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domingo, 7 de junio de 2015

Génesis




Génesis

Leonor María Fernández Riva


Entró a la cueva, descargó  el ciervo que traía sobre sus hombros y con un gruñido de alivio se  tumbó junto al fuego. Estaba agotado, había sido una larga y difícil jornada.

Su familia debió subsistir  durante varias lunas solamente  de las bayas y de los peces del río cercano.  Esto para él era muy frustrante; había sido siempre un excelente cazador que no  se arredraba frente  a un bisonte, un oso o un mamut, pero últimamente la caza ya no le resultaba fácil. Por eso, traerles ahora la pieza lograda que devorarían con avidez le producía un gran contento. El esfuerzo valió la pena.

De  talla mediana pero de contextura fornida,  faz prominente, piel despigmentada, cabello rojizo,  amplio tórax,  brazos y muslos largos y  piernas más bien cortas, su aspecto infundía entre los miembros de su familia y de la tribu un respeto rayano en el temor. 

Su mujer,  de rasgos similares aunque un tanto más suaves y  de cabello castaño, largo y enmarañado, se acercó hasta él con gesto de alborozo y gruñidos de placer. Tomó una filuda lasca, alzó con un tanto de esfuerzo la pesada pieza  y se dispuso a pelarla y limpiarla en una esquina de la cueva.  Sus pequeños hijos miraban todo con curiosidad pero sin atrever a acercarse. Sabían que su padre no siempre estaba de buen humor.

Pero hoy, él no tenía deseos de pelear. Una vez disipado el cansancio de la jornada, su cuerpo  ya en reposo acusó  el impacto del  aire gélido  que se colaba por la entrada de la cueva. Estaban afrontando temperaturas desusadamente heladas. Un frío tan intenso que las pieles que los cubrían no alcanzaban a disipar.  La incertidumbre que se había apoderado de él últimamente volvió con fuerza al ver a su familia y reflexionar en el peligro que los acechaba.  Huraño  y pensativo no hizo sin embargo ningún intento por comunicarse con ellos. Las muestras de cariño no le  eran habituales. 

Pero lo que estaba ocurriendo le preocupaba.   El paisaje, antes cálido y  lleno de luz se había ido tornando inhóspito, gris, desapacible.  El sol no brillaba sino un par de horas en la mañana  y luego, todo se ensombrecía. La caza escaseaba. Cada vez debía alejarse más para encontrar presas.  Los  renos, ciervos y bisontes que les servían de alimento y hasta los enormes mamuts,  habían desaparecido; se habían  marchado en busca de parajes más cálidos. Solo los grandes depredadores permanecían todavía en los alrededores y  el hambre los hacía mucho más agresivos y audaces. Había observado que  los inmensos osos ya no le  temían al fuego. Eso ya no los  intimidaba. El hambre era una fuerza mucho más poderosa que el miedo. Debían  taponar cada noche con piedras y troncos de árboles la entrada de la cueva  para no arriesgarse a tener  visitas peligrosas.  Su permanencia  en ese lugar resultaba cada vez más expuesta. 

 La llama trepidante  de la hoguera iluminó por instantes  las paredes de piedra de la cueva.  Miró las figuras y  el gesto de su cara se suavizó. Aquella obsesión que experimentaba ahora empezó varias lunas atrás cuando al ir al río cercano observó  que el polvo ocre que se había pegado a  sus pies  y a  sus manos dejaba  al humedecerse marcas indelebles en su cuerpo y en las piedras. Aquel día al volver a su refugio sintió el secreto impulso de trazar en las paredes de roca  la  silueta de un ciervo. Lo hizo torpemente a la luz de la llama de la hoguera  y luego dibujo otro y otro con el secreto  anhelo de que al hacerlo aquellos seres  retornaran.  Su mujer lo había contemplado ese día  entre asustada y admirada.  No podía comprender lo que hacía. Lo veía crear figuras sobre  la piedra y eso le parecía algo sobrenatural. 

 Él sabía que ni ella ni nadie podían entenderlo. Pero sentía que se expresaba mejor con esos dibujos que con los gruñidos y escasos vocablos que cruzaba con su familia y con otros miembros de la tribu.  Aquello  que hacía sobre la piedra era algo muy suyo,  un impulso que le nacía sin saber de donde, algo que  ningún otro miembro de la tribu había deseado hacer pero que  a él le causaba un intenso placer. 

 Olvidando el frío y el cansancio experimentado pocos minutos antes,  se levantó con decisión. Sentía de nuevo el poderoso  impulso de dejar su huella en la piedra. Se  acercó a la roca, introdujo sus manos en la canoa de madera  en la que depositaban el agua y las hundió luego en el ocre que tenía en el suelo. Esta vez, sus movimientos fueron trazando en la roca la figura de un bisonte. Dibujó cuidadosamente su contorno con ocre negro y el interior con ocre color pardo y tonalidades rojizas. El parecido era sorprendente. Presa de un extraño anhelo, dibujo luego otro y otro.

Su mujer suspendió por un momento su labor para observar lo que hacía. Sorprendida, por las imágenes que vio sobre la roca emitió un gruñido de asombro. Aquello era algo completamente  irreal. Uno de los pequeños se acercó  e hizo el gesto de hundir  también su mano en el ocre, pero él lo disuadió con un torvo gruñido. Asustado, el pequeño retornó con ágiles saltos  junto a sus hermanos  y se acuclilló junto al fuego.

El frío se hizo más intenso en los días siguientes, el río  se congeló y ya solo fugazmente se vieron algunos pájaros. Todos habían emigrado. Tomó entonces  la difícil pero apremiante  decisión de emigrar él también con su familia a una zona más benévola. Seguiría el rastro de los animales. Ellos tenían un sentido de sobrevivencia más aguzado que el suyo.  No sabía lo que les aguardaba allá, en la distancia,  pero todo era mejor que terminar helados y muertos de hambre  o devorados por un oso hambriento. 

Esa noche dibujó sobre la roca las últimas figuras de ciervos y bisontes. ¿Por qué lo hacía?  No podía explicárselo. No era solo un llamado a los seres que se habían marchado. No. Él quería decir algo, él  amaba aquellos hermosos seres que lo rodeaban.

Al día siguiente, emprendería con su familia y otros miembros de la tribu una difícil travesía buscando encontrar más allá del horizonte conocido una tierra de clima más benigno, un mejor lugar para sobrevivir.

Iniciaba un tortuoso camino que lo llevaría luego de varios siglos a su extinción, pero allí  en esa oscura y perdida cueva  dejaría para siempre una huella imborrable. 

Leonor María Fernández Riva
Santiago de Cali, junio 7 de 2015


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