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sábado, 21 de julio de 2012

MACONDO



Macondo


 Ahora, allí, por fin, después de haberlo presentido durante toda su vida, Aureliana   Quiroz comprobó que sí, que Macondo existía, que era cierto aquello que siempre la había conturbado. Que existía un pueblo con ese nombre  en un  remoto lugar entre el mar y la sierra. Un pueblo fantasma por cuyas calles circulaba un viento cargado de polvo y de murmullos y por cuyas casas abandonadas transitaban ahora de forma furtiva las sombras de quienes alguna vez poblaron de vida, de pasión y de magia  esos contornos. Un pueblo perdido en el tiempo del que  ahora,  ella también hacía parte.

Sí, Aureliana Quiroz presintió siempre que había algo misterioso en su origen; algo que la hacía extranjera en Yaibí, su pueblo natal. Muchos hechos sutiles la motivaban a creerlo. Ese sueño que la acompañaba desde niña donde ella se veía en una poblado de grandes casas solariegas rodeado de plataneras y de guayacanes florecidos; un lugar habitado por mujeres bellísimas y hombres apuestos entregados algunos a elaborar complicadas fórmulas químicas en medio de probetas, alambiques y pailas, y otros, forjando con gran habilidad en rústicas fraguas bellísimos pececillos de oro y de plata. Y lo más particular, un hombre con cola de cerdo que parecía observarla desde lejos pero cuya cara permanecía siempre a la sombra.

O esa especie de relación que tuvo desde siempre con los guayacanes; una relación que suscitó siempre el asombro de propios y extraños y que empezó desde su nacimiento cuando para sorpresa de quienes lo presenciaron, y lejos aún de la época de floración, florecieron todos los guayacanes de la comarca y una cascada de flores amarillas cubrió el techo y los alrededores de la casa de sus padres. Sí. Los guayacanes tenían algo que ver con Aureliana; siempre parecían querer contarle algo; algo que ella no acababa de comprender. Cuando pasaba bajo alguno y con la consiguiente extrañeza de quienes estaban cerca, una lluvia de pétalos amarillos la cubría como acariciándola. Pero habían otros hechos sorprendentes que ni ella ni nadie podía explicarse. Como aquello de que siendo muy niña, y sin que nadie cayera en cuenta, se escapó en cierta ocasión de su casa y llegó hasta la orilla del río. Allí, contemplando el cauce de las aguas y el paisaje que se perdía a lo lejos entre las montañas permaneció varias horas. Cuando su madre desesperada, por fin dio con ella, quedó desconcertada no solo por encontrarla sola en tan apartado lugar sino por el penetrante olor a rosas que parecía brotar de las aguas del río. La niña, asustada solo pudo decir en sus pocas palabras que había sentido un poderoso deseo de ir hasta allá. “No te pongas brava conmigo mamita, no lo pude evitar”, había confesado con inocencia. Y era cierto, no lo podía evitar. A pesar de las reprimendas de su madre, continuó acudiendo cada día hasta el río. Le gustaba sentarse a sus orillas y ver a lo lejos en lontananza buscando con sus ojos algo que no podía divisar. Su madre acabó aceptando de mala gana que quizá no había peligro en aquella costumbre,  y la dejó hacer. Un día, Aureliana volvió a su casa con un delicado pececito de oro con diminutos  ojos de esmeralda. A las insistentes preguntas que le hacían acerca de cómo lo había conseguido, la niña solo acertaba a responder que aquel pececito había saltado de las aguas del río a su falda. Uno de sus tíos había comentado al escucharla: “Es ese maldito ancestro que lleva en su sangre”. No dijo más. La mirada severa de su madre lo hizo guardar silencio. Pero aquellas palabras, incomprensibles todavía para la pequeña, quedaron sin embargo grabadas por siempre en su mente.

Cuando cumplió quince años, la belleza de Aureliana trascendió los linderos del pequeño poblado y muchos pretendientes acudieron desde la misma población de Yaibí y desde otros terruños apartados a cortejarla. Pero ella no quería saber nada de enamoramientos. A sus pretendientes los trataba con una cortés indiferencia que al paso de los días acababa sumiéndolos en una dolorosa y resignada aceptación.

No. Aureliana no pensaba todavía en el amor. Su cuerpo era insensible aún a los llamados de la naturaleza y su corazón estaba totalmente entregado a una fantasía. Con su imaginación volaba cada día a través del río y de los cerros hasta ese remoto lugar que siempre veía entre sus sueños. “Es allí, se decía, donde voy a encontrar respuestas a mis preguntas, donde voy a saber por fin quién soy”.

Un día, acertó a pasar por el pueblo un hojalatero, un hombre casi anciano que traía entre su ropa el polvo de los caminos y muchas historias que contar. La mula en la que transportaba sus pertenencias iba cargada con un sinnúmero de trastos: un sólido yunque, tijeras, soldadura, baldes, bacinillas, recipientes de leche, jarras y todo un excitante conjunto de artículos que despertaron inmediatamente el interés de los modestos habitantes de Yaibí. Aureliana acudió como todos los pobladores hasta el forastero llevándole varios trastos de cocina que requerían soldadura. El hombre al verla se quedó observándola presa de un profundo desconcierto.

-¿Cómo te llamas jovencita?, le preguntó con no disimulado interés.

-Aureliana -contestó ella con naturalidad pues no tenía ningún prejuicio contra los extraños.

-Eres muy bella Aureliana, -dijo el hojalatero-. Tu belleza me recuerda la de alguien que vivió hace muchos años en un pueblo que ya no existe. Yo solo vi su foto pero nunca la he podido olvidar. Era cautivadora...; tan cautivadora como tú, muchacha.

-¿Cómo se llamaba esa mujer y qué pueblo era ese? –preguntó a su vez Aureliana movida por un extraño anhelo.

-Remedios; ese era su nombre, muchacha y el pueblo, un pueblo olvidado del que creo que ya no queda nada, se llamaba Macondo.

-Macondo- repitió Aureliana y un extraño eco pareció reproducir ese nombre en su cerebro. El hojalatero no quiso cobrarle nada por sus arreglos, antes bien, dos días después, al marcharse del pueblo, fue a verla y le obsequió un bello gancho para el cabello en forma de pez que según le dijo le había dado en pago por sus arreglos una mujer muy bella de mirada triste llamada Eréndira.

Esa noche, Aureliana acudió inquieta hasta el cuarto de su madre.

-Madre, háblame por favor de mi origen. Necesito conocerlo. Dime, ¿es verdad que tengo un ancestro maldito como dijo una vez mi tío? ¿De dónde era mi padre?

-Sabía que algún día llegaría este momento, Aureliana. No, nunca pienses que tienes un ancestro maldito. Son solo leyendas alimentadas por la imaginación de la gente. Pero te equivocas si crees que tu padre era de otro lugar. Tu padre, Aureliano Apolonio Quiroz y también tu abuelo Aureliano Cipriano Quiroz nacieron aquí, en Yaibí, Aureliana.

-No puede ser, madre. Algo me dice que existió mucho más en mi pasado.

-Sí, Aureliana. No voy a negártelo. Existió algo más en tu pasado, pero es algo que se ha ido diluyendo con el tiempo. A mi también me contaron esta historia hace mucho tiempo. Sabrás que hace más o menos setenta años pasó por aquí un ejército de descamisados que venía de combatir una lucha interminable a través de todo el país. Estaban cansados y hambrientos. Parecía que iban a quedarse solo dos días pero cuando el hombre que los comandaba conoció a tu bisabuela Dominga Quiroz, quedó prendado. Mejor dicho, quedaron prendados. Fue una especie de fiebre animal. Ella tenía tu misma edad y aunque era muy bella nunca había querido aceptar a ningún pretendiente, pero maduró instantáneamente en el instante en que conoció a tu bisabuelo. Aquello fue un escándalo en este pueblo. Durante todo un mes se encerraron en la cabaña del río. No salían ni para comer. Al hombre aquel, llamado Aureliano Buendía, no se le volvió a ver sino cuando sus hombres inquietos acudieron a preguntar por él. Debían marcharse, y pronto. Otro grupo de rebeldes los perseguía; estaban en peligro.

"Allí nació y terminó esa relación. Aureliano Buendía se marchó con su tropa prometiendo volver pero nunca lo hizo. Dominga quedó destrozada. A los nueve meses dio a luz un niño tan crecido que al nacer parecía tener ya un año de edad. Le puso por nombre Aureliano Apolonio Quiroz. A pesar de su belleza y de los muchos pretendientes que la cortejaron, Dominga nunca se casó. Asumió desde el momento de la partida de su amante una posición de viuda y se vistió ya solo de negro hasta su fallecimiento ocurrido cuando tenía apenas treinta y cinco años de edad. Para todo el pueblo sin embargo, su muerte había tenido lugar veinte años antes, al quedarse sola.

"Aureliano Apolonio se convirtió al crecer en un chico alto y agraciado que despertaba entre el sexo femenino un genuino interés sentimental pero también una gran curiosidad y expectativa pues ya desde su adolescencia trascendió que era superdotado. Tenía un éxito tremendo entre las mujeres. Muchas venían de otras ciudades solo para conocerlo y tener con él una aventura; pero cosa extraña, aunque muchas de aquellas mujeres habrían querido engendrar con él un hijo, Aureliano Apolonio no se reproducía. Aparentemente era estéril. 

"Y entonces, un día,  conoció a Viviana de la Anunciación. Mejor dicho, la reconoció. Se habían criado juntos desde pequeños, pero quizá por esa misma circunstancia no tuvieron antes un acercamiento sentimental. Juntos, habían subido a los frondosos árboles de nísperos y guabas, bajado los cogollos de los palmitos, tumbado los cocos de las palmeras, saltado cercas, robado piñas, plátanos y mangos de las fincas vecinas, cruzado el turbulento río y pescado y mataperreado a sus orillas. Viviana era para Aureliano Apolonio otro chico más. Pero un día, cuando bajaban juntos la quebrada luego de acompañarla a dejar el ganado en el potrero, Viviana resbaló y rodó unos metros sin que Aureliano lo pudiera evitar. ¿Qué sucedió? Nadie lo supo con certeza. Viviana sufrió apenas unos cuantos rasguños en sus piernas y en su pecho. Pero esa tarde llegó al pueblo acompañada por Aureliano Apolonio y desde ese instante no volvieron ya a separarse. Tal como había ocurrido con sus padres, ellos también se encerraron en casa de Viviana durante varias semanas y no salieron sino de forma fugaz para adquirir algunos víveres. 

"Lo que no había sucedido hasta ese momento, a pesar de los múltiples escarceos amorosos de Aureliano Apolonio, acaeció por fin. Viviana de la Anunciación no era ya una jovencita -tenía treinta y cinco años-, pero quedó embarazada. Aureliano no cabía en sí de la felicidad. Los meses pasaron veloces y pronto llegó el momento del alumbramiento. Fue un parto difícil. El niño nació rebosante de salud, era el vivo retrato de su padre. Le pusieron por nombre Aureliano Cipriano Quiroz. Pero la madre había quedado extenuada. A pesar de los cuidados y el cariño de su esposo Viviana día por día fue languideciendo. El día en que Aureliano Cipriano cumplió un año, Viviana de la Anunciación exhaló el último aliento en los brazos de su esposo.

"Aureliano Apolonio estuvo tres días encerrado al lado de la muerta y solo al llegar el cuarto día y ante los ruegos del cura y del alcalde del pueblo accedió a que Viviana fuera sacada de su alcoba para darle cristiana sepultura. No quiso nunca más volver a ver al niño. Se entregó a la bebida, a las riñas de gallos y a las mujeres y dos años después, mientras bebía en una cantina del pueblo con otros amigos, falleció de un certero tiro propinado por  un esposo celoso.

"Aureliano Cipriano, tu padre, se crió solo, sin padres ni hermanos y sin ningún familiar cercano. Era un niño raro y caviloso que pasaba en las noches largas horas contemplando el cielo. Al crecer se hizo aficionado a la astronomía. Con un rústico telescopio adquirido a un nigromante que en alguna ocasión paso por el pueblo, observaba durante noches enteras el firmamento y luego sacaba sus propias y originales deducciones. Según él, el universo caminaba rápidamente hacia el vacío mientras que unos dragones oscuros de infinito apetito espacial iban poco a poco devorando las estrellas, los planetas y todo cuanto encontraban a su paso. En cualquier momento nosotros también seríamos presa de su voracidad.

"Quienes lo observaban y escuchaban se burlaban de lo que llamaban su manía y sus locuras pero eso a él le tenía sin cuidado. Hacía sus anotaciones en cuanto papel encontraba a su alcance. Nada parecía distraerlo de esa fiebre por conocer y recorrer el territorio celeste.

"Yo, era todavía una chica muy joven cuando en una festividad del pueblo lo conocí. Estaba sentado en una esquina del salón, solo, distante, observando sin mayor interés lo que ocurría a su alrededor. La dueña de casa me pidió que le llevará un refresco y así lo hice. Aceptó el refresco y cuando iba a retirarme me tomó del brazo y me dijo:

-Eres muy bonita. Siéntate conmigo un momento. Conversemos.

"Dudé un instante en aceptar, pero tu padre era en verdad un hombre bien parecido y tenía además un atractivo muy especial. No pude resistirme. Empezó entonces entre nosotros una relación que se fue intensificando con el paso de los días. Un amor apasionado que nos llevó al matrimonio dos meses después. Tu padre era un hombre sorprendente que siempre tenía algo interesante que contarme. Nunca me aburrí de escuchar sus historias sobre el universo. Pero era también, por sobre todo, un hombre apasionado y romántico. Al año de nuestro matrimonio naciste tú.

 Para continuar la tradición iniciada con tu bisabuelo te pusimos por nombre Aureliana, Aureliana María de las Mercedes aunque todos te conocen solo como Aureliana. Tu padre te quiso entrañablemente y aunque no tenía grandes dotes como administrador procuró con gran dedicación hacer progresar la pequeña finca que heredó de su padre. Pero su gran pasión fue siempre la astronomía. Nunca cejó en su empeño por desentrañar los misterios de la bóveda celeste. Una noche, preciso el día que cumpliste cuatro años de edad, subió a lo más alto de la torre de la iglesia del pueblo para observar un eclipse que tendría lugar esa madrugada. No quise enterarme nunca de los detalles, pero el caso es que al colocar su telescopio en el borde de la torre la estructura de madera podrida por el paso del tiempo y la humedad se vino abajo. Falleció en el acto".

    En Macondo empieza ya a caer la tarde. En medio de la soledad y el silencio que la rodea, Aureliana recuerda esos últimos años. Esa temporada interminable y frustrante en la que su madre fue perdiendo de forma gradual pero continua la memoria para hundirse en un vacío sin rostros y sin recuerdos. Un proceso lento y devastador que parecía nunca tener fin hasta esa noche en que sorprendentemente lúcida y vivaz, su madre se incorporó en el lecho en el que había permanecido exánime durante varias semanas y exclamó emocionada con un raro brillo en su mirada: “¡Aureliano, eres tú. Por fin, por fin, amor mío!”… Y falleció.

Aureliana sacude la cabeza tratando de alejar los recuerdos. “La vida, se dice, es como una pintura matizada de sombras y de luces; quisiéramos que todo fuera luz a nuestro alrededor, pero sin sombras no existiría la luz”. 

El hombre que la ha transportado hasta el lugar, la apremia a regresar. Pronto será de noche. Aureliana le pide que tenga un poco de paciencia. Desea recorrer a pie por última vez la población.

Al cruzar por la calle principal, Aureliana siente de pronto el irreprimible impulso de observar de cerca una casa muy grande, de pequeñas ventanas por cuyas paredes envejecidas crecen apretadamente las buganvillas y las hiedras. Una casa que le parece haber visto entre sus sueños. Decidida se acerca y a través de la puerta abierta observa el interior. Su asombro es grande al contemplar al final del corredor la presencia de un hombre entregado a la lectura en medio de libros, probetas, pailas, una pianola, muebles antiguos, lámparas y gran cantidad de objetos extraños. La tenue luz de un candelabro añade visos mágicos al entorno. Aureliana se aproxima con una rara emoción en su interior. Al escuchar sus pasos el hombre alza su mirada y la contempla con una sonrisa pero sin expresar sorpresa.

-Eres, tú – le dice con voz cálida, y añade -: Sabía que vendrías. Te he esperado desde siempre. Me llamo Aureliano; Aureliano Babilonia, ¿ y tú?

-Aureliana; Aureliana María de las Mercedes -responde ella, presa a su pesar de una excitación que no acierta a definir y agrega- No parece sorprenderte mi presencia.

-Te he visto siempre entre mis sueños, Aureliana. Pero debes saber que muy pocas cosas me sorprenden. Para sobrevivir debí comer hormigas desde mi nacimiento y luego, aprender a vivir con un estigma de nacimiento en medio de la soledad y el abandono.

Se levanta para acercarle una silla y Aureliana se percata entonces con sorpresa del estigma de nacimiento que él le ha confesado. Pero esa particularidad en lugar de repelerla la atrae poderosamente. Una indescriptible sensación interior, un temblor y un ansia irreprimibles recorren cada partícula de su ser impregnándola toda de amor y de deseo. Sabe que Aureliano experimenta por ella la misma invencible atracción, el mismo impostergable deseo.

Afuera la espera el transporte que la llevará de nuevo a la civilización. Decidida se dirige al conductor que la observa sorprendido.


-Puede usted marcharse. No se preocupe; estaré bien.

Los guayacanes de muchas millas a la redonda empiezan de pronto a florecer. Mientras el carro se aleja por el camino una nube de pétalos amarillos empieza a cubrir silenciosamente las casas y las calles de Macondo...  Y un sutil olor a rosas lo invade todo.

Leonor Fernández Riva
Santiago de Cali, julio de 2012





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  •  Ahora, allí, por fin, después de haberlo presentido durante toda su vida, Aureliana   Quiroz comprobó que sí, que Macondo existía, que era cierto aquello que siempre la había conturbado. Que existía un pueblo con ese nombre en un lugar remoto entre el mar y la sierra. Un pueblo fantasma por cuyas calles circulaba un viento cargado de polvo y de murmullos por cuyas casas abandonadas transitaban ahora de forma furtiva las sombras de quienes alguna vez poblaron de vida, de pasión  y de magia esos contornos. Un pueblo perdido en el tiempo del que  ahora,  ella también hacía parte.