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domingo, 16 de octubre de 2016

Ls inexorable fugacidad del amor


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 Al escucharla, Sebastián, dio un respingo y la miró sorprendido sin poder articular palabra. Sus ojos reflejaban un profundo desconcierto.

Ella tampoco supo qué decir. Sus labios se curvaron  en una sonrisa irónica  y moviendo su cabeza de un lado a otro como diciendo “no tienes remedio”, salió cerrando la puerta de un portazo.

Bajó luego a la sala, quería pensar en lo que había pasado. Su mente le repetía una y otra vez: “¡Estás libre, libre! Pero, ¿por qué su corazón no sentía alegría? ¿Por qué sus ojos estaban húmedos?” Sin atinar que hacer, paseó su mirada por cada detalle de su acogedora casa. La lámpara aquella traída de Marruecos que colocaron ella y Sebastián con tanta ilusión en una esquina de la sala, el cuadro colorido y abstracto del famoso pintor, las vasijas, las plantas… “Ahora",  pensó, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla "todo carece de  sentido”.  

Dieciséis  años antes cuando se unió enamorada a Sebastián, no imaginó que el amor apasionado que experimentaba por él en ese momento derivaría con el paso de los años en tan profundo  desencanto y hastío. En el momento en que se conocieron Sebastián tenía cincuenta años.  Le llevaba dieciséis pero esa diferencia de edad no parecía importante por aquellos días. Él era fuerte, atractivo, conquistador, alegre.  Los dos estaban casados, pero fue tal la atracción  que los embargó al conocerse, que decidieron terminar  con sus respectivos matrimonios para empezar juntos una nueva vida. El suyo era un amor absoluto, diferente, a prueba de todo… eterno.   La vida y el amor les sonreían.

Al poco tiempo de casada, empezó sin embargo a descubrir aristas en esa superficie aparentemente tan pulida y perfecta. Creía conocer bien a Sebastián, el hombre al que había unido su destino, pero este le deparó más de una sorpresa no siempre agradable. A ella, casada antes con un hombre tranquilo, más bien tímido, e introvertido la atrajo desde el primer momento el carácter alegre, extrovertido  y sociable de Sebastián. Él era realmente un hombre encantador, así la conquistó. Pero al paso de los días se fue dando cuenta de que así como era con ella lo era también con otras mujeres. ¿Hasta dónde llegaba con ellas? Nunca lo supo del todo pero tuvo que aceptar que le gustaba coquetear y beber, que no podía detenerse cuando estaba disfrutando una reunión, y que aquellas invitaciones de fin de semana se alargaban y alargaban de manera agotadora para ella hasta bien entrada la madrugada. Y entonces, empezó a odiarlas. De carácter más bien hogareño sufría con ese tipo de reuniones interminables que no le deparaban nada bueno. Pero no había nada que hacer,  cada fin de semana  tenían en su casa un festejo que se prolongaba hasta bien entrada la madrugada. Un derroche excesivo de esfuerzos y de dinero. No era así como ella había imaginado  que sería su relación.

 Y así como debió adaptarse a ese tipo de eventos sociales y a las aventuras e infidelidades de su marido, debió también adaptarse a otros pequeños grandes detalles de la vida cotidiana: Sebastián roncaba, y lo hacía en forma por demás estrepitosa…Debió acudir a las píldoras para poder dormir. Le era imposible  conciliar el sueño al lado de su marido de otra manera.

Y sin embargo,  consciente de todo lo que había dejado atrás, de todo lo que había sacrificado y de todo el dolor que había causado a otros seres  para unirse a Sebastián, procuraba que su matrimonio continuara siendo aunque fuera en apariencia una excelente relación,  la envidia de todos quienes la creían muy bien casada.

Pero los años no pasan en balde.  La empresa que fundó Sebastián con otros ingenieros amigos no tuvo el resultado esperado y se fue a la quiebra. Al principio los síntomas de peligro eran sutiles. Un contrato perdido aquí, otro allá. Pero llegó un momento en que el trabajo se fue espaciando por periodos cada vez más largos hasta llegar a un punto crítico. Sebastián ya no era ya el atractivo  ingeniero de 50 años que ella conoció y que la conquistó. Tenía ya sesenta y seis años. Abocado a una involuntaria desocupación y con mucho tiempo libre, empezó a pasar  muchas horas en su casa viendo televisión. Sus amistades se habían alejado. Poco a poco, se fue hundiendo en la depresión. No encontraba la  forma de salir de ese hueco en el que había caído.

El hombre enérgico, alegre, solvente, carismático que la había  conquistado años antes con su gran atractivo, se había convertido de la noche a la mañana  en un ser cansado, apagado, sin tema de conversación. Un viejo.  Y un viejo lleno de  malas costumbres. Iba varias veces al baño en el día  y  a veces olvidaba soltarlo, padecía de gases y su boca no siempre olía bien. Dos copas de licor ya le hacían perder el sentido. “¿Cómo, se había preguntado ella muchas veces, ese hombre joven, fuerte y  atractivo con el que me casé hace tan pocos años se ha  convertido de pronto  en un viejo? ¿Cómo, ha podido pasar todo esto en tan  pequeño lapso de dieciséis años? Nunca atinó a entenderlo,  pero de pronto, aquel hombre del que se había enamorado desapareció y empezó a verlo como se ve a un  tío o a un hermano. La ilusión había terminado. Su vida sexual  dejó de existir.

"La vida, nos cobra caros nuestros errores", pensó, sin dejar de sonreír con ironía mientras por sus mejillas se deslizan a pesar suyo unas lágrimas.  

Esa misma tarde, su madre, una mujer inteligente y observadora  que no había podido menos que percibir el estado crítico en el que se encontraba su matrimonio se había referido al tema mientras saboreaban juntas un café en una acogedora cafetería:

– Hija, he notado que últimamente tratas a Sebastián con mucha frialdad, procura ser un poco más cariñosa con él, no lo eres en absoluto.

– Mamá –le había respondido–  Ya no estoy enamorada.  Ese sentimiento se perdió hace mucho tiempo. Y no es solo eso. Ya no siento deseos de estar con él. Mi vida sexual es nula. Es más, hasta el pensamiento me repugna. Esa parte de nuestra relación  ya es historia.

– Me preocupa eso que me dices hija, aunque no sientas ya lo mismo por tu esposo, debes tratar de tener un poco más de intimidad con él,  para los hombres aunque estén viejos, ese aspecto es muy importante. Si les falta sexo, se termina su vida.

–Si a él le hace falta eso debe buscarlo en otra parte, mamá. Pero claro, le va a costar bastante porque él ya no es el hombre que fue ni tiene el dinero que lo hacía tan atractivo y solvente. Tu sabes que hay muchas mujeres pero a todas hay que conquistarlas con detalles, con regalos. 

–Me duele que hables así, hija mía. ¿No te has preguntado si Sebastián tiene también reparos que hacerte a ti? En una relación las dos personas tienen  responsabilidades. A lo mejor él tampoco está contento.  Sería bueno saber lo que piensa.

–Lo que él piense, me tiene sin cuidado, mamá. Yo  he tratado de ser una buena esposa y una buena amante, pero sus liviandades y excesos y esa dejadez que se ha apoderado de él últimamente me tienen hastiada. No soporto su contacto.

– Es muy grave lo que me dices hija. ¿Y qué has pensado hacer? ¿Abandonarlo? ¿Pedirle el divorcio?

–No, mamá, no.  A pesar de todo creo que le tengo afecto. Yo bien sé que esto que estoy viviendo es el karma que me merezco.  Le hice daño a muchas personas cuando me separé de un hombre bueno y joven que me adoraba para casarme con Sebastián. Una insensatez. Me merezco lo que me está ocurriendo y estoy dispuesta a sufrirlo. Nunca dejaré a Sebastián. Estoy atada a él. Sé que ya pronto entrará en un periodo de franca decadencia, de hecho eso ya está ocurriendo,  pero no voy a dejarlo. Y él lo sabe.  Sabe que puede contar conmigo.

– Cómo me agrada escucharte hija  – le había replicado  su madre. Eso habla muy bien de ti. De tu nobleza y de tu lealtad. Me voy con el corazón tranquilo sabiendo que tu hogar no se va a destruir.

– Sí, mamá, es lo que pienso y lo voy a cumplir. Sin embargo –había añadido– hay una excepción, algo que de ocurrir pudiera echar al traste con mis buenos propósitos.

– ¿Una excepción, hija? 

– Sí, mamá. Sí a pesar de todo Sebastián continúa en sus andadas, si se enreda con otra mujer y continúa con ese jueguito de la infidelidad, irrespetando  nuestra relación romperé con él. Me hará un favor si  lo hace  no creas. Esa sería la llave que abriría la puerta de mi liberación.  Pero él es inteligente y sabe que no debe jugar con fuego.

–No es agradable lo que me dices hija, –había insistido su madre– yo quisiera verte felizmente casada. Ilusionada, enamorada de tu esposo. Haz un esfuerzo, por tratar de que las cosas se enderecen. Vale la pena créeme. 

– Tú siempre creyendo en cuentos de hadas, mamá … le había replicado rotunda– Soy pragmática. Lo que yo vivo es la vida real. No me hago ilusiones. No te preocupes por mi, tengo lo más satisfactorio: mi trabajo, mi profesión, el respeto de quienes me conocen.

Luego, la conversación versó sobre temas intrascendentes mientras la condujo en su carro hasta su casa. De alguna manera, sin embargo, las palabras de su madre siguieron repercutiendo en su mente: "deberías tratar de tener un poco más de intimidad con tu esposo, para los hombres eso es importante". 

–¿Será realmente así? –había pensado–  ¿Estará mi madre  en lo cierto?
¿Valdrá la pena volver a intentar un acercamiento? La idea no la entusiasmaba, pero…

Era todavía muy temprano en la tarde cuando se dirigió a su casa. No solía llegar a esas horas, pero  pensó que sería una grata sorpresa para Sebastián verla llegar. Sí, tal vez valía la pena tratar de revivir el pasado. Parqueó el carro en el garaje y subió las gradas. Seguramente, él estaría viendo como todos los días la televisión. Al verla se sorprendería gratamente. Quería darle la sorpresa. 

Entró despacio a su alcoba  y entonces lo vio: estaba en su cama, pero no estaba solo, tenía a su lado a su última secretaria, una chica muy joven, larguirucha y poco agraciada.  Los dos estaban desnudos y era evidente que la pasaban bien. Estaban tan distraídos que en un primer momento no cayeron en la cuenta de su presencia hasta que ella indignada aclaró su garganta.

 




Leonor María Fernández Riva
Cali, octubre de 2016
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