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viernes, 14 de junio de 2013

El destino






La noticia acaparó durante varios días las primeras páginas de los diarios: el avión de pasajeros con destino a la Florida había caído al mar. No había sobrevivientes. Entre los desaparecidos -casi todos suramericanos- se contaban tres miembros de una misma familia.
 


El destino

Desde el  momento de asumir la gerencia de la importante empresa, Amparo Arellano se propuso conocer a todos sus empleados y ser para ellos una gerente con verdadero sentido social. No obstante, y a pesar de completar ya casi un año de gestión,  algunos operarios de la inmensa planta le eran todavía desconocidos. Tal era el caso de Ramírez, uno de los mecánicos del taller, quien probablemente habría continuado desapercibido para ella durante mucho tiempo de no ser por una circunstancia fortuita. Ocurrió que cierto día el aire acondicionado de la gerencia tuvo un desperfecto y fue precisamente Ramírez quien acudió a revisarlo.

–Con su permiso, doña Amparo –la saludó al presentarse– Buenos días. Soy Ramírez, el mecánico, para servirle. Vengo a revisar el ducto del aire acondicionado; no me demoraré mucho.
A primera vista, aquel operario no le hizo a la gerente muy buena impresión. Cierto es que era un técnico  y que su labor consistía en mantener en buen funcionamiento los aires acondicionados y otros equipos de la empresa, pero tal parecía que nunca se cambiaba el overol. Alto y de contextura recia, se mantenía un tanto encorvado mientras le hablaba. Su rostro, curtido por el sol y de rasgos bien delineados, parecía no haber sido rasurado en varios días, y sus manos lucían descuidadas y ásperas.

–Siga no más, Ramírez –repuso– Ojalá encuentre rápido el daño porque ya me estoy asando en este calor.
Ramírez asintió con un movimiento de cabeza y de inmediato puso manos a la obra. Sobre el escritorio dejó el folleto de instrucciones del equipo. Amparo Arellano lo tomó como al descuido y al pasar sus páginas cayó en la cuenta de que estaba escrito  en inglés.

–¿Sabrá usted inglés, Ramírez? -le preguntó con una sonrisa maliciosa que el operario no vio pues se encontraba subido en una escalera examinando el ducto.
–Sí, doña Amparo –respondió– Lo hablo y lo escribo perfectamente, pero le confieso que eso es algo que ni yo mismo sabía hasta hace muy poco.

Ante esa respuesta, Amparo no pudo evitar pensar que aquel obrero le estaba tomando el pelo y guardó silencio un poco molesta por lo que le pareció una falta de respeto. Se abstrajo entonces de su presencia y se concentró por completo en revisar sus correos. El hombre notó su reacción pero no dijo nada. Antes de que se marchara, Amparo lo retuvo un momento:
-Ramírez, no es apropiada la manera como se presenta usted al trabajo. Sé que sus labores son pesadas y que debe realizarlas en espacios llenos de polvo y de herrumbre, pero quisiera verlo más limpio. Tenga en cuenta que así como uno se presenta lo tratan y para que se gane el respeto de sus compañeros debe usted mejorar su presencia. Además, transita usted por toda la fábrica y a veces hay clientes. Eso no da buena impresión.

–Gracias doña Amparo por su recomendación, que sé la hace solo por mi bien, pero le aclaro que este overol no está sucio sino curtido; no me han dado más dotación este año y solo tengo dos.
–¿¡Cómo es eso, Ramírez!? ¡Mañana mismo doy la orden de que le suministren nueva dotación! Quiero verlo bien presentado.

–Es usted muy amable, doña Amparo –le respondió con un esbozo de sonrisa que no logró alegrar la expresión apagada de sus ojos.
Pero ya el gusanillo de la curiosidad le había picado a la gerente. Algo en ese operario le resultaba enigmático y solicitó su hoja de vida a la encargada del Departamento de Recursos Humanos:

 –Lo lamento, doña Amparo -expresó con evidente preocupación la encargada del departamento cuando la gerente la interrogó al respecto - No existe en nuestro archivo la hoja de vida de Ramírez. Cuando asumí el cargo hace dos años, él ya estaba aquí. Parece que fue contratado sin seguir los trámites normales. Entró con Jairo, el discapacitado auditivo, como parte de la cuota social que debe llenar la empresa cada año. Hacía parte de un grupo de desplazados a los que el Ministerio de Bienestar intentaba ubicar. Según entiendo, en un ataque de los violentos a una población de la costa fue herido en la cabeza y a raíz de eso perdió la memoria. No se sabe ni siquiera con certeza si la cédula que portaba al momento de ser encontrado vagando por el monte es la suya. La fotografía no parece corresponderle, aunque ya sabe usted como son esas fotos. Ingresó como ayudante de despachos con el sueldo mínimo, pero al poco tiempo se dieron cuenta de que tenía habilidades como mecánico y lo han seguido utilizando cada día más en esa labor. Sigue sin embargo ganando el mínimo, nunca ha pedido un aumento de sueldo. Lamento decirle doña Amparo, que esta contratación ha sido del todo irregular; créame, había pensado hablar con usted para ponerla en conocimiento del asunto, pero con tantas anormalidades como he encontrado en esta sección y con lo ocupada que usted se mantiene había ido dilatando el asunto. Para su tranquilidad sin embargo, debo decirle que Ramírez es un hombre muy tranquilo, un eficiente mecánico y en opinión de todos una buena persona. No confraterniza con sus compañeros en cuestiones de farra y de trago pero no se lleva mal con nadie. Llega siempre a tiempo y es el último en irse. No pone tampoco reparos en venir los domingos y los días de fiesta. Uno siempre puede contar con él. He llegado a pensar que su única actividad es venir a la fábrica.
–Gracias, Diana, y dígame; ¿se sabe dónde vive?, ¿tiene mujer, familia?

 -Vive solo, doña Amparo. Tengo entendido que arrienda por aquí cerca un cuarto en una casa de familia. No se le conoce ningún familiar. Tal vez eso sea también consecuencia de su amnesia, ¿no lo cree usted?

 –Sí, Diana. El hecho de que no recuerde su vida pasada es un poco inquietante. Me sorprendí el otro día cuando me enteré de que sabía inglés.

–Así es doña Amparo. Él, es realmente el único aquí que sabe hablar y leer en inglés. Digo, fuera de usted. Y viera que eso lo descubrimos hace poco. Creo que ni él lo sabía. Ahora todos lo buscan para traducir los catálogos. El otro día nos descrestó hablando en inglés con el técnico que vino de los Estados Unidos a instalar el último equipo. Pero es un hombre sencillo, no hace ostentación de eso ni de nada. ¿Y sabe qué? Me parece que cada día que pasa recuerda algo más de su vida pasada.

 - Bueno, Diana, según parece este Ramírez es un cofre de sorpresas. Ojalá recobre pronto la memoria tal como usted piensa. ¡Ah! Y no se olvide de entregarle una nueva dotación, lo he visto muy mal presentado.

 No se volvió a hablar del asunto y doña Amparo, enfrascada en el manejo de la empresa, olvidó el tema. El tiempo siguió pasando. Los acontecimientos, pequeños unos, trascendentes, otros, consecutivos, todos, se fueron encadenando en esa infinita rutina de proyectos y realizaciones, éxitos y fracasos que son el día a día en los negocios y en la vida. Un día, Diana, la encargada de Recursos Humanos le comunicó a la gerente que Ramírez hacía ya una semana no iba a la empresa. No se había podido comunicar con él y temía que le hubiera pasado algo. Amparo Arellano recibió esa noticia con sorpresa y dedujo que el empleado aquel de seguro había encontrado un trabajo mejor.

–Si no le ha pasado nada, Diana, y se trata solo de abandono del puesto tendrá usted  que dejar eso asentado en su hoja de vida. No vaya a ser que mañana nos reclame una indemnización a la que no tiene derecho. 

 Ese día había sido especialmente difícil y por primera vez desde que asumió la gerencia, doña Amparo  debió reconocer con humildad que no era nada fácil llevar a la realidad su utópica ilusión de ser una gerente con responsabilidad social. El mercado estaba deprimido, la fábrica cada día producía con costos más altos. La competencia era agresiva y las ganancias cada vez menores. No era fácil mantener contento al personal sobre todo cuando la situación no permitía subir ni nivelar los sueldos. Probablemente, muchos buenos empleados preferirían, como Ramírez,  tomar otra opción.

 Pasó una semana, y una mañana en que doña Amparo se encontraba enfrascada revisando unas facturas su secretaria le avisó que Ramírez estaba en la empresa y quería hablarle.

 –Desde luego, que suba –fue su respuesta. Realmente estaba intrigada por saber qué había pasado con aquel operario.

 Se sorprendió al volver a verlo. Estaba correctamente vestido, pulcro, bien afeitado y con las manos cuidadas.

 –Doña Amparo, gracias por recibirme, sé que es usted muy ocupada y no le voy a quitar mucho tiempo.

 –No se preocupe, Ramírez, ¿qué ha sido de su vida? Me sorprende usted con esta visita.

 –No sé si ya le informaron, doña Amparo, que hace quince días dejé de venir a la fábrica. Cómo le parece que recobré la memoria. No crea, fue algo traumático para mí. Debí retomar muchas cosas y ocuparme de recuperar mi identidad.

 –¿Y por qué no se comunicó con nosotros? Hasta llegamos a pensar que estaba usted enfermo o que le había pasado algo, Ramírez.

 –Nada de eso, gracias a Dios. Al contrario, me he curado. Quién sabe por qué suerte de mecanismos internos todas mis vivencias anteriores volvieron a cobrar vida en mi cerebro. Le pido disculpas por no haber venido antes, pero en los primeros días estuve muy confundido y no tenía muy claro qué hacer ni adónde ir. Debí ocuparme de averiguar y organizar mil cosas. No se imagina. Vine solo a despedirme y agradecerle, doña Amparo. En esta empresa encontré un medio de vida y un refugio cuando todo desapareció para mí. Sé que fue usted muy tolerante conmigo; había perdido hasta el sentido de las buenas costumbres. Vivía a la buena de Dios.

 –No sabe cuánto me alegra oírle, Ramírez y sobre todo, ver el cambio que se ha efectuado en usted. Pero dígame, ¿qué tanto ha recordado? ¿Cómo era antes su vida?

 –Soy tecnólogo industrial doña Amparo, y hace ya quince años vivo en Estados Unidos. Mi verdadero nombre es Luis Felipe Amórtegui. No sé quién sería Ramírez, esa cédula estaba en la ropa que me pusieron cuando me encontraron pues la mía estaba hecha añicos. Aquí en Colombia solo tenía a mi madre y a una hermana. Fue precisamente con el deseo de llevarlas a vivir conmigo que sin avisar a nadie vine al país y me interné en la sierra hasta la pequeña vereda donde ellas vivían. En mi segunda noche allí, la guerrilla atacó el puesto de policía con tanques de gas. Desde ese momento perdí la memoria. El Ejército me encontró vagando por el monte con la ropa destrozada, esquirlas en todo el cuerpo y una fuerte contusión en la cabeza. No podía dar razón de nada. Estuve internado varias semanas. Lo demás ya usted lo conoce.

 –Y ahora, ¿qué piensa hacer usted, Ramírez? Perdón, señor Amórtegui.

 –No se preocupe, doña Amparo, sé que para usted sigo siendo Ramírez. Y respecto a su pregunta, pues volver a Estados Unidos por supuesto. Este es un país muy violento y lo que yo más aprecio en la vida es la seguridad, pero antes de volver deseo averiguar qué sucedió con mi hermana y mi mamá.  Lo más probable es que estén muertas, pero me gustaría comprobarlo y estar seguro de que no me necesitan. 

–Y, ¿cómo lo va a comprobar?

 -–Volviendo a la vereda, doña Amparo.

 -–Algo riesgoso; debería pensarlo, señor Amórtegui.

–Ahora hay mucha seguridad por allá, doña Amparo. Lo que tenía que pasarme ya me pasó. Y fíjese que estaba avisado; una amiga norteamericana que es un poco clarividente me recomendó no viajar pues según ella corría grave peligro. Y así fue evidentemente. Pero ya todo pasó y  dentro de pocos días estaré viajando en avión a la Florida. Tengo fe en que el destino me reserva todavía muchas cosas buenas y que podré  hacer este viaje de regreso con mi madre y mi hermana. Allá empezará para todos nosotros una nueva vida.

–Dios lo oiga. El destino ciertamente es ineludible y espero que el suyo le reserve en el futuro solo cosas gratas.  Muy buena suerte, señor Amórtegui.

La tendré, doña Amparo, no le quepa duda.

Y salió.

Leonor Fernández Riva

 



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