monte, se interna en la espesura.   Cuando cree que ya se ha alejado lo suficiente inicia una desesperada y febril  carrera. Sus piernas semejan alas. Cruza veloz los vados. Corre,  cae, torna a levantarse y  de nuevo a correr. No puede detenerse; sabe que en ello le va la vida.
Y entonces, como una tormenta presentida empieza el fragor. Escucha las explosiones, las incesantes ráfagas, los gritos, las alertas. El sonido de las balas repercute en sus sienes y en su mente. Parece que el combate no acabará nunca

De  pronto, tan intempestivamente como se inició, se hace de nuevo  el silencio. Un silencio ominoso que retumba peor que las balas  en su cerebro. Sabe que sus compañeros ya deben estar muertos. No tenían ninguna posibilidad de sobrevivir.

Viscoso,  como la panza de una serpiente, el remordimiento lo invade  mientras se arremolinan los presagios en un aire que bocanadas infernales traídas por el viento tornan sulfuroso.  El terror y el miedo a la muerte  fueron  más fuertes que su sentido del deber. “Solo aproveché la oportunidad, solo eso. No tenía alternativa. ¿Quién podría culparme?”. Una y otra vez  se repite  lo mismo, pero en su fuero interno sabe que no hay atenuantes. "Abandoné a mis compañeros en el momento crítico; no los puse en guardia. Ahora, soy un  desertor, un cobarde."
Pero ya  no puede retroceder ni detenerse. Es tarde para volver atrás.  Es necesario seguir, seguir huyendo, salvarse. No obstante,  algo se lo impide, un cansancio invencible lo invade,  algo que  no le permite avanzar con rapidez. Sus piernas son como de plomo. Su corazón palpita enloquecido. Un ahogo atirabuzonado trepa por su esófago.
 Una luz agónica se divisa a lo lejos. Es una cabaña. Está cerca de otro ser viviente.  Aprieta el paso. El  canto de un gallo quiebra la soledad opresiva.  La noche observa todo con sus pupilas muertas mientras se aleja  silbando aires lúgubres. Lentamente, los rayos del sol van filtrándose por entre las copas de los árboles.  Amanece.
Víctima de súbita flojedad se recuesta en un tronco. El corazón bate en su cárcel con ritmo acelerado: las sienes le arden; la respiración fatigosa se manifiesta en incoercibles estertores.
Inútilmente ha tratado de  escapar  a su destino. Más le valdría haber muerto en combate. El remordimiento y la vergüenza  lo acompañaran por siempre acechándolo con refinada malignidad. Solo existe una forma de escapar. Solo una.

–¡Perdóname, madre! –murmura preso de la angustia que lo ahoga. 
Desde la pequeña ventana de su rancho, la  pareja de indígenas lo observa temerosa. La presencia de un soldado solamente  representa para ellos peligro; los violentos podrían malinterpretarlos. La guerrilla es  allí la única ley.  No saben qué hacer, no se atreven a salir.  
Espantados  advierten el gesto ineluctable del soldado que con los ojos cerrados toma su pistola y  la aproxima a sus sienes.  La detonación quiebra estruendosamente el sosiego  de la madrugada campesina.
 El miedo y el remordimiento  han quedado atrás. El cielo se ha tornado más puro  como vaciado en vidrio. El sol se agranda en el horizonte. Después de todo, esta será una hermosa mañana.