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sábado, 29 de junio de 2013

Por mano ajena




niños arabe y judio abrazados

Hermanos de sangre
Leonor Fernández Riva



Aquella mañana Farid y su familia se levantaron un poco más temprano de lo usual. Ese día se celebraba en el mundo musulmán la festividad del Eid-al-Fitr con la cual los musulmanes ponían fin al ayuno del Ramadán.

Junto a su esposa Nadima y sus pequeños hijos, Farid entonó con especial fervor la oración del alba y luego, en un ambiente de mucha alegría, dieron cuenta del contundente y delicioso desayuno que Nadima había preparado para la ocasión: empanaditas de pollo, aceitunas, tahini de garbanzo y de berenjena, quipes, pan de pita, tabule... Según la tradición, sus hijos Fátima y Bassin de ocho y diez años recibieron también sus esperados regalos. Era esta una celebración que los niños musulmanes esperaban cada año con gran expectativa y alborozo. Aunque hacía ya más de quince años que Farid había emigrado de Palestina procuraba continuar cumpliendo con gran fidelidad las tradiciones musulmanas que habían hecho parte de su vida desde niño.
Como muchos otros jóvenes palestinos, Farid empezó a pensar en dejar su patria desde el momento en que el conflicto con Israel pareció no tener salida y el ambiente en su país se fue enrareciendo y colmándose de presagios cada vez más negativos y frustrantes. Con dolor había tenido que admitir que en su patria solo le aguardaba un futuro incierto. En tal estado de ánimo bastaba un pequeño empujón para decidirlo a viajar a otras tierras, y eso ocurrió cuando Hassan, un tío suyo hermano de su madre, quien se había radicado años antes en un país suramericano le propuso sufragar su viaje, con la condición de que le colaborara durante algún tiempo en la administración de uno de sus almacenes pues para esa labor no confiaba en la gente de aquel país.
Farid no lo pensó dos veces. Arregló sus cosas y viajó lleno de expectativa a su nuevo destino. El choque cultural no fue tan grande como había imaginado pues en esa tierra en apariencia tan diferente de la suya, encontró muchas similitudes tanto en la idiosincrasia de sus gentes como en sus costumbres. Desde luego, existían muchas diferencias culturales sobre todo, en su religión y en la forma de tratar a la mujer, pero Farid era joven y flexible y se adaptó a su nueva vida en poco tiempo.

Desde el primer momento se ocupó con gran diligencia de colaborar en todo lo que podía con su tío. Deseaba reintegrarle en el menor tiempo posible el dinero que había invertido en su viaje. Poco a poco, al paso del tiempo, fue conociendo las particularidades del negocio y proyectando expectativas para su vida futura.
Su tío, llegado a América varias décadas atrás, debió abrirse camino con mucho esfuerzo. En un principio vendió por las calles telas, hilos, peines, polvos para la cara, perfumes, pomadas, espejos, collares y un sinnúmero de variopintas mercaderías, hasta que con el paso de los años, pudo instalar su propio negocio. Los palestinos que llegaban ahora al país, como en el caso de Farid, tenían muchas circunstancias a su favor pues por lo general lo hacían como parte de las cadenas de ayuda que se formaban entre compatriotas ya residentes, y los amigos o parientes a los que invitaban a viajar y radicarse en el país con el fin de que les colaboraran en sus negocios.
A los cinco años de su llegada, Farid se casó con Nadima, bella joven perteneciente a una familia de prósperos inmigrantes libaneses. Fue un matrimonio realizado por amor pero que deparó a los contrayentes una alianza no solo sentimental sino también económica. A partir de ese día, Farid contó con suficiente capital para montar su propio negocio y hacer realidad el sueño que había ido albergando en su corazón durante todos esos años: dedicarse a la fabricación de zapatos en serie. Tenía algo de experiencia pues en Jenin, su tierra natal, había laborado en una fábrica de zapatos muy reconocida. En los siguientes cinco años montó su fábrica y de manera simultánea  abrió en el centro de la ciudad un almacén dedicado a la venta de sus productos. No tenía pretensiones, lo suyo era calzado bonito y económico para estratos medios y populares. Un nicho muy grande.

Al lado de su negocio había un muy bien surtido almacén de telas de propiedad de un ciudadano judío de nombre Amir el cual no le simpatizaba en lo absoluto.

Amir Neshem era un destacado empresario considerado en la comunidad judía askenazi a la cual pertenecía, como uno de sus mejores miembros y un esposo y padre ejemplar. Sus padres habían viajado a Suramérica  buscando  un lugar tranquilo para vivir a la espera de que terminaran en Europa los estragos producidos por la persecución antisemita durante la Segunda Guerra Mundial.

Aunque en un principio los Neshem pensaron que su estancia en aquel país sería circunstancial y solo mientras todo volvía a la normalidad, con el paso de los días se fueron adaptando y acostumbrando a su nuevo entorno; el tiempo fue pasando y las nuevas generaciones, llegadas muy pequeñas a ese nuevo destino sintieron ya esa tierra como propia. Eso había pasado con Amir.

Los padres de Amir  debieron recorrer un largo camino sembrado de dificultades antes de lograr instalar su propio negocio de venta de textiles. El almacén, ahora muy próspero, estaba situado en el centro de la ciudad en un sitio de mucho tránsito de personas. Un nicho estratégico.

Amir se había casado hacía ya quince años con Abigail, una bella joven perteneciente a la comunidad judía sefardita. Los dos guardaban con gran celo las costumbres hebreas de su pueblo basadas en el ordenamiento bíblico para cada una de las situaciones de la vida. Su matrimonio se realizó de acuerdo al rito tradicional en el que al final de la ceremonia se rompe un vaso envuelto en un pañuelo blanco para recordar que el Templo Sagrado está destruido. En su hogar se observaban con gran rigor las normas de la Torá en cuanto a la presentación y preparación de los alimentos y solo se consumían las carnes “kosher”. Cada semana los esposos Neshem asistían a la sinagoga en compañía de Ajshalom y Daniel, sus hijos, de catorce y doce años, circuncidados al nacer y a quienes habían educado de acuerdo  a las costumbres tradicionales judías. A los dos años los iniciaron en el aprendizaje del álef-bet, el alfabeto hebreo; en esas ocasiones solían ponerles miel en su lengua para enseñarles que aprender es dulce y vital. A los cinco años los introdujeron en la lectura de la Biblia y a los diez, en la del Misná, la tradición oral judía. Al cumplir los trece años de edad, Ajshalom celebró la ceremonia del Bar-mitsvah que lo convirtió en un judío adulto, responsable de sus actos.

Aquella mañana, Amir se levantó un poco más tarde de lo habitual pues la noche anterior había celebrado hasta pasada la media noche junto a su esposa Abigail, sus hijos y otros parientes y amigos la festividad del Rosh Hahaná o “comienzo del año judío” Luego de las oraciones vespertinas y del toque del corno o shofar de carnero en la sinagoga -tradición imprescindible en esa festividad- los invitados concurrieron a su hogar para degustar una cena digna de la ocasión compuesta por platos simbólicos como las manzanas, la miel, los dátiles, las espinacas, los fríjoles negros,  y otros más elaborados,  como el tabule, el falafel y el arroz con pollo y almendras en los que Abigail era toda una experta.

Comentando las últimas noticias llegadas de Israel acerca del grave peligro que corrían sus parientes y amigos, cercanos a la Franja de Gaza,  a causa de los numerosos y continuos proyectiles lanzados desde los enclaves Palestinos, les dieron las primeras horas de la madrugada. Estaban preocupados pero a la vez indignados y furiosos. La frase de la Primera Ministra Golda Meir quedó flotando en todas sus mentes:  “ Solo podremos tener paz con los árabes cuando éstos amen más a sus hijos de lo que nos odian a nosotros”.

Esa madrugada, el sol apareció muy temprano en el horizonte como presagio de una bonita mañana. Luego de la celebración del Eid-al-Fitr realizada en la mañana con su familia, Farid, el palestino,  se dirigió en auto a su almacén. Bassin, el mayor de sus hijos, insistió en acompañarlo. Algo que le complacía. Era bueno que su hijo fuera aprendiendo el negocio.

 A pesar de que a Farid le hubiera gustado quedarse en casa ese día, las ventas habían estado tan flojas en los últimos meses que no podía darse el lujo de descuidar ni un solo día su almacén de calzado. La competencia llegada de China era demasiado desigual. Por todas las calles se vendían zapatos chinos a precios irrisorios. Las personas ya no apreciaban la calidad. Lo único que querían era estrenar a bajo costo aunque lo que adquirieran no durara sino unos cuantos días.

Pero no era solo eso lo que le preocupaba. Las noticias llegadas de Palestina no eran tranquilizantes. El ejército israelita había incursionado en las poblaciones fronterizas y el día anterior se habían producido varios muertos y muchos heridos. Temía por familiares cercanos y amigos. Por unos momentos sintió de nuevo la nostalgia su tierra, de su gente...Volvió a ver el cauce sereno del río Jordán y sus orillas plantadas de lirios y de sauces. Lanzó un suspiro. Ya habían llegado. Estacionó su auto en el parqueadero y cruzó la calle con Bassin para ingresar a su negocio. Todavía no llegaban las empleadas. Se sentó detrás del mostrador, tomó su tasbih y empezó a pasar las cuentas: Allah, Dios; ar-Rajman, el Misericordioso; al-Malik, el Rey;  el Santo, al Quiddúsas Salám, la Paz; al-Mu´min, el Creyente…, los noventa y nueve nombres de Dios. Efraín,  entretanto, se puso a jugar con el computador.

A los pocos minutos vio entrar al parqueadero a su próspero vecino, el judío Amir. No pudo evitar un gesto de rabia. Por otros como él, sufría su pueblo. Por otros como él, vivían muriendo miles de compatriotas. Pero al judío Amir todos lo respetaban. "Al perro que tiene dinero, se le llama señor perro”, pensó con un sentimiento parecido al odio.

–Hola, baisano, –saludó sin embargo,  procurando suavizar su gesto al verlo pasar frente a su puerta.
–¡Shalom, paisano! –respondió Amir, con gesto impersonal. Al contrario de Farid, él sí pronunciaba sin acento el español. Abrió los candados y seguridades de su almacén de telas con la ayuda de uno de sus empleados que ya le estaba esperando y se dirigió a su escritorio.

– ¡Qué cosa tan incómoda, tener mi negocio al lado de este bastardo palestino que se ve que me odia! –pensó con rabia– Y tenemos que convivir así, tan cerca y vernos irremediablemente todos los días. Algo parecido a lo que les toca vivir a nuestros hermanos allá en Gaza. ¡En fin! No vale la pena dañar este día con pensamientos malsanos. Se concentró en las cuentas y trató de ignorar a su molesto vecino.

 De pronto escuchó una algarabía que venía del negocio de al lado. Era Farid, el palestino, quien angustiado increpaba a voz en cuello a un hombre de mala catadura que intentaba llevarse a la fuerza a Bassin en una motocicleta mientras otro le tenía amenazado con un revólver. Un secuestro, sin lugar a dudas. Los reflejos de Amir siempre en guardia respondieron de inmediato; sin pensarlo dos veces, sacó su revólver del escritorio y se dirigió rápidamente hasta el de la motocicleta que ya tenía al chico agarrado y listo para arrancar:

–¡Malnacido! ¡Suelta inmediatamente al niño o te parto de un tiro!

Su gesto decidido no dejaba lugar a dudas. Con un gesto de ira, el hombre soltó al chico que corrió llorando a los brazos de su padre.

Los dos hombres se dieron rápidamente a la fuga, pero no sin antes descerrajar dos tiros sobre Arin que cayó pesadamente al pavimento en medio de un reguero de sangre.

Despertó en la sala de cuidados intensivos del hospital. Había estado tres días  entre la vida y la muerte.
A su lado se encontraba el médico que le había atendido en los primeros momentos.

-¡Bienvenido! – le dijo con gesto de alegría. Casi se nos va. Perdió usted mucha sangre pero ya está fuera de peligro. Gracias a Dios, su hermano estaba aquí y pudo donarle su sangre. Una sangre difícil de conseguir. Fue providencial lo de su hermano.

–¿Mi hermano? –preguntó extrañado y con voz débil Amir.

–Sí. Creo que se llama Farid. Estaba muy angustiado por usted. ¿Es su hermano, verdad?

–Sí  -musitó Amir–.  Y  añadió con una sonrisa que iluminó su pálido rostro– Es mi hermano...


 


Amigos lectores: Sé que me leen en muchas partes del mundo, me gustaría conocer cómo les parecen mis cuentos. Les voy a agradecer mucho si me dejan un comentario o si me escriben a mi email que es: almaleonor@gmail.com    
 Gracias


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 Un río llamado Nostalgia

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viernes, 14 de junio de 2013

El destino






La noticia acaparó durante varios días las primeras páginas de los diarios: el avión de pasajeros con destino a la Florida había caído al mar. No había sobrevivientes. Entre los desaparecidos -casi todos suramericanos- se contaban tres miembros de una misma familia.
 


El destino

Desde el  momento de asumir la gerencia de la importante empresa, Amparo Arellano se propuso conocer a todos sus empleados y ser para ellos una gerente con verdadero sentido social. No obstante, y a pesar de completar ya casi un año de gestión,  algunos operarios de la inmensa planta le eran todavía desconocidos. Tal era el caso de Ramírez, uno de los mecánicos del taller, quien probablemente habría continuado desapercibido para ella durante mucho tiempo de no ser por una circunstancia fortuita. Ocurrió que cierto día el aire acondicionado de la gerencia tuvo un desperfecto y fue precisamente Ramírez quien acudió a revisarlo.

–Con su permiso, doña Amparo –la saludó al presentarse– Buenos días. Soy Ramírez, el mecánico, para servirle. Vengo a revisar el ducto del aire acondicionado; no me demoraré mucho.
A primera vista, aquel operario no le hizo a la gerente muy buena impresión. Cierto es que era un técnico  y que su labor consistía en mantener en buen funcionamiento los aires acondicionados y otros equipos de la empresa, pero tal parecía que nunca se cambiaba el overol. Alto y de contextura recia, se mantenía un tanto encorvado mientras le hablaba. Su rostro, curtido por el sol y de rasgos bien delineados, parecía no haber sido rasurado en varios días, y sus manos lucían descuidadas y ásperas.

–Siga no más, Ramírez –repuso– Ojalá encuentre rápido el daño porque ya me estoy asando en este calor.
Ramírez asintió con un movimiento de cabeza y de inmediato puso manos a la obra. Sobre el escritorio dejó el folleto de instrucciones del equipo. Amparo Arellano lo tomó como al descuido y al pasar sus páginas cayó en la cuenta de que estaba escrito  en inglés.

–¿Sabrá usted inglés, Ramírez? -le preguntó con una sonrisa maliciosa que el operario no vio pues se encontraba subido en una escalera examinando el ducto.
–Sí, doña Amparo –respondió– Lo hablo y lo escribo perfectamente, pero le confieso que eso es algo que ni yo mismo sabía hasta hace muy poco.

Ante esa respuesta, Amparo no pudo evitar pensar que aquel obrero le estaba tomando el pelo y guardó silencio un poco molesta por lo que le pareció una falta de respeto. Se abstrajo entonces de su presencia y se concentró por completo en revisar sus correos. El hombre notó su reacción pero no dijo nada. Antes de que se marchara, Amparo lo retuvo un momento:
-Ramírez, no es apropiada la manera como se presenta usted al trabajo. Sé que sus labores son pesadas y que debe realizarlas en espacios llenos de polvo y de herrumbre, pero quisiera verlo más limpio. Tenga en cuenta que así como uno se presenta lo tratan y para que se gane el respeto de sus compañeros debe usted mejorar su presencia. Además, transita usted por toda la fábrica y a veces hay clientes. Eso no da buena impresión.

–Gracias doña Amparo por su recomendación, que sé la hace solo por mi bien, pero le aclaro que este overol no está sucio sino curtido; no me han dado más dotación este año y solo tengo dos.
–¿¡Cómo es eso, Ramírez!? ¡Mañana mismo doy la orden de que le suministren nueva dotación! Quiero verlo bien presentado.

–Es usted muy amable, doña Amparo –le respondió con un esbozo de sonrisa que no logró alegrar la expresión apagada de sus ojos.
Pero ya el gusanillo de la curiosidad le había picado a la gerente. Algo en ese operario le resultaba enigmático y solicitó su hoja de vida a la encargada del Departamento de Recursos Humanos:

 –Lo lamento, doña Amparo -expresó con evidente preocupación la encargada del departamento cuando la gerente la interrogó al respecto - No existe en nuestro archivo la hoja de vida de Ramírez. Cuando asumí el cargo hace dos años, él ya estaba aquí. Parece que fue contratado sin seguir los trámites normales. Entró con Jairo, el discapacitado auditivo, como parte de la cuota social que debe llenar la empresa cada año. Hacía parte de un grupo de desplazados a los que el Ministerio de Bienestar intentaba ubicar. Según entiendo, en un ataque de los violentos a una población de la costa fue herido en la cabeza y a raíz de eso perdió la memoria. No se sabe ni siquiera con certeza si la cédula que portaba al momento de ser encontrado vagando por el monte es la suya. La fotografía no parece corresponderle, aunque ya sabe usted como son esas fotos. Ingresó como ayudante de despachos con el sueldo mínimo, pero al poco tiempo se dieron cuenta de que tenía habilidades como mecánico y lo han seguido utilizando cada día más en esa labor. Sigue sin embargo ganando el mínimo, nunca ha pedido un aumento de sueldo. Lamento decirle doña Amparo, que esta contratación ha sido del todo irregular; créame, había pensado hablar con usted para ponerla en conocimiento del asunto, pero con tantas anormalidades como he encontrado en esta sección y con lo ocupada que usted se mantiene había ido dilatando el asunto. Para su tranquilidad sin embargo, debo decirle que Ramírez es un hombre muy tranquilo, un eficiente mecánico y en opinión de todos una buena persona. No confraterniza con sus compañeros en cuestiones de farra y de trago pero no se lleva mal con nadie. Llega siempre a tiempo y es el último en irse. No pone tampoco reparos en venir los domingos y los días de fiesta. Uno siempre puede contar con él. He llegado a pensar que su única actividad es venir a la fábrica.
–Gracias, Diana, y dígame; ¿se sabe dónde vive?, ¿tiene mujer, familia?

 -Vive solo, doña Amparo. Tengo entendido que arrienda por aquí cerca un cuarto en una casa de familia. No se le conoce ningún familiar. Tal vez eso sea también consecuencia de su amnesia, ¿no lo cree usted?

 –Sí, Diana. El hecho de que no recuerde su vida pasada es un poco inquietante. Me sorprendí el otro día cuando me enteré de que sabía inglés.

–Así es doña Amparo. Él, es realmente el único aquí que sabe hablar y leer en inglés. Digo, fuera de usted. Y viera que eso lo descubrimos hace poco. Creo que ni él lo sabía. Ahora todos lo buscan para traducir los catálogos. El otro día nos descrestó hablando en inglés con el técnico que vino de los Estados Unidos a instalar el último equipo. Pero es un hombre sencillo, no hace ostentación de eso ni de nada. ¿Y sabe qué? Me parece que cada día que pasa recuerda algo más de su vida pasada.

 - Bueno, Diana, según parece este Ramírez es un cofre de sorpresas. Ojalá recobre pronto la memoria tal como usted piensa. ¡Ah! Y no se olvide de entregarle una nueva dotación, lo he visto muy mal presentado.

 No se volvió a hablar del asunto y doña Amparo, enfrascada en el manejo de la empresa, olvidó el tema. El tiempo siguió pasando. Los acontecimientos, pequeños unos, trascendentes, otros, consecutivos, todos, se fueron encadenando en esa infinita rutina de proyectos y realizaciones, éxitos y fracasos que son el día a día en los negocios y en la vida. Un día, Diana, la encargada de Recursos Humanos le comunicó a la gerente que Ramírez hacía ya una semana no iba a la empresa. No se había podido comunicar con él y temía que le hubiera pasado algo. Amparo Arellano recibió esa noticia con sorpresa y dedujo que el empleado aquel de seguro había encontrado un trabajo mejor.

–Si no le ha pasado nada, Diana, y se trata solo de abandono del puesto tendrá usted  que dejar eso asentado en su hoja de vida. No vaya a ser que mañana nos reclame una indemnización a la que no tiene derecho. 

 Ese día había sido especialmente difícil y por primera vez desde que asumió la gerencia, doña Amparo  debió reconocer con humildad que no era nada fácil llevar a la realidad su utópica ilusión de ser una gerente con responsabilidad social. El mercado estaba deprimido, la fábrica cada día producía con costos más altos. La competencia era agresiva y las ganancias cada vez menores. No era fácil mantener contento al personal sobre todo cuando la situación no permitía subir ni nivelar los sueldos. Probablemente, muchos buenos empleados preferirían, como Ramírez,  tomar otra opción.

 Pasó una semana, y una mañana en que doña Amparo se encontraba enfrascada revisando unas facturas su secretaria le avisó que Ramírez estaba en la empresa y quería hablarle.

 –Desde luego, que suba –fue su respuesta. Realmente estaba intrigada por saber qué había pasado con aquel operario.

 Se sorprendió al volver a verlo. Estaba correctamente vestido, pulcro, bien afeitado y con las manos cuidadas.

 –Doña Amparo, gracias por recibirme, sé que es usted muy ocupada y no le voy a quitar mucho tiempo.

 –No se preocupe, Ramírez, ¿qué ha sido de su vida? Me sorprende usted con esta visita.

 –No sé si ya le informaron, doña Amparo, que hace quince días dejé de venir a la fábrica. Cómo le parece que recobré la memoria. No crea, fue algo traumático para mí. Debí retomar muchas cosas y ocuparme de recuperar mi identidad.

 –¿Y por qué no se comunicó con nosotros? Hasta llegamos a pensar que estaba usted enfermo o que le había pasado algo, Ramírez.

 –Nada de eso, gracias a Dios. Al contrario, me he curado. Quién sabe por qué suerte de mecanismos internos todas mis vivencias anteriores volvieron a cobrar vida en mi cerebro. Le pido disculpas por no haber venido antes, pero en los primeros días estuve muy confundido y no tenía muy claro qué hacer ni adónde ir. Debí ocuparme de averiguar y organizar mil cosas. No se imagina. Vine solo a despedirme y agradecerle, doña Amparo. En esta empresa encontré un medio de vida y un refugio cuando todo desapareció para mí. Sé que fue usted muy tolerante conmigo; había perdido hasta el sentido de las buenas costumbres. Vivía a la buena de Dios.

 –No sabe cuánto me alegra oírle, Ramírez y sobre todo, ver el cambio que se ha efectuado en usted. Pero dígame, ¿qué tanto ha recordado? ¿Cómo era antes su vida?

 –Soy tecnólogo industrial doña Amparo, y hace ya quince años vivo en Estados Unidos. Mi verdadero nombre es Luis Felipe Amórtegui. No sé quién sería Ramírez, esa cédula estaba en la ropa que me pusieron cuando me encontraron pues la mía estaba hecha añicos. Aquí en Colombia solo tenía a mi madre y a una hermana. Fue precisamente con el deseo de llevarlas a vivir conmigo que sin avisar a nadie vine al país y me interné en la sierra hasta la pequeña vereda donde ellas vivían. En mi segunda noche allí, la guerrilla atacó el puesto de policía con tanques de gas. Desde ese momento perdí la memoria. El Ejército me encontró vagando por el monte con la ropa destrozada, esquirlas en todo el cuerpo y una fuerte contusión en la cabeza. No podía dar razón de nada. Estuve internado varias semanas. Lo demás ya usted lo conoce.

 –Y ahora, ¿qué piensa hacer usted, Ramírez? Perdón, señor Amórtegui.

 –No se preocupe, doña Amparo, sé que para usted sigo siendo Ramírez. Y respecto a su pregunta, pues volver a Estados Unidos por supuesto. Este es un país muy violento y lo que yo más aprecio en la vida es la seguridad, pero antes de volver deseo averiguar qué sucedió con mi hermana y mi mamá.  Lo más probable es que estén muertas, pero me gustaría comprobarlo y estar seguro de que no me necesitan. 

–Y, ¿cómo lo va a comprobar?

 -–Volviendo a la vereda, doña Amparo.

 -–Algo riesgoso; debería pensarlo, señor Amórtegui.

–Ahora hay mucha seguridad por allá, doña Amparo. Lo que tenía que pasarme ya me pasó. Y fíjese que estaba avisado; una amiga norteamericana que es un poco clarividente me recomendó no viajar pues según ella corría grave peligro. Y así fue evidentemente. Pero ya todo pasó y  dentro de pocos días estaré viajando en avión a la Florida. Tengo fe en que el destino me reserva todavía muchas cosas buenas y que podré  hacer este viaje de regreso con mi madre y mi hermana. Allá empezará para todos nosotros una nueva vida.

–Dios lo oiga. El destino ciertamente es ineludible y espero que el suyo le reserve en el futuro solo cosas gratas.  Muy buena suerte, señor Amórtegui.

La tendré, doña Amparo, no le quepa duda.

Y salió.

Leonor Fernández Riva

 



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