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lunes, 12 de diciembre de 2011

Un excelente lugar para vivir



Un excelente lugar para vivir

Leonor Fernández Riva

Enfundado en su mandil blanco, el médico  toma el estetoscopio y ausculta el pecho del paciente que, tendido en la cama del hospital, respira acompasadamente ayudado por una máscara de oxígeno. Durante unos segundos el facultativo escucha su  corazón. Luego  le toma el pulso.  Su cara no refleja ninguna emoción.

–¿Cómo lo ve, doctor? –pregunta Lotti  como cada mañana luego de  la visita matinal. El médico levanta los hombros y hace un gesto como diciendo: “¿Qué puedo decirle?”, pero viendo la  cara expectante de la mujer  añade, comprensivo:

–Bastante estable.  Puede usted estar tranquila.

 ¡Estable!   Lotti  odia ya  esa palabra. Estable significa “resígnese, su pariente puede  seguir en este estado durante días, semanas y hasta meses”. ¡Wilfrido se ve ahora tan frágil, tan ausente!  ¿Por qué se aferra tanto a la vida? Esta vigilia que Lotti se ve obligada a hacer por aquello del “que dirán”  la tiene exasperada.

¡Y pensar que todo iba tan bien! El hogar de reposo adonde lo había llevado hacía ya más de tres años con el consentimiento de sus hijos y de su  familia, cuando él empezó a ponerse senil e inmanejable, era un sitio realmente idílico: jardines, enfermeras, un cuarto ¡pequeño y sin lujos, pero limpio y cómodo,  y otras personas de su misma edad para distraerse y compartir los días.

Quienes más la animaron a tomar esa  decisión fueron sus propias amigas: “Hija, ya no estás para esos trotes. Cada día  Wilfrido se irá poniendo peor. Te va a hacer la vida imposible. Te vas a enfermar. No tienes por qué preocuparte; allá él estará  acompañado, cuidado, sin peligro. No lo dudes; ese  es un bello lugar para vivir.                                          

–Como ustedes han podido observar –les había explicado más adelante a sus tres hijos, –su padre ha ido  perdiendo la memoria a pasos agigantados.  Olvida todo. Es un peligro que salga a la calle. Ya  no tiene amigos.  Pasa los días muy solo sin nada qué hacer.  Cada vez está más violento, pelea por todo, nada le gusta. Acabará enfermándome a mi también. Se ha vuelto imposible vivir a su lado. Este,  -añadió enseñándoles  a sus hijos un folleto publicitario del hogar de reposo –es un sitio donde, estoy  segura,  su padre va a  sentirse  mucho mejor.

-¡Un ancianato, mamá! –la interrumpió Claudia, su hija mayor.

- No, Claudia.  No es de ninguna manera un ancianato. Es  un sitio precioso y confortable  rodeado de jardines.  Un excelente lugar para vivir. Allá va a estar bien cuidado, sin ningún peligro, en compañía de otras personas de su edad,  en un ambiente lleno de naturaleza,  como a él tanto le gusta.

Al principio  sus hijos expresaron unas pocas dudas. No estaban muy de acuerdo con  la idea,  pero como vieron a su madre tan decidida y ninguno quería tampoco   hacerse cargo de su padre, al final convinieron en llevarlo a su nuevo hogar. 

 Cuando llegó el día, y como si presintiera el cambio que iba a tener su vida,  Wilfrido, que siempre estaba presto a salir a cualquier parte, opuso esta vez tenaz resistencia.  Debieron  tomarlo entre varias personas para llevarlo hasta el carro.  Era un hombre todavía fuerte. Curiosamente, sin embargo, al llegar a la casa de reposo dejó de resistirse.   Se sentó en una banca a la entrada de su cuarto y allí se quedó observando con mirada perdida a su esposa que se alejó hacia el parqueadero enjugándose los ojos,  en tanto decía con voz quebrada:

-¡Esto es algo muy duro para mí! ¡No te dejaré solo, cariño! Vendré a visitarte continuamente.

Y en un principio así fue, ciertamente. Siguió visitándolo  dos veces por semana. Pero al cabo de cinco meses ya solo iba a verlo una vez al mes,  hasta que al final, luego de dos años, sus visitas se fueron  espaciando  y acortando  considerablemente. En el último año solo había ido dos veces a verlo. Visitas relámpago. ¡Tenía tantas cosas qué hacer! Sus amigas no querían que estuviera sola. Visitarlo se fue tornando para ella cada vez más pesado. El lugar la deprimía.

“Para qué visitarlo –se decía–  Wilfrido ya casi no me reconoce.  ¡Y allá está tan bien cuidado! No necesita nada, ¡y  lo tratan con tanto cariño! “.

Las chicas encargadas de acompañar a los residentes eran en verdad  muy queridas. Lotti todavía  recordaba  cómo lo trató una de ellas en  una de sus últimas visitas:

“Don Wilfrido  es un caballero muy simpático y guapo que no molesta para nada...
¿verdad, don Wilfri?”, le había dicho, mimosa, una de esas  chicas  tomándolo de las manos  y haciendo con su cara  un mohín picaresco  al que Wilfrido, perdido en su mente, apenas si respondió con una débil sonrisa para volver luego a quedar  absorto en quién sabe qué recuerdos.

“Sí –pensaba Lotti, en medio de una partida de naipes con sus amigas  ¿Dónde podría estar mejor Wilfrido que en ese bello lugar?".

Pero Wilfrido no parecía feliz. A través de los meses se fue  adelgazando y  achiquitando. Cada día su apariencia se fue volviendo más frágil, más enclenque. Del hombre fuerte de otrora ya no quedaba nada.  Pasaba las horas sentado en una banca del jardín con la mirada perdida, encerrado  en la impenetrable escafandra de su mente. Lotti cada  vez  lo sentía más extraño.  Le parecía mentira que alguna vez hubiera podido tener intimidad con aquel anciano. Para ella era solamente un extraño. Un anciano que hasta  le causaba cierta repugnancia. Sus visitas transcurrían casi siempre en medio del silencio. No encontraba nada que decirle.  Había algo,  sin embargo, que  la conturbaba:   en el fondo de los  ojos de Wilfrido  ella  detectaba algo parecido a un reproche.  Pero era algo tan  sutil, tan fugaz,  que siempre se preguntaba: ¿me lo habré imaginado?

Su vida matrimonial había sido apacible, sin grandes alegrías, pero también sin grandes preocupaciones ni tristezas. Wilfrido fue siempre un excelente profesional tenía un  cargo importante   y era muy respetado en su medio. A ella  nunca le tocó  preocuparse por el factor económico; él fue siempre  un buen proveedor. Desde un principio  ella supo que sólo debía mantener al día su elegante mansión, cuidar  de sus  tres hijos y de su presencia  y atender a los invitados que regularmente los visitaban.

Pero algo que no consideraron importante en el momento de unir sus vidas   tendría gran  incidencia en su futuro: Wilfrido le llevaba veinte  años. Él  había cumplido ya los  cincuenta  y ella  apenas treinta cuando contrajeron matrimonio.  Empero, en aquel momento  no se notó la diferencia de edad. Wilfrido era un hombre fuerte y de recia presencia; una persona carismática, muy atractiva entre el sexo femenino y  muy bien recibida en los círculos sociales y empresariales.

Durante mucho tiempo  los años no parecieron   hacer mella en él.  Sin embargo, a partir de su jubilación y luego de cumplir los setenta años  la mente de Wilfrido empezó a patinar. Al principio fueron cambios sutiles. Olvidaba el nombre de algunos amigos,  los números de telefono,  las gafas, el celular, el lugar dónde había dejado aparcado el vehículo.  Luego  los olvidos fueron tornándose más continuados y riesgosos y su genio empezó a cambiar. Se irritaba por todo. No dormía.

Ahora, allí junto a su cama, Lotti siente  que la invade la impaciencia. Está agotada. Son ya más de quince días de hacer guardia esperando un desenlace que no acaba de llegar. Esa noche le pide a la enfermera que la reemplace. Necesita bañarse y descansar un poco. 

En la madrugada recibe una llamada del hospital. Todo ha terminado.

Luego del entierro  y los trámites de la sucesión Lotti retoma su vida.  Sus hijos, ya casados, no viven con ella. Tiene una posición económica desahogada y reparte su tiempo entre amigas, eventos culturales y sociales  y uno que otro coqueteo.  Una vida realmente grata  y sin preocupaciones.

Y pasan los años. Lotti también ha envejecido. De la otrora atractiva mujer queda muy poco pero no es eso lo que a ella  la inquieta;  lo que la tiene preocupada es su salud. De un tiempo a esta parte siente  las  piernas muy  pesadas.  Su vista se ha deteriorado también  ostensiblemente. Ya la cansa mucho leer.  Sus reflejos le juegan malas pasadas; después de varios incidentes desafortunados con su carro decide no volver a conducir. La memoria también  ha empezado a flaquearle. Tiene que anotarlo todo. Un día sufre una caída en el baño y se rompe la clavícula.

Afortunadamente ese día había ido su empleada y le presta auxilio. Su vida se ha tornado bastante  solitaria;  algunas de sus buenas amigas ya han fallecido y las otras salen muy poco de casa. “Pero, bueno –piensa para sí en voz alta–.  Todo  esto es apenas natural. Acabo de cumplir setenta y cinco años. Me parece que a pesar de todo estoy  bastante  bien para mi edad”.

Una tarde recibe una llamada de su hija: ella y sus dos hermanos desean visitarla;  quieren comentarle algo.  La llamada no deja de inquietarla. Sus hijos no la visitan frecuentemente, y menos todos juntos. Últimamente los ha notado  muy preocupados por su salud, por su renta, por el estado de sus propiedades; quieren ayudarla en todo. “Usted, mamá, ya no está para ocuparse de esas cosas; déjenos a nosotros”.

Es bueno saber que sus hijos se preocupan por ella, que le tienen cariño  que siempre estará acompañada y protegida; pero sin saber  exactamente por qué, Lotti siente una extraña desazón.

Después de brindarles unas rodajas de torta, que se estaba quemando un poco porque se le olvidó apagar el horno a tiempo,  Lotti se sienta junto a ellos en la sala para escuchar qué es aquello tan importante que quieren comentarle.

–Mamá –empieza su hija–, hemos notado que este último año tu salud se ha deteriorado mucho. Tememos por ti. Nos dolería mucho que te pase algo cuando te encuentras sola. Aunque quisiéramos, no podríamos vivir a tu lado.  Pero el caso es que  ya no puedes vivir sola.  Creemos que tenemos la obligación de protegerte. Hemos visto un sitio muy bello donde vas a estar segura y cuidada.  Allá  vas a tener otras amigas de tu misma edad con las que pasarás distraída  y contenta.  Tendrás  un cuarto muy agradable y ya no te tocará estar pendiente de una casa tan grande como esta.  Podrás disfrutar de un hermoso jardín y siempre habrá alguien  pendiente de tu bienestar.

–Sí, mamá –interviene  su hijo mayor–. Vas a ver lo contenta que vas a estar allí. Acompañada y cuidada.  Ya hemos hablado y te están esperando con los brazos abiertos.  Creemos que podemos  llevarte el lunes. Como bien dice Claudia, aquel es un bello lugar para vivir. No te vas a sentir nunca sola. Te visitaremos  continuamente. Ya  lo verás.

Lotti sabe que es inútil protestar,  que también para ella ha  llegado la hora,  que  esta vez  es ella la que no tiene elección.


Cali, Diciembre 8 de 2011





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    sábado, 22 de octubre de 2011

    Intrascendentemente cotidiano




    Intrascendentemente cotidiano
    Leonor Fernández Riva

    El prestigioso ejecutivo, se levanta titubeante de la mesa,  no sin antes apurar hasta el fondo el último trago de aguardiente.

    -¡Qué berrrraquera de rumba, negrita! ¡Vámonoss, mamaciiita! Nos espera otra  muuucho mejor,  ¡mamita!- le dice  con voz gangosa haciendo un trabajoso guiño a su compañera, una chica joven y agraciada que también  acusa los efectos de la noche de juerga.

    Abrazados y vacilantes salen de la discoteca y trastabillando se dirigen hacia el parqueadero.  Con los ojos entornados y la mano temblorosa el  hombre no acierta con la cerradura del auto.

    -¡Maaaldita sea! ¡Deberían ponerle pelos a esto! – prorrumpe  procaz, luego de varios intentos fallidos.

    El vigilante se acerca para ayudarlo. Una vez dentro del auto el ejecutivo le extiende un billete.

    -Graciasss, hermaano… Aquí le colaboro con el desayuuno.

    - Gracias, doctor, pero,  ¿no cree usted que sería mejor tomarse un tinto y descansar un poco?

    -¡No, nooo! ¡Estoy biennn, hermano! Demasiado bien.

    -Si usted lo dice, doctor. Pero tenga cuidado,  váyase por la sombrita.

    El prestigioso ejecutivo ya no lo escucha.  Con los ojos entornados y la mente nublada ha partido hacia su destino a gran velocidad.

    A algunas cuadras de la discoteca una luz se enciende en una humilde vivienda. El maíz ha hervido desde la medianoche.  La mujer toma con el cucharón un grano y lo deshace entre los dedos índice y pulgar. Sí. Ya está a punto. A pesar del frío de la madrugada se quita el pañolón que la cubre. La incomoda cuando se pone a moler.  Trata de no hacer ruido. Su hijo todavía  duerme, ¡Bendita juventud!  Ya  para ella no existen levantadas tarde,  tiene un despertador en el cerebro que no le permite mantener los ojos cerrados después de las cuatro de la mañana. Se detiene un momento en la puerta y contempla complacida su sueño.  "¡Qué bonita está la cobija que  le compré con lo que me quedó este mes después de vender las arepas. ¡Y abrigadita! ". 

    No puede quejarse. Le está yendo bien.  Sí.  Ya vende más de cincuenta arepas entre la mañana y la tarde. Dios es bueno.

    Despacio, procurando no hacer ruido,  sale del cuarto y ajusta un poco la puerta. Su casa, como ella la llama con  orgullo, la componen  dos cuartos y un baño. En uno está la imprescindible estufa a gas, un lavaplatos, una mesa a manera de mesón, otra pequeña, varios bancos,  y   por el suelo cajas llenas de loza y comestibles. El otro es el dormitorio donde duerme junto a su hijo. Procura  tener todo en orden pero no es fácil. ¿Por qué será que las cosas de  los pobres son tan aparatosas? No tiene dónde esconder el desorden. Pero esa no es cosa que le quite el sueño. Para ella, los días son demasiado atareados como para pensar en pendejadas.  Lo importante es comer cada día,   pagar el arriendo,  la cuenta de luz y de gas y sobre todo comprar maíz para hacer sus arepas.

    Afuera está todavía muy oscuro. Toma la masa de maíz, le añade un poco de queso  desmenuzado y con gran habilidad empieza a hacer las arepas que va colocando en una palangana separadas una a una con  un trozo de plástico. Este día ha preparado un poco más. Empaca todo cuidadosamente y cuando ya tiene todo listo se envuelve en su pañolón  y  se apresta a salir con su equipaje de sueños.

    Una voz la llama desde el cuarto:
    -¡Mamá! ¿ ya se irá a ir? ¡No salga tan temprano,  que es peligroso!

    - Iván, mijito, no grite tanto que  ya sabe cómo son los vecinos de jodidos. No se preocupe, mijo que  a esta hora la policía siempre ronda por  aquí.   Ahí le dejo su arepita; cuando se levante la asa.  El tinto está en el termo.

    -Ya, ya, cucha, pero tenga cuidado. Nunca se sabe.

    -Y usted también, mijo. Por ahí anda mucho dañado. Tenga cuidado con sus celulares que están robando mucho.

    -Sí, ma, pero los buenos; los míos son de combate, de minutos.

    -Bueno, mijito, que Dios me lo bendiga. Me apuro porque si no se me escapan los que siempre me compran  a esta hora.

    Al salir el viento frío de la madrugada la hace estremecer. Pero no tiene tiempo que perder. Aprisa, se encamina  hacia su esquina con la pesada  carga de arepas a su espalda y en sus manos el termo de tinto.

    Cruza,  apurada,  la calle. Un automóvil se acerca  a gran velocidad. No lo ve.

    Jairo, el periodista de la página roja del periódico local, toma un tinto mientras fuma despacio un cigarrillo. Cada día las noticias de policía atraen menos lectores. La gente se ha acostumbrado al olor de la sangre y ya no se sorprende por nada. El jefe de redacción ya le ha llamado varias veces la atención; tiene que ponerle picante a su página. ¿Pero cómo? Hoy solo tiene los rutinarios ataques de la guerrilla con su carga de soldados y policías muertos, las habituales violaciones y maltratos infantiles,  el atropellamiento de una humilde mujer ocasionado por un borracho y la muerte de un joven vendedor de minutos a mano de un raponero. ¿Qué puede hacer él con noticias tan intrancendentes y cotidianas?

    Octubre 22 de 2011



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