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sábado, 29 de agosto de 2015

Licencia matrimonial


Licencia matrimonial

Era ya bien entrada la mañana y las calles del centro  de la ciudad aparecían congestionadas por una masa humana variopinta y vibrante. Los vendedores ambulantes ofrecían a voz en cuello las más diversas mercaderías: mangos, pitayas, piñas, empanadas, buñuelos, loterías, revistas, almanaques, correas, corbatas, camisetas y todo lo imaginable. Varios mendigos,  de apariencia miserable, aguardaban recostados en los muros de la alta catedral la limosna fortuita de los cientos de transeúntes. El tránsito de los vehículos  era lento, en parte, por lo estrecho de la calles y en parte, por la pésima graduación de los semáforos y la anarquía de los conductores. A cada interrupción, se dejaban escuchar sus persistentes  bocinas.  El sol estaba ya en su cenit y el calor arreciaba. 

Pero allí, en medio de  todo ese caos, del sol  inclemente y del sofocante calor, algo refrescante para el sorprendido forastero: el desfile constante de hermosas mujeres;  un espectáculo de belleza  y de coquetería sin par.  Como parte de  su trabajo, Steve Carpenter ha visitado diferentes países de las más variadas culturas, pero en ningún otro observó por sus calles tanto garbo y hermosura.  La exuberante vegetación de aquella ciudad  es algo que también le ha impresionado gratamente. Está encantado. Qué  diferencia con aquel peladero en el que hasta hace poco transcurrían sus días.  

Y sin embargo, nunca antes tuvo noticias de aquella ciudad. Al conocer a Adriana se preocupó por  ubicar la ciudad en la que ella vivía  en un mapa de Sudamérica  y entonces se enteró de que ésta era apenas un pequeño punto situado al occidente de la capital de aquel país  del que solo tenía referencias preocupantes. 

 La determinación de viajar hasta allá para  casarse con alguien que conocía tan poco y desde hacía tan poco tiempo, fue muy cuestionada por su familia y hasta  por sus compañeros de escuadrón, pero él se mantuvo firme.

 Ahora, allí, en medio de esa vibrante marea humana, su corazón rebosa satisfacción. "Fue una excelente decisión", piensa  para sí.

 Todo está resultando mucho mejor de como lo  había planeado. Adriana,  físicamente, es  mucho mejor que en las fotografías o en  la pantalla del computador y tiene  además, un carácter muy agradable. Al conocerse en persona,  surgió entre ellos una excelente química. Cuánta suerte tuvo al contactarla  y lograr convencerla de que aceptara ser  su esposa.  Gracias a ella logró obtener la  licencia que tal vez  le libró de una muerte segura. Sí.  Le debe la vida. Ha escapado  literalmente del infierno. Es una licencia corta,  es cierto, pero ya se dará sus modos para que se prolongue un poco más. 

 Cuatro meses atrás, al volver de una de las más trágicas misiones llevadas a cabo en  la base de Afganistán, a la que había sido asignado,  Steve Carpenter,  el destacado marine norteamericano empezó  a concebir la idea que una semana antes  le hizo atravesar el mundo al encuentro de una esperanza.

En la base  no había mucho que hacer durante las noches y uno de los escapes que encontró para alejarse de la terrible realidad de sus días,  fue precisamente hacer amistades por la web. En uno de esos programas tuvo la oportunidad de conocer  chicas de diferentes partes del mundo e intercambiar con ellas una serie de correos. Adriana fue una de ellas.  No era precisamente una muchacha. Tenía ya treinta  y cinco años y había estado casada hasta hacía pocos años; no tenía hijos y llevaba una existencia más bien solitaria ocupada  de realizar traducciones con las que se ganaba la vida.  Cuando la contactó por internet, de inmediato surgió entre ellos una especie de química virtual. El hecho de que ella conociera el inglés fue un punto muy importante para que la relación floreciera. No obstante, los dos tenían claro  que aquello era solo un flirt pasajero, algo sin mayor trascendencia. Sus  dos soledades se habían encontrado de manera circunstancial pero había infinidad de cosas que los separaban, una de ellas era la distancia.  Varias circunstancias sin embargo, se unirían  para mover a Steve a pensar en llevar aquella relación a algo mucho más profundo. 

Diez años atrás, a la edad de veinticinco años, movido por un intenso y sincero patriotismo, Steve Carpenter  ingresó a la armada norteamericana. Quería convertirse en marine. Sus primeros momentos en la institución no fueron fáciles, el entrenamiento era riguroso. Pero estaba dispuesto a superar todas las dificultades. Nada le hizo más feliz que usar su uniforme el día de su incorporación formal al cuerpo de marines.  No cabía de orgullo. Ahora formaba parte  de la mejor fuerza de combate del mundo. Se había convertido en un verdadero marine, un combatiente entrenado en el arte de la guerra. En los años siguientes su valiente  desempeño lo hizo distinguirse en varias misiones.  Luego de  la Operación Libertad Duradera en la cual Estados Unidos invadió Afganistán y de  la Operación Libertad Iraquí realizada en el  2003 fue ascendido a suboficial 5, con mejor sueldo, mayor distinción… y mayores responsabilidades.

Es ya un combatiente curtido, pero la campaña de la que forma parte ahora  en Afganistán, es  la  que más le ha impactado. Aquel  es un territorio desapacible, conformado por poblaciones paupérrimas asentadas sobre terrenos  áridos y pedregosos y  montañas empinadas y  desérticas en las que solo pastan cabras. Un panorama desolador carente de vegetación y  de frescura.  Le conduele  ver la miseria de aquellos seres, quisiera confraternizar con ellos,  pero les está completamente prohibido tratar de acercarse a la población. No hay cómo fiarse de nadie. Su fanatismo  lleva a los pobladores a inmolarse  con tal de causar daño a los odiados invasores. Ya no pueden fiarse ni siquiera de los niños. Uno de ellos se acercó en días pasados  a uno de los guardias  del campamento y antes de que este pudiera prevenir un ataque hizo explotar los explosivos que traía amarrados a su cintura.  Fallecieron  no solo el niño causante del ataque sino también el imprudente vigía y quedaron gravemente heridos cuatro suboficiales que se encontraban cerca en esos momentos.

Steve ha visto  reflejado un odio salvaje en los ojos de  hombres, mujeres y niños.  Sabe que quieren que se marchen. Y ha llegado a pensar que eso es cuando menos justo. Ese es su país.   Pero no se atreve a confiar  a nadie sus pensamientos,  es un militar y tiene muy claro que no debe cuestionar las misiones que tiene a su cargo. En su interior, sabe sin embargo  que a pesar de su poderoso armamento y de sus excelentes  tácticas de combate, están estancados en una lucha sin fin contra un enemigo que no solo no le  teme a la muerte sino que hasta parece desearla.  Y Steve sabe bien que no  hay  enemigo más peligroso que aquel que nada tiene  que perder.

 Los días transcurren en el campamento en medio de un calor agotador, de una lucha sin tregua  y de una zozobra constante.  Las últimas misiones han dejado un saldo de varios muertos y heridos. No hay un día en que algo trágico no suceda. Los guerrilleros talibanes emboscados entre las ranuras y cuevas  de las montañas, les han causado bajas sensibles. Se mimetizan entre las rocas y el color ocre del paisaje.  Parecen salir de la nada  y  compensan lo obsoleto de sus armas con su temeridad y   una excelente puntería. En varias ocasiones ha visto caer a su lado, mortalmente heridos a sus compañeros. Sabe que su turno tal vez está cercano. 

Pero entonces, algo ocurre que lleva esperanza a su corazón:  uno de los integrantes del batallón pide una licencia para ir a su ciudad natal a casarse.  Steve se muestra escéptico, cree que no se la van a conceder, pero para su sorpresa, el motivo justifica la licencia y  su compañero obtiene una respuesta positiva.  Presa de una angustia que no puede expresar, pero que lo acosa día y noche, Steve ve en esa circunstancia una tabla de salvación.

 Esa noche,  reunido con sus compañeros de armas en el casino de la unidad  les comenta su intensión de casarse  con aquella chica que ha conocido por internet  en un país de Sudamérica. Pero su proyecto no es bien recibido, llueven las objeciones: “¿Cómo vas a comprometerte con alguien que apenas conoces?” “Eso es   algo por completo  descabellado”…

 El  único que guarda silencio al tiempo que lo observa fijamente, es Christhopher, un joven de color recientemente agregado a la unidad. Es oriundo de Nueva Orleans y ya  varias veces les ha dado muestras de una percepción  fuera de lo normal.  Cuando todos han emitido su opinión, rompe su silencio:  "Haz lo que  creas más conveniente, Steve. Pero debes saber que es difícil  escapar a nuestro destino. Cualquiera sea tu decisión, debes tener cuidado. Corres un peligro inminente".

Sus palabras son tomadas con  guasa por sus compañeros quienes en medio de grandes carcajadas repiten a voz en cuello: "¡Corres peligro inminente, Steve! ¡Corres peligro inminente! ¿Y nosotros no, Christhopher? ¿Nosotros no?".   La reunión se dispersa en medio de  risas, deben madrugar al día siguiente.

Pero Steve, sí toma en serio sus palabras y  se afirma en su decisión. En los días siguientes se ocupa de profundizar su relación con Adriana. Le habla de sus sentimientos, del amor que le ha inspirado. Poco a poco, a través de correos apasionados,  la convence de que la quiere, que desea casarse con ella. Y no es una mentira, a lo largo de sus conversaciones virtuales ha nacido entre ellos el amor.

Adriana acepta. Y se siguen entonces unos días llenos de apremiantes  trámites, papeles, certificados, documentos, autorizaciones. Las llamadas van y vienen. Hasta que por fin, todo está listo. Steve pide a su comandante licencia para viajar a Suramérica a casarse. Ahora, debe esperar su aprobación.  La respuesta positiva llega un mes después cuando Steve ya casi ha perdido la esperanza.  Emocionado,  alista  su equipaje, se despide de sus compañeros, realiza una visita relámpago a su madre y toma el vuelo más rápido a Suramérica. 

Y allí, está ahora,  esperando a Adriana, en medio de esa bulliciosa plaza,  mientras ella realiza una gestión en el banco. Prefirió quedarse allí, en medio de la gente, continuar conociendo el lugar y disfrutando ese ir y venir femenino que le parece tan atractivo. 

Pero Adriana se está tardando.  Consulta su reloj  y sin saber por qué empieza  a sentirse un tanto inquieto. La  sensación placentera experimentada minutos antes ha desaparecido. Sin razón aparente, toda esa marea humana empieza  a parecerle,  opresiva, amenazante. Se siente  extraño, intruso en un lugar que no es el suyo. Por un momento experimenta  la misma sensación de temor que se apoderaba de él antes de iniciar  una  misión en la lejana  base de Afganistán.

No conocer el idioma es algo que también lo confunde. No entiende  lo que la gente le  ofrece o le pregunta y por otra parte,  al escuchar su dejo extranjero,  las personas se lo quedan viendo con extrañeza. Quizá no fue  una buena idea quedarse solo. Saca su celular para llamar a Adriana, pero ella no contesta su llamada. Seguramente no puede hacerlo al interior del banco.  Vuelve a intentarlo. En ese momento, un joven de expresión huraña se acerca hasta él. No entiende  lo que le dice pero por su gesto comprende  que le pide su celular. Y no de muy buena manera. 

Imposible. No puede dárselo. Eso no.  Allí tiene todos sus contactos. "Tal vez" , piensa , se  "contente  con algo de  dinero". 

 Mete su mano en la chaqueta para sacar su billetera y en ese instante  escucha  el grito angustiado de Adriana:  "¡Cuidado, Steve, tiene un arma!".

Y simultáneamente,  antes de caer inerte sobre el pavimento, escucha el fuerte estallido  y  siente en su pecho el terrible  escozor.


Leonor María Fernández Riva






Otros cuentos de la autora:
·       Punto Final
·       Su mejor decisión
·       Génesis
·       El último conjuro
·       Un instante de lucidez
Un río llamado Nostalgia
  Vidas cruzadas

domingo, 2 de agosto de 2015

Punto Final


Punto final

Algunos periodistas comentarían días más tarde, en forma desaprensiva,  lo ocurrido con la empresa,  pero ella estaba ya por encima de todo.


Despertó sobresaltada, presa todavía de la sensación de terror y acosamiento  experimentada durante  el sueño. 

En él, se veía corriendo aterrada por un oscuro laberinto,  rodeada de precipicios y peligros.  Seres espantosos la acechaban.  A su paso, se abrían  puertas  que parecían conducir  a una oscuridad aun más impenetrable y a peligros insospechados.  Desesperada, cuando ya  casi la abandonaban las fuerzas, divisó  a lo lejos la figura querida de su padre que parecía aguardarla frente a una  puerta. 

Emocionada,  corrió hacia él y  al llegar a su lado observó  que la puerta junto a la que estaba parado tenía labradas en su superficie figuras siniestras, aterradoras,  como si condujera a un infierno peor del que estaba escapando. Con gesto de profunda ternura, su padre  la invitaba a  abrir esa puerta y  entrar.

Confiada en el amor de su padre, pero a la vez presa de profundo terror ante lo desconocido, se detuvo indecisa frente a la enigmática puerta. En ese momento despertó.  Se  sentía  inusualmente agotada; como si no hubiera dormido y las horas de reposo no hubiesen reparado su cansancio. ¿Qué significado tendría aquel extraño sueño? 

Si no tuviera tantos compromisos que cumplir, tanto que hacer, tanto que decidir, se quedaría  acostada toda la mañana.  Pero ese no era el  caso. La empresa necesitaba ahora más que nunca su presencia.

Miro el reloj,  y sí,  ya era hora de levantarse: las 4 y media de la madrugada. Hizo acopio de entusiasmo y como todos los días  se dispuso a realizar su hora de ejercicio y de oración. Tomó la Biblia y rezó el salmo que tanto la reconfortaba. A pesar de no tener respuestas evidentes y propicias  a sus graves problemas, la existencia de Dios seguía siendo para ella su más profunda convicción. Poco a poco, al realizar su diaria rutina la energía fue envolviéndola. Tomó un reconfortante baño y se maquilló despacio, con esmero.  Esa costumbre heredada de su madre era algo que hacía parte de su diaria rutina.  Siempre se preguntaba: ¿Cómo pueden  existir mujeres que no aprovechen los innegables beneficios del maquillaje?  Una tontería, a su criterio puesto que utilizarlos con inteligencia y sobriedad no era cuestionado por nadie; ese era un derecho ganado por las mujeres a lo largo del tiempo,  Desde la época de los faraones y aun antes, en la cultura sumeria, se utilizaron con profunda sabiduría pócimas y afeites que prestaban a los rostros tanto femeninos como masculinos un innegable encanto. Ignorar ese recurso para verse mejor,  era a su juicio, algo muy poco inteligente.  "En fin”, pensó para sí, "cada cual con sus temas". Disimuló un tanto con el corrector las ojeras que ese mañana  estaban más pronunciadas y  alegró con un poco de rubor sus mejillas.  Un cambio indudable. Se vistió con  pantalón  y la primera blusa que vio en el closet y después de revisar los documentos que debería llevar a la oficina, se dirigió al estacionamiento.

Al llegar a la empresa, el portero la recibió con su cotidiano y cariñoso saludo:

–¿Cómo amaneció, doña Leonorcita?, mire qué bonito día tenemos hoy. Permítame, la ayudó con su bolso y los paquetes.

–Gracias, Ancízar, sí parece que vamos a tener un bonito día.

Pero no se hace muchas ilusiones. No puede  alejar de su mente que los días difíciles parecen haber llegado para quedarse. A pesar de su carácter positivo sabe que la empresa fundada por su padre hace ya casi sesenta años y que ella gerencia desde hace cuatro, está atravesando una situación sumamente grave, tal vez irreversible. Eso es algo que le produce infinita angustia.

Se encamina a su oficina preguntándose qué realmente le deparará ese día.  Aún es temprano y la mayoría de  escritorios  se encuentran desiertos.

A través de la ventana observa la planta. Desde hace ya varios meses la producción está de bajada. Algunos de los equipos se encuentran cubiertos con plásticos. Hace ya varios días no se están utilizando. Un panorama desapacible.

En un rincón,  varios operarios conversan  tranquilamente.  Es evidente que no tienen  nada qué hacer.  "Deberían ocuparse de limpiar sus equipos  o engrasarlos, en vez de estar ahí sin hacer nada", piensa para sí, con malhumor, "pero claro, mientras sigamos pagándoles la nómina a tiempo, lo demás no tiene para ellos ninguna importancia".

Observar los equipos parados y la actitud quemeimportista de los empleados, le produce una sensación opresiva.  Pero, ¿cómo culparlos? ¿Qué saben ellos de la falta absoluta de capital de trabajo, de la imposibilidad de comprar materia prima, de los enormes gastos administrativos, de los problemas con los equipos viejos y mal mantenidos, de los malos resultados de  las ventas, del odio enconado  y el acoso constante de algunos accionistas,  de la indiferencia de los otros, del mal que le causa a la empresa la deslealtad interna, de la profusión de demandas laborales millonarias, de los reclamos y descuentos de clientes abusivos, de las cuentas incobrables… Y sobre todo, ¿qué saben ellos de su cansancio, de su infinito cansancio?

Sus ojos se detienen  por unos instantes en la oficina que ocupó durante tres años el gerente financiero.  ¿Cómo pudo equivocarse así?  No solo llegó a depositar en ese hombre su confianza sino también su amistad. Y no obstante, en el momento más difícil la dejo sola. Nunca sin embargo se hizo muchas ilusiones. Sabe muy bien  que nadie pelea las  peleas ajenas.  Está sola.

Sobre el escritorio la esperan  varios sobres. Con un suspiro empieza a revisarlos: invitaciones a desayunos de trabajo, conferencias, capacitaciones, cuentas de cobro,  facturas indicando que están en mora, certificaciones de leasings vencidos, demandas laborales, requerimientos de la Superintendencia... Y allí, entre todos aquellos papeles,  aquella apremiante solicitud recomendada por la Junta Directiva para hacer llegar cuánto antes a la Superintendencia de Sociedades. Una solicitud que ella, tercamente, se niega a  firmar. 

En ese momento llega su secretaria.

– ¡Se me adelantó, doña Leito! ¿Cómo amaneció? ¿Le sirvo un cafecito?

–Sí, Zuleyma, gracias. Cuando llegue Adriana, le dices por favor que venga a mi oficina, tengo que revisar con ella algunas cuentas.

– Ya doña Leo, ¿algo más?

–No, Zuleyma, gracias.

–¡Ah!, doña Leo, el aire acondicionado de la sala de Juntas se descompuso, dice Quevedo  que ya no da más, que hay que comprar uno nuevo. Me parece que vamos a tener que poner un ventilador porque recuerde que a las 10:00 vienen los de la compañía de seguridad para hablar de su factura y sin aire acondicionado hace ahí un calor terrible. Creo que Edison también  quería hablar con usted, la CTP volvió a descomponerse.  Parece que es algo serio.

–Sí es algo serio, será definitivo, querida. Dile que suba.

En ese momento divisa  junto a la puerta de entrada  a doña Ayda, la administradora de la cafetería, quien la aguarda con cara de preocupación. 

–¡Pase, pase, doña Ayda!  Cuénteme, ¿qué la trae por aquí?

–¡Hay doña Leito, lo mismo de siempre! Ya casi van dos meses que el Fondo de Empleados no nos paga y ya no tenemos ni cómo hacer mercado. Ellos dicen que ustedes tampoco les han pagado. 

–Y dicen la verdad,  doña Ayda, no se imagina lo apretados que estamos.

–Sí, doña Leito, nosotros bien sabemos la situación de la empresa y créame que lo pensé mucho antes de venir a molestarla con la cantidad de problemas que debe tener, pero es que ya materialmente no podemos continuar.

–Lo se, doña Ayda. No sabe cuánto me apena tenerla en esta situación. Usted le presta en la cafetería un gran servicio a la empresa.  ¡Adriana! ¡Ven un momento!

–¿Sí, doña Leonor?

–Adriana, quiero ponerme contigo a revisar las cuentas.   Dime,  ¿cómo amanecimos en los bancos? 

–Pelados, doña Leo. Pero hay la esperanza de que la revista de Buenaventura nos deposite  un adelanto más tarde. Y  bueno,  lo que entre en efectivo por la índigo. Nada más.

–Bueno, ya sabemos que las cosas no están fáciles. Mira, quisiera abonarle algo al Fondo de Empleados para que ellos a su vez le abonen algo a doña Ayda, su situación es muy difícil. 

–Recuerde, doña Leo, que estamos juntando para pagar la EPS y la energía, si no la pagamos mañana  nos la cortan.

–¿Crees que me olvido, Adriana? Pero tenemos que tratar de  picar un poco para todos.

–De todos modos, doña Leo,  toca esperar a ver si hacen el abono de que le hable. Ahorita, no hay nada.

–Ya ve doña Ayda. Tengo toda la voluntad de ayudarla, pero no es fácil.  No se desanime creo que en el transcurso de la mañana podremos colaborarle con algo. 

Al quedarse sola no puede evitar exhalar un suspiro de ansiedad. La situación es agobiante. 

–Buenos, días doña Leonor, ¿puedo pasar?

Es el jefe de Preprensa,  el departamento que se ocupa de fundir las planchas antes de la impresión.

– Claro, Edison, siga no más. ¿Qué lo trae por aquí?

– Malas noticias, doña Leo. La CTP, no ha querido funcionar. Parece que la tarjeta sacó la mano. No sé qué vamos a hacer. Hay una fila enorme de planchas por fundir.

– Y ¿qué dice el técnico? 

–Ya  dio el diagnóstico, doña Leo, el sofward ya no funciona, hay que cambiarlo.

–¿Y el costo? 

–20 millones y hay que pagar también los gastos del técnico que venga de Bogotá a instalarlo, otros cinco. 

–Imposible cambiarlo en este momento, Edison. Funda las planchas en otra parte. 

–Sí, doña Leo, creo que no hay otro remedio, pero como ya usted sabe,  eso nos cuesta el triple. Se nos va la ganancia y además, afuera hay que pagar de contado y de repeso, no nos trabajan rápido, nos mandan a la cola. 

–¿Qué otra cosa podemos hacer, Edison?  Tiene mi autorización para tercerizar ese proceso. Hay que tratar de  cumplir con los trabajos sobre todo con los que han dado un adelanto. 

–¿Qué tal Jorge? Pase, pase, ¿qué me cuenta? 

Es el jefe de producción, un joven ingeniero industrial muy comprometido con la empresa.

–¿Cómo van las cosas por la planta, Jorge? 

–Regular, doña Leito. La prensa cinco colores está trabajando a media máquina. Las pinzas no están funcionando  bien y se daña mucho papel. Tenemos que parar cada diez minutos para ajustarla. Pero ahí vamos. Ahora ese problema de la CTP me tiene preocupado. Todo se va a atrasar.

–Acabo de hablar con Edison, Jorge. Ya le di autorización para fundir las planchas afuera, no importa el costo. Tenemos que cumplir con los trabajos, ese de Buenaventura es para mañana. Si no lo entregamos a tiempo no nos lo reciben.

–No se preocupe, doña Leito,  tengo a toda la gente comprometida.  Pero vamos a tener que trabajar horas extras. 

–¡Horas extras, Jorge! Y con esta producción tan pequeña. Eso no tiene presentación.

–Cierto, doña Leito, pero no hay otra forma de cumplir.

–Bueno, Jorge, haga lo que tenga que hacer. No podemos arriesgarnos a que nos devuelvan un trabajo. 

–Vamos a cumplir, doña Leito. No se preocupe. Pero venía también a decirle otra cosa.

 –¿Otra cosa? Espero que sea buena, Jorge.

–No lo creo, doña Leito. O bueno, no sé. Ocurre que me han hecho una propuesta de trabajo y no quiero desaprovecharla.

–¡Una propuesta de trabajo! 

No puede evitar que se le humedezcan los ojos. Trata de no conmoverse, pero este es un jarro de agua helada que no se esperaba. Procura que su voz suene serena: 

–Y usted, claro, ha aceptado.

–Sí, doña Leito, las cosas aquí están inciertas y esa propuesta  es una buena oportunidad para mi. Me da pena dejarla sola, pero creo que Edison y Javier pueden ocuparse de la producción sobre todo ahora que estamos tan bajos de trabajo. 

– Comprendo, Jorge. Nosotros, desde luego, no podemos mejorarle ninguna propuesta.  Y dígame, ¿hasta cuándo trabajaría con nosotros? 

–Hasta el viernes.

–¿Hasta el viernes? O sea, pasado mañana.  Bueno, supongo que ya lo tiene decidido.  Gracias por avisarme. Ocúpese entonces de los trabajos que hay que despachar esta semana y vaya entregando su puesto a Edison.

 Al quedarse sola, sus ojos,  humedecidos por la angustia, se detienen una vez más sobre la solicitud de liquidación que está ahí, aguardando.   Sacude la cabeza como alejando la tentación. No  quiere pensar en eso. No puede hacerse a la idea. 

–¡Adriana! ¡ven un momento por favor!

– ¿Sí, doña Leonor?

–Toda la mañana he querido hablar contigo sin conseguirlo. Quería revisar los pagos más urgentes y lo que tenemos en Cartera para ver qué podemos hacer, pero ya ves,  entra el uno y el otro y claro,  ninguno te dice nada reconfortante. ¿Sabes que Jorge se nos va?

– Sí, doña Leo, algo me dijeron por ahí. La considero. No hay en verdad nada estimulante a la vista.  A propósito, la recepcionista me entregó unas cartas de la Super para usted. 

–La Superintendencia  nunca nos trae buenas noticias, Adriana, todo no son sino requerimientos, quejas, aclaraciones, multas… Pero bueno, ya las veré luego. Dime, ¿qué ha pasado con esa cuenta de  Coomeva que no nos acaban de pagar?

–¡Ay, doña Leo! Todos los días ofrecen que ya va a salir el cheque, pero nada. Creo que va a tener  que volver  a llamar  a la gerente.

–Tal parece que les estuviésemos pidiendo limosna. Ya hace cinco meses les hicimos ese trabajo y no nos pagan. ¡Cuarenta millones! Imagínate lo bien que nos vendrían en este momento.

–Ya lo creo, Doña Leito.  Vea, iba también a pedirle permiso para llegar mañana un poco  más tarde.

–¿Sí? ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

–No, doña Leito, tengo una cita de trabajo a las 9:00.

–¡¿Tú también, Adriana?!Acabaré quedándome sola.

–No es nada seguro, todavía doña Leito, no se preocupe. Pero ya ve usted  como están las cosas. Tengo que pensar en lo que voy  a hacer si pasa algo. Recuerde que soy cabeza de familia.  

–Te comprendo, muy bien, Adriana. Es solo que tú eres mi mano derecha. No creas, yo también quisiera poder escapar.

–¡Hay doña Leito, no diga eso! Tenga fe, ya verá como al final todo se arregla.

–Fe nunca me ha faltado, querida Adriana. Lo que nos hace falta es otra cosa. 

Al quedarse de nuevo sola abre mecánicamente uno de los sobres. La Superintendencia le comunica que la ha multado  por haber restringido el derecho de inspección su sobrino antes de la Asamblea: ¡cinco millones! Y los debe pagar ella, no la empresa. ¿De dónde? Bueno, ya pensará en eso más tarde. 

Prevenida, abre el otro sobre. Una denuncia de algunos de  los trabajadores  ante el Ministerio de Trabajo por el atraso en pagar la EPS. Exigen el pago  inmediato y también el  de las  cesantías atrasadas con sus respectivos intereses. La firman un número considerable de empleados. Curiosa, recorre las firmas. Allí está Fátima, la empleada de terminados  a quien solo hace un mes ayudó personalmente con doscientos mil pesos; Teresita, la empleada de más edad a quien se ha resistido a despedir pensando en su difícil situación económica; Wilder, el chofer, que a veces la recoge en su casa y a quien siempre le reconoce generosamente sus servicios; Lucien, ¡el chico que empezó a trabajar en la empresa hace tres años; un chico inmaduro que ella prácticamente adoptó y formó! No puede creerlo. Su empecinamiento en continuar con la empresa en medio de tantas dificultades  ha sido precisamente por conservar la fuente de sustento de todos esos empleados. Un profundo sentimiento de defraudación inunda su alma. 

De pronto, en medio de su congoja,  el sueño de la noche anterior viene de nuevo a su mente. Y entonces comprende: su padre, de pie  junto a la ominosa puerta,  no la está invitando a entrar,  la está invitando a salir. A poner punto final a  ese infierno en el que se han convertido sus días.

No duda más. Se enjuga las lágrimas que  inundan sus ojos y, con decisión, toma la carta que contiene la solicitud de liquidación judicial de la empresa y la firma. Esa misma mañana la hará llegar a la Superintendencia de Sociedades. 


Leonor María Fernández Riva
Santiago de Cali, Julio de 2015

  
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·       Punto Final
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·       Génesis
·       El último conjuro
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