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jueves, 17 de octubre de 2019

¡¡ES ÉL!!




Camino del invierno a través de los árboles Nevado y recorrer del hombre solo contra el cielo nublado Aire libre Foto de archivo - 37149806



¡ES ÉL!

Ha sido una larga, fría  e insomne  noche. Solo pudo  cerrar los ojos por  breves momentos y nuevamente volvió a soñar. El mismo sueño del que nunca quisiera  despertar:  a través de la espesa  niebla que lo envuelve todo, sus ojos lo divisan  y grita enloquecida de dicha: “¡Es él!!  ¡Es él!!

 Pero solo ha sido un sueño.  Uno más. La sonrisa que  al despertar iluminaba su rostro, ha desaparecido. La  abruma ahora la agobiante realidad.  Sabe que tal vez  para ella ya se ha acabado el tiempo.

¿Por qué?  -se pregunta- ¿Por qué tuvo que ser así?  ¿Por qué no pudimos vivir nuestro amor? Todos se opusieron. Él no era real, iba a engañarla. Iba a aprovecharse de ella.  Confiscaron  sus bienes, bloquearon sus cuentas. No estaba en sus cabales, no podía manejar su dinero. Sus hijos lo manejarían y le enviarían una pensión mensual.  Y así lo hicieron. Y  entonces,  ya no pudo socorrerlo. Y él,  allá, tan lejos, sin tener como responder los compromisos,  cayó preso.   Pero ya no pudo socorrerlo.  Y no pudieron ya encontrarse.  

Allí, en ese pueblo lejano, rodeada de naturaleza, lejos de la familia que tanto la había humillado y lejos  de todos quienes la conocían, ella encontró la paz. Subsiste solo gracias la mezquina mensualidad que le ha sido destinada para sobrevivir.

Y al paso de los días, las cartas empezaron  a llegar. Y ese se convirtió en su único consuelo, en su única ilusión. El único lazo que la ataba a la vida.

Y mientras tanto, el tiempo para él en la prisión se fue alargando, se fue  prolongando…  por una pelea, por un acto de indisciplina, por un intento de fuga, por un intento de homicidio, por un intento de suicidio.  Y fueron pasando los años.

Llegaron  y se fueron  las primaveras, los veranos, los otoños… y los inviernos, dejando a su paso una pesada espuerta cargada de melancolía y de soledad. Un espejo veteado por el tiempo le devuelve su imagen. Ya no es joven, pero no se siente vieja.  Sus rasgos siguen conservando la frescura de la juventud, su cuerpo es ágil  aún y sus ojos brillan todavía al recordar el amor que no pudo ser. Lanza un hondo suspiro.

Toda la noche ha estado releyendo  sus cartas. Allí, en esos sobres  cubiertos ya con la mácula ocre del pasado, está encerrada su existencia. Un hondo suspiro brota de su pecho.  Algo, no sabe qué, debe haber ocurrido. Hace ya dos años  no recibe sus cartas. Solo sabe que él le ha prometido ir en su busca. Y ella cree en esa promesa.  Y  lo sigue aguardando. Pero ni ella ni él son ya jóvenes. No en vano han pasado tantas primaveras.  “Date prisa”,  le dice cada mañana porque  siente que su corazón  cansado, tal vez ya no pueda   seguir aguardando.

Despacio,  se  dirige a la puerta y sale al exterior.  Un vientecillo frío la hace estremecer. Con sus manos ajadas otea el horizonte. Esa  costumbre es ya  toda su razón de existir. Cada madrugada  sus pies se dirigen mecánicamente la entrada de su vivienda,  la única que en ese momento todavía sigue habitada.

 A lo lejos, se ve la sombra ominosa de los tractores  que  al día  siguiente  acabarán con todo lo que aún queda de esa vereda situada en medio de la nada por donde ahora pasará una carretera pavimentada  que reemplazará  al antiguo camino de herradura  y cambiará para siempre el entorno natural y boscoso en el que ha transcurrido gran parte de su vida.  Pero ella no puede irse. Cómo podría él entonces encontrarla?

Una manada de loras rompe ruidosamente el silencio de esa mañana campesina.  De pronto, una camioneta aparece por el camino y  se estaciona ruidosamente   al pie de la vivienda. Desde la ventanilla el conductor la  saluda alegre.

_ ¡Doña, buenos días!  ¿Cómo amaneció? Tenemos que  darnos prisa, los tractores empezaran  mañana  temprano su trabajo y no quedara nada en pie.  Usted es ya la única que todavía no se ha marchado.

El conductor, un  joven  fuerte de movimientos ágiles y piel curtida por el sol y el viento,   sube  de dos en dos los pocos escalones que llevan a la puerta de entrada.
-Buenos días, Facundo. Lo sé, lo sé – responde - No se preocupe hijito. Ya tengo listo todo mi equipaje.

Con permiso, doña, quiero pasar para ver lo que tengo que empacar.

-Claro, Facundo, pase no más. No  es gran cosa.  Solo estas cajas,  la cama, una mesa y unas sillas.

-Ya veo, sí, será algo sencillo – dice el hombre mirando  con curiosidad y un atisbo de compasión,  las pocas pertenencias.

-Ya mismo subo todo ¿Dónde piensa quedarse mientras tanto, doña?

-¿Dónde?  ¡Ah, sí! En la pensión del pueblo,  Facundo. Una hija vendrá luego por mí para llevarme con ella.

- ¿Una hija? Ah,  Qué bueno! Eso está bien. No sabía que tenía  una hija. Ha pasado usted sola mucho tiempo.

-Sí, Facundo, pero  en realidad no he estado  nunca sola. Algún día, cuando su cabello  se cubra con hilos de plata  comprenderá que uno nunca está solo cuando lo acompañan los recuerdos.

-Caramba! Qué bonito pensamiento, doña, pero ojalá que cuando eso ocurra, yo  tenga compañía para compartir esos recuerdos, ¿No cree?

-Desde luego, pero eso nadie puede saberlo. El destino es impredecible, querido Facundo.

-Disculpe  que la deje sola un momento, doña,  voy a ir llevando a la camioneta todo esto.

El joven se dispone a cargar  con el efímero equipaje pero la mujer lo interrumpe:

-Antes de que lo haga, déjeme decirle algo, Facundo. Sé que se va a sorprender.

--Dígame no más, doña, estoy curado de espantos.

_Vea Facundo, no quiero irme todavía.  Quiero  quedarme un poco más para despedirme de todo esto.  Han sido muchos años  de vivir y soñar en el mismo lugar. Le ruego  vuelva en la tarde por mí.  Comprendo que para usted eso es una molestia. Perdóneme.

-¿Y  quedarse aquí, solita? No siente temor?

-¿Qué puede pasarme?  No, Facundo, no. Antes por el contrario. Estos son mis últimos momentos de libertad. Seguramente mi hija  cuando venga a buscarme me  llevará a un hogar de ancianos y allá acabará mi vida.  No tengo prisa por llegar a ese momento. Mire, Facundo, guarde todo esto en su hogar, no tengo  adónde llevarlo, yo pasaré luego  con mi hija a recogerlo. Hágame ese favor. Tome, esto es por sus servicios y por su buena voluntad.

-Gracias, doña, es usted muy generosa. Voy a dejarle  entonces una silla para que se siente.

-Claro, Facundo, gracias por pensar en eso. ¡Ah, por favor! No se lleve todavía esta caja. Son solo recuerdos. Cartas que quiero volver a leer.

-Claro, doña, así se entretendrá. Volveré a las siete por usted. No puedo hacerlo antes.  Espero que esté bien.

- Gracias Facundo, lo estaré.

Pasan las horas. El tiempo se torna severo. La niebla empieza a cubrirlo todo. La mujer aguarda. Sabe que son sus últimos momentos en ese lugar. El lugar del encuentro. No puede irse.

Por la carretera solitaria que lleva a la vereda un hombre avanza. Camina despacio,  ya no es joven y  está agotado. Ha sido un viaje demasiado largo. No ha encontrado transporte en el pueblo  y ha tenido que recorrer  a pie ese último trecho del camino.  La inocua calígene  no le permite ver en lontananza, pero sabe que ya está cerca.  Tiene que llegar. Ella lo espera...

Y el destino, aguarda.

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jueves, 10 de enero de 2019

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Amigos, al inicio de un Nuevo Año, tengo mucho gusto en compartir con ustedes mi ALMANAQUE IMPRESCINDIBLE LEONOR que publico anualmente desde hace 14 años.  Este es el número 14 para el 2019.  Puse esta imagen porque no pude subir la del 2019 pero les dejo aquí el link para que abran el ALMANAQUE  y lo lean.

Es una publicación en la que trato de imprimir la calidez y la variedad  de las cálidas revistas de antaño. En ella encontrarán temas de reflexión, humor,  relatos interesantes, un cuento de mi autoría,  el horóscopo, poesía, sabías que, curiosidades y muchos otros temas.  Sé que les va a gustar. 

Aquí les dejo el link para que lo abran. Solo tienen que clickear encima. Y pueden agrandar la letra y las imágenes clickeando en "Pantalla completa" 


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domingo, 22 de julio de 2018

LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD




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La búsqueda de la felicidad

Sentada en las gradas,  afuera del monasterio, dejó que su respiración se acompasara. El paso del tiempo era inclemente, ya no podía caminar sin esfuerzo grandes distancias,  y  esa mañana a pesar de sentirse débil, había realizado una gran caminata desde  la aldea donde vivía hasta el monasterio budista.  Su corazón latía ahora desbocado, pero  feliz.

Contempló abismada  la inmensidad  apabullante y magnífica de  esas cumbres  cubiertas de nieve, y disfrutó una vez más  en su interior su deliciosa soledad y esa ansia ya saciada  de vivir la diferencia, de encontrar  allá, en esas lejanas y misteriosas tierras, el eslabón perdido de la felicidad.

 Como si se tratara de un hecho acaecido a otra persona, dejó que su mente retrocediera en el tiempo para revivir  los pormenores de  esa aventura que empezó para ella casi sin darse cuenta,  años atrás.

Hasta cumplir los cincuenta años, su vida  había sido similar a la de tantas otras mujeres solas e independientes. Su trabajo esporádico de correctora de libros y una pequeña renta adicional, le permitían vivir de manera tranquila y austera.  Su apartamento, si bien no lujoso, era agradable y allí se sentía bien. A pesar de que ya había sobrepasado el medio siglo, se mantenía saludable y estéticamente agradable. Estaba sola, sí, pero no había carecido de amor. Ahora,  esa faceta de la vida  no parecía hacerle falta,  había  cerrado  sin dolor esa etapa febril y alocada de su existencia  y ahora, con sus hormonas atemperadas y serenas, le gustaba pensar que  la tranquilidad de que ahora disfrutaba,  rimaba con la  felicidad.

Había sin embargo algo que siempre escocía un poco su espíritu: algunas noches, al hacer un recorrido  mental por lo que había hecho  durante  el día, se tropezaba con  una seguidilla constante de una misma rutina: cada mañana se levantaba  temprano, con la primera luz del sol, tomaba un vaso de agua con limón que según decían, alcalinizaba el organismo protegiéndolo del cáncer;  se colocaba luego  una sudadera y salía a caminar durante media hora. En una vida tan sedentaria como la suya  eso era necesario.  Su peso no era el correcto y su perfil lipídico tampoco era del todo satisfactorio. Su afición por la comida italiana y  su preferencia por la buena cocina y las porciones grandes,  hacían de las suyas. Luego de bañarse y arreglarse, se dirigía  en su auto a hacer compras al  supermercado y a pagar algunas cuentas,  y al volver se entretenía en el computador. Recorría en Facebook los innumerables  mensajes, sugerencias, fotografías de personas conocidas y ególatras y  la interminable sarta de estupideces que publicaban  decenas de  desocupados;  luego,  se dedicaba a escribir historias,  pensamientos fugaces  y una que  otra poesía. Nada trascendente. Nada valioso.  Almorzaba,  hacía una pequeña siesta, volvía a escribir. Algunas  tardes  la visitaba una amiga solitaria como ella, o alguien la invitaba a tomar café. Y eso era todo. Llegaba la noche y el inventario final era escaso y poco reconfortante.

¿Seguirá todo así de aquí en adelante?  Se preguntaba  a veces cuando al apagar  el murmullo absorbente  del televisor, todo quedaba en silencio y se encontraba de nuevo a solas  con ella misma. Y la respuesta no era para nada gratificante.

¿Se harían esa misma pregunta otras mujeres? ¿O estarían contentas con su presente, con su futuro próximo? Su  mente se entretenía   repasando  la existencia  de algunas conocidas: aquella pariente  suya apasionada por los  perros  cuya vida estaba dedicada solo a darles gusto;  esa vecina ya entrada en años, dedicada incansablemente  a  preservar su fugitiva  juventud en los gimnasios y en los spa;  aquella  otra, en apariencia ya  por encima de las tentaciones carnales cuya única  pasión parecían ser  ahora sus  nietos;  y esa otra, aparentemente  feliz  en una relación conyugal basada, por lo que podía observar, solo en la costumbre y el aburrimiento;   y esa de  más allá,  aficionada a realizar continuas reformas a su apartamento para lucirse ante las amistades;  similar a aquella que  se preciaba de cambiar cada año de carro y   aquella otra  que solo vivía para estar a la  moda, o aquella que se ufanaba tanto de sus continuos viajes, y hasta  esa simpática amiga, ya casi otoñal, y un poco  más comprensible para su gusto,  enamorada sin remedio de un  imposible. Todas,  inútiles, superfluas, desperdiciadas. Tal como ella misma.

Pudiera   haber seguido  llevando por inercia esa vida, tranquila y   muelle  que tan semejante parecía ser  a  la  felicidad, y a la  que solo la incomodaba  ese impertinente escozor acerca de su existencia que  de noche en noche la importunaba, pero ocurrió que  una tarde, organizando revistas viejas, leyó en una de ellas un artículo que cambió su vida.

 Un hombre, en una lejana población del Tibet había sido catalogado como el hombre más feliz del mundo. Sí, así lo describían en aquella  crónica y esa era una revista seria. Leyó con avidez el artículo. Un grupo de científicos de la Universidad de Wisconsin había llegado a la conclusión de que el hombre más feliz del mundo era un monje budista de 70 años de edad de origen francés llamado Matthieu Ricard,  quien vivía en una región remota de Nepal y era asesor del Dalai Lama. Al estudiar su cerebro, los científicos habían comprobado  que  este presentaba la más alta actividad cerebral asociada al bienestar nunca antes vista en mediciones similares. Tras analizar la actividad de su cerebro en el marco de un estudio de 12 años sobre meditación y compasión, los científicos de la Universidad de Wiscosin (EEUU) establecieron que Ricard era el hombre más feliz del mundo.


Al llegar al final del artículo Loreta se propuso conocerlo.  Tenía que visitar a aquel hombre, hablarle sobre sus dudas, preguntarle por el sentido de la vida, pedirle que le explicara el porqué de su existencia, el porqué de la felicidad. Qué podía hacer ella para ser realmente feliz antes de morir, antes de desaparecer.

Y así, de esa manera casual y aparentemente intrascendente  empezó para ella  la aventura más trascendente de su vida.

Con un espíritu de aventura, sobreviviente de su ya lejana juventud, decidió jugarse el todo por el todo. No era una  mujer rica y para poder viajar a tan lejanas tierras debió vender su escaso patrimonio. Pero lo hizo con gusto, sabiendo que esa era su última aventura.  Sabiendo que valía la pena intentarlo. No quería consumirse viendo televisión, paseando perros, luchando en el gimnasio y en el spa contra la vejez inminente, llenando  su vida de objetos  pesados y oprobiosos o escribiendo sandeces.
Su familia la tachó de loca, creyeron que había perdido la cabeza y hasta le hicieron un juicio de interdicción, pero logró demostrar que estaba cuerda y que tenía derecho a manejar su patrimonio y disfrutar sus  últimos deseos antes de que su cuerpo  y su espíritu dejaran de ser suyos y no le permitieran soñar.

 Y un buen día, voló a su destino.

Nepal, estaba situado al final del mundo.  Al menos al final del mundo conocido por Loreta.  Debió hacer varias conexiones de aviones y por fin, llegar a Nepal, y trasladarse luego en un camión durante tres horas  hasta el Monasterio Cheshen  situado en una pequeña cumbre a las afueras de la población de ese nombre  rodeada de cumbres nevadas entre las cuales sobresalía imponente el Himalaya. Con timidez y expectativa, Loreta llegó hasta la puerta de entrada del monasterio y  accionó la pesada aldaba. Un monje de mirada lejana apareció luego de unos segundos y le informó que Matthieu Ricard  no estaba. Días antes había volado hasta Francia para dictar allá una conferencia.

Esa primera decepción no la amilanó. Lo esperaría.

 En los pocos días que faltaban para su llegada empezó a familiarizarse con esa nueva forma de vida. En el lugar no funcionaban hoteles. Fue acogida en el hogar de una familia tibetana conformada por una pareja mayor y una hija soltera. Cuando se enteraron de  que había viajado tanto para encontrarse con Matthieu Ricard el monje más respetado y querido en aquella comunidad, le brindaron de manera espontánea y cálida su hospitalidad.

La suya era una vivienda modesta, construida con ladrillos  de barro  y techo cubierto de lascas de piedra a la manera del lugar. Todo allí era sencillo, austero, mínimo. De manera sorprendente, Loreta se adaptó de inmediato  al ambiente y a las nuevas y sencillas costumbres. Amó el viento helado que la recibía cada mañana al levantarse, amó los sencillos potajes de aquellas personas consistentes solo en maíz, mijo,  papas y té serpa. No consumían carne; amo su camastro duro y estrecho  y amo su cuarto oscuro y austero, sin adornos ni cuadros y  recubierto casi por completo  por pieles de animales. Y amó sobre todo,  los sencillos y bulliciosos  juegos de los niños en medio de la nieve.

Pero aguardaba  ansiosa la llegada del monje. Este llegó luego de dos semanas y la recibió de inmediato. Ella se sorprendió al verlo. Ya había podido observarlo en fotografías pero su presencia física la impactó. Lucía fuerte y joven a pesar de su edad.   Su piel era lozana y sus ojos reflejaban una profunda bondad.

El monasterio en el que transcurría su vida era imponente  por las dimensiones pero a la vez  austero  y muy silencioso.  En la pequeña estancia en la que el monje  la recibió había  una imagen grande y dorada  de Buda y el suelo estaba cubierto por una alfombra. A llegar, la invitó a pasar y sentarse en el suelo tal como él. Luego de presentarse, Loreta le habló de la inconformidad acerca de su vida  y de  su  deseo de conocer otras experiencias espirituales antes de morir. De esa ansia suya por  conocer la verdadera felicidad.

El monje la escuchó en silencio y cuando ella dejó de hablar exhaló un profundo suspiro:
"La felicidad,  como ya lo has podido comprobar, querida amiga, es algo intangible, casi etéreo,  una sensación  muchas veces, experimentada  aunque casi siempre sin  real fundamento porque por lo general está basada en  hechos triviales y fugaces como por ejemplo,  acomodar nuestro cuerpo a una rutina, descansar en una  aparente seguridad, creer que somos amados, creer que somos dueños de  otros seres; llenarnos de cosas materiales, despertar envidia, sentir la admiración de quienes nos rodean, creernos superiores, disfrutar 5 minutos de gloria…Aunque no nos demos cuenta, querida Loreta, todos los seres humanos,  estamos inmersos desde nuestro nacimiento en  una desenfrenada carrera por alcanzar la felicidad .Todas aquellas mujeres  a tu alrededor están también intentando ser felices a su manera. No debes criticarlas, no debes despreciarlas, las circunstancias son distintas en todos los casos.  Pocas personas experimentan un vacío existencial como el que tu sientes.  Pocos experimentan esa ansia de infinito. Las personas como tú no se conforman con arañar la felicidad.  Quieren poseerla. Y no están equivocadas. Alcanzar ese estado es lo más elevado y sublime que puede lograr un ser humano.Los seres vivientes tenemos sobre nosotros, 3 leyes inmutables: la enfermedad, la vejez  y la muerte. Tu, Loreta, estás viva, no estás enferma y todavía no eres una anciana. En tu vida no han hecho todavía presencia esas leyes inmutables. Pero no eres feliz. Vale la pena entonces  hacer el esfuerzo para que lo seas, ninguna otra cosa es comparable. Pero no es sencillo. La disciplina, la meditación  y la perseverancia deben ir unidas al altruismo y a la generosidad de corazón".

Todas las mañanas, Loreta siguió asistiendo al monasterio. Allí se quedaba  hasta mediodía. La presencia de mujeres no  era permitida luego de esa hora. Bajo  la dirección del monje  fue aprendiendo la técnica de la respiración y la meditación. Al principio, su mente inquieta y poco disciplinada se distraía,  pero al poco tiempo logró  concentrarse sin esfuerzo y permanecer en trance  toda la mañana frente a una pared. Y un día,  descubrió que podía estar ensimismada y lejana, concentrada en su meditación hasta en medio  de una multitud. Su cuerpo se tornó flexible y  logró sin esfuerzo realizar y mantener difíciles posturas yogas durante varios minutos. Cada mañana, al retornar del monasterio a su hogar, repetía con convicción los mantras ancestrales sobre todo aquellos  relacionados con la felicidad: “ Oh, Ah, Hen Soha”.  “ Bala Nam Kevalam”.

Los  niños de la aldea pronto la acogieron como si fuera otro monje más. La acompañaban cantando  hasta el monasterio o la esperaban de regreso hasta su casa.  Le habían tomado cariño. La llamaban “la monja blanca”. Ella les enseñaba inglés en las tardes, un idioma que les serviría más tarde  para comunicarse con los frecuentes turistas, y les contaba también aventuras y hechos  sorprendentes  de ese mundo desconocido allende los mares. En las  tardes  le gustaba  ayudar a sus benefactores en su pequeña huerta de papas y de mijo. Eran campesinos pobres como todos en la región. Su existencia no era fácil. El esposo prestaba también sus servicios como porteador a quienes escalaban el Himalaya, pero desde el gran terremoto, los escaladores arriesgados habían disminuido. Muchos porteadores habían muerto realizando ese acompañamiento.

Loreta había pensado quedarse en el lugar tan solo  uno o dos meses, mientras aprendía las técnicas de la meditación, pero el lugar se fue poco a poco apoderando de ella. Una gran paz que antes nunca había experimentado colmaba ahora sus días. Sonreía sin motivo. Su pasado era solo un lejano recuerdo, algo que le había pasado a otra persona.  No tenía internet, no lo necesitaba. No extrañaba nada. Había cortado con su pasado. Se sentía en paz con ella misma,  y una con el universo y con toda aquella grandiosidad.

Los meses fueron acumulándose y luego, casi sin darse cuenta, los años. Se había convertido  en  una más en esa  apartada población nepalesa. Su cabello se tornó blanco. Y un buen día  desechó también su vestimenta occidental y adoptó  la túnica de los monjes. Algo que para  ella significó  un gran privilegio. La experiencia que había vivido había cambiado de tal forma su existencia  que deseo compartirla con otras mujeres. Hablarles del cambio tan positivo que podrían lograr en sus vidas con base en algo tan sencillo como la meditación y algunas prácticas yogas. Y entonces, retomó su pasada afición a la escritura. Sorprendentemente para ella,  su mente era ahora  mucho más lúcida, mucho más creativa y brillante.  Primero fue un libro, luego otro. Todos con un sorprendente éxito y aceptación quizá porque la suya era una historia verídica, una experiencia única y enriquecedora…Y porque  estaba escrita en un  lenguaje sencillo, elocuente, cautivador. En cada uno de esos libros, Loreta  fue dejando el testimonio de sus  inquietudes, de sus sueños y de su fructífera búsqueda de la felicidad.   Siguiendo el ejemplo de su maestro, destinó las copiosas ganancias de sus libros a procurar el bienestar de las viudas y huérfanos de porteadores muertos en accidentes al ascender el Himalaya. Ella no precisaba fama ni dinero. Era feliz  con la austera vida que llevaba.

Matthieu Ricard, el monje tibetano, la observaba en silencio.

-La dulzura que estoy experimentando  ahora no la he sentido antes nunca en ningún momento de mi vida – le comentó Loreta  al monje al describir lo que sentía-  Es como si se hubieran abierto las compuertas de la alegría y de la felicidad. Una sensación que no sabía que existía. Como si flotara. Así debe ser estar en la presencia del Creador.

-Los científicos de  Wiscosin deberían examinarte – replicó en aquella ocasión Matthieu Ricard con una sonrisa.

Y ahora, allí, afuera del templo que coronaba el monasterio, rodeada de esas cumbres nevadas. Loreta volvía a sentir esa increíble sensación de plenitud, de paz,  de infinita felicidad… se sentía ligera, casi inmaterial como si estuviera volando suavemente hacia el infinito.

A lo lejos  el  grupo bullicioso  de niños  corría  alegre a su encuentro, pero Loreta  ya no podía divisarlos.
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