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sábado, 7 de diciembre de 2013

A MI ÚNICO DESEO




A mi único deseo

Leonor Fernández Riva

Mientras saborea un té caliente,  al abrigo del acogedor café del hotel, Lizeth reflexiona sobre  ese viaje que ya termina. La brisa gélida, que poco a poco ha ido reemplazando al sofocante verano, permite entrever la crudeza del  invierno que dentro de pocos días se apoderará de la urbe por largos e interminables meses. Experimenta un gran alivio al pensar que para entonces ya no estará allí.

Ha llegado el momento de decir adiós para siempre a esa civilización magnífica,  pero agotada, donde todo está hecho, donde ya no queda espacio para la imaginación ni la aventura, y donde se le antoja que solo envejecer tiene sentido. Se despide en su mente de las bellas avenidas, de las plazas, de las galerías, del  histórico arco, de la famosa torre, de los museos, los palacios y los parques y hasta del bello cementerio. De tantas cosas bellas y admirables, pero ajenas y distantes a su entorno y a su vida. La mañana  siguiente tomará el vuelo de regreso y sabe que tal vez nunca volverá. Ese viaje ha sido algo excepcional en su vida. Demasiado costoso para su limitado presupuesto.
 . 
Disimuladamente observa a quienes la rodean: mujeres atractivas y elegantes similares a maniquíes, ancianas muy delgadas que ingenuamente tratan de ocultar bajo capas de maquillaje el paso inclemente  de los años, otras,  demasiado extravagantes para su gusto; todas, frías, inescrutables, extrañas. 

De pronto, el barman le avisa que tiene una llamada. Es Indiana, la chica  nicaragüense que la ha guiado en sus recorridos por la ciudad.

–Lizeth ¿cómo está? ¿Descansó en su día libre?

–Un poco, sí. Gracias Indiana.

–Vea, Lizeth, ¿qué le parece si mañana en vez de quedarnos en un café esperando la hora de su vuelo, nos vamos al museo Cluny que queda a pocas cuadras de su hotel.  Allí se exhiben cosas de la Edad Media y algunos tapices que a mi, le soy sincera, nunca me han llamado mucho la atención, pero  de pronto a usted si le van a gustar.

–¿Usted cree, Indiana? Le cuento que ya estoy saturada de museos y de antigüedades.

– En los viajes nunca se sabe qué nos va a causar más impresión. Pero como le digo, Lizeth, nada  pierde con ir, y de esa manera hacemos tiempo hasta que llegue la hora de  ir al aeropuerto. Convendrá conmigo en que es mejor que quedarse en el hotel o en un café. Anímese, a lo mejor le resulta interesante. 

Y así fue, en efecto. Nada de lo que había visto en todos los lugares que visitó la había conmovido tanto. El museo Cluny estaba situado en la Plaza Paul Painlevé del barrio Latino,  en  un  palacio de corte medieval y  corredores laberínticos y sombríos. En una de las salas se exhibían los tapices conocidos como La dama y el unicornio, tapices con un origen misterioso que no había podido ser desentrañado por los estudiosos. La frase “a mi único deseo”, escrita en uno de ellos, era también un enigma.  Desde el primer momento, Lizeth  experimentó una atracción invencible por esas imágenes. Algo en la joven dama de aquel tapiz en especial se le hacía conocido. ¡Y el unicornio! ¡Qué ser tan encantador! 

La sala en la que se exhibían tenía al centro un sofá redondo para quienes quisieran observarlos cómodamente sentados. Y allí, Lizeth dejó  pasar las horas como hipnotizada. Su guía estaba feliz y sorprendida,  pero al ver que  el tiempo transcurría sin que Lizeth  diera muestras de terminar su visita al museo, se preocupó.

–Lizeth, ya es casi mediodía y su vuelo es a las cuatro de la tarde. Creo que debe regresar al hotel  a recoger su maleta.

Como despertando de un sueño, Lizeth miró su reloj. 

-¿Tan tarde es?  No  sé qué me pasó, Indiana. No me di cuenta de la hora. 

Sí, no supo explicarse qué le pasó aquella mañana, como no supo tampoco  explicarse por qué esa noche,  y  luego de su regreso, siguió teniendo cada noche  el  mismo sueño. Un sueño en el que se veía caminando  por calles estrechas y empedradas, con edificaciones de colores vistosos y jardineras llenas de flores; calles que no parecían llevar a ninguna parte. Y en otros, por playas desiertas interminables, paradisíacas. El unicornio aparecía de pronto y la miraba como invitándola a seguirlo. La sensación,  sin embargo, no era de temor o aprehensión, sino de inmensa alegría y plenitud. La escena que  había visto en el tapiz la perseguía.  Sentía que conocía a los personajes. Anhelaba volver a verlos.

Cuando tuvo el sueño por tercera vez, Lizeth sintió la imperiosa necesidad de buscar información acerca de aquellos maravillosos tapices y sobre todo, del unicornio;  aquel ser fabuloso que tanto la atraía. Supo entonces que el origen de esa obra de arte era todo un misterio;  como era también un misterio el nombre de la dama que aparecía al lado del unicornio.

Se enteró además de que la  primera referencia conocida respecto al unicornio se encontró en la India,  en las pinturas rupestres de una cultura desconocida,   en donde al lado de las figuras de otros animales aparecía la suya,  algo por demás intrigante  ya que esa cultura no tenía religión conocida ni representaba  en sus dibujos animales míticos,  por lo que se descartó que las figuras de los unicornios representaran dioses de su mitología. La otra referencia la encontró en las memorias del historiador griego Ctesias, del siglo V aC, quien durante una de sus expediciones a la India describió al unicornio como un animal salvaje con la apariencia de un caballo,  pero con el cuerpo albo, la cabeza púrpura con un cuerno largo y  recto,  y ojos de color azul intenso.

El de sus sueños era completamente albo, de una belleza singular. “¿Habrá existido  realmente alguna vez algo tan bello?”, se preguntaba. "Esa creencia no podía ser solo una leyenda. Y aunque lo fuera, siempre había creído que  la leyenda resultaba ser en  muchas ocasiones solo la coquetería de la historia. Seguramente algo de verdad habría en aquella creencia.

 Cada mañana despertaba con la certeza de haber vivido en medio de sus sueños una emocionante aventura.  Un sueño del que no quería despertar. En él aparecía siempre la figura  singular del unicornio y la mirada penetrante  de sus ojos azules. Tenía la impresión de que la invitaba a seguirlo, pero siempre, en el momento en que ella intentaba hacerlo, despertaba para encontrarse  con una realidad de la que cada día se sentía más ajena.

Sabía que aquella obsesión le estaba causando problemas en su vida cotidiana. En el pequeño negocio en el que laboraba como cajera,  había tenido ya varios olvidos que le  representaban pérdidas de dinero y llamados de atención de su jefe, el dueño de la empresa.

Una tarde, durante el trayecto  a su casa, Lizeth  iba  distraída pensando en todo lo que le había  ocurrido desde su regreso de Europa.  La imagen del tapiz representando a la joven dama y  al unicornio en actitud de reverencia no la abandonaba. Por alguna circunstancia que no podía explicarse, la suya era ahora una existencia entre dos mundos: el de sus sueños y el de su rutinaria vida.

El  bus a esa hora de la tarde iba completamente lleno. Con suerte logró conseguir un puesto frente a la ventanilla. Ante sus ojos veía pasar fugazmente las estampas de la ciudad que en las postrimerías de la tarde empezaba a iluminarse; cientos de  transeúntes se encaminaban ligeros  a su descanso nocturno.

De pronto, en un portal,  Lizeth creyó ver aquella figura tan conocida. Ahogó una exclamación; nadie a su alrededor sin embargo,  parecía haber observado algo raro.  Se levantó de inmediato y pidió al chófer detenerse en la estación próxima.

Ansiosa,  se encaminó hacia el portal en donde había visto la aparición.  La edificación parecía abandonada. El portal de madera maciza, estaba entreabierto. Lo empujó,  y ante su vista  asombrada apareció un hermoso patio poblado  de frondosos árboles y  flores. Bajo uno de aquellos árboles se encontraba un grupo de mujeres tejiendo unos tapices,   y a su lado la bella figura del unicornio. Algo insólito y arrobador, como la imagen de una pintura. 

Titubeó por unos momentos sin decidir a acercarse,  pero una fuerza extraña la impelía a hacerlo. Al aproximarse  escuchó que una de aquellas mujeres decía:

“No, no es tiempo todavía, ella aún tiene otros deseos, no podríamos conservarla”.

Lizeth  trató de observar las imágenes bordadas en los tapices,  pero estaban inconclusas y no se percibían con claridad. Llevada por un  impulso tomó un pedazo de la seda con la que realizaban el bordado,   y de  inmediato las mujeres y el unicornio  se tornaron borrosos y desaparecieron  rápidamente de su vista.

Desesperada, trató de ver hacia dónde habían ido y entonces escuchó que una persona a su lado le decía:

-Señorita,  ¿por qué no se va  mejor  a dormir a su casa?

- Perdone si lo he molestado – atinó a decir al compañero de puesto sobre quien se había caído sin darse cuenta.

“Ha sido solo otro de mis sueños”, pensó decepcionada.

Pero no supo  explicarse  por qué  tenía férreamente agarrado en su mano un pedazo de una cinta muy fina,  aunque lo atribuyó a algo ocurrido en medio de su inconsciencia.

Desde aquel  día no volvió a tener ese sueño,  aunque  siguió sintiendo por el unicornio y la dama,  la misma obsesión.

Y el tiempo pasó.  Su cabello se fue tornando blanco, sus pasos lentos, sus ojos tristes.  Nunca volvió a viajar. Sus escasos recursos no se lo permitían. Se jubiló,  y en sus largas horas de ocio y soledad se dedicó a dibujar aquellas figuras que tanta ensoñación habían brindado a su vida.

Una noche, en la que se sentía especialmente cansada, se recogió en su dormitorio muy temprano. Experimentaba un agotamiento que tenía mucho de frustración, de desencanto. Había pasado la mitad de su vida aguardando un sueño.

Esa noche,  sin embargo, cuando ya no lo esperaba,  volvió a soñar. En su sueño se encontraba en una playa de arena blanquísima, y ella era  joven y llena de vida. Presa de una  emoción  indescriptible,  corría   feliz hacia la luz distante. 

Al llegar,  observó con alegría al mismo  grupo de mujeres que tiempo atrás vio bordando tapices,  y a su lado, más bello y mágico que nunca, al unicornio de sus sueños.

Esta vez, una de ellas la invitó a acercarse y cuando estuvo a su lado  le preguntó con dulzura:

—Si te diéramos a escoger entre volver a tu realidad y continuar por siempre con nosotros,  ¿qué escogerías?

Lizeth pensó en su vida, en la ilusión y arrobamiento que aquellos personajes,  y sobre todo el unicornio,  habían brindado a su opaca existencia, y contestó:

-¡A mi único deseo!

Al tiempo que la figura juvenil de Lizeth quedaba  plasmaba para siempre en el tapiz, su cuerpo cansado y envejecido se difuminaba para siempre en la arena del tiempo.

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viernes, 15 de noviembre de 2013

Una bonita Navidad

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––¡Jairo, mijo, levántese, ya casi son las tres de la tarde!  Ha pasado todo el día durmiendo y tengo que arreglar el cuarto. Recuerde que esta noche no es una noche cualquiera.  A lo mejor hasta viene su hermana. Ayer me llamó  por teléfono y la noté achantada, como deprimida.

–¡Qué va a venir esa chanda, cucha ! No se haga ilusiones,  esa sarna ya se abrió de nosotros.

–No hable así Jairo, recuerde que es su hermana. Creo por lo que me dijo  que el tipo ese se ha entusiasmado con otra y eso la tiene muy desanimada.

–Más pendeja si al meterse con ese tipo no pensó que eso le pasaría. ¡Ayyyyy, vieja!  Déjeme dormir otro ratico que anoche llegué molido  y más tarde  tengo que estar fresco para  ir a cumplir  un encarguito de Alirio.

–Ya sé cómo llegó, mijo, ¿cree que no me di cuenta?   La junta que tiene con el Alirio  ese lo perjudica. A ese muchacho ya lo han encanado varias veces por robo y hasta se murmura por ahí que ha desaparecido  a unos cuantos. Hágame caso, Jairo, deje esa junta. 

_ ¡Ay, cucha! A la gente le encanta hablar, le tienen envidia porque maneja mucho billete. Ya quisiera yo  ser como ese man.

–¡Dios lo libre, mijo!  A ver, anímese, levántese y dese un baño que buena falta que le hace.

¡Ya, cucha, ya!  ¡Cállate, cállate que me desesperas!

El joven se despereza estirando  al máximo los brazos y  las piernas  a la vez que  emite un alarido a lo Tarzán de los monos. Al ver que su madre se tapa los oídos, ríe estrepitosamente, se levanta,  y descalzo se encamina al baño.

El dormitorio es un completo desorden: ropa  por el suelo, medias, zapatos. Sobre la mesa de noche  un envase vacío de  gaseosa, un plato con colillas  y un celular.

La madre exhala un suspiro y sonríe moviendo la cabeza al escuchar a su hijo que bajo la ducha canta  a voz en cuello  una ranchera de moda. “Tienes tantos defectos, hijo, pero no se puede negar que eres gracioso”. 

Tiende la cama, recoge la ropa sucia, el envase vacío y las colillas, y se encamina a la cocina.

Viven  allí desde que doña Elvira  logró que le adjudicaran esa vivienda  en  un programa de reubicación de desplazados luego de que salió de su pueblo huyendo de la violencia. Muchas veces falta el agua, se corta la corriente eléctrica, carecen de líneas de transporte y hay mucha inseguridad, pero ese pequeño espacio en el que habitan es ahora su hogar; allí sus dos  hijos crecieron y volvió a alentar en ella la esperanza de una vida mejor. 

Al paso de los años, su hija Marcela se tornó más hermosa de lo que aconsejaba la prudencia en una barriada como esa. Dejó los estudios y se colocó en un bar  como mesera. De un momento a otro empezó a cambiar y  a sofisticarse: salón de belleza, maquillaje, ropa de marca, accesorios llamativos y costosos. Doña Elvira, demasiado ingenua en su condición de campesina como para percibir algo  negativo en la actitud de su hija, la veía florecer y el alma se le llenaba de orgullo  maternal. Hasta  que un día, alguien le gritó en la calle:


"Tú hija es una  puta!".   Y esa frase horadó su corazón. 

Al preguntarle a su hija el porqué de semejante aseveración, ésta no negó nada, solo le dijo que la gente  se metía en lo que no le importaba, que  ella ya estaba lo suficientemente grandecita como para saber lo que le convenía y que  no pensaba de ninguna manera volver a pasar por los trabajos y miserias que habían soportado siempre.

–Mi belleza es un don que Dios me ha concedido y que pienso utilizar –concluyó terminante esa mañana al salir para su trabajo.  

La respuesta de Marcela dejó  a Doña Elvira desconcertada y triste. Cierto que habían pasado por muchas dificultades y que su vida seguía siendo muy estrecha  y difícil pero su familia siempre había sido decente, trabajadora y respetuosa de las leyes de Dios. No tenía sin embargo carácter como para reconvenir a su hija, temía su reacción, que se marchara de su lado. Y la dejó hacer. 

Un  día,  luego de varios meses,  Marcela le comunicó  sin mayores rodeos que había decidido irse a vivir con alguien.

–¿Irte a vivir así no más, mijita? ¿Y ¿por qué no te casas, Marcelita? –le preguntó  doña Elvira con ilusión.

–¿Casarme, mamá? ¡Eso ya no se usa!  Pero ni para qué le explico, usted qué va a entender.  El viernes me voy.  De pronto me animo a presentarle a mi novio aunque me muero de la vergüenza de traerlo a esta casa. 

Y en efecto, ese viernes  fue con él. Llegaron en un automóvil de lujo, demasiado ostentoso para el barrio.  Otro auto similar con personajes mal encarados los acompañaba.  A doña Elvira no le gustó el aspecto del pretendiente de su hija. Demasiado peinado, demasiado brillante, demasiado dura la mirada de sus ojos pequeños y acerados.

–¡Qué tal el palacio en que vives, princesa! –fue su comentario  mordaz al entrar y añadió extendiéndole la mano a doña Elvira –Se lució con su hija, suegrita, se lució de verdad.

 No fue un buen encuentro. Doña Elvira no sabía qué era exactamente lo que no le gustaba del pretendiente de su hija, pero algo en su actitud, en su manera de hablar y de reír,  le recordaba vagamente los personajes que allá,  en el campo,  habían destruido su vida.

Ese mismo día, Marcela se marchó de su lado. Fue algo tan repentino que ni siquiera su hermano llegó a conocer a su pareja. Se fue a vivir a un barrio distante y no volvió a aparecer por su casa. Ya hacía varios meses de eso y no había vuelto a tener noticias de ella hasta esa mañana cuando recibió su llamada.

Pero no solo ella la inquietaba, Jairo, su hijo, también se había convertido  para ella en una preocupación. No hacía nada de provecho, no estudiaba ni buscaba trabajo  y de un tiempo a esa parte trasnochaba de seguido, aparecía sin dar explicaciones con ropa de marca, chaquetas, tenis costosos. Sabía que andaba en malas compañías.  

Exhaló un profundo suspiro. “¿Qué podía hacer ella?". La llamada  de su hija,  esa mañana,  le había devuelto sin embargo la esperanza. "Tal vez, tal vez, esta noche vuelva otra vez  a verla", se repetía ilusionada. 

Coló el café y asó en la hornilla una arepa.  Jairo nunca desayunaba otra cosa, a pesar de que aquel no iba a ser precisamente un desayuno. Ya eran casi las cinco de la tarde.

En ese momento apareció Jairo ya bañado y arreglado. Llevaba un bluejean, camiseta negra,  una chaqueta de cuero y gafas oscuras. Lo miró complacida.  Era bien parecido su hijo.

—Fresca, cucha. No voy a tener tiempo de comer nada. Dame solo un poco de gaseosa. Tengo una sed la hijueputa.

–Que Dios lo proteja mijo.  Acuérdese lo que le he dicho de ese Alirio  y no se olvide tampoco  de que hoy es Nochebuena. No he podido comprar nada. Ojalá me traiga algo para preparar una cenita. Recuerde que tal vez venga su hermana.  No se me vaya a quedar por ahí, mijo, por favor.

–A lo bien, cucha, a lo bien.  Volveré pronto. Es solo un encarguito.

Se montó en la moto, propiedad de su amigo, se acomodó las  gafas  y se dirigió a su destino.

 Sí. Era solo un encarguito.  Alirio no le había dado el nombre del tipo al que le iban a hacer la vuelta. Nunca lo hacía. ¿para qué? Sabía solo el punto donde lo iba a interceptar  y la placa del carro. Suficiente.

Esa noche sí llegó Marcela. Pero llegó sola y con una maleta de ropa. Seguía igual o más bella que antes, pero en sus ojos había ahora un  toque de tristeza. Su relación había terminado. Doña Elvira no le preguntó nada. Su corazón estaba feliz de volver a tenerla a su lado.  

Esa  merecía ser una noche especial, pero no tenía nada especial para brindarle a su hija.  “No importa, cocinaré aunque sea  un arroz con papas, lo importante es estar juntas”, pensó.

Jairo, llegó poco después; venía agitado y  sin chaqueta,  y en sus manos un tanto  temblorosas,  llevaba varias fundas del supermercado.

–Mira quién está aquí, hijo –le dijo doña Elvira  apenas lo vio entrar, señalándole a Marcela que se encontraba recostada en el cuarto.

Por un momento, Jairo tuvo ganas de echarle en cara  a su hermana la indiferencia que había tenido para con su madre durante tantos meses, pero percibió su estado de ánimo y se contuvo. Él también se sentía demasiado cargado y ansioso como para discutir.

—Hola —le dijo,  desde la puerta  y  abrazó a su madre.

 —Cucha, aquí le he traído pollo asado, tamales, gaseosa,  postre y hasta una guirnalda de luces para que pongamos en la ventana.

–Gracias, mijo. Dios ha sido bueno con nosotros esta noche y ha vuelto a reunirnos —dijo doña Elvira emocionada–. Tenemos mucho que agradecerle. Ésta será una bonita Navidad.

Marcela se enteraría al día siguiente que Héctor Fabio, el hombre al que entregó su corazón tres años antes,  había sido asesinado la noche anterior junto a una mujer que le hacía compañía.  Según  testigos presenciales, el sicario,  un hombre joven que portaba chaqueta de cuero y gafas oscuras, descargó el contenido de su arma sobre el lujoso automóvil en el que los dos se movilizaban.  Murieron al instante. Un caso más de las sangrientas  vendettas  que  habían proliferado en la ciudad en los últimos tiempos  y que la policía atribuía a peleas por territorio entre los carteles de la droga. 

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