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martes, 23 de enero de 2018

EL MEJOR LUGAR





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El mejor lugar

Quienes compartieron la accidentada travesía y presenciaron el hecho, contarían después con evidente asombro,  como luego de lo acontecido, el mar volvió a quedar en calma. Sí, de manera en extremo sorprendente, así como surgió  de repente  la tormenta, así también se fue…

Todo empezó cierto día en que el gerente de una empresa  gráfica fue invitado a una de las más destacadas empresas del sector para asistir a una reunión del gremio gráfico.

 Esa visita dejó a aquel gerente gratamente impresionado. Todo allí se veía organizado, limpio, ordenado. La planta, con modernos equipos  y mínimo personal,  trabajaba a gran velocidad y  al parecer, sin ningún tropiezo,  y  en las oficinas, sobrias y decoradas con excelente buen gusto, los empleados laboraban  de manera diligente. 

 Pero lo que más le llamó la atención  fue la sala de juntas presidida por el busto del fundador de la empresa. Era ese un detalle que prestaba al recinto,  un toque de refinamiento y de clase  que anheló llegar a tener.

Entusiasmado con la idea, solicitó la tarjeta del escultor que había realizado tan magnífica obra  y la guardó con el ánimo de llamarlo apenas la ocasión fuera propicia. “Sí, su empresa  merecía también resaltar su historia, hacerle un reconocimiento a su  fundador”. No obstante,  a pesar de su entusiasmo inicial y  debido a la presión constante  de los trabajos por entregar, el gerente olvidó pronto esa primera intención. 

Pero un día, buscando en su tarjetero los datos de un cliente, se topó con la tarjeta:

Víctor Eusebio  Ramírez

Escultor

Y entonces recordó. Llamó a su secretaria y le pidió  que llamará al escultor  y lo citara para hablar con él cuanto antes.

-Don Ernesto -le anunció  su secretaria, dos días después- el señor Víctor Ramírez  está en la recepción. Quiere hablar  con usted.

-¿Quién dices que es? – preguntó el gerente en un primer momento, pero luego recordó y añadió:

-Hágalo pasar Zuleyma .

El hombrecillo de mediana edad que asomado  a la entrada de su oficina  le pidió permiso para pasar, no le causó a don Ernesto, muy  buena impresión.

 De baja estatura, apenas si llegaba a al metro sesenta, robusto, de cara arratonada,  nariz pronunciada y labios muy delgados, lo único que se destacaba en su rostro eran los ojos,  pequeños pero vivaces.

-Buenas tardes, don Ernesto, me dijo su secretaria que quiere  usted  hablar conmigo.
- Sí, señor Ramírez, estuve hace unos días de visita en  Megagrafit y vi allí un busto realizado por usted que me llamó la atención.  Quisiera saber  qué necesita usted para realizar uno similar con el rostro de nuestro fundador.

-Déjeme decirle primero, don Ernesto, que esa es una muy buena idea, no crea usted que se lo digo porque espero ser yo quien  realice esa obra,  pero ese es un gesto que  habla muy bien de los herederos y que conferirá  a la empresa un sello de gran distinción. Entiendo que  don José, el fundador de esta pujante empresa fue  su padre, ¿verdad?

Así, es.  Mi padre, señor Ramírez, fue un hombre extraordinario. Creó una empresa de la nada. Así, tal como suena.

-Eso es algo que debe enorgullecerlo.  Pero contestando a su pregunta, debo decirle que para realizar el busto  de don José, debo conocer primero la historia de la empresa  y  ver un archivo de fotos de su padre, en varias etapas de su vida. Y me gustaría también recorrer la empresa, empaparme del espíritu que se respira aquí. Mis obras, señor Fernández, no son solo esculturas en mármol, mis obras tienen alma.

A medida que el hombre hablaba el gerente fue cambiando esa primera  y negativa impresión. Era como si aquel extraño hombrecillo hubiese crecido ante sus ojos. Cayó entonces en la cuenta de que  sus manos eran  ágiles y sus brazos fuertes y musculosos.

-Tendrá usted todas las facilidades para ejecutar su trabajo. Cuánto tiempo cree  que demorará en tenerlo terminado?

-Es demasiado pronto para saberlo, debo primero ver el material que usted me va a proveer, señor Fernández.

- Muy bien, hablemos ahora del costo de la obra.

La conversación recayó entonces en los detalles económicos y una vez puestos de acuerdo, el  escultor y el gerente se despidieron  fijando una cita posterior para proveerle del material fotográfico.

En las próximas semanas los empleados se acostumbraron a ver al singular personaje recorriendo todas las dependencias de la empresa y observando con  atención el trabajo en la planta de producción.

 Al paso de los días, aquel hombre de mirada vivaz y gesto inteligente se fue enterando de que José, un hombre nacido a la orilla del mar   no volvió  jamás a sus playas nativas, una nostalgia que  lo acompañaría siempre; de su increíble capacidad para el trabajo, del gran amor que demostró siempre  por su esposa y  por  su familia, de algunas decepciones,   y de muchas cosas más.

Pasaron tres meses.  Y un día el gerente recibió una llamada.

-Señor Fernández,  la obra está lista.  Me gustaría que viniera usted a verla. 

Sin poder disimular su expectativa, el gerente acudió al taller del escultor. A primera vista le pareció que el rostro esculpido en el mármol no tenía gran parecido a su padre, pero luego de contemplarlo  durante unos momentos, reconoció en el mármol, el gesto característico de su padre cuando quería comunicarles algo importante. Sí, aquel hombre había logrado plasmar en aquella obra  su gesto más característico.

El busto fue llevado a la empresa con gran cuidado. Era demasiado pesado y estaba colocado sobre un pedestal  también de mármol que le confería un peso adicional.  Fue colocado con gran solemnidad en la sala de juntas y se realizó un pequeño acto para darle la bienvenida.

Y pasó el tiempo. La empresa había crecido y  se había constituido en un icono respetado en toda la comunidad. El punto de equilibrio era favorable. Se vivían tiempos buenos. Era,  en concepto de todos,  una empresa pujante.

De un momento a otro sin embargo, las cosas empezaron a cambiar.  El gerente,  concentrado solo en la labor editorial,  había dejado las finanzas de la empresa en manos de su sobrino. Grave error. El endeudamiento se había ido tornando agresivo, demencial;  los equipos no se reponían ni se mantenían en perfecto estado; el dinero no ingresaba a la empresa.  Y un día, la Junta directiva empezó a vislumbrar lo que pasaba y de manera muy sutil al principio  y luego, con profunda preocupación, empezó a investigar. Y lo que se fue encontrando resultó tan  grave, injustificable e inesperado que  el gerente financiero fue despedido. Días más tarde, por aquello del “espíritu de cuerpo”, don Ernesto, el gerente general,  renuncio también a sus funciones.

 Se sucedieron a partir de ese momento una serie de hechos que llevaron a la empresa lenta pero inexorablemente a su final.

Y un día,  en medio del desconcierto y abatimiento general, aquella emblemática empresa cerró finalmente  sus puertas.

Entre las pocas pertenencias personales que se permitió  a los socios retirar  de  la empresa estaba el busto de don José. Con gran trabajo, dado su peso, fue llevado hasta el jardín de una de las socias, precisamente su hija que más le había amado y admirado. 

 Allí, en medio del follaje y de las flores, su rostro adusto y pensativo,  proporcionó al florido lugar un encanto singular. Su hija  era feliz al contemplarlo cada mañana  rodeado de hermosas plantas y visitado por  canarios y torcazas.  Pero un buen día, ella también tomó la decisión de seguir un sueño y con ese propósito vendió  su apartamento.  Y  don José ya no pudo continuar presidiendo  su jardín.

Empezó  entonces para el busto de don José, un  impredecible periplo.  En ninguna casa  familiar fue acogido. No tenían dónde colocarlo. “Es demasiado pesado, demasiado grande”, decían todos.

Otra de sus hijas poseía una gran casa y un extenso jardín donde se hubiera visto muy bien, pero según comentó: “A mí  ese busto no se me parece a mi padre. Y además, no me gustan estas cosas”.

El busto de don José, no tenía cabida en ninguna parte.  No era querido por nadie.
La solución sin embargo,  vino de dónde menos se esperaba. Gracias a la influencia de una persona que  lo había conocido, el busto  fue aceptado  en la Universidad para presidir la entrada al auditorio que llevaba precisamente el nombre de uno de sus hijos, el más brillante, quien además había sido el primer decano de esa facultad.  Don José parecía haber encontrado por fin su lugar más propicio. Su presencia adusta prestaba a la entrada de ese auditorio un aire solemne.

Pasaron varios meses.

Al llegar del exterior la viuda de aquel hijo, cuyo nombre llevaba aquel auditorio, expresó su descontento por haber tomado la decisión de llevar al lugar el busto de don José sin haberla consultado previamente. “¿A son de qué va a estar allí? Yo soy la única que podía haber tomado esa decisión. Y a mí no me gusta.  No estoy de acuerdo con esa decisión. De ninguna manera puede  permanecer allí”.

Fue tan drástica  su actitud, que no quedó más remedio que  tomar la decisión de trasladar el busto de don José  a una bodega. No había otro lugar adonde llevarlo.

Quienes se ocuparon de trasladarlo hasta la bodega contarían  luego, como algo curioso, que de los ojos de don José parecieron emerger durante el recorrido,  varias  lágrimas.  Una ilusión sin duda.

Y pasaron varios meses y entonces,  una mañana, la hija aquella que había heredado  la responsabilidad de encontrar una ubicación para el querido  busto, pensó que tal vez, lo ideal era llevarlo  junto a quien había trabajado a su lado durante mucho tiempo y quien  también había vivido las aventuras, alegrías y fracasos de la empresa familiar. Un personaje  extravagante y un tanto loco que por los conflictos surgidos en la empresa  estaba distanciado de toda la familia pero que en el fondo tenía  buen corazón: don Ernesto, quien luego de renunciar a su cargo de gerente en la empresa se había trasladado a vivir una existencia garciamarquiana en una pequeña isla de la costa Pacífica. Sí, esa era la solución. Allí,  cerca del mar que don José tanto amó  y tanto añoró a lo largo de su vida,  su busto por fin podría descansar.  

No se consultó esta decisión con don Ernesto;  se dio por descontado que  estaría de acuerdo. Así que se procedió  a  realizar el difícil periplo: trasladar el pesado busto hasta la costa y luego hasta la pequeña isla. Esa labor representaba un esfuerzo singular. Debió contratarse una fuerte lancha para que llevara con cuidado  la preciosa carga  hasta su destino final.

 El día  del viaje  hasta la isla el mar estaba tranquilo. Aquel iba a ser un recorrido sumamente agradable.  No obstante, cuando se encontraban  a varias millas de la costa,  el mar, de manera repentina y sorprendente, empezó a encresparse y altas olas amenazaron con hacer naufragar la frágil embarcación. El terror empezó a dominar a todos los pasajeros. Oraban llenos de recogimiento creyendo llegado   su momento final.  De pronto,  la lancha dio un vuelco.  Los pasajeros desesperados pudieron aferrarse  con gran dificultad a las barandas de la lancha  para no caer al mar embravecido.

 Pero el busto de don José no corrió esa misma suerte.

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viernes, 17 de marzo de 2017

Una señorita de antaño



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Una señorita de antaño

Su rostro no tiene edad. Sus rasgos se han ido afinando burilados por  el tiempo y la melancolía. Cerca ya de entregar su alma a quien crea tener derecho sobre ella, se obstina en presentar una batalla al tiempo sobreviviendo con voluntarioso denuedo a sus furiosas tormentas. Detrás de los cristales de su ventana,  teje  y borda tapetes de hojas verdes y rosas coloreadas. De cuando en cuando,  alza los ojos de la costura y deja divagar su mirada por la angosta perspectiva de  la callejuela y por los tejados que dora el sol con su luz postrera.

Su biografía carece de capítulos interesantes o pasionales. No  le tocó en suerte vivir historias románticas ni tiene experiencia en las alegrías y  pesadumbres del amor. Apenas,  un  vago y platónico galanteo  iluminó sus años juveniles. Ella, desde su ventana, él, desde la sombra de la callejuela.

 Pero eso, ha quedado atrás. Lisa y plana, su vida discurre ahora con semejanza invariable. Su labor obstinada la ayuda a apartar los malos sueños y a sobrellevar los suspiros intermitentes que fugan de su enflaquecida esperanza. Por la tarde borda sus tapetes amparándose  en el ensueño y la añoranza.  Por las noches ora ante el antiguo crucifijo.

 De vez en cuando, sin embargo, su mente se remonta,  presa de la nostalgia,  hacia esa noche lejana. Y de nuevo surge aquel interrogante que la ha atormentado siempre: “¿Cómo habría sido mi vida si aquella noche yo hubiera partido?”. Y sin darse cuenta, una lágrima rueda por su mejilla.

 Aquella noche lejana, el silencio,  cual una densa nube gravitaba  sobre su corazón. Del subsuelo del sueño parecían elevarse como volutas de incensario, pecaminosas sugestiones. La noche tenía una profundidad silenciosa quebrada regularmente por el remoto son de las campanas. Era tarde. Un reloj lejano dejaba escuchar  una a una  las doce campanadas de la noche mediada.

 Afuera, bajo la luz de un farol, un hombre permanecía de pie, con el punto rojizo de un cigarro encendido en sus manos y la mirada puesta en su ventana. Un  hombre, que ella bien sabía, su padre nunca aceptaría y que allí afuera, en la penumbra de la calle, esperaba por ella.  Sutilmente, se ha asomado varias veces, a la ventana para contemplarlo  detrás de las pesadas cortinas.

Temblorosa, extrae de su seno el papel arrugado y veinte veces leído con ansiedad a lo largo de la tarde y de la noche. Es cuestión de resolver de una vez. Vive en esos momentos la extraña fascinación de la hora decisiva.  Es ahora o nunca. Así lo ha expresado él en su carta. No esperará más. Al día siguiente partirá muy lejos.

Pensativa, sabiendo que los minutos pasan y que afuera alguien la espera, recorre con sus ojos  rincón por rincón, objeto por objeto. Cada cosa de aquella estancia guarda para ella la enternecedora significación de un recuerdo. Su madre, muerta ya, le habla todavía con el lenguaje de la memoria. 

Ante su vida se abre una interrogación melancólica.  ¿Valdrá la pena dejarlo todo, para siempre, por un riesgo amoroso? Una temblorosa cobardía se arremolina en su alma. No está segura de sus propios sentimientos.  Quizá es preferible dejar a los días la solución de aquel conflicto. Entretanto, la llamada afectiva permanece de pie, bajo el farol vecino.

 Los pensamientos se arremolinan  en su mente. Partir, dejar  todas aquellas cosas entrañablemente ligadas a  su infancia amable y a su adolescencia taciturna, es algo demasiado difícil para ella.  Su existencia está arraigada a los objetos que la rodean.  Su padre ya está viejo. “Mañana, al despertar, se encontrará con la trágica nueva de  que su niña se ha fugado como una malhechora  bajo las sombras de la noche”. Aquel pensamiento tortura su corazón.  Presa de angustia, rompe a llorar desconsoladamente.

­ Su padre,  alarmado por sus sollozos,  ha despertado.

-Hija, ¿qué te pasa? ¿Sigues despierta todavía?  ¿Te sientes mal? 

-No, papá, no. Me distraje leyendo un libro, me emocioné con la lectura. Ya sabes cómo soy.  No te preocupes, estoy bien. Vuelve a dormir. Ya voy a acostarme.

De repente, ya no siente temor. Dueña de una decisión que a ella misma le sorprende y marcará su vida, extrae la carta de su seno y la acerca  a una vela encendida donde se reduce a cenizas.

Con el  corazón súbitamente tranquilizado entra a su alcoba para disfrutar el tranquilo sueño de los ángeles. Después de aquella noche, su pretendiente nunca volvió.



Leonor María Fernández Riva

Diciembre 3 de 2016





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