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sábado, 23 de mayo de 2015

El último conjuro



El último conjuro

Leonor María Fernández Riva

Villa Encantada, una tranquila población de corte medieval conformada por sobrias y espaciosas viviendas unidas por callejuelas adoquinadas y variedad de pasajes y recovecos secretos, se había ido transformando al paso del tiempo en una ciudad activa y moderna. Ante la demanda de nuevas tierras para construir, el  extenso bosque natural que la circundaba fue poco a poco reduciéndose hasta quedar  simplemente convertido en una  gran mancha verde a las afueras de la ciudad.

Con la llegada del progreso, muchas costumbres tradicionales desaparecieron para dar surgimiento a otras nuevas. Se tornó ya  raro ver a los ciervos atravesar desprevenidos las calles o a las bandadas de patos y loras salvajes cruzar el cielo en alegre algarabía o a los búhos emitir en las noches desde las cornisas de las edificaciones sus peculiares graznidos, y se  hizo  en cambio habitual escuchar el claxón insistente de los automóviles, la constante llegada de nuevos residentes, la construcción de modernas urbanizaciones y la continua instalación de negocios y fábricas.

Los pobladores de la antes apacible villa, debieron adaptarse,  sin otra opción, a su nueva realidad y a los cambios y novedades que día por día ésta les generaba. Y quizá fue por esta razón que aceptaron también como algo natural  la presencia de Allfi, un personaje singular que de un momento a otro apareció en el lugar.

Debido tal vez  a su peculiar aspecto, Allfi, como empezó a ser conocido por todos en la ciudad, había escogido  para vivir un lugar  situado en lo  más profundo del bosque en donde al parecer se sentía  protegido de la curiosidad de la gente. Y así ocurrió efectivamente, hasta el momento en que la ciudad llegó también hasta su choza, y ésta pasó a formar parte del área poblada.

Pequeño, muy pequeño,  Allfi apenas si llegaba a los setenta centímetros de estatura, cuerpo enjuto, piernas cortas y brazos pequeños y delgados que terminaban en unas manos muy grandes de uñas largas y descuidadas, rostro alargado, cruzado por diminutas arrugas, nariz pronunciada, labios delgados, ojos pequeños y vivaces custodiados por unas cejas pobladas y una larga y espesa barba rojiza en la que ya se percibían algunas canas, su aspecto era en verdad singular. 

Al parecer no tenía parientes ni amigos y era evidente que tampoco le atraía entablar amistad con nadie. Al verlo tan solitario e inerme, sus vecinos más cercanos experimentaban por él un sentimiento de conmiseración, pero no podían hacer nada ante la especie de barrera virtual que Allfi interponía entre él y el resto del mundo. 

Sus costumbres y su manera de ser eran tan singulares como su apariencia. Resultaba por demás curioso constatar que a pesar de su edad -la cual debía ser considerable- continuaba observando con ojos ladinos a las jóvenes del pueblo; algo que a algunas personas les hacía gracia y a otras les resultaba inquietante. 

Varios moradores contaban también que al pasar frente a su choza lo habían escuchado repetir exaltado palabras ininteligibles; vocablos en los que insistía alterado una y otra vez como tratando de recordar algo muy importante que ya  había olvidado

Parecía tener un gran amor por la naturaleza y gozar de un don especial para cultivar las plantas y las flores; su pequeño huerto, florecido y cargado de frutos, era la envidia de toda la población.

 Quienes por algún motivo se internaban en el bosque solían observarlo pasar horas enteras recostado junto a una de las centenarias encinas tal como si estuviera conversando con ella. No poco estupor causó también entre las gentes del lugar verlo prorrumpir en llanto cuando en cierta ocasión debió sacrificarse un vetusto roble cuyas deterioradas raíces lo convertían en un peligro para los transeúntes. Todas estas cosas hacían que Allfi fuera visto como un ser un tanto extraño, pero digno más que nada de lástima por su edad y sobre todo, por su soledad.

No obstante, la conmiseración que aquel patético personaje despertaba en las buenas personas del lugar quizá se habría convertido en sobresalto y temor si hubiesen conocido que el pasado de Allfi estuvo también muy ligado al pasado de aquella población.

Prácticamente todos en el lugar desconocían ya que aquel tupido bosque milenario en medio del cual se encontraba Villa Encantada, estuvo alguna vez poblado de elfos, hadas y gnomos y que de allí surgió el nombre del lugar cuyo origen luego se fue perdiendo entre la bruma del tiempo.

Allfi hizo parte de una comunidad de gnomos que habitaron el interior de los inmensos árboles del antiguo bosque. Sus voces, sus risas y sus cantos fueron escuchados con sobresalto por los pocos pobladores que antaño se arriesgaron a transitar  durante la noche por los oscuros senderos del bosque. 

Con los relatos de aquellas vivencias se fue conformando alrededor de la tupida fronda de Villa Encantada, una leyenda de misterio que duró muchos años. Pero el progreso, con sus calles pavimentadas, sus construcciones de ladrillo y cemento, la electricidad y los autos modernos que relegaron para siempre las antiguas carretas de caballos, tornaron incrédulos a sus habitantes y las antiguas leyendas poco a poco fueron olvidadas. 

Como es sabido, cuando se deja de creer en algo, ese algo tiende a desaparecer y  eso fue lo que aconteció con los elfos, las hadas, los duendes y otros espíritus elementales que poblaron durante siglos a Villa Encantada. Cuando esas entidades dejaron  de vivir en la mente de las gentes, desaparecieron para siempre del lugar como si nunca hubiesen existido.

Al contrario de lo que ocurrió con ellas, Allfi continuó viviendo en medio del bosque que siempre había sido su hogar. No fue la suya una elección voluntaria; algo muy trágico le había ocurrido: había perdido su memoria.

Por más que se empecinaba en recordar, no lograba rememorar los antiguos conjuros y sortilegios. Carecía ya de la capacidad de viajar con sus hechizos a otros espacios, de encumbrarse hasta lo más alto de los árboles, de hacer maldades a los humanos, de esconderles objetos, de asustarlos y de enamorar y secuestrar a sus doncellas más hermosas.

Viéndose imposibilitado para ejercer sus antiguos hechizos y con la esperanza de que de un momento a otro la ansiada memoria volviera a su mente continuó su vida en solitario hasta que los hombres y sus viviendas llegaron también hasta su refugio. 

Aceptó aquella circunstancia como algo inevitable procurando compartir lo menos posible con sus vecinos humanos a la espera de que un día cercano su mente volviera a recordar. Cada día se adentraba hasta lo profundo del bosque aún existente para permanecer durante horas al pie del tronco de la vieja encina contándole sus cuitas. La encina comprendía bien la angustia del gnomo solitario, pues ella también se había ido quedando sola al caer muchas de sus hermanas bajo la sierra de los leñadores. Ambos hablaban el mismo lenguaje.

A pesar de su aspecto y de sus extrañas costumbres, nadie relacionó nunca a Allfi con los seres de la fronda que según la leyenda algún día poblaron el lugar. Había pasado ya mucho tiempo desde aquellos lejanos días y creer en esos mitos en la era moderna resultaba del todo inconcebible; el solo hecho de pensar que podía existir algo de cierto en aquellas leyendas del pasado era por demás ridículo. Allfi era tan solo un enano anciano, huraño y de no muy buen genio. Nada más.

Lo que no podían imaginarse aquellas buenas gentes es que las leyendas encierran en el fondo muchas verdades y que no se debe descartar del todo ni siquiera a las más inverosímiles.

Allfi, el gnomo, tenía ciertamente muchos, muchos años. ¿Cuántos? Ni él mismo lo sabía. Tampoco podía explicarse por qué seguía todavía allí. La única respuesta era que había olvidado cómo marcharse. Cuando desaparecieron las otras entidades de la fronda él también debió desaparecer, pero había olvidado cómo hacerlo. No tenía ya en sus manos el poder para desaparecer y trasladarse a otros espacios. 

“Es preciso recordar, tengo que recordar”, se repetía a diario anhelante una y otra vez.

Sabía que los seres elementales como él tenían la propiedad de ser inmortales, pero sabía también que al haber mantenido demasiado contacto con los seres humanos tal vez ya había perdido esa cualidad. Sin embargo, esa idea ya no revestía importancia para él, pues al no estar entre los suyos había perdido el deseo de vivir. 

Una noche de luna llena en la que se sintió extrañamente débil presintió que su fin estaba cercano. Salió de su choza sin importarle cerrar la puerta y se dirigió con pasos vacilantes hasta lo más espeso del bosque. Allí, junto a la encina que había sido su confidente durante todos esos años de soledad, empezó a formular con vehemencia, con ansiedad, los conjuros que llegaban a su mente:

"Fuerzas de la Tierra, del Aire, del Agua, y del Fuego, Hadas, Gnomos, Elfos, Delfos, Xanas y Ondinas, habitantes del bosque: fulla xemenia amunt. En l,aire, fulla; demonios, trasgos y diablos, espíritus de los campos nevados, cuervos negros y meigas, hechizos de las adivinas, almas de la Santa Campaña, alimañas, mal de ojo, negros presagios, sueños de muertos, truenos y rayos... rayos y centellas...

Las fuerzas lo abandonaban más y más a cada momento, pero seguía repitiendo anhelante una y otra vez los conjuros que llegaban a su memoria, cambiando una que otra palabra, una que otra letra en el anhelo desesperado por dar con la fórmula correcta que le permitiera morir como un gnomo. 

Al día siguiente alguien pasó frente a su choza y se extrañó al ver su puerta entreabierta, algo que nunca había ocurrido. Lo llamó y al no obtener respuesta avisó en el pueblo. Preocupados, empezaron a buscarlo. A pesar de su aspecto huraño, "el buen Allfi", como era conocido por todos en la villa, despertaba compasión y simpatía.

Al no encontrarlo en su choza procedieron a buscarlo por los alrededores y por último se dirigieron a lo profundo del bosque hasta la inmensa encina en la que varias veces lo habían visto dormitar. Tampoco allí lo encontraron, pero cuál no sería su sorpresa cuando al disponerse a abandonar la búsqueda, desconcertados por su desaparición, lo divisaron recostado en lo más alto de la encina a muchos metros del suelo. Parecía estar durmiendo, pues su rostro se veía plácido y sereno, pero cuando luego de muchas peripecias lograron llegar hasta él, cayeron en la cuenta de que estaba sin vida.

“¿Cómo pudo llegar hasta un lugar tan inaccesible?", se preguntaban. Aquella era una proeza del todo imposible para cualquier ser humano, máxime para alguien de la avanzada edad de Allfi. Algo por completo inexplicable. 

Sí, aquello era algo inexplicable, algo imposible de realizar para un ser humano, pero, claro, aquellas buenas gentes no podían saber que Allfi no era humano y que al fin, después de tanto intentarlo, uno de sus conjuros resultó correcto.


Leonor María Fernández Riva


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