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domingo, 5 de julio de 2015

Su mejor decisión


Su mejor decisión

Leonor María Fernández Riva



 Apoyado sobre la baranda de la proa,  Paul Bonard deja que su mirada se pierda en el horizonte.  El mar está en calma y el casco de la nave apenas si acusa el leve bamboleo de las olas. A lo lejos, el sol aún brilla radiante en esa cálida tarde de verano. 

La  expedición que realizará a la mañana siguiente intenta desentrañar el  enigmático fenómeno del Mar de Ardora: grandes masas de agua que emiten luminosidades azules,  una rareza que ha sido observada sobre todo en el océano Índico, pero que en esta ocasión y de manera extraordinaria, se ha presentado en el mar Jónico.

–¿Qué tal, doctor,  pasando revista a su próxima inmersión?

Es Fred Sullivan, el capitán de la nave. Un simpático marino  norteamericano   con el que Paul ha tenido una gran empatía.  

–Hola, capitán. Sí, no me canso de observar este mar tan profundamente azul. Tal parece que fuera lapislázuli licuado. 

–Es usted un romántico, doctor. Mañana podrá sumergirse en esa profundidad y tal vez, desentrañar algunos misterios.

–¿Lo dice por el Mar de Ardora?

–Por eso, desde luego.  Para mi es en verdad  inexplicable  esa corriente luminosa  recorriendo los mares.

–No por otro motivo estamos aquí, capitán.  Nuestra investigación es muy importante para develar ese misterio, aunque como sabe,  ya la ciencia ha  explicado algo con respecto a una bacteria bioluminiscente asociada a las microalgas del plancton.

–Sí, sí, he leído algo acerca de esa teoría, pero no me parece del todo convincente.  Imagínese, doctor, toda esa  vida que hay allá abajo y lo poco que sabemos acerca de ella.


–No solo lo pienso. Ya sabe que buena parte de mi vida la he pasado bajo el agua.

–Cierto. Su conocimiento de la vida marina es envidiable. Conozco sus excelentes investigaciones.

–He  tenido la suerte, capitán, de participar en varias expediciones científicas que me han enseñado mucho sobre la vida marina. Pero no crea, el mar es algo que nunca  deja de darle a uno sorpresas. 

–¿Qué tan lejos piensa internarse esta  vez?

–No lo sé con exactitud, pero la  cápsula  está adaptada para  llegar a más de cinco mil metros de profundidad.

–Llegar a esa profundidad me parece muy peligroso, doctor.  Es algo que entraña muchos riesgos. Debe usted descender con mucha precaución.

–Gracias por su interés, capitán. Pero no se preocupe.  Tengo siempre claro que hay alguien esperándome en la otra orilla.

–Así es, doctor.  Y a propósito, ¿ha hablado hoy con su esposa?

–Todas las noches lo hago, cuando la comunicación lo permite. Es la única forma de sobrevivir a la distancia y a la ausencia.

–¿Y su nieta?

–¡Caramba! Es usted muy amable al preguntarme por ella, capitán. 

–Tengo muy presente nuestra conversación de días pasados. Sé que esa niña ha representado para usted una gran alegría y una nueva manera de proyectar su vida. 

–Así es capitán. El nacimiento de mi nieta me ha hecho replantearme muchas cosas. Uno quisiera poder legarles a sus hijos y a sus nietos un mundo mejor.  Charlotte,  es en verdad una niña muy graciosa  y  despierta. Solo tiene cuatro semanas, pero  ya parece entender lo que le rodea. 

Tiene a quien salir, doctor. Seguramente seguirá sus pasos y será también una eminente científica.

–¿Sabe capitán? Lo que más deseo para mi nieta es que sea feliz. La vida me ha enseñado que no siempre el éxito depara la felicidad. 

–Si usted lo dice. Pero, bueno, me alegra saber que hay seres tan importantes para usted esperando su regreso.  Ellos confían en  que las cosas saldrán bien  y volverá sano y salvo junto a ellos. 

–Así será, capitán. No se preocupe. Tengo mucha práctica en estas lides. Gracias por su tiempo. Hablar con usted me ha hecho mucho bien, me ha  relajado.  

–A mi también me ha dado mucho gusto tener esta conversación con usted, doctor. Pero bueno, deseo que pase usted una buena noche, mañana le espera una gran aventura. 

Al volver a quedarse solo, Paul Lombard, el eminente biólogo marino, piensa en todo lo que le ha ocurrido desde que se graduó con honores veinte años atrás. Han sido muchas las investigaciones realizadas. Muchos los reconocimientos. En su interior, sin embargo,  siente que le falta algo. Esas investigaciones, si bien han aportado mucho al conocimiento de la vida submarina, no han contribuido en nada  al bienestar de la humanidad. Siente  que está en deuda, que aún no ha aportado con su ciencia a un mundo mejor. 

Esa noche su sueño es intranquilo. Realizar esa expedición en un sitio  tan próximo a  Itaca, el lugar en el que transcurrieron las más emocionantes aventuras de Odiseo, el protagonista del  libro que lo introdujo a su pasión por el mar y sus misterios, le produjo desde el primer instante,  una extraordinaria expectativa.

En medio de su sueño se ve de pronto lanzado en su cápsula hacia un abismo oscuro, impenetrable. Los mandos no responden. Fuera por completo de control, la cápsula se adentra en profundidades no imaginadas. Intenta en vano  volver  a la superficie sin lograrlo, la oscuridad lo rodea. La gruesa capa de acero cruje. Empieza a faltarle el oxígeno. Sabe que ha llegado su fin. A lo lejos,  divisa una luz titilante que se acerca.  Despierta  bañado en sudor. 

Pocas horas después, la pesada cápsula,  reforzada con seis  cm de acero para soportar  una presión quinientas veces superior a la de la superficie del mar, está ya lista para la inmersión.  Su diámetro interior es solo de 110 cm; Paul Bonard descenderá un poco apretado  a las profundidades. 

Una vez todo listo, se cierra la escotilla de la cápsula y ésta, lentamente, empieza a descender.  100, 200, 300, 500, 1000 metros. Al llegar a ese nivel, Paul detiene el descenso al  observar asombrado  la luminosidad fosforescente que impregna todo alrededor. Formas marinas desconocidas pasan raudas ante sus ojos; es un desborde de vida no imaginado. De pronto, cae en la cuenta de que la comunicación con cubierta está interrumpida. En vano intenta retomarla. 

En ese instante algo inaudito pasa frente a sus ojos,  una criatura extraordinaria. Algo que parece surgido de su imaginación: una sirena. Sí, una sirena. Tal cual la vio descrita en el relato  de Odiseo.  Rostro de rasgos delicados, ojos verdes, profundos, cabello largo ondeando en las aguas, senos pequeños y turgentes y una cola larga y plateada con la que realiza hermosos giros. Miles de  medusas fosforescentes flotan a su alrededor pero no parecen hacerle ningún daño.

Paul Bonard ha visto muchas cosas, pero no está preparado para esto. No puede creer lo que ve. Está estupefacto. "Entonces -se dice-, no era solo una leyenda".   Preso de estupor no atina sino a observar a la hermosa figura. Ésta, como llevada por la curiosidad,   se aproxima despacio a la cápsula y  la rodea,  y  una vez  frente a su escotilla, lo mira fijamente a los ojos. En los suyos, Paul cree percibir un destello de profunda inquietud. Luego, la figura se aleja. Le hace señas, intentando detenerla, pero es inútil. 

Desesperado, manipula  los controles de la nave que siguen sin funcionar;  las cámaras no responden. "No puede ser”, se dice, "No puedo perder la oportunidad de dar a conocer este prodigio".  De pronto, ve de nuevo a la sirena que ahora regresa con algo entre sus brazos. Al tenerla de nuevo frente a él,  ve que  entre sus brazos trae una niña pequeña,  quizá,  de la misma edad de su nieta.  Un ser encantador con la pequeña cola plateada similar a la de su madre.


La mujer se queda mirándolo fijamente como implorándole algo  y entonces, Paul comprende: le está pidiendo que calle, que no delate su presencia. ¿Será posible? ¿Sabe acaso lo que le está pidiendo? 

Una batalla se libra en su interior. Ese hallazgo haría de esa expedición la más exitosa de su carrera, cosecharía renombre, fama, honores, dinero..., pero, ¿lo haría acaso eso más feliz?, ¿contribuiría en algo ese conocimiento a mejorar la vida en la Tierra?

La imagen de su nieta viene de  pronto a su mente.  Si en sus manos estuviera impedirlo, él  no permitiría que nada ni nadie le hiciera daño. No puede permitir tampoco que algo malo le ocurra a esa pequeña criatura marina. 

Sonríe a la madre indicándole por señas que la ha entendido, que puede estar tranquila. 

A la distancia,  observa otras figuras gráciles como las de ella que parecen aguardarla. Una sonrisa de gratitud curva los labios de la bella habitante de las profundidades antes de alejarse.

Paul la observa presa de emoción. Estuvo a punto de cometer el mayor error de su vida al decretar el cautiverio y tal vez la muerte de esos seres fantásticos. En otro momento no hubiera dudado, pero ahora, una sensibilidad especial inunda su alma. Tiene que proteger a aquella niña y a su madre. Su decisión ya está tomada.

–¡Doctor, Lombard! ¡Doctor Lombard!, responda, ¿está todo bien? Perdimos la comunicación con usted hace quince minutos. La pantalla se quedó en blanco. Responda, por favor, ¿está todo bien? 
Es el radio operador de la nave, retomando el contacto. Su voz suena angustiada.

–Tranquilos muchachos, sí, todo está bien –responde – Hay una gran estática en este lugar.  Parece que la pérdida de corriente fue  algo fugaz. Pero ya  todo ha vuelto a estar normal. Voy a seguir descendiendo para ver si detecto algo.

–¿Y cómo se ven las cosas por allá, Paul –pregunta el capitán– ¿Ha detectado algo fuera de lo común?

–Nada hasta ahora, capitán –responde Paul Lombard.

–Y  con una sonrisa y la imagen de su nieta... y de la pequeña sirena en su mente,  se apresta a continuar con la expedición. 



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·       Punto Final
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·       El último conjuro
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Un río llamado Nostalgia
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