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viernes, 13 de septiembre de 2013

Un verano inolvidable


 


Aquel verano, de hace ya tantos años, fue para mí realmente inolvidable. En aquel entonces vivía con mis padres y hermanos pequeños en un sector tradicional de la ciudad, que por esos días había empezado a tomar un cariz comercial y bullicioso. Esta circunstancia, negativa para la mayoría de residentes, era en cambio para mí, que siempre tuve una tendencia innata a ver en todo una aventura, una excitante novedad. Muchos negocios interesantes y curiosos se abrían todos los días en cada calle. En la casa de la esquina, por ejemplo, instalaron de la noche a la mañana una panadería que siempre olía a pan acabadito de hornear; en la de más allá, una joyería, cuyo propietario era un señor mayor que se pasaba agachado sobre un escritorio arreglando relojes con unos lentes de aumento especiales (lentes que siempre me fascinaron y formaron parte durante varias navidades de la lista no contestada de pedidos al Niño Dios); en una edificación un poco más alejada se instaló una cacharrería provista de gran cantidad de variopintas mercaderías, caramelos y golosinas, las cuales se convirtieron en mi permanente y frustrante tentación; más allá, un café, un bar y una tienda, y por todas partes, un sinnúmero de tipografías que iban dando al barrio un toque particular.

Nuestra casa era también una tipografía, una tipografía cuyos equipos se habían ido tomando todos los espacios. A mis hermanos y a mí, esta circunstancia no nos causaba ningún problema; así era nuestra vida y ya estábamos adaptados al ruido de los equipos, a la tinta, a los operarios y al continuo tránsito de clientes. Era esa una forma de sincretismo en la que por la fuerza de las circunstancias se mezclaban nuestra vida cotidiana con los trabajos gráficos que mi padre elaboraba. La casa se había ido adaptando para taller y no había en ella un jardín ni nada que se le pareciera. A mí que desde muy niña sentí predilección por los árboles y las flores, esa circunstancia sí me resultaba frustrante. En cierta ocasión, y llevada por el deseo de tener un pequeño jardín, gasté mis pocos ahorros en un sobrecito de semillas de girasol, las cuales sembré en un pequeño espacio de tierra que había en el patio de tender la ropa. Las plantas crecieron altas y fuertes. Cada mediodía observaba fascinada las corolas amarillas siguiendo perseverantes los rayos de sol que se filtraban por entre los tejados de las casas vecinas. Pero esas semillas no fueron una buena elección, eran plantas muy grandes para un espacio tan pequeño y al poco tiempo se poblaron de unos gusanos negros repulsivos que llevaron a mi madre a deshacerse rápidamente de mi sembrado. Ella, sin embargo, comprendiendo mi anhelo de naturaleza, me animó a que fuera con mis hermanos cada mañana del verano hasta el parque situado a pocas cuadras de nuestra casa. Esa idea me encantó y de inmediato la puse en práctica.

Eran aquellos, unos días espléndidos, llenos de luz, en los que el sol aparecía muy temprano en el horizonte. Días que invitaban a disfrutar con intensidad la alegría de las vacaciones. Cierto que la lectura era ya desde esos tiernos años mi verdadera pasión, pero era imposible quedarme leyendo y encerrada en las cuatro paredes de mi cuarto si afuera brillaba el sol y todo invitaba a la algarabía y al jolgorio. Ante la ausencia de visitantes, el parque cercano era solo nuestro y a él acudíamos en jorga con los chicos del barrio y unas ansias locas de jugar, de saltar, de correr y divertirnos. ¡Y cómo nos divertíamos! Eran momentos llenos de gozo y alegría. Estábamos en esa edad en la que poco a poco íbamos dejando de ser niños para convertirnos en adolescentes, pero en la que todavía la euforia, la curiosidad y la energía de la niñez nos acompañaban.

Una de esas mañanas al llegar al parque, conocimos a Benjamín. Nos topamos de pronto con él, acostado en un claro, con los brazos abiertos y los ojos cerrados recibiendo de frente los rayos del sol. Al percibir nuestra presencia abrió los ojos y nos sonrió.

–Hola, ¿cómo te llamas? –le preguntamos.

–Pueden llamarme Benjamín –nos contestó.

–¿Qué estás haciendo? –me atreví a preguntarle.

–Recargándome –respondió enigmático.

Nos quedamos un poco desconcertados por su actitud, pero luego, con la naturalidad con la que hacemos amigos en la infancia, lo hicimos parte de nuestros juegos. De inmediato se hizo amigo de todos.

Nuestras edades fluctuaban entre doce y trece años, y si bien él parecía tener también la misma edad, se veía más maduro. Desde el primer momento tuve la impresión de que era diferente. Rubio, de facciones finas y hermosos ojos verdes, me atrajo de inmediato. Me encantó, para qué negarlo. Fue como el despertar de mi corazón. Los paseos al parque tuvieron entonces un nuevo atractivo. Sin apenas darme cuenta empecé a preocuparme por mi apariencia. Era yo una preadolescente desgarbada que no ponía atención en su apariencia; no tenía todavía ese tipo de preocupaciones. Pero, a partir de la llegada de Benjamín, la vida, sin darme cuenta, empezó a complicárseme al intentar aparentar un atractivo del que carecía. Vale acotar, por supuesto, que Benjamín ni siquiera me tomaba en cuenta. Para el caso, era yo otro muchacho, casi con las mismas habilidades acrobáticas que mis hermanos varones.

 Como era nuestra costumbre, antes de retornar a nuestro hogar, al mediodía, nos tirábamos bajo un gran samán y allí hablábamos de la última historia que habíamos leído o de la última película que habíamos visto. Por aquella época no había una lista tan grande de superhéroes, nos fascinaban las aventuras de Supermán, de Tarzán de los monos o de Mandrake el mago, y con esos y otros pocos personajes de ficción, recreábamos mil aventuras.

Pero Benjamín sí tenía otras historias que contar. Hablaba con sorprendente propiedad de muchas cosas. Era apasionante escuchar sus relatos y sobre todo, sus sueños. Con la credulidad que ponemos en todas las fantasías cuando somos niños, ninguno de nosotros ponía en duda sus historias. Nunca le preguntamos dónde vivía ni con quién; no nos preocupaban esas minucias, pero en cambio, nos encantaba escucharlo hablar con fervor de las estrellas y especialmente de un planeta llamado Auri situado en un extremo de la Vía Láctea, al que nos decía viajaría en un futuro próximo.

–Hay cosas maravillosas esperándonos allá arriba a los que tengamos el valor de arriesgarnos –nos dijo un día.

–¿Arriesgarnos a qué, Benjamín?  –le pregunté.

 –A sufrir–me contestó.

No supe qué más decirle, aunque su respuesta no me aclaró nada.

Otro día al observar el tronco del samán nos habló de las apariencias de los seres con los que convivimos.

–No todo es como parece. Si tuviéramos el lente de Loxvef, el auriano, veríamos todo de una forma diferente. Los árboles, por ejemplo, están habitados por seres fantásticos que ahora mismo nos observan. Pero Loxvef ya no está aquí –y añadió pensativo- él también eligió partir.

–¿Partir adónde? –pregunté.

–A las estrellas. Al infinito.

–¿Y cómo podemos viajar hasta allá? –volví a preguntarle.

–Con el ferviente deseo de tu corazón –me contestó y se levantó de inmediato invitándonos a jugar una lleva bulliciosa antes de despedirnos.

Los días de vacaciones se acababan, pronto volveríamos a clases.

Una mañana en la que el sol salió titubeante en medio de oscuras nubes que presagiaban una tarde de lluvia, volvimos a reunirnos. Conocedores de que ya no tendríamos mucho tiempo para conversar, acortamos los momentos del juego y nos tumbamos bajo el gran samán.

–Pronto me iré y tal vez no volvamos a vernos chicos. Los humanos no deberíamos crecer. Solo en la niñez se puede  jugar con tanta alegría y soñar en cosas fantásticas.

 A pesar de mi gran atracción por aquel chico, lo mío era solo un sueño de niña grande en el que todavía no tenían nada que hacer las hormonas ni la libido. Algo limpio y puro, un sentimiento de admiración y compañerismo. No pude evitar preguntarle:

–¿Por qué tienes que viajar a las estrellas si puedes viajar por el mundo, Benjamín?

Me miró con una sonrisa.

–Inteligente pregunta, Leonor. ¿Sabes que tu nombre significa luz?

 Mira, lo mío es un sueño y los sueños no tienen lógica. Viajar por el mundo no me interesa porque son muy pocos los lugares que no están contaminados por el espíritu malsano del hombre.

–¿Crees que nosotros también podríamos hacerlo? –volví a preguntarle llena de curiosidad.

–Estoy seguro, pero deben intentarlo pronto porque al crecer sus sueños perderán la fuerza que les da la fe. Cuando lo hagan, voy a estar esperándolos. Nunca dejes de soñar  –añadió, dirigiéndose a mí.

No pudimos hablar más. De un momento a otro se desgranó un torrencial aguacero acompañado por intimidantes rayos. Sabíamos que era peligroso refugiarnos bajo el árbol y nos despedimos a la carrera procurando llegar rápido a un lugar techado. Desde lejos contemplé a Benjamín que impertérrito bajo la lluvia seguía despidiéndose de nosotros con una mano mientras que con la otra nos señalaba el firmamento.

No pude volver ya al parque en esas vacaciones. El verano había terminado y la presencia de la lluvia fue ya constante.

Nunca volví a ver a Benjamín. Desapareció de mi vida tan imprevistamente como había aparecido. No volví tampoco a ese parque, ni a ningún otro; nos mudamos de casa al poco tiempo; crecí y poco a poco, casi sin darme cuenta, fui perdiendo esa loca y vibrante ilusión por el juego y las travesuras.

A veces, sin embargo, al observar el cielo en las noches tratando de seguir, cual los girasoles que un día sembré, el viaje efímero de las estrellas fugaces, pienso que allá muy lejos, donde solo los sueños logran llegar, hay un recuerdo inolvidable de mi infancia que continúa esperándome.

Leonor Fernández Riva

Viernes 13 de septiembre de 2013



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