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sábado, 16 de enero de 2010

Quizá todo empezó cuando



Los cadáveres que sembraste en el jardín han empezado a florecer.

                                                                          Tomas Eliot







¡Apúrese, mijo! ¡El carro ya está por partir!


La mujer, una campesina todavía joven, de pequeña de estatura, delgada, piel trigueña, facciones finas y larga cabellera negra recogida en una trenza, apremia  con sus gestos y gritos al hombre que cojeando, se acerca sudoroso por el camino con su pesada carga:  un gran ramo de flores de un intenso color rojo casi negro.

El vehículo, una camioneta deteriorada que conoció en el pasado mejores días, tiene su cajón repleto de  esas mismas flores.  Varios campesinos de piel curtida por el sol, con ropas toscas, húmedas de sudor y de lluvia y botas de caucho cubiertas por el lodo que cubre los campos inundados, están al pie del vehículo. El hombrecillo de ojos pequeños y sagaces guarecido en la parte delantera, se frota las manos ante este nuevo cargamento.

Un sol tímido se asoma a lo lejos entre un corrillo de nubes. Toda la mañana cayó sobre la región una llovizna intermitente que no para desde hace varios meses y a la que han tenido que irse acostumbrando las gentes del lugar con esa estoica resignación campesina que comprende que el clima es algo que está más allá de su voluntad. 

Leonel, el campesino cojo, descarga con cuidado en la cajuela de la camioneta su cargamento de flores. El ayudante acomoda la carga, constata que todo esté sujeto y acto seguido emprenden la marcha. 

Darío, el periodista llegado esa mañana de la capital, se protege  de la fina llovizna bajo el alero de la humilde morada y desde allí observa todo con interés. Quiere ser el primero en realizar la entrevista. Su crónica, está seguro, se hará merecedora a las felicitaciones del director de noticias del diario en que labora. Cuando la camioneta  y su florido cargamento se pierden en una curva del camino aborda decidido a Leonel.


–¿Cómo está usted, amigo? ¿Podemos conversar un momentico?


El campesino, se siente cohibido ante el visitante de la capital. Su experiencia le aconseja no confiar en nadie, pero aquel joven, de ojos vivaces y sonrisa afable le inspira confianza. "¿Qué puedo perder?", se pregunta.



–Cómo no, patrón, Leonel Tibaduiza, para servirle –dice con gesto amable extendiendo su mano,  y añade señalando el corredor de su vivienda– Disculpará no más la pobreza, patrón.



–No faltaba más– replica el periodista enfatizando sus palabras con un  gesto– Es usted muy amable, don Leonel. Me gustaría que me cuente cómo empezó todo, cuándo fue que estas flores empezaron a brotar. 



–Leonel, nada más,  para usted, patroncito. Pase, pase y  se asienta. 



Instalados ya en toscas bancas de madera en el corredor exterior de la vivienda y con el dejo cantarino propio de los hombres del campo y un dialecto que atropella graciosamente la lengua del famoso manco, Leonel, el campesino de fuertes brazos y mirada triste empieza su relato.



–Verá, patroncito, ¿cuándo empezó a pasar, cuando empezaron a brotar? De cierto no lo sé, porque de pronto de un día para otro todo cambió por aquí.  No me lo va a creer, pero hace solo unos años, esta era una vereda  tranquila donde nunca pasaba nada. Pobres hemos sido siempre, claro, pero en ese entonces teníamos sin saberlo, algo parecido a la felicidad. Entoavía no conocíamos el miedo. Criábamos en paz a nuestra familia y a nuestros animalitos, y regábamos nuestros sembraditos de yuca y de plátano solo con la lluviecita de los cielos. Pero en de pronto, un  aciago día, todo empezó a cambiar. De a poquito, casi sin darnos cuenta, esas montañas se fueron poblando de guerrilla. A veces los veíamos pasar por el camino; asemejaban con sus uniformes verdes y negros, el mismitico ejército, solo que ellos llevaban botas de caucho para internarse por esos lodazales. Somos gentes de paz, los saludábamos. Ellos apenas si hacían un movimiento de mala gana con la mano. Eran malacarudos y sin saber por qué, sin sospechar entoavía lo peligrosos que eran, empezamos a inquietarnos.


Y teníamos razón para inquietarnos patrón. Una de esas tardes luminosas de nuestro pueblo en la que el sol de los venados brillaba a lo lejos, así, más o menos como ahorita, atacaron nuestro pueblo. Todos los vecinos nos encontrábamos ajuera de nuestros ranchos conversando, riéndonos y jartándonos uno que otro aguardientito. Estábamos contentos… y en de pronto que esos tipos aparecen disparando y arriándonos la madre. Nos gritaron que ellos eran ahora la ley y empezaron a anotar nuestros nombres en un cuaderno y en luego se entraron casa por casa y se jartaron y se llevaron todo lo que se les antojó. Y nosotros empavoridos, sin atrevernos a protestar, sin saber qué hacer. Y cuando por fin se jueron, se jueron jalando también a nuestros mejores animalitos. Y no contentos entoavía mataron  de un machetazo al padrecito Sergio, el único, ¡pa’ qué le voy a mentir!, que tuvo el valor de reclamarles... Desde ese día todo cambió en este pueblo. Pero para mal, patrón. Para muy mal. Quizá, jue ahí, patrón, cuando sin darnos cuenta ellas empezaron a brotar.


Darío, el periodista acostumbrado a realizar emotivas entrevistas a lo largo y ancho del país percibe por la actitud y la angustia de aquel hombre sencillo que aquellos recuerdos le oprimen el corazón y que desea intensamente compartirlos con alguien. Sabe que no debe interrumpirlo porque de hacerlo rompería  el hilo conductor de sus pensamientos y se iría a pique la entrevista.  Guarda silencio.


–Aunque pensándolo bien patrón –continúa Leonel– quizá no jue entoavía ahí sino  una mañana, varias semanas después cuando volvieron a visitarnos los chusmeros para reclutar por la juerza a nuestros hijos y a nuestras hijas jóvenes. Algo de no creer. Esa vez se llevaron a mi hijo Segundo de solo catorce años, pero también a Gualberto, el hijo mayor de Segundo Quispe y a Floralia, de trece años, la hija de nuestra comadre Laura. En total se llevaron a siete de nuestros muchachos. Que dizque la “causa” los necesitaba. De nada valieron nuestras súplicas. Entoavía me parece ver el gesto asustado de mi hijo y sus ojos llenos de lágrimas. La Casilda no me dejó ir tras él. De haberlo hecho, no estaría contando esta historia, pero no crea, a veces pienso que hubiera sido mejor así. Con ellos, se internaron en la montaña. Se los llevaron, y en su lugar, nos dejaron la burla, la ausencia… y la tristeza más verracas. Cuando se perdieron en el monte supimos que ya no los volveríamos a ver. Y ansina ha sido. Desde ese día, todos en este pueblo empezamos a morir un poco.



Las últimas palabras del campesino, son apenas un susurro. Su mirada perdida en el vacío da cuenta de su tristeza. En tono amable, Darío vuelve a preguntarle:

 

 –Cuánto siento todo eso, Leonel, pero dígame,  ¿cree entonces que  fue en ese momento cuando empezaron a nacer?



Como volviendo de un sueño, el hombre sacude su cabeza y se frota los ojos humedecidos y con gesto entre ausente y vencido, retoma su relato.



–Quizá, patrón, quizá, aunque  ahora que lo pienso, quizá no fue entoavía ahí sino unas semanas después, cuando nos encontrábamos llorando nuestra desgracia y  como salidos del mismitico infierno llegaron los paracos. ¡Dizque para protegernos!¡Y les creímos! Tontos que semos, patroncito. Hasta que nos dimos cuenta que eran igualiticos que los otros. Toitico se lo jartaban; ninguna mujer estaba libre de sus mañas; pero lo que de verdad nos aterró fue cuando aserraron vivo al Isidro Cajamarca dizque porque una vez lo vieron dándole agua a los chusmeros. ¡Cómo no iba a darles! Lo aserraron allá lejos, en el monte, pero hasta aquí se oían sus gritos de dolor. Por esos días empezaron las refriegas entre guerrilla y paracos. Nuestro pueblo se convirtió en un verdadero infierno entre el ruido de las balas, los muertos de lado y lado, el ladrido desesperante de los perros ¡y el terror más ¡hijue puta! perdón, patroncito, pero es que en de veraz que no hay otra palabra para describile ese terror que se apoderó de nuestros días y de nuestras noches.


–Y qué pasó con los paracos, Leonel,  ¿se quedaron por aquí?



–¡Nooo, patrón! Dizque el gobierno les estaba dando plata a los que se rinsertaran y entregaran las armas. Que ni tan siquiera se los  iban a llevar presos. Eso se decía por acá y ha de haber sido verdad porque de un momento a otro así como vinieron se perdieron. No volvimos a saber de ellos. 



–Y entonces, Leonel, ¿fue ahí cuando empezó usted a verlas?



–Entoavía no, patrón. Entoavía no. Por ese tiempo fue que los chusmeros  nos enseñaron a cultivar las maticas de coca.  Algo fácil,  viera usted, patrón. Eran unas planticas fuertes y pegaban bien. Y claro, nos ilusionamos con esa pendejada. De a poquito a poquito juimos poblando de maticas de coca nuestras parcelas. Y las muy ladinas crecieron lindas y rozagantes con su lindo color verde agua. Y dejamos de sembrar la yuquita, el platanito  y se nos jue olvidando cómo sembrar la comidita porque ya solo queríamos sembrar coca y ya naide cultivaba nada en las fincas y entonces tuvimos que comprar en el pueblo hasta la yuca más infeliz y nos convertimos…, patrón, ¿ha oído hablar de los raspachines? Pues sí, nos convertimos en raspachines. Así jue como empezaron a llamarnos en el pueblo. Y gracias a eso,  tuvimos unos meses tranquilos, pero ya usted sabe, patrón que la dicha del pobre es corta. Un día cualquiera el ejército llegó a nuestra vereda; como dicen ustedes los estudiados, “de improviso”. Y no sabíamos si sentirnos contentos o asustados. Nos reunieron a toititos en la iglesia y nos advirtieron que nos llevarían presos si seguíamos sembrando coca y que “cuidadito con ayudar a la guerrilla”, que “cuántos eran, que ónde estaban…” Y nosotros asustados, ¡bien asustados! y sin saber qué responder, pero sintiendo todavía más temor de los ojos y oídos de la selva cercana. Y ahí sí que ya nadie supo qué hacer ni qué callar ni qué decir.



–¿ Y qué pasó con el ejército? ¿Se quedó en el pueblo?


–Bueno hubiera sido, patrón. Pero no, ellos andaban persiguiendo a los bandidos y ansí, luego de unas semanas se fueron en la mismitica jorma en que llegaron y volvimos a quedar a merced de los chusmeros. Y una semana después, esos malditos entraron al pueblo gritando y disparando y acusándonos de ser sapos con el ejército y se llevaron a mi compadre Manuel y a otros dizque para que confesaran. Yo me libré porque había ido al río a cargar agua, pero igual me sentí morir al escuchar desde lejos sus gritos de dolor, el llanto de las mujeres y niños, el repiqueteo de la metralla, y luego, ese silencio de muerte que tan bien conocía y que lo envolvió todo como una mortaja.

 Oiga, patrón, no sé por qué se me hace que lo canso con estas historias. Tiene usted cara como de cansancio. ¿No? Bueno, pues acomódese no más en la banca pero tenga cuidado porque igualitica que yo ella también tiene una pata mala.



-–¡No, Leonel, no! No se trata de cansancio, aunque tal vez sí. Tal vez es una especie de cansancio. Pero no  me haga caso. Cuénteme, fue ahí cuando empezaron  a brotar,  empezó ya usted  a verlas?



–¡No, patrón, entoavía no!  Pero fíjese que ahora  que lo pienso,  quizá todo empezó a pasar cuando nuestra tierrita se convirtió en nuestra enemiga.  Sí…mire uste, patrón,  un día cualquiera empezamos a caer uno tras otro en esa trampa mortal en que se convirtieron nuestras parcelas sembradas ahora de un horror llamado quiebrapatas. ¡Arranca patas diría yo, patrón! ¡Arranca vidas! Allí muchos murieron hechos mierda… perdón, patrón, pero es que así mismitico jue como murieron. Sí, así murieron mis compadres el Eustaquio Ortiz y el Facundo Mejía y luego, mis sobrinos Apolinar y Lucía, los hijitos de mi hermana Martha, y hasta un guerrillo del que nunca supimos el nombre, también murió en medio desangrado en medio del campo; naide se atrevió a ir por él a pesar de sus gritos y sus compañeros solo vinieron a recogelo dos días después cuando ya huelía mal. ¡Qué mal huele la sangre derramada, patrón! Otros, como el Manuel Rosero y el Felipe Villota, perdieron las dos piernas, y otros, más afortunados, como yo y el Florencio Torres, mediante la interjección de la Virgencita de Chiquinquirá que siempre cargo en el cuello –mírela usted, patroncito– solo perdimos una. El doctorcito del pueblo ende que me llevaron de urgencia dijo que esta tierra  está ávida y que por eso se apoderó tan temprana y vorazmente de mi sangre y de mi cuerpo. Habla bonito el doctorcito. ¿No cree usted, patrón?



–Sí, Leonel, habla bonito. Y el ejército ¿No volvió por aquí?


–Solo de paso, patroncito, solo de paso.

–Y entonces, Leonel, después de eso ¿qué pasó,  las vio brotar?

–Entodavía no patrón, entoavía no. Pero otra cosa sí pasó por aquellos días: un sonido desconocido hasta entonces para nosotros, parecido como al de un moscardón arrecho, empezó a visitarnos todas las mañanas ¡El ruido de avionetas, patrón, dizque fumigando! Al principio, ¡brutos que semos! lo tomamos como algo divertido y hasta nos burlábamos de las tales avionetas; seguíamos en nuestras siembras como si nada, pero al poco, nos dimos cuenta que nuestras hermosas maticas de coca empezaron a marchitarse y perdimos los largos meses de siembra y comenzaron a ardernos los ojos y a salirnos ampollas en todo el cuerpo y nos dio tos y dejamos de dormir y hasta de comer y la desesperación y la angustia se adueñaron definitivamente deste pueblo. Y ahí jue, patrón, cuando muchas gentes decidieron marcharse a la capital dejando abandonada su tierrita… y a sus muertos.


–Entonces, quizá  fue ahí, Leonel, ¿no cree usted? 


–¿Quién puede saberlo, patrón?  Aunque  quizá no fue entoavía ahí sino más bien en el invierno que siguió. Oiga, patrón,  perdone,  que le insista,  yo lo noto como agotado,  debe estar cansado desta conversadera, ¿no es verdad?


–No, Leonel, no. Oiga, ha comenzado a llover más fuerte. ¿Siempre llueve así por aquí?



-–¡Esto no es nada, patrón! El año pasado no hubo un día que no lloviera. Llovió hasta que los  caminos se convirtieron en arroyos y la montaña comenzó a derrumbarse. Con decirle que el rancho de mamá Rosario, podrido en sus cimientos por esa humedad de los diablos que lo jue pudriendo todo,  se vino al suelo sepultándola. Y para nuestra desgracia, la plantas de cacao, los platanales, los yucales, y hasta las hermosas maticas de coca empezaron a ahogarse en medio de ese lodo turbio en que se jueron  convirtiendo nuestras parcelas.  Y al final, como ocurrió con los sembrados, a muchos  los venció el dolor. Dejaron de sembrar. No se puede  luchar contra la naturaleza, contra los hombres… y hasta contra el mismo Dios. Y entonces,  otros también  se decidieron a partir  porque según decían,  quedarse aquí era igualitico que morir. Hicieron un viaje largo, patrón, hasta la capital. Allá,  dizque los llaman desplazados. 

Leonel, hace un alto en su relato. Las tinieblas empiezan a cubrirlo todo. En la oscuridad, el monte cercano se torna siniestro; el relato del campesino genera en Darío un temor premonitorio.


–Oiga, patrón ya casi se hizo de noche –dice  Leonel levantándose– Aguarde no más, mientras busco una vela, no tenemos luz desde que esos condenados chusmeros dinamitaron la torre del pueblo hace unos meses. A ver...  sí aquí hay una.  Así  tenemos aun cuando sea un poquito de claridad. Oiga, creo que ya le tocó quedase a dormir aquí esta noche. Ya se va a ocultar el sol y no es bueno aventurarse por estos caminos cuando dentra la oscuridá. Hágame caso, patrón, yo sé lo que le digo. Quédese no más hasta mañana, así, de pronto puede platicar también con el Venancio; Venancio Flórez, patrón, al que todos le decimos “profeta” porque siempre está anunciando cosas malas; él sí que habla más, pero mucho más bonito que yo, patrón, porque jue a la primaria en la ciudad y sabe leer y escribir. Él puede contarle cómo jue que empezó todo. 


–Ya veré, ya veré, Leonel.  Oiga, según lo que me ha contado,  me doy cuenta de que tal vez nunca sepamos cuándo fue que empezaron a nacer, pero, dígame, ¿por qué cree que nacieron esas flores aquí?


–No lo sé, patrón, no lo sé.  Aun cuando a veces cuando me da por recordar todo lo que nos ha pasado,  se me figura que ese color rojo sangre lo debería tener todo por aquí. Lo cierto es que sin ninguna explicación en de pronto empezaron a aparecer por todas partes. Yo jui el primero que las vio. Al principio, no se lo niego, me aculillé, el campo aquel asemejaba como un inmenso lago de sangre; en de a veritas, patrón, que todo era igualitico a una inmensa mancha de sangre. Después, vidé que lo que me parecía sangre eran solo flores, muchas flores, las más hermosas y raras flores que jamás había visto. Heliconias, patrón, unas flores que se dan silvestres por aquí, pero estitas de una color y una forma que yo nunca había visto. Todo mundo se admira, patrón. Las estamos vendiendo en la ciudad ¿Sabe usté, patrón? A la gente de la ciudad, a la gente bien como usté les encantan, dicen que son “exóticas”, sí, eso mesmo dicen. Y nos las compran toiticas. Han sido una verdadera bendición para este pueblo. Pero lo mejor es que ahora el Venancio está hablando con gente que sabe del negocio de flores, gente de la ciudad, y dizque le han dicho que están interesados en vendérselas a los gringos. Que a los gringos les encantará su bello color rojo sangre y que nos las pagarán bien. ¿Usté qué cree, patroncito?



-–Que tal vez, el Venancio tenga razón,  Leonel. La verdad es que esas flores  son muy raras y hermosas. Su color ha despertado mucha curiosidad en todo el mundo, pero,  ¿no teme que se acabe la cosecha de un momento a otro?



–¡Noooo, patrón! ¡Primerito me muero yo! Las condenadas escogieron bien onde brotar. Siguen y siguen brotando sin cesar. Esta tierrita es muy fértil y ha sido bien abonada. Y como ve, patroncito, no pasa un día sin que se deje de abonar.  Mi mujer, la Casilda, dice que están malditas, pero son pensamientos tontos. Ya sabe cómo son las mujeres. Siempre pensando en agüeros y pendejadas. ¡Que dizque algo malo le va a pasar a este pueblo! ¿Qué opina usté, patrón?



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