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viernes, 1 de noviembre de 2013

Vidas cruzadas




En la  década de los años treinta cuando  la exploración petrolera en la Amazonía empezaba a desarrollarse, dos vidas se cruzarían de manera irremediable y  fatal

César León era un joven ingeniero que laboraba en una curtiembre sitiada en una población pequeña y recogida en la cual   todos los vecinos se conocían y se conservaban muchas costumbres del pasado.

Una vida  demasiado monótona para un joven ambicioso y  con anhelos de aventura. Por eso,  cuando se enteró de que  había sido aceptado para trabajar como coordinador de fluidos en uno de los pozos de la Amazonia, no  cupo  en sí de la alegría. 

Al comunicarle a su  madre la noticia de su nuevo empleo, ésta,  conocedora de los graves enfrentamientos que continuamente se producían entre los indígenas nativos y los operarios de la empresa petrolera, la recibió con mucha prevención y, angustiada, le pidió a su hijo que desistiera de aceptar ese trabajo y que continuara cerca de ella disfrutando las condiciones de seguridad y bienestar que le brindaba la fábrica. 

—¡No vayas, hijo, no vayas! ¡Algo me dice que allá vas a estar en peligro!

Pero César no había nacido, como su madre anhelaba para desenvolver su vida detrás de la aparente seguridad de un escritorio. No. Esa vida sedentaria no era para él.
—Ideas tuyas, mamá. No hay nada de qué preocuparse. Ese es un sitio muy seguro. En tres meses vendré a visitarte y  te contaré lo maravilloso que es mi trabajo. 

Sin pensarlo más,  firmó el contrato, se despidió de su madre y de su pueblo,  y se encaminó a su destino. Lejos estaba de imaginar lo trascendental que aquella decisión sería para su vida.

Tres años antes, había ocurrido en esa pequeña población una tragedia que conmovió profundamente a sus habitantes y que tuvo como protagonista a una de las familias más prestantes del lugar, el matrimonio formado por el abogado Jerónimo de la Espriella y la ilustre dama de la sociedad, doña Clementina Domínguez de la Espriella. La pareja solo había tenido una hija, pues luego de su difícil alumbramiento, doña Clementina sufrió una infección que la tornó estéril. Esa circunstancia, sin embargo, no le deparaba ninguna frustración a la pareja,  pues Anunciación, que así se llamaba su hija, colmaba todos sus anhelos.

Como si la pequeña supiera que ella sola debía suplir en sus padres el deseo reprimido por una familia numerosa, desde muy niña los colmó de cariño, de gracias y de mimos. Era una niña encantadora, cuya belleza fue aflorando radiante al paso de los años.

Anunciación era admirada por todos los habitantes de la ciudad,  quienes quedaban absortos a su paso en las ocasiones en que junto a sus padres asistía a misa los domingos o a alguna de las festividades religiosas que regularmente se realizaban en el lugar. Cuando recibió su grado de bachiller, don Jerónimo empezó a pensar seriamente en radicarse en la capital pues aquel medio le parecía muy estrecho para el futuro de su hija.  Ella era la niña de sus ojos. Nada de lo que hiciera para verla feliz sería demasiado.

Pero no contaba con lo impredecible del destino. Un día cualquiera, Anunciación empezó a sufrir pequeños malestares que sus padres atribuyeron en un principio a un resfriado común y procuraron aliviar con remedios caseros, pero que luego,  dada su persistencia y ante los nuevos y alarmantes síntomas, se vieron en la necesidad de consultar con el médico de la familia, su buen amigo, el doctor Federico Solano.

–Pasa, pasa, Federico  –lo recibió cordial don Jerónimo cuando el doctor se hizo presente en su hogar–. No habíamos querido molestarte porque Anunciación ha sido siempre muy sana y pensábamos que con las agüitas y cuidados de Clementina, nuestra pequeña mejoraría, pero ha seguido indispuesta y quisiéramos que la reconocieras y nos des tu opinión. Ella está recostada en su alcoba.

–Pero, claro, Jerónimo. Ni más faltaba. Llévame a verla  –replicó el galeno.

–A ver, ¿qué pasa mi bella princesa? ¿Tienes acaso un mal de amor? Ya sabes mi pequeña que solo yo puedo estar en tu corazoncito –dijo con tono picarezcamente cariñoso el galeno cuando estuvo al lado de la joven.

–No bromees, Federico. Ya sabes que Anunciación es todavía una niña y aún no piensa en esas cosas.

–Pero ya pensará, ya pensará. ¿Verdad, mi niña? A ver, dile a tu médico preferido qué es lo que sientes.

El médico empezó a auscultarla pensando para sí que sus amigos estaban en lo cierto y que aquello no pasaba de ser un resfriado mal cuidado, pero de pronto, alarmado, observó algunas señales que solo recordaba haber visto en los libros de medicina: máculas y pequeños nódulos que desde un principio le parecieron de carácter muy sospechoso. Procuró disimular sus temores, pero tomó un poco de linfa y otro poco de mucus nasal, y los llevó al microscopio.

Y entonces, consternado, se dio cuenta con horror de que lo que presentía era verdad. En el examen apareció el bacilo de Hansen. Lo que en un principio todos habían creído enfermedad pasajera, resultó ser la más espantosa de todas; la que desde los tiempos bíblicos ha sido el terror de todos los pueblos.

Anunciación, aquella niña encantadora, adorada por sus padres y admirada por todos, era víctima de una de las más destructoras enfermedades: la lepra.

Comunicar semejante noticia a sus incrédulos y desesperados padres no fue una labor fácil. Don Jerónimo estaba fuera de sí: “¿Cómo, cómo puede  ocurrir algo así en esta época? ¿Por qué, por qué a mi pequeña?”.

El médico también se hallaba desconcertado, pero atando cabos llegó a su recuerdo la nodriza que tuvo la joven cuando niña, una negra bondadosa y fiel que vivió junto a la familia  varios años y que padeció elefantiasis, una dolencia que la llevó a la tumba. A ella atribuyó el misterioso contagio.

Pero la infortunada jovencita y sus padres no solo debían soportar los devastadores efectos del terrible mal. Era esa una enfermedad que traía consigo un pesado estigma. Quienes la padecían no podían vivir junto a las sanas. Por aquellos años se creía que la enfermedad, además de incurable, era altamente contagiosa y por ese motivo se destinaban lugares retirados y aislados, llamados leprocomios, para albergar allí, lejos del contacto con los demás, a las personas infectadas.

Es fácil imaginar la desesperación que invadió a don Jerónimo de la Espriella al conocer tan abrumadora realidad. Podía haber muerto de dolor en ese mismo instante, pero no tenía derecho a hacerlo. Su hija lo necesitaba más que nunca. Él no iba a permitir que llevaran a su pequeña a un leprocomio. Antes preferiría verla muerta.

“¡Juro, que nunca, nunca, me separaran de mi hijita. La protegeré con mi vida si es preciso. Lo juro por Dios! ”.

Comprendiendo el infinito dolor de sus amigos, el doctor Solano ocultó lo más que pudo la noticia, pero en un pueblo pequeño todo se sabe, y a los pocos días el murmullo se hizo voces entre todos los pobladores.

Al primer instante de estupor y compasión, le siguió el temor, el rechazo y hasta la furia y la violencia. Día por día empezaron a escucharse voces airadas que pedían la salida inmediata del pueblo de toda la familia.

“¡Fuera, fuera! ¡Márchense con su peste a otra parte, desgraciados! ¡Déjennos en paz!”

La furia de los vecinos se iba tornando incontrolable. Varias veces lanzaron piedras contra las ventanas de la casa,  y algunos hasta amenazaron con quemar la vivienda con ellos adentro. Don Jerónimo supo entonces que debían marcharse y cuanto antes mejor.

Una madrugada, en completo sigilo, sacó lo más imprescindible de su casa y se marchó con rumbo desconocido. Los muebles y todas sus pertenencias quedaron abandonados.

Fue un viaje espantoso. No lograban encontrar hospedaje durante el trayecto ya que la noticia de la enfermedad de Anunciación se había difundido y nadie quería saber de ellos. El padre, en su desesperación, debió construir una balsa con techo de hojas de palma para recorrer el río navegable hasta llegar a una población alejada, en donde finalmente se establecieron.

Durante un año se creyeron a salvo de la curiosidad y del temor malsano de las gentes,  hasta que un aciago día un vecino de su pueblo pasó por el lugar y se enteró de su presencia. De nuevo se repitió la historia. No les quedó más remedio que volver  a partir e internarse en la selva.

***

Tres años después de ocurrida esa tragedia, César León, feliz y expectante firmaba contrato con la compañía petrolera y viajaba entusiasmado a su nuevo destino.

 La planta petrolera estaba situada en medio de una tupida selva tropical.  A su llegada,  César tuvo un primer instante de duda, ¿se habría equivocado al aceptar ese puesto? Pronto sin embargo, se disipó su incertidumbre. A pesar de lo inhóspito y retirado del campamento a su interior se disfrutaba de muchas comodidades: gimnasio, casino, bar, sauna, biblioteca y hasta piscina, si bien el agua de esta última debía ser tratada de continuo para evitar los hongos que proliferaban en el lugar por causa del clima y de la humedad.

La selva, no obstante, era impredecible. Cierto que ya hacía varios meses que en el campamento no sufrían incursiones de los indígenas, pero con ellos nunca se podía estar seguro. Era mejor tomar precauciones. Reiteradamente se les advertía a  los operarios de la planta lo peligroso de internarse solos por la jungla.

Luego de varias semanas de permanencia en la planta, César empezó a tomar confianza y poco a poco comenzó a dar pequeños paseos por los alrededores. Siempre había disfrutado de la naturaleza, y aquella vegetación lujuriosa y la variedad de fauna que la poblaba le parecían fascinantes. Una semana antes de salir con licencia a visitar a su madre, se internó más que de costumbre en la espesura. Le había tomado confianza a ese entorno salvaje. Cuando se dio cuenta,  había llegado ya a la orilla del torrentoso río cercano que bordeaba el lugar. Unas nutrias lo cruzaban en ese momento y una bandada de patos surcaba el cielo.

De pronto tuvo la sensación de ser observado. Con un estremecimiento involuntario se volvió y con sorpresa divisó, en una pequeña meseta cercana una choza rústica camuflada entre la maleza, y fuera de ella un hombre,  al parecer blanco que desde lejos lo observaba.

Pudo más su curiosidad que su prudencia y cauteloso se dirigió hasta el lugar. Al llegar no cupo en sí de la sorpresa. Allí, frente a él estaba don Jerónimo de la Espriella. Sí, a pesar de los cambios sufridos en su apariencia, era él, no le cabía la menor duda. Delgado, envejecido, su cabello completamente blanco, algunas lacras de mal aspecto en su cara y  una expresión torva en su rostro. Estaba vestido como un campesino y en su hombro cargaba un rifle.

De inmediato volvió a su mente la trágica historia vivida por ese hombre y su familia años atrás. Como todos los habitantes de su pueblo, César también se había impresionado con la terrible noticia de la enfermedad de la joven, ocurrida tres años antes. Él, como otros jóvenes del pueblo,  se había sentido cautivado por su belleza y de no haber sido por el cerco infranqueable que había levantado su padre a su alrededor, quizá hasta se hubiera atrevido a enamorarla.

Y ahora, allí frente a él,  en medio de la selva,  se encontraba nada menos que don Jerónimo de la Espriella, protagonista de esa historia.

Sentimientos encontrados lo embargaron en ese momento. Solo se atrevió a preguntar:

–¡Don Jerónimo! ¿Es usted?

–¿Quién eres, muchacho? ¿Qué haces aquí?

—Soy César, don Jerónimo, el hijo de doña Úrsula, la modista. Tal vez usted la recuerde.

—Sí, sí, vagamente. He procurado olvidar muchas cosas del pasado.

—Estoy trabajando en la planta petrolera, don Jerónimo, pero allí  nadie me ha hablado de usted. Creo que no saben de su presencia aquí. 

—Ni van a saber, si puedo evitarlo —replicó, don Jerónimo, con una expresión decidida en su rostro y un brillo de demencia en sus ojos.

—Papá, ¿con quién hablas?

Una figura muy delgada, con el rostro  desfigurado,  irreconocible, se asomó por un breve segundo a la puerta. Un estremecimiento involuntario se apoderó de César. No podía ser cierto lo que habían visto sus ojos. De la bella jovencita que él recordaba no quedaba nada.

—Don Jerónimo, siento mucho esto que les ha ocurrido — dijo conmovido, procurando disimular su estupor –Dígame, ¿está usted también enfermo? En la planta tal vez  podríamos ayudarlos. Están ustedes muy solos aquí  — acertó a decir,  pero al instante mismo de pronunciar esas palabras y observar la expresión sombría en los ojos del hombre, supo que había cometido un error.

Sin pronunciar palabra don Jerónimo se dirigió hacia  el río y con un gesto le indicó a César que lo siguiera.  Reprimiendo un instintivo temor y su recelo natural al contagio, el joven  accedió y lo siguió a prudente distancia. Caminaron en silencio por la orilla del río, y cuando estuvieron a lejos de la choza don Jerónimo se detuvo.

—Me temo que no es precisamente el Ángel de la Guarda quien te trajo hasta acá, muchacho. No tengo nada en contra tuya, pero no puedo permitir que se conozca nuestra presencia aquí y vuelvan a desterrarnos. En este lugar nos sentimos seguros. 
  
– ¿Y los indígenas? ¿Cómo han  podido librarse de sus ataques, don Jerónimo, me han dicho que son muy violentos?

– Al  ver el estado de mi hija sintieron temor y  nos han respetado –respondió escuetamente don Jerónimo.

–¿Y su esposa, don Jerónimo?

–Murió hace dos años. No resistió tanto sufrimiento. 

– Y su hijita, don Jerónimo, ¿cómo está ella?

–Ya la viste. El mal está ya muy avanzado. No está en condiciones de viajar ni  podemos irnos ya a ninguna parte.  Y yo estoy cansado, muy cansado.  Perdóname. No me dejas otra opción – dijo mirándolo con infinita tristeza a la vez que  tomaba  el rifle que llevaba en su hombro. Por una fracción de segundo César León supo que su madre no había estado equivocada. 


El ruido del disparo quebró el ominoso silencio de la jungla y una bandada de loras  alzó el vuelo en vocinglera algarabía, mientras el cuerpo inerte del joven ingeniero era arrastrado por las aguas, río abajo.