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domingo, 12 de septiembre de 2010

La casa interminable


Dibujo colorido de una casa en construcción con cuatro máquinas (grúas, hormigonera...) en primer plano


La casa interminable

Leonor Fernández Riva


Alguien demasiado puntilloso podría tal vez objetar que el pasto del jardín recién se había colocado; que los pequeños limoneros todavía esperaban en sus negras fundas de vivero para ser sembrados; que los arbolitos de camias, acacias y gualandayes semejaban solo plántulas insignificantes en la extensa área verde que rodeaba la edificación, y que junto al muro más apartado aún se apreciaban algunos escombros, pero lo cierto es que al fin, después de tantos meses de lidiar con arquitectos, ingenieros, electricistas, plomeros, cerrajeros, albañiles y pintores, la casa, su casa, estaba terminada. El gran día por fin había llegado.

Todo era euforia y felicitaciones. Los amigos, invitados expresamente para festejar el gran acontecimiento la recorrían con efusivas expresiones de admiración. Al ingresar al hall se maravillaban de su amplitud, de los acabados, de las proporciones ideales de la sala y el comedor; de la modernísima cocina incorporada al ambiente con estanterías primorosas y sólidos mesones elaborados con maderas exóticas traídas de las míticas islas Galápagos; maderas cuyas vetas originales se habían conservado para brindarle al conjunto un toque de rusticidad; la misma exótica madera que estaba presente en los baños, en los pasamanos y en las dos rotundas chimeneas en las que los leños encendidos chisporroteaban esa noche alegre y cálidamente. Era todo un ir y venir de gente curiosa por las alcobas amplias y acogedoras, por sus modernísimos y bien iluminados baños, por los corredores y balcones repletos de plantas y de flores. Solo se escuchaban exclamaciones de admiración y beneplácito:
¡Qué buen gusto! ¡ Cuánta luz! ¡ Qué acogedor! ¡Cuán funcional todo!

Gabriela y Raúl, los dueños de casa, agotados pero felices, recibían orgullosos los parabienes de sus amigos. Era en verdad un logro extraordinario. La casa había quedado preciosa. No fueron pocas ni pequeñas las dificultades que tuvieron que superar para llegar a este gran día ¡pero valió la pena! ¡Cómo no celebrar así, a la grand manier la culminación de ésta, su casa, en cuya construcción tuvieron tantos y tantos contratiempos  pero que al final resultó funcional, moderna y sobre todo, ¡tan agradable!

La inauguración fue algo memorable: mariachis, rumba, brindis y deliciosos y opíparos manjares. La alegría y el festejo duraron hasta la mañana siguiente.

Y el tiempo empezó a transcurrir. Albertito, el niño de la casa, de tan solo seis años, se divertía en grande en el extenso jardín donde plantas y árboles empezaban a arraigarse. Los pequeños limoneros se habían sembrado ya alrededor de la casa; las acacias, las camias y los gualandayes iniciaban tímidamente su lento crecimiento, y en los muros de piedra las buganvillas y enredaderas de flores comenzaban poco a poco a trepar y apoderarse de las paredes.

Como es de todos conocido, las alegrías por los éxitos o logros alcanzados no se mantienen incólumes en el tiempo. Poco a poco, al paso de los días, el hecho venturoso se convierte en cotidianidad y paulatinamente empieza a perder su brillo y su encanto.

Y efectivamente, así sucedió también en esta historia. Una mañana, varias semanas después de la inauguración, Gabriela, empezó a observar, mientras preparaba algo de comer en su moderna cocina, que una de las paredes laterales no permitía contemplar el jardín mientras se encontraba en ese lugar. Ese pensamiento no la dejó ya en paz. Continuamente acudía a la cocina y observaba con mirada perspicaz el entorno. Sí. Definitivamente, allí hacía falta una ventana. ¿Cómo no cayeron en cuenta de eso antes? Raúl trató de hacerle reflexionar que en la cocina había ya dos grandes ventanales con una magnífica vista. Fue inútil. Allí hacía falta otra ventana; una desde la cual se pudiera divisar el enorme portón de entrada y el primoroso jardín. Incapaz de sacarle esa idea de la cabeza a su esposa, y aunque bastante reacio al principio, Raúl aceptó al fin tumbar la pared para hacer allí un amplio ventanal.

Dos meses después, cuando la obra estuvo terminada y los escombros, el cemento y las huellas de la remodelación habían sido ya prolijamente borrados, Gabriela le preguntó a su esposo con una sonrisa coqueta:

-¿No te parece, amor,  que la casa ganó mucho con este arreglo?

Raúl debió reconocer que en efecto así era. A través del nuevo ventanal de la cocina se podía divisar ahora el cuidado jardín y el imponente portal de entrada. Aquello le daba un aire no solo más funcional sino más grato a ese lugar de la casa. Gabriela estaba feliz.

Y el tiempo continuó su persistente marcha. Albertito crecía a ojos vista. Los setos de plantas decorativas del jardín resaltaban alegremente entre el verde brillante del pasto,  y las enredaderas, cubiertas de floridas campanitas, llegaban ya a la mitad del muro; los limoneros tenían ya treinta centímetros de alto; los gualandayes y las camias crecían lenta pero constantemente y las acacias, pequeñas todavía, lucían ya profusión de ramos rojos entre sus ramas.

Una mañana de un frío día de invierno Gabriela, afectada por un molesto resfrío, no fue a su trabajo. Dedicó entonces la mañana a ordenar el cuarto de su pequeño hijo. En esas estaba, cuando de pronto algo empezó a inquietarla. ¿No era acaso muy pequeña la pieza de Albertito? ¿Cómo no se había fijado antes en eso? ¿Como se le podía haber pasado algo tan importante? ¡Y con tanto espacio desperdiciado afuera en el jardín!

No. Eso no podía ser. Ese era un error imperdonable Albertito estaba creciendo y cada vez necesitaría más espacio. Pronto sería un adolescente. Ampliar su cuarto no era, después de todo, algo muy difícil de realizar. Se necesitaba únicamente tumbar una pared y extenderla unos metros más aprovechando una pequeña área del extenso jardín que rodeaba la casa. ¡Cuánto ganaría ese cuarto con tan sencillo arreglo!

Sin poder dar crédito a lo que oía, Raúl escuchó en la noche el planteamiento que le hizo Gabriela. Se negaba a admitir que nuevamente volverían a reabrir esa página de albañiles, polvo, escombros, desorden, construcción. Pero Gabriela era insistente, y elocuente. Después de escuchar durante varios días sus argumentos y observar minuciosamente el cuarto de su hijo, Raúl debió admitir que efectivamente tal vez habían cometido un error al calcular sus proporciones.

Durante dos largos meses la casa volvió a sufrir los efectos de la demolición y de la nueva construcción. Gente extraña en la casa, polvo, desorden, cansancio, mal humor, estrés generalizado.

Todo, no obstante (o casi todo), tiene un final. Y así un buen día el amplio cuarto pintado en tonos celestes y ocres, un moderno baño, dos amplias ventanas cubiertas por coquetas cortinas de bambú; una cama muy confortable y otra camarote para cuando uno o más de los amiguitos de Albertito se quedaran a dormir; repisas atestadas de juguetes; el escritorio con el imprescindible equipo de computación; en las paredes vistosos posters de sus dibujos animados preferidos, y la infaltable televisión, pudo al fin ser ocupado por Albertito. Sí. Raúl debió reconocerlo: Gabriela nuevamente había acertado. El esfuerzo, el cansancio, el gasto, valieron la pena. La reforma había sido magnífica.

El tiempo, ese eterno andariego con su constante peregrinaje, siguió su marcha. En el jardín los setos de flores eran cada vez más coloridos y hermosos; los limoneros empezaron a florecer; las acacias, camias y gualandayes se habían convertido en lozanos arbustos y las florecidas enredaderas cubrían ya casi por completo los altos muros de piedra. Cada mañana un concierto de trinos despertaba a los habitantes de la casa. Albertito, por su parte, celebró sus nueve años con una fiesta muy alegre en la cual hubo derroche de comida rápida, coca cola, pastel, helados y muchos juegos.

Un sábado en la tarde -pocas semanas después- los dueños de casa, sentados confortablemente en la sala, departían alegremente recordando los pormenores de una reunión a la que habían asistido la noche anterior.

-¿Qué te pareció el vestido de Juliana? –preguntó en determinado momento Gabriela a su esposo, y sin esperar respuesta añadió moviendo la cabeza y abriendo mucho los ojos en señal de desaprobación -: Francamente, mijo, no sé por qué nadie tiene el valor de decirle que ya esos estilos no le quedan. Con sus años y con lo gorda que está, pero ella insiste en seguir vistiéndose como si fuera una jovencita.

-Cierto, amor. Estaba fatal -convino Raúl moviendo la cabeza con una sonrisa y
agregó-: ¿Y qué tal Juancho? ¿No lo viste? Arrastrándole descaradamente el ala a María Emilia, la dueña de casa. Yo me llegué a sentir incómodo ante sus impertinencias. Pero el despistado de Jorge como si nada.

-Claro, amor – accedió a su vez Gabriela –, pero es que también María Emilia tiene la culpa; le seguía la corriente; es una coqueta. Por eso todas las del grupo le tenemos recelo. Bien sé que a ti también te coqueteaba, ¡no lo niegues!

-¿A mí? ¡Estás loca! – replicó Raúl con una mueca de burlesco asombro, y añadió con una sonrisa y un pícaro guiño -: No es mi tipo.

-Ya, ya, dejémoslo así – repuso Gabriela haciéndole con el dedo índice un gesto de cariñosa amenaza. Y luego, cambiando de tema añadió - : Bueno, pero lo que no podemos negar es que la comida estuvo riquísima y muy abundante. Para qué también. En cada invitación los Guarderas se gastan lo suyo. Oye, mi amor, ¿no te pareció que el comedor se veía como más amplio? 
¿Sería quizá por la nueva decoración? 

-¿Sí? La verdad, no me fijé mucho en eso, pero ahora que lo comentas puede ser. Realmente todo se veía muy bien - apuntó Raúl sin interés y agregó -: Pero volviendo a la reunión, ¿qué te parecieron los chistes de Tomás? ¡Buenísimos, ¿verdad? ¿Qué tal el del borracho? ¡No! Si todavía me da risa cuando me acuerdo – concluyó con una carcajada, pero al reparar que no era escuchado añadió levantando la voz -: ¡Gabriela, te estoy hablando! ¿Qué te pasa, Gabriela? ¿Qué estás viendo?

Gabriela, parada junto a la bellísima estantería que en un ensamble exacto dividía en forma sutil el espacio entre la sala, el comedor y la modernísima cocina, contemplaba con ojo analítico ese sector de la casa entrecerrando los ojos en un gesto que Raúl bien conocía.

Esa noche Gabriela ya no encontró interesante ningún tema de conversación. Ni siquiera las noticias de farándula del noticiero la sacaron de su ensimismamiento. Su mente estaba en otra cosa. “Decididamente, las estanterías le restan luz y amplitud al área social. Por eso donde los Guarderas todo se veía tan amplio, claro, porque no había nada que estorbara la mirada. Sí, cierto que son bonitas pero el efecto podría ser mejor sin ellas”.


Raúl creyó estar soñando cuando al desayuno Gabriela le propuso realizar semejante reforma.

-¡Quitar las estanterías!!–exclamó, asombrado- ¿Nuestras bellas estanterías cubiertas de vidrio donde lucen tan bien las copas y la cristalería?! ¿Estás loca? ¿No sabes cuánto nos costaría hacer semejante arreglo? Fueron empotradas de las vigas del techo. Ni siquiera sé si sería posible quitarlas sin dañar la estructura de la casa.

Pero de nada valieron sus argumentos en contra de la -como él creía firmemente- peregrina idea. Gabriela no sabía lo que era renunciar a un proyecto, sobre todo cuando se trataba de su casa.

Cada día, al volver del trabajo, se quedaba un rato largo en la sala contemplando las dichosas estanterías. Y como es natural, poco a poco la resistencia de Raúl se fue debilitando. Hasta que llegó el día en que se despertó pensando que sí, que tal vez su mujer tenía de nuevo razón. Gabriela, que conocía perfectamente a su esposo, percibió su condescendiente actitud y esa noche entre arrumacos y palabras de amor acabó de convencerlo.

No fue éste un arreglo fácil, rápido ni económico. Pero al fin, después de tres meses de padecimientos e incomodidades, las bellas estanterías fueron retiradas para ser reubicadas, unas, en otra parte de la cocina, y otras, en diferentes sectores de la casa. En su lugar se colgaron de las vigas del techo frondosos helechos que brindaron a ese espacio un toque de verdor y de alegría.

Raúl debió reconocer a regañadientes que efectivamente, con esa reforma, la sala y el comedor habían ganado mucho en luminosidad y amplitud. El efecto era en verdad muy agradable. No había nada qué hacer, el gusto de decoradora de Gabriela era realmente indiscutible.

Y el tiempo siguió su incesante marcha. Los muros del jardín se cubrieron completamente de tupidas y florecidas enredaderas; las camias perfumaban las noches con su aroma; las acacias se transformaron en árboles frondosos cubiertos perennemente de rojos ramos de flores y los gualandayes, en cuyo follaje se alcanzaban a ver algunos nidos de pájaros, se convertían periódicamente en un verdadero regalo para la vista al perder sus hojas y cubrirse de flores de un color morado oscuro. Albertito se había vuelto un guapo jovencito que cursaba ya la secundaria. Sus amiguitos acudían generalmente a su casa los fines de semana para jugar fútbol, entretenerse con los juegos electrónicos y saborear las deliciosas hamburguesas que preparaba su padre.

A pesar de ser hijo único, la niñez de Albertito, al lado de unos padres amorosos que indudablemente le querían y se querían, fue una niñez feliz. Como suele suceder, los niños aceptan sin chistar las costumbres familiares por raras que puedan parecer a los extraños. Albertito se acostumbró, pues, a que en su hogar todo el tiempo se estuviese realizando algún cambio.

Al llegar del colegio, nunca sabía con qué iba a encontrarse. Un día estaban remodelando la fachada; otro, ampliando el camino de entrada a la casa; otros más, haciendo una cancha de fútbol, o cambiando el color de la sala, o instalando el nuevo jacuzzi, o levantando una fuente en el jardín, o instalando el portero automático, o haciendo un horno en el patio, o levantando un muro...

En su casa, bien lo sabía, nada era para siempre. Todo podía remodelarse, cambiar de color, ampliarse, reducirse, o simplemente desaparecer. Y hasta llegó a aceptar cómo algo normal la presencia de albañiles, carpinteros, plomeros o pintores haciendo alguna reparación.

Sin embargo, y como cosa rara, desde hacía unos cuantos meses reinaba en su hogar una inusual tranquilidad. Gabriela se encontraba realizando, muy juiciosa, un estudio avanzado de Feng Shui. Algo que realmente la apasionaba y ocupaba todo su tiempo. Varios libros sobre el tema se apilaban ya en su mesita de noche. Raúl no podía contener su asombro al observar cómo Gabriela, concentrada en su lectura, ni siquiera paraba mientes a las telenovelas o a los noticieros que antes no podía perderse.

Los efectos de su nueva experiencia eran casi imperceptibles. No obstante, tanto a Raúl como a Albertito les sorprendió la aparente facilidad con la que un día Gabriela se deshizo de unos hermosos y costosos bonsái por los que antes daba la vida, porque según dijo, “generan mala energía”. Y su extrañeza se incrementó cuando días después Gabriela salió también de otras hermosas plantas decorativas de la sala que de acuerdo a sus nuevas creencias: “no es conveniente tener en el interior de la casa”.

Raúl presintió en ese momento que algo no andaba del todo bien. Sin embargo trató de no preocuparse diciéndose que eran solo prejuicios suyos. La realidad era que estaban viviendo una temporada “anormalmente” tranquila. Su casa era por fin la casa deseada. No había que reformar nada. Albañiles, carpinteros y plomeros brillaban por su ausencia. Tal parecía que hubieran entrado a formar parte del agitado pasado.

Ese verano el jardín pareció explotar a la vida. Los nidos se multiplicaron entre el follaje de los árboles y las enredaderas de los muros, las camias, acacias y gualandayes se cubrieron de flores.

Para celebrar la culminación de sus estudios de Feng Shui, Gabriela organizó una sencilla reunión con su profesora y compañeras de taller. Como era apenas lógico, luego de los primeros saludos y de tomarse un delicioso aperitivo las invitó a conocer su magnífica residencia. En sus ojos se traslucía un ansioso deseo de aprobación. Pero, para su decepción, los comentarios de sus invitadas -si bien gentiles y amables- no fueron tan espontáneos ni tan generosos como los que recibió en la inauguración de su hogar hacía ya varios años.

La profesora, una italiana de Turín, experta en el tema del Feng Shui, observaba todo con ojos perspicaces y, como de paso,  hacía caer en cuenta a Gabriela de algunos desatinos en cuanto a la ubicación de determinadas puertas, ventanas, espejos, fotografías, adornos.

Pero su desaprobación alcanzó el punto máximo al llegar al área del hermoso jacuzzi colocado en una amplia y acogedora azotea detrás de la alcoba principal: “Ya te he explicado varias veces, cara mía, la inconveniencia de tener tal cantidad de agua estancada tras de ti", dijo la profesora a Gabriela en tono de afectuosa reconvención,  y añadió moviendo la cabeza con gesto preocupado: "Non é certamente conveniente”.

No era necesario que su profesora se lo dijera. Gabriela, ducha ya en el manejo de las energías positivas y negativas,  también lo había pensado, pero su solución, por primera vez, parecía rebasarla.

¡Cuánto trabajo había costado llevar el inmenso jacuzzi hasta el segundo piso y cerrar después la terraza íntegramente de vidrio; cuánto demoró en crear allí un ambiente placentero rodeado de plantas, cómodas tumbonas y bellas esculturas de la India; cuánto meditaron ella y Raúl antes de escoger el cubrimiento más apropiado del techo a fin de que sellará herméticamente el lugar para conservar el calor y a la vez dejara pasar la luz . ¡Y cuánto tiempo y dinero les costó conseguir todo eso!

El resto de la reunión transcurrió de manera muy agradable. Se dejó de lado el tema de la casa y de su decoración que evidentemente era un poco tabú y se habló de plantas, de comidas, de colores, y claro, de la bella Italia. Hubo risas y brindis. Al momento de despedirse, la profesora italiana abrazó efusivamente a Gabriela y le dijo con expresión afectuosa pero grave:

–Mio cara, ricorda: non é certamente conveniente el acqua tras noi. No olvides il mio consiglio, cara amica.

Raúl, que no estuvo presente en la reunión desde los primeros instantes, participó no obstante de la última parte de la velada y no pudo dejar de escuchar las palabras de la italiana al despedirse. Esa noche no tuvo necesidad de oír a su esposa para saber que algo muy grande estaba por suceder. Cuando Gabriela le expresó su deseo de trasladar el jacuzzi hacia otro sector de la casa y realizar luego otras “imperiosas” reformas, guardó silencio.

Al día siguiente se levantó muy temprano, acudió a su oficina y se presentó ante el Presidente de la compañía para aceptar sin vacilar el traslado que la empresa había estado ofreciéndole desde hacía varios años a Norteamérica como representante general; traslado que reiteradamente él había pospuesto.

No fue fácil convencer a su familia, organizar el viaje, coordinar el traslado de colegio de Albertito, deshacerse de tanto chéchere... vender la casa, pero tampoco hubiera sido fácil afrontar la alternativa.

Dos meses después, Albertito, Raúl y Gabriela viajaron felices a los Estados Unidos para establecer en el país del Norte su nuevo hogar.

La casa fue adquirida por una compañía constructora a fin de demolerla y levantar en el amplio terreno un condominio de apartamentos.


Leonor Fernández Riva

Cali, Mayo 2010
Colorear Un albañil construyendo una pared de ladrillos

          Un río llamado Nostalgia

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