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sábado, 12 de marzo de 2016

El anónimo









 El anónimo

Tomó el libro recién impreso y lo hojeó pensativa. Por breves instantes se detuvo en el prólogo escrito por uno de los más reconocidos críticos literarios. No estaba mal. Condensaba la historia y hacía  una que otra apreciación interesante. En la reseña exterior se percibía un halo de misterio que intrigaba e invitaba a adquirir la obra y conocer la leyenda. Sí, seguramente el libro tendría  éxito y la editorial obtendría una buena ganancia en la edición. Total, esta vez no habría derechos de autor. Pero Audrey, no sentía la satisfacción que había experimentado en otras ocasiones al ver editado uno de los libros aprobados por ella. Una persistente desazón, la sensación de que pudo haber descubierto algo memorable,  de que un misterio no revelado estuvo a su alcance y lo dejo pasar, la acompañaba todo el tiempo. En su mente volvió a vivir nítidamente todo lo ocurrido meses antes.

Aquella mañana, al contrario de lo que le venía ocurriendo desde que perdió su empleo, había despertado renovada y con gran energía. Se sentía optimista y alegre. El tiempo brumoso y gélido de los pasados meses había ido transformándose en una  naciente y vibrante primavera. Los rayos de sol atravesaban desde temprano la ventana de su alcoba. Sí, todo parecía adquirir de pronto una nueva luz.  Contenta, reflexionó  en que para ella  parecía también haber llegado una nueva primavera. 

 Poco a poco se había ido recuperando de los  dolorosos momentos vividos unos meses antes al decirle adiós a  la  empresa editorial en donde laboró por más de diez años. Todavía se le encogía el corazón al pensar que la empresa debió cerrar acosada por las pérdidas y los acreedores. Algo que ella nunca imaginó pudiera ocurrir. Durante algunas semanas quedó a la deriva sin trabajo y sin ninguna entrada de dinero. 

Providencialmente sin embargo, encontró un nuevo empleo. La empresa editorial donde ahora trabajaba había solicitado aspirantes para el cargo de asesor editorial y ella vio en ello una oportunidad. Presentó su aplicación y luego de someterse a un exigente examen: cultura general, índice de lectura, autores preferidos, obras y autores contemporáneos, rapidez y comprensión de lectura, ortografía, redacción, semántica, semiótica, fue aceptada.

La editorial estaba ubicada en una calle estrecha, bulliciosa y muy transitada del centro de Londres, la tradicional Baker Street, lugar de la residencia del mítico Sherlock Holmes. Las oficinas funcionaban en una casa que sobrevivió casi intacta a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Su labor,  que compartía con otras tres personas, consistía en servir de filtro a  la avalancha de textos que llegaban a la editorial con la esperanza de ser aceptados y publicados. Debía leer, analizar y calificar positiva o negativamente cada uno de esos textos.  Si la calificación que ella  daba a la obra era positiva,  esta pasaba a ser leída por la plana mayor de la editorial cuyos miembros serían los que darían el fallo definitivo.  Como escritora, sabía  la expectativa tan grande que se forjaba un autor al pensar en publicar su obra. Y  conocía también la frustración que la negativa de la editorial a publicarla, le generaría.  Tenía pues a su cargo un  lado sensible y humano que en ocasiones le generaba no poco estrés. En sus manos, estaba quizá el futuro de algún novel escritor.

Al llegar a su oficina esa mañana, se dedicó a leer con prolijidad, uno de los textos que le había sido encargado. Aquella obra  no la complacía del todo, pero tampoco le desagradaba. Enfrascada en la lectura recibió de pronto una  llamada que motivó su curiosidad. La voz al otro lado, un tanto apagada, tenía un característico dejo hispano. Debió pedirle a su interlocutor que hablara más alto. El hombre aquel, que por su voz parecía de edad avanzada, pedía  le fuera concedida una cita para enseñar un manuscrito que según decía era de máximo interés. “Otro loco, de seguro”, pensó. En el poco tiempo que había pasado en la editorial, había podido darse cuenta de la cantidad de ilusos que aspiraban a que su obra fuese publicada. Autores de la más variada gama de edades, apariencias y culturas. Algunos, francamente, tocados. Y eran precisamente estos últimos,  los más difíciles de rechazar. Insistían e insistían en la absoluta creencia de que sus textos eran únicos, geniales.

 “Lo más probable es que este sea un loco más”, pensó con hastío.  Algo, sin embargo en la voz de aquel hombre, hizo que accediera a darle una cita para la mañana siguiente.

Con un suspiro, dio el visto bueno al texto que acababa de leer; con un poco de suerte la obra sería aceptada y  publicada, y quién sabe, hasta podría llegar a convertirse en un best seller pasajero.  Así eran ahora todas las obras: pasajeras. Ninguno de los libros que leía tenía el aura de trascendencia e inmortalidad de las antiguas ediciones.  En una sociedad consumidora y antojadiza, hasta la escritura se había tornado desechable. Los libros ya no se coleccionaban. No aguantaban dos lecturas. Se leían y se desechaban de inmediato. No había tiempo para leer y mucho menos para releer. Ella misma se daba cuenta de la mediocridad que aureolaba la mayoría de las obras que llegaban a la editorial y hasta de muchas de las publicadas y galardonadas.  Eso sí, algunas con el poder de levantar  revuelo y expectativa con base en los manidos recursos del sexo y del escándalo. A ratos se sentía abrumada por esa proliferante mediocridad. 

A las 9:00 de la mañana del día siguiente,  la recepcionista le aviso  que el señor Bartólome Gallego requería verla. 

–¿Bartolome Gallego? ¡Ah sí!  Dígale que pase, por favor. 

A los pocos segundos, un hombre bastante anciano  en el que sin embargo no se podía apreciar con precisión la edad,  delgado, de baja estatura, piel como pergamino, ataviado formal y desusadamente con traje, camisa blanca, chaleco, un sombrero de fieltro y precioso bastón de madera,  apareció en   la entrada de su oficina.

–Buenos días, doctora, puedo pasar? 

–¡Cómo no! Pase por favor!  ¿El señor Gallego, supongo? – le había dicho con una sonrisa a manera de saludo invitándolo con un gesto a seguir. 

Recordaba perfectamente la conversación sostenida con él.

–Sí. Juan Bartólome Gallego, para servirle, doctora – contestó el anciano.

– Siéntese, por favor, señor Gallego y dígame en qué puedo ayudarle  –le había contestado sin aclararle que no era doctora, ¿para qué?

–Vea usted, he venido a verla porque hace poco  conocí una obra publicada en  esta editorial. Me gustó mucho la edición.

El dejo hispano se había tornado  más evidente al tenerlo cerca.

– ¿Ah sí?  ¿De qué obra me habla, señor Gallego?

– Historias galantes durante la conquista de América,  una bonita edición. 

– Sí, un libro interesante. Con muchas imágenes. Y, ¿qué le pareció el contenido?

– El conocimiento que tengo de muchos de esos hechos, difiere, por supuesto, con las historias presentadas allí. El narrador se tomó muchas libertades. Planteó el tema sin conocer a fondo lo que exponía. Claro, sabiendo que no había prácticamente nadie que pudiera rebatirlo. Pero debo reconocer que  lo hizo de manera agradable y por supuesto, muy atractiva para los lectores

– Dice usted bien. Tengo que reconocer que su criterio es similar al mío. Pero sí, esa edición fue todo un éxito. Ya está agotada. Bueno, y dígame, ¿que le trae por aquí, señor Gallego?

– Una publicación, doctora, que creo puede ser muy interesante para la editorial. Yo también he escrito un libro de un tema similar al que le mencioné antes. Lo he venido escribiendo a lo largo de muchos, muchos años. 

–¿Qué título tiene?

–Fíjese que aún no me he decidido por el título. Me gustaría que usted con su criterio y después de leerlo me ayudara a bautizarlo.

–Complicada misión, pero dígame ¿de qué se trata?

– Narro allí las expediciones, aventuras y amores de Juan Ponce de León durante el descubrimiento y la conquista, y muy especialmente, de la expedición a La Florida en Norteamérica.   Un tema interesante, se lo aseguro, que no ha sido suficientemente tratado.

–Mucho se ha escrito al respecto, señor Gallego. Tendría usted que aportar algo diferente. No soy muy optimista al respecto.

– Dígame, señorita, ¿si fuera el mismo Ponce de León o uno de sus más cercanos ayudantes quien refiriera la historia, le parecería interesante?

–Seguro que sí, pero convendrá conmigo  en que eso es imposible.

–No, no lo es. Quiero que me vea usted bien. Estoy envejeciendo rápidamente y no sé cuánto voy a durar ya. La vejez ha llegado a mi como un ciclón, pero eso era algo que anhelaba. Una vida, larga, créame, puede llegar a ser sumamente abrumadora y tediosa.  No obstante,  y a pesar de  estar ya tan senil, puedo presumir de que nadie ha sido joven por más tiempo que yo. Como usted tal vez habrá oído, Ponce de León estaba empeñado en llegar a conocer una fuente que según los indígenas contenía el secreto de la eterna juventud. La buscó sin descanso por todo el territorio de La Florida. Yo fui testigo de eso.

–Se burla usted de mi. señor Gallego. Mire, no tengo tiempo para este tipo de conversaciones.

–En absoluto,  doctora. Nada más lejos de mi intención. He venido a esta editorial y no a una en Norteamérica, como tal vez hubiera parecido lo más pertinente, porque allá, a las obras fuera de lo común, como esta que aquí le traigo, se les da un trato muy mediático y no es eso lo que quiero. Sé que esta es una editorial seria – hablaba con convicción, como quien está absolutamente seguro de lo que dice y piensa. Ante ese comentario positivo acerca de la editorial, Audrey no pudo menos que esbozar una sonrisa un tanto irónica.

El singular personaje había añadido:

 –Deseo que esta obra se publique con la seriedad que el tema requiere. Sin absolutamente nada de notoriedad. Se trata de la reivindicación que se debe al gobernador Juan Ponce de León. Como usted bien sabe a él se lo ha calificado de ingenuo, de crédulo, de perder el tiempo en tonterías.  Gonzalo Fernández de Oviedo, su principal detractor, relata en su  Historia general y natural de las Indias que Ponce, engañado por los indígenas, se dedicó en cuerpo y alma a la búsqueda  demencial y estéril de la Fuente de la Juventud. Un recurso literario destinado a hacer creer que el gobernador, desperdiciaba el tiempo en tonterías.  Y no fue así, de ninguna manera, doctora, Juan Ponce de León, no era un aventurero más, nada de eso, pertenecía a una familia de abolengo en España y fue un hombre que jugó un papel destacado en el descubrimiento y conquista de centro y Norteamérica. Tuve el privilegio de guerrear a su lado contra los moros en Granada; acompañarlo luego en el viaje a Borinquen y presenciar la fundación de Puerto Rico,  y más tarde, acompañarlo también  en la expedición a la mítica isla “Bimini”.  Y estuve a su lado en la fundación de la Florida, a la que bautizó con ese nombre tanto por su exuberante vegetación como porque aquel preciso día se celebraba la festividad de la Pascua Florida. En mi relato narro con todo detalle los sinsabores y quebrantos que debimos pasar en ese lugar, que por aquel entonces, era tan malsano y repleto de plagas, y en donde fuimos asediados además incansablemente. por los terribles seminolas y por los caribes. Dos de nuestros hombres fueron devorados por caimanes, otros, quedaron mutilados,  y otros más, murieron a causa de picadura de serpientes, o por las flechas de los nativos, pero todos fuimos acosados por los mosquitos, zancudos, arañas y otros bichos ponzoñosos.  Es increíble realmente lo que se ha logrado  hacer al paso del tiempo en una tierra aparentemente tan insalubre y cenagosa.

Algo sin embargo, doctora de lo que cuenta Oviedo, es cierto:  efectivamente,  el gobernador,  creyó en la fuente de la juventud. Pero su búsqueda no fue estéril; no estaba desencaminado en esa búsqueda como quieren hacer creer. Nada de eso.

Al principio, y luego de tener conocimiento cierto de que la fuente existía, pero sin conocer su ubicación exacta la buscó por todo el territorio. Ese era un secreto preservado hasta con la vida por los nativos. Pero Ponce de León estaba empeñado en develarlo. En todos los riachuelos y quebradas nos bañábamos con la ilusión de recobrar la juventud.  Más tarde reflexioné, en que quizá aunque hubiésemos hallado la fuente no habríamos recobrado la juventud por el hecho de que éramos todavía muy jóvenes. Él gobernador tenía apenas cuarenta y  tres años,  yo, cuarenta y cinco.  Nuestra búsqueda continúo ocho años más hasta su muerte. Eso es lo que dice la historia. Lo que no es conocido por nadie, es que una indígena seminola cautiva, una joven  muy bella, de nombre Anhaica, de hermosos rasgos y cuerpo  grácil y bien formado, que prestaba sus servicios en casa del gobernador, se enamoró de él. Esa es una historia que se desconoce, que no trascendió. Pero que tuvo la mayor importancia.  El gobernador procuró mantener en secreto la relación porque la chica corría peligro de muerte si los seminolas llegaban a descubrirla. Ella fue la que le reveló al gobernador el sitio exacto de la Fuente juvencia. La fuente de la juventud. Cuando años después pude llegar al lugar, me di cuenta de que no era como creíamos un arroyuelo o una vertiente, no. Era apenas un  repositario, un pequeño ojo de agua situado en pleno territorio ocupado por los seminolas. Anhaica le dio al gobernador la ubicación exacta del lugar, pero este nunca logró llegar allí. En medio de la expedición que montó para llegar al lugar, fue gravemente herido por una flecha disparada por uno de los seminolas y así, malherido, fue llevado de urgencia a Cuba donde dejo de existir.

Yo, fui la única persona que compartió su secreto. No porque fuera su más allegado. No. Sino porque fui precisamente la persona que le ayudó al gobernador en su aventura amorosa. Cuando años más tarde fueron completamente reducidos los indios seminolas y La Florida empezó a desarrollarse, me adentré hasta ese territorio salvaje,  todavía desconocido e inexplorado y gracias a los datos que tenía llegue hasta el lugar de la mágica fuente.

–Eso que usted relata parece una historia de ficción señor, Gallego.

–¿Sí, verdad? Pero no lo es y como ya le dije, soy la prueba viviente de eso. En aquel sitio, encontré no solo la fuente de la juventud sino también una buena cantidad de objetos de oro. Los seminolas no eran expertos orfebres, pero aunque burdos, aquellos objetos valían una fortuna. Lo más valioso sin embargo, fue la fuente misma. Yo tenía ya cincuenta y cinco años. Aunque el pozo era pequeño, similar a una tina de baño, me introduje y me quede allí por varios minutos. En los días subsiguientes pude constatar que mi apariencia y mi vitalidad volvían a ser como las de un hombre de treinta años.

Ya puede usted imaginarse, mi emoción, mi alegría. En un primer momento tuve el deseo de compartir mi hallazgo, de gritarlo a voz en cuello, pero luego, me detuve. Qué lograría con eso? A quién al final favorecería conocerlo? Decidí quedarme callado y vivir mi vida. Construí en el lugar una mansión y allí viví durante los siguientes cuatrocientos noventa y cuatro años. Vi nacer y morir a muchas personas y crecer y desarrollarse la ciudad hasta convertirse en una metrópoli.

Y entretanto, yo no envejecía. Ni enfermaba. Algo sin embargo, ocurría conmigo. No podía mantener ninguna relación sentimental. Al poco tiempo de tener relaciones con una mujer, está languidecía y moría. Pude comprobar esto a lo largo del tiempo y de numerosas relaciones amorosas. Algo sumamente doloroso. Producía la muerte en aquellas mujeres a las que amaba. Era como si los años que yo me quitaba, se los cargara a ellas. Aunque sin contarles mi secreto, intenté que se bañaran también en la fuente, pero no funcionó. No tuve hijos.

 Y los años fueron pasando en medio de la más angustiosa soledad. La vida, créame,  puede llegar a ser increíblemente pesada, insoportable y tediosa. Solo los primeros ciento cincuenta años fueron gratos y dignos de ser vividos, luego, nada es rescatable. El dinero que me produjo el valioso hallazgo de oro encontrado junto a la fuente, se  fue agotando.  Hace ya un año, tomé la decisión de dejar de bañarme en sus aguas,  y entonces, poco a poco,  empecé a notar que envejecía. Despacio al principio, pero en los últimos meses, de forma muy acelerada. En este momento debo tener ya casi cien años.  Me siento débil y frágil. Se lo que se avecina, pero no lo temo, lo ansío.  

–Apasionante lo que usted me cuenta, señor Gallego, quiero leer su historia. Deme una semana para hacerlo. Ya le tendré noticias. Déjeme aquí sus datos, por favor –le había dicho al terminar de escuchar la exposición del anciano, extendiéndole su agenda.

–Como usted quiera, pero debe darse prisa por favor. Me queda poco tiempo. Estoy alojado en el hotel Savoy. Le agradeceré comunicarme allí su decisión. Gracias por recibirme, no lo olvide, no tengo mucho tiempo –había dicho el anciano caballero al despedirse, tomando su mano  y besándola con delicada cortesía.

Esa misma noche, había empezado  a leer la historia. Estaba escrita a mano, pero con una letra sumamente clara y regular. No tuvo ningún problema para entenderla.  No podía parar; era apasionante. Una crónica  escrita  con la fiebre y la verosimilitud de quien al parecer había vivido realmente los acontecimientos. Sin embargo, todavía se negaba a creer en la evidencia. Era algo demasiado fantástico. ¿Cómo podía haber pasado algo así sin que nadie se enterara?  De todos modos, cierta o no, esa historia debía ser publicada. Tenía demasiados datos interesantes y no faltaban secuencias románticas y apasionadas de los amoríos del Gobernador. Historias desconocidas e intrigantes. Y ni qué decir de la dichosa fuente. De seguro levantaría una gran polémica, todo el mundo querría saber su ubicación, conocer al autor.

Quería llegar pronto al desenlace, pero tuvo que poner freno a su euforia. Otra obra urgente absorbió su  tiempo y pasaron más de diez días desde que tuvo la entrevista con el anciano  hasta que terminó de leer el manuscrito y pudo remitirlo  a la  plana mayor de la editorial. Como ya lo  presentía, la publicación fue aprobada de inmediato.  Ya le buscarían un título apropiado.

Quince días después de haber hablado con el peculiar personaje, se despertó con la emoción de que volvería a hablar con él y podría darle la buena noticia de que su obra sería publicada, analizaría con él los títulos más impactantes para el libro y sobre todo, trataría de averiguar su ubicación en La Florida. Algo que de seguro la llevaría a ubicar también la misteriosa fuente.

Mientras tomaba su habitual taza de té con tostadas, escuchaba como por costumbre, sin mayor interés el noticiero. Tenía prisa por salir a su trabajo. Pero una de las  noticias la hizo palidecer.  Según el presentador, la tarde anterior,  una de las camareras del Hotel Savoy se topó,  presa de terror, al ingresar  a una de las habitaciones a realizar la limpieza, con un esqueleto encima de la cama. Por su posición la osamenta parecía estar allí recostada, durmiendo. Según los expertos que realizaron el levantamiento, y luego del análisis de los restos, el esqueleto parecía tener muchos años. No se sabía su procedencia. Del huésped que ocupaba aquella habitación tampoco se volvió a saber nada. No se hallaron documentos ni nada que pudiera dar alguna luz acerca de la procedencia o nombre de aquellos despojos. Juan Bartólome Gallego, el nombre que dio el huésped al registrarse en el hotel, parecía ser falso. Ni en las oficinas de Migración ni en la policía  tenían a nadie registrado con ese nombre. Todo un misterio. Y el misterio se tornó aun más profundo cuando en las mesa de la morgue en donde fue colocada la osamenta para realizarle un estudio más prolijo solo apareció al día siguiente un montón de polvo.

Audrey, sacude su cabeza tratando de ahuyentar esos recuerdos.   No se siente feliz. Mira de nuevo el libro acabado de editar: Ponce de León, la historia no contada.  Autor, anónimo. Con un profundo suspiro lo coloca en la estantería junto a los otros y empieza a leer un nuevo texto.

Leonor María Fernández Riva
Santiago de Cali, Marzo 2016

  
Litografía de la conquista de las tierras de Norteamérica a manos de Ponce de León y sus hombres 
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