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sábado, 10 de noviembre de 2012

Cosas de la vida





Leonor María Fernández Riva
Su corazón estaba palpitante; el deseo, el anhelo imperioso de volver a verlo la dominaba. La noche estaba oscura, la calle desierta. Se sentó en un portal y se cubrió con el poncho como si fuera una mendiga. Eso intentaba parecer.  No sabía cuánto tendría que esperar y no quería llamar la atención. Vio acercarse dos muchachos. Se arrebujó aún más con el poncho y cubrió su cara con el viejo sombrero de paja, procurando pasar desapercibida. Por unos segundos que le parecieron eternos, los chicos se quedaron observándola. Sabía que en la oscuridad apenas podían divisarla, de seguro parecería una indigente, pero a pesar suyo, sintió temor. La observaron un instante, soltaron una carcajada y una expresión procaz, y por fin se marcharon.

¿Qué estaba haciendo? Todo eso era una locura. Pero no podía evitarlo. No le importaba nada, solo ese fuego que la consumía; solo esa brasa en que se había convertido su cuerpo. Pasó una hora. Debía ser ya cerca de la medianoche. ¿ Por qué tardaba tanto? ¿Por qué? ¿Y si no iba esa noche a su casa? No. Eso no era posible. No se le volvería a presentar otra oportunidad. Tenía que verlo, tenía que tocarlo. Su deseo era casi doloroso; angustiante. Esa fiebre se había apoderado de su voluntad varias semanas atrás. 

Aquella mañana y como todos los días desde que ella y su marido empezaron a construir su nueva casa en las afueras de la ciudad, Mirta madrugó muy temprano. Organizó su alcoba, preparó el desayuno, dejó algo listo para el almuerzo, arregló las loncheras de sus dos pequeños niños y los llevó caminando hasta el colegio cercano. Luego, se aprestó a tomar el transporte que la llevaría hasta la construcción donde ella debía permanecer toda la mañana vigilando la obra de albañilería.

Subió al bus y con un suspiro de alivio se acomodó en el único puesto que encontró vacío. El trayecto era largo y el bus iba lleno. A esas horas de la mañana muchas personas se dirigían a sus trabajos. Se distrajo viendo por la ventana la sucesión de estampas callejeras de la mañana. De pronto tuvo la sensación de que alguien la miraba. Volteó la cabeza y observó clavados en ella los ojos negros más atractivos que había visto en su vida. Se turbó un poco y bajó la mirada ante la fuerza de los ojos del extraño. Pero no pudo evitar volver a verlo. Permanecía de pie por la ausencia de puestos y estaba casi frente a ella. ¡Qué hombre tan atractivo! Nunca, pero nunca en su vida, Mirta había a visto alguien así. Piel blanquísima, cabello negro como el carbón, muy corto y ondulado; facciones regulares y viriles, cuerpo atlético… y ojos negrísimos. ¿Cómo podía existir un hombre tan guapo? Y lo más sorprendente, la miraba, la miraba a ella con insistencia. Cuando en determinado momento sus ojos se cruzaron, él le hizo con la cabeza una pequeña señal de saludo. ¿Cómo era posible que ese adonis se fijara en ella? A su alrededor había chicas más jóvenes y guapas, y no obstante, él parecía preferirla.

No pudo ya pensar en nada más durante el trayecto. Lo vio sentarse unos puestos adelante del suyo y luego bajarse en el centro de la ciudad, no sin antes detenerse un momento en la puerta del vehículo para dirigirle a ella una última mirada. Durante el resto del trayecto Mirta no pudo ya alejar de su mente aquel rostro tan absurdamente bello y varonil.

En los días siguientes tomó el bus con la ansiosa expectativa de volver a verlo. Pero no fue así. Pasó un mes y ya casi había empezado a resignarse a no volverlo a ver, cuando una mañana lo vio subir al bus junto con otras personas. Su corazón latió desbocado. Sí. Allí estaba de nuevo; no había sido solo un juego de su imaginación. Era realmente hermoso, tal cual ella lo vio la primera vez; como lo había visto en sus sueños desde ese día. Todo transcurrió más o menos igual, pero esta vez, cuando él bajo del bus, ella también lo hizo. No era ya dueña de sí misma. Él entonces se detuvo y la saludo con una sonrisa:

-Hola, ¿cómo estás? –le preguntó.
-Bien, gracias- contestó ella presa de repentina timidez.
-Eres muy bonita. ¿Cómo te llamas?
-Mirta, ¿y tú? –se atrevió a contestar dominando su envaramiento.
-Bassy,  Bassy Bader.
-Tu nombre no es usual, ¿de dónde eres?
-De aquí, pero mi familia es de Palestina.

Habían ido caminando mientras hablaban. Mirta no podía creer que eso le estuviera sucediendo. Su vida era siempre tan predecible, tan rutinaria. Nada excepcional pasaba en ella y ahora, de pronto,  estaba caminando junto a aquel hombre tan apuesto. Una vocecita en su interior le decía que debería estar dirigiéndose ya hasta su destino, que los albañiles en la construcción debían estar esperándola para empezar a trabajar, pero todo había perdido importancia para ella. Quería seguir caminando por siempre al lado de ese hombre. Entretanto, habían llegado ya a la plaza principal y allí él se detuvo. 

-Aquí me quedo, Mirta. Trabajo en este banco. Me encantó conocerte. ¿Y tú, hasta dónde vas?
-Debo tomar otro bus en la esquina –mintió ella.
-¡Ah! Bueno. Te dejo mi número de teléfono. Llámame, me gustaría conversar contigo.-le dijo mientras ponía su tarjeta en su mano y se la apretaba entre las suyas.
¿Cómo podía experimentarse una felicidad tal sin que el corazón se saliera del pecho?
El resto del día Mirta solo pudo pensar en ese pequeño instante de cercanía. Aquello solo podía pasar en sus más locos sueños. Y sin embargo, había sucedido. Era increíble que algo tan maravilloso le estuviera ocurriendo precisamente a ella.

Al llegar en la tarde a su casa, Mirta se contempló en el espejo con ojos escrutadores. Siempre habían alabado sus encantos. Era de mediana estatura, rostro ovalado, facciones delicadas y cuerpo esbelto. Tenía solo treinta y dos años. pero diez años de matrimonio, dos hijos, agotadoras labores hogareñas y una persistente estrechez económica, habían ido restándole paulatinamente la coquetería de sus años juveniles.

“Y sin embargo, pensó, sigo siendo atractiva. Y eso no ha pasado desapercibido para Bassy”

A partir de ese momento, toda la vida de Mirta empezó a girar en torno a ese fugaz encuentro de cada mañana. Realizaba de forma mecánica sus labores cotidianas y el cuidado de sus niños. Pero en cambio, empezó a preocuparse más por su apariencia; quería de nuevo ser bonita,  lucir atractiva. Su esposo la observaba entre extrañado y complacido; la actitud de Mirta le inquietaba pero se decía que de seguro eso tenía que ver con sus hormonas.  Uno de esos trastornos femeninos.

Mirta, entretanto, tenía ya detectada la hora exacta en la que Bassy tomaba el bus para ir a su trabajo.  Siguió pues, encontrándose  con él cada mañana como si fuera un hecho fortuito. El trayecto, que a ella se le hacía cada vez más corto, les permitía conversar.

Se enteró así, de que él tenía 26 años, que vivía en una calle apartada de su mismo barrio; que estudiaba  en las noches administración de empresas y que de día prestaba sus servicios en un banco como cajero. Su familia, de ascendencia libanesa, tenía varios almacenes; pensaba trabajar con ellos cuando se graduara. Ella, entretanto, le hablaba de su vida de casada, de sus pequeñas alegrías, de sus niños, de la casa que estaban construyendo. Quería contarle cosas interesantes, pero su vida era corriente al extremo, no tenía nada de especial. Y sin embargo, él parecía escucharla con interés. 

Día por día, esa primera atracción fue creciendo y volviéndose una obsesión. Necesitaba verlo cada mañana; escuchar su voz. Empezó a llamarlo tímidamente por teléfono en las noches con el pretexto de preguntarle algo, de decirle cualquier cosa. Iba hasta el banco donde él trabajaba para verlo desde lejos mientras atendía a los clientes. Aquella obsesión era más fuerte que su orgullo y su razón. Vivía para esos momentos. A  él parecía hacerle gracia todo ese interés pero nunca se sobrepasaba ni le insinuaba nada. La trataba con un afectuoso respeto. Un respeto que ella aborrecía.

Así las cosas, ocurrió que su esposo debió salir dos días de la ciudad por cuestiones de trabajo. Algo excepcional. Y entonces Mirta planificó un encuentro. Esa noche, después de acostar a sus niños, lo iría a esperar a las afueras de su casa; lo esperaría hasta que llegara, porque a alguna hora tendría que llegar. Y entonces, no podría resistirse a su amor. 

Espero a que los niños se durmieran; se puso una blusa y un pantalón negros muy sobrios; tomó un poncho viejo y un sombrero de paja en mal estado y se dirigió caminando hasta la casa cercana  que ella ya conocía. Sabía que Bassy tenía una novia de ascendencia libanesa como él y que todas las noches iba a visitarla. Seguramente allá estaría en esos momentos. Pero eso no le importaba. Ella solo quería estar a su lado esa noche. Lo esperaría sin importar cuanto se demorara. En algún momento tendría que llegar.
Y allí estaba ahora, esperándolo. Habían pasado ya más de dos horas desde que llegó hasta la esquina de su casa y se refugió disimuladamente en un portal. La noche estaba oscura y fría pero ella no sentía frío ni temor, solo una gran ansiedad. De pronto, ya casi a la una de la madrugada llegó un taxi. Era él. Mirta esperó a que el taxi arrancara, y entonces lo llamó:

-¡Bassy!
-¡Mirta, eres tú! ¿De dónde sales?
-He estado esperándote durante varias horas –contestó ella, y añadió –tenía que verte.
-¡Estás loca! ¿Y esa facha? – repuso él sin salir de su asombro- ¿Qué voy a hacer contigo, Mirta?
-¡No te molestes, por favor! –pidió ella -¡Quería tanto estar contigo!
-Vamos – dijo él – mamá puede estar en la ventana viendo todo. Siempre me espera.
La tomó de la mano y se dirigió con ella hasta el parque cercano. Tomaron un taxi y Bassy pidió al chofer que lo llevara a un conocido motel.  Ella, feliz, se refugió en sus brazos.

 Fueron tres horas de amor, de entrega, de adoración total que Mirta nunca volvería a experimentar. Podría haber muerto aquella noche de felicidad, de plenitud.

Pero la vida la volvería a la realidad. Y no fue ella la que obró con cordura. Rompiendo el placentero letargo que había sucedido a la pasión, Bassy rompió el silencio:

-Mirta, debes volver a tu casa. Tus niños están solos hace muchas horas, puede ocurrirles algo. Gracias por esta noche que yo también anhelaba, pero no tiene caso. Todo esto es muy peligroso para ti. Muchas cosas nos separan. Tienes un esposo y un hogar. No quiero hacerte daño. Este sábado me caso.  No debemos volver a vernos. Vístete, amor. Te llevaré a tu casa.

Mirta no pudo responder. Quería decirle que no le importaba que fuera a casarse, que  no le importaba estarlo ella, ni tener hijos, ni esposo, ni nada. Que la quisiera, por favor. Pero vio en sus ojos que aquello no era posible. Se vistió lentamente y ya no dijo más.

En su casa,  Luisito, el mayor de sus dos hijos, la esperaba angustiado y llorando:

-Mamita, ¿dónde estabas? ¡Te llamé y te llamé y no viniste! Tenía mucho miedo, soñé que te caías por un precipicio.

-Aquí estoy, hijito, aquí estoy. Cálmate. No temas. Eso fue solo un mal sueño que ya más nunca volverás a tener.

Lo abrazó y se quedó a su lado hasta que lo volvió a ver dormido, y solo entonces lloró. Lloró desesperadamente hasta quedarse dormida.

Y el tiempo transcurrió. La casa se terminó de construir  y Mirta se pasó a vivir en ella junto a su esposo y sus dos niños. Su situación económica mejoró; adquirieron un carro y Mirta nunca más volvió a montar en bus. Sus hijos crecieron y se convirtieron en dos guapos jóvenes y su relación conyugal se afianzó en medio de una encadenante y segura cotidianidad muy parecida a la felicidad. Eran a la vista de todos el mejor ejemplo de una pareja feliz. Una bonita familia.

Un día en que se encontraba paseando con su marido en un centro comercial volvió a verlo. Estaba junto a su esposa, de tipo evidentemente libanés y junto a sus dos pequeños y encantadores niños. Parecían prósperos y felices. Bassy se veía incluso más atractivo que años atrás, un poco más maduro, quizá con un poco más de peso y algunas canas en sus sienes, pero muy elegante y con el mismo avasallador atractivo. El corazón de Mirta saltó desbocado dentro del pecho. 

Él también la vio, y al pasar a su lado la saludó espontánea y naturalmente.

-¡Hola! ¿Cómo estás?

-Muy bien, ¿y tú? –contestó Mirta con una sonrisa, tratando también de aparentar naturalidad. Pero mientras se alejaba del brazo de su esposo, no pudo evitar  que los ojos se le humedecieran ante el recuerdo. Aquel hombre había dejado en su vida   una huella imborrable. Sin poder evitarlo,  giró  su  cabeza disimuladamente para observarlo de nuevo  y vio que desde lejos, él también la observaba con expresión pensativa.

 La voz de su esposo la volvió a la realidad:

-Mija, ¿qué te parece ese juego de sillas y parasol para el jardín? Entremos a verlo. Aquí hay cosas muy novedosas para nuestra casa.

Mirta, asintió con una sonrisa. Quería aparentar tranquilidad, pero estaba turbada.  El sorpresivo encuentro la  había emocionado  más de lo que ella creía.  Su corazón volvió por un momento a palpitar desbocado como cuando lo vio por primera vez años atrás. Pero fue solo un instante.  El tiempo,  había hecho lo suyo. Había pasado ya para ella ese loco momento de juventud.

"Te conocí por esas cosas de la vida, pensó para sí,  pero lo que sentí por ti fue tan intenso que ese  recuerdo me acompañará por siempre. Quizá, después de todo, querido Bassy,  los únicos amores  realmente inolvidables son aquellos que no alcanzan nunca la felicidad".

 Su esposo y su hijo la aguardaban. Alzó su mano en un último y definitivo gesto de adiós,  e ingresó  al almacén.




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    lunes, 8 de octubre de 2012

    Retorno a la bestia








    Algo del todo irracional e inusitado estaba ocurriendo por las calles de la antes organizada metrópoli.  Por todas partes se veían parejas tomadas de las manos, abrazadas o  besándose apasionadamente. Otras, en los parques y zonas públicas, hacían  el amor sin el menor recato. Las noticias reportaban innúmerables casos de violación y de abuso sexual.    


    Unos días antes de que esto ocurriera, Ciliu se disponía a viajar a Beijing como parte de la delicada e importante misión de que era depositario.  Al llegar al aeropuerto, se dirigió con paso firme hasta la plataforma de la red de interconexión para tomar el  Tubo Transportador ET3. Desde que se puso en funcionamiento ese transporte levitado por fuerzas magnéticas y propulsado por motores lineales eléctricos, viajar dejó de representar para él una pérdida  de tiempo. Ya no le tomaría sino dos horas trasladarse de Nueva York  a la capital asiática.

    Al llegar a la puerta de entrada  del vehículo puso  su  dedo índice  frente al dispositivo de identificación y  la puerta de acceso se abrió instantáneamente. Al ingresar  observó  de reojo a quienes ya estaban instalados en el  cilindro. Algunas mujeres  habían optado  por el vestuario virtual logrado con base en la tecnología de láser plasma, que dibujaba sobre sus cuerpos desnudos complicados arabescos y texturas en tonos luminosos. Una tendencia de la moda  exclusiva todavía de  la gente de vanguardia; la mayoría de los viajeros usaban atuendos tradicionales, faldas cortísimas, blusas transparentes, o  enterizos pegados nítidamente al cuerpo. La ayudante de vuelo explicó que tendrían un viaje tranquilo; podían hacer libremente uso de sus equipos electrónicos; eso no interferiría para nada en los controles de la nave.

     Ciliu la observó sin mayor interés. Era una avante, desde luego. Había aprendido a reconocerlos. Era evidente esa falta de luz, de vivacidad en su mirada.  Ella también llevaba reflejado en su cuerpo desnudo el uniforme de la compañía. Nada de esto, claro está, causaba el menor interés en los presentes. El atractivo físico se limitaba ya a algo puramente estético  sin el menor asomo de morbo ni atractivo sexual. Los avantes, clones fabricados en serie con propósitos determinados fueron estatuidos por el Congreso Mundial de Sabios en fecha ya muy lejana. Algo muy práctico; los había para todas las circunstancias y labores.

    Apartó sus ojos de la atractiva avante y sus pensamientos volvieron a concentrarse en lo que últimamente le tenía preocupado. Había escuchado siempre historias fantásticas de hacía ya casi un siglo en las cuales los hombres se reproducían por el instinto sexual, una fuerza tan poderosa e irracional que ni hombres ni mujeres  podían dominar.

    Algo repugnante  en extremo pues los órganos para  procrear eran  los mismos de que disponía el cuerpo para evacuar sus infectos deshechos. Una forma  elemental de reproducción que solo podía verse  en las bestias y en las especies más elementales. Había leído también relatos increíbles de hombres y mujeres que llegaban casi a la locura y en algunos casos hasta al crimen por causa de la atracción, los celos o la traición generadas por ese destructivo y peligroso instinto. Pueblos enteros habían guerreado por causa de esa oscura fuerza. Por más que lo intentaba no lograba imaginar un mundo donde los instintos bajos predominaran.

    La existencia de los seres humanos era ahora plácida, predecible sin altos y bajos. Las uniones se realizaban como fruto de la amistad, la compañía y el trabajo. Pocos aspiraban al dudoso placer de tener un hijo biológico. Nadie quería problemas ni dificultades. Y los hijos,  bien que los producían.

    Y por otra parte, no era un trámite fácil el que se exigía a quienes deseaban tenerlos. Las nuevas generaciones eran cuidadosamente planificadas por el gobierno. El planeta no podía darse el lujo de mantener imbéciles. Para ser aceptados en las listas de los pocos a los que se les permitía reproducirse, era preciso superar elevadas pruebas  mentales de inteligencia, de equilibrio y de salud mental y física. Pero sobre todo,  de lealtad para con el Congreso Mundial de Sabios.

    Salvados estos trámites,  seguía luego el delicado proceso de inseminación en vitro con esperma recogida al donante en sesiones de sueño y luego,  el de gestación en úteros artificiales provistos de todos los requerimientos biológicos, sicológicos y anímicos  para obtener un buen producto humano.

    En las  historias de la edad antigua, cuidadosamente restringidas al gran público,  Ciliu había leído algo acerca de un concepto extraño: la familia;  y había visto también gráficas fantásticas de parejas humanas  con dos o tres   pequeños a su lado;  algo imposible de imaginar. Y lo más sorprendente: parecían felices. De un tiempo a esa parte, ese concepto de familia le inquietaba. Y lo inquietaba más allá de lo razonable. Había llegado hasta a cuestionarse todo el andamiaje en el que se soportaba la actual civilización. 

    Alejó esos pensamientos. Era demasiado importante la misión que le llevaba a Beijing.  Extrajo de su maletín  ejecutivo la fina tablilla electrónica y se dispuso a revisar el procedimiento. Sí. Todo estaba correcto. En el cilindro  a prueba del calor y la humedad llevaba el potente aditivo que unido a otros, transportados por militantes como él desde distintos lugares del planeta, sería mezclado al agua en los acueductos, ríos y fuentes de agua  de todas las ciudades del país asiático... y del mundo. Una  forma,  aparentemente elemental, de llevar a cabo tan importante propósito pero que había sido adoptada finalmente, después de muchos debates generados por los diferentes  países  que conformaban el Congreso de Sabios. 

    Algún día quizá cercano él también formaría parte de ese Congreso. Se lo había ganado a pulso. Era uno de los depositarios del destino del mundo. Su labor mantenía a raya los instintos bestiales de la población. La dosis del potente inhibidor sexual había permitido a los seres humanos disfrutar de una existencia previsible, serena y de gran altura espiritual e intelectual. 

    Esta vez, sin embargo, la dosis  sería  mayor. Algo inquietaba al Congreso de Sabios. 

    “Sí, se dijo  Ciliu, el nuestro es un mundo feliz”. Pero esta vez, esa afirmación no lo dejó del todo convencido. Por algún secreto mecanismo de su mente que no entendía, de forma reiterada y vívida volvía a él la imagen de esa pareja rodeada de niños y en apariencia tan feliz.

    ¿Será posible?, se preguntaba,  “¿estaremos todos equivocados y habrá realmente  otra alternativa a la vida que llevamos?”.

    Sabía que estaba incurriendo en una grave falta. No podía cuestionar de ninguna manera los preceptos y mandatos del Congreso de Sabios. El mundo estaba como debía estar. Procuró pensar en la vida compleja,  impredecible y hasta angustiosa de los seres humanos en épocas pasadas; en los relatos  de hombres y mujeres sumidos en la pasión y la locura que cegados por ese destructivo y peligroso instinto llegaban a cometer crímenes. Pero fue inútil. La imagen aquella de la pareja feliz, de la familia, no se apartaba de su mente.

    Al llegar a Beijing,  bajó del Tubo transportador y tomó el  transporte que lo llevaría hasta las instalaciones del Gobierno.

    “¿Habrán otras formas de ser feliz?", se preguntaba una y otra vez.  “¿Valdrá acaso la pena acabar ya con todo esto”?

    Y siguió preguntándoselo mientras de forma suicida y demencial iba derramando por el camino el precioso contenido del cilindro.

    Leonor María Fernández Riva






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