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sábado, 12 de enero de 2013

Octavio, el sintáctico



El libro desaparecido

La  noticia  causó conmoción en  los círculos literarios y culturales. Octavio  Duarte era considerado  por todos como el gurú de la corrección de estilo. El corrector de textos más conocido y respetado del país. Quien más,  quien menos, había tenido que hacer uso de sus servicios en alguna ocasión. Para todos resultaba incomprensible que una persona todavía joven y en apariencia satisfecha y  cabal hubiera tomado la  nefasta decisión de quitarse la vida.  Empero,  si hubieran estado al tanto de  su historia tal vez   lo habrían comprendido.

Esa sorprendente destreza con el lenguaje que todos admiraban no se debía, como se suponía, al esfuerzo perseverante por dominar a través del estudio los intrincados laberintos del idioma, sino más bien a algo casi que consustancial a la naturaleza de Octavio: una habilidad innata  que a través del tiempo y las lecturas  había ido perfeccionando. 

Para admiración de toda su familia, Octavio  aprendió a leer antes  de cumplir  los  tres años  de edad. No fue esta sin embargo, una  genialidad infantil, sino llana  y simplemente el  poderoso deseo del niño de   descubrir qué era lo que se encerraba tras esos signos negros impresos sobre las páginas de los libros  que su madre le leía cada noche. Y es que el pequeño Octavio anhelaba descifrar el secreto de las palabras.  Al contrario de otros infantes, aquel niño de faz siempre sonriente y   ojos inquietos no se desvivía por un juguete ni por una golosina; pero en cambio,  perdía la noción del tiempo hojeando  los  libros que su madre solía leerle  y que de manera misteriosa para él encerraban entre sus páginas tantas historias y tantas aventuras. Cuando aprendió a leer y desentrañó el misterio, continuó leyendo, o más bien,  devorando  con avidez todo texto que caía entre sus manos. 

Contrario sin embargo,   a todo lo que pudiera pensarse,  Octavio Duarte no fue un buen estudiante. Era distraído y flojo para los estudios y a duras penas logró pasar rayando los diferentes grados. La única materia que realmente le atraía era   literatura. Tal parecía que se convertiría en un joven introvertido y huraño, y  al paso de los años en un aburrido solterón
 pendiente solo de  los libros. Pero para sorpresa de todos,  cuando llegó a la pubertad empezó a dar señales de un acendrado entusiasmo por el sexo opuesto; debido sin embargo  a la vida recogida que había llevado desde su infancia, acusaba una invencible timidez  y esta circunstancia unida  a su desbordada libido, le llevaron a obviar los lentos y recatados noviazgos juveniles y aplicarse con singular empeño en conquistar chicas  de cuatro en conducta; ligeritas de cascos pero siempre dispuestas y fáciles de abordar. Esa actitud dio como resultado que Octavio se escapara de su casa  sin terminar el bachillerato con una  camarera de extracción subterránea varios años mayor que él,   sin educación ni mayores atractivos físicos, pero experta en las artes amatorias.

 Durante los años transcurridos entre lecturas y ocio, Octavio no había aprendido nada útil  para  ganarse la vida. Era simplemente un hijo de familia.  La enamorada copera debió pues sostenerlo y  acabar de criarlo.

 Al seguir impulsivamente el camino que le marcaban sus fogosas hormonas,  Octavio dejó atrás la  protección del hogar paterno y debió de allí en adelante,  enfrentar la dura realidad de la vida. Abandonó  definitivamente sus estudios y tuvo que conseguir trabajo para sobrevivir. Con su inexistente hoja de vida solo pudo colocarse como mensajero  en una imprenta. Ese hecho, fruto de la necesidad y de la casualidad,  fue clave para el futuro de Octavio. Como  llega una abeja a una flor repleta de néctar, Octavio había llegado  también al lugar indicado.  Allí, en ese ambiente sui generis  donde de forma armoniosa se mezclaban  la tinta de imprenta y  el papel  con  la inspiración y los sueños  de los autores, Octavio  fue aprendiendo poco a poco y no sin admiración, el  arte de hacer libros.  Y como así son las cosas,  un  día cualquiera, aprendió también  para qué  iban a servirle sus lecturas.

Ocurrió que uno de los diseñadores  gráficos que conocía la afición de Octavio por la lectura le consultó en cierta ocasión  una duda gramatical  acerca de uno de los textos que diagramaba. Octavio absolvió sin ninguna dificultad la inquietud del compañero,  a la vez que le dio una clase acerca de las frases yuxtapuestas con ablativos absolutos. Días después otro operario volvió  a consultarlo  y en esa ocasión  recibió, además de la respuesta a su inquietud,  una enjundiosa explicación acerca de los solecismos  y los ques galicados. 

En el taller se fue volviendo costumbre que todos acudieran a consultarlo. Octavio absolvía de buena gana y al instante, no solo las dudas gramaticales y sintácticas que le presentaban diariamente sus compañeros de trabajo, sino también las que le formulaban  algunos clientes acerca de fechas  históricas y  datos de cultura general. Todos admiraban sus, al parecer,  ilimitados conocimientos. Él bien sabía sin embargo,  que lo  suyo, más que un conocimiento generado por el estudio  formal  del idioma,  era,  lisa y llanamente,  una memoria fotográfica del lenguaje y una capacidad enorme para retener datos y fechas históricas. Una palabra mal escrita, un error ortográfico o de tipeo, un dato histórico equivocado saltaban de inmediato  ante su vista.  

Para el dueño del taller gráfico no pasó desapercibida  la  evidente habilidad  de su mensajero para absolver dudas acerca de la  gramática y de  tantos y tantos datos de cultura general,  y dos años después de su ingreso a la empresa  creó el departamento de corrección y ascendió a Octavio a corrector de textos. La responsabilidad  y seriedad  con las que cumplía sus funciones como corrector no las aplicaba sin embargo,  a su entorno personal. 

La camarera aquella  con la que  se había fugado de su casa a los dieciocho años no aguantó a su lado más que  dos años y fue reemplazada inmediatamente  por  otra de las mismas características Octavio no se distinguía precisamente por la  fidelidad  ni por el buen juicio en sus relaciones sentimentales.

Poco a poco, con el decurso de los días, Octavio fue destacándose en el medio literario por sus aciertos,  su cultura y  sus indiscutibles conocimientos del lenguaje. En la empresa  gráfica fue ascendido al cargo de gerente editorial. Había conformado en el departamento de corrección un staff de correctores adiestrados por él en los vericuetos y complejidades del lenguaje, pero la mayoría de autores exigían que fuera él, personalmente quien revisara  sus obras.  Su criterio seguía siendo imprescindible. Autor que se apreciara debía confiar su obra  a la revisión concienzuda y experta de Octavio, "el sintáctico", como lo calificó en alguna ocasión un reconocido escritor, remoquete este que él,  inmediatamente,  adoptó para sí. Las formas pronominales átonas proclíticas o enclíticas, los complementos predicativos, dativos y ablativos, el leísmo, el laísmo y el loísmo, el uso del gerundio y de todas las formas gramaticales, pero también la estilística y  las  diversas formas literarias expositivas y narrativas, no guardaban misterios para Octavio. Su criterio era  proverbial, tanto,  que en  algunas ocasiones  llegaba a convertirse  de manera tácita en coautor de las obras que corregía. Una sensación de superioridad frente a otros correctores lo embargaba. Una sensación que llenaba su vida.  El  aura que se había formado acerca de su infalible criterio de corrector  de estilo era algo que él mismo daba por  sentado.

Y pasó el tiempo, y en  la bitácora de Octavio Duarte se fueron acumulando los años y los amoríos.  Su vida  amorosa seguía  siendo tan impulsiva, impredecible y azarosa como en su primera juventud.  Su última conquista, una joven trigueña y  delgada en la que solo se destacaban sus hermosos ojos verdes, era el   prototipo  de la pareja  complicada y difícil:  bipolar, adicta al licor, derrochadora, holgazana e  impredecible;  un día parecía una mansa gatita, excelente ama de casa, amable, querida y al otro una pantera, descuidada, irritable, irascible, celosa,  dispuesta a atacar a la menor provocación. Empero, Octavio, que  nunca había experimentado una gratificante  relación de pareja,  tomaba todas esas complejas  circunstancias de su vida familiar y cotidiana como algo natural y continuaba alternando de la mejor manera su caótica vida personal con su reconocida labor de corrector de estilo.

 Así las cosas, ocurrió que un día  salió más temprano del taller y al llegar a su casa no encontró a nadie.  Mientras hacía tiempo  para que  llegara su mujer, se distrajo en escuchar algunos mensajes guardados en el teléfono. Cual no sería su sorpresa al escuchar  que de una compañía de viajes avisaban que ya estaban listos los dos pasajes a Hawai para viajar en la siguiente semana. Confirmaban los nombres de los dos pasajeros, uno era el de su esposa, pero el de su compañero de viaje no era precisamente el suyo. De inmediato, Octavio ató cabos y relacionó situaciones que se habían dado en su hogar en los últimos tiempos. Supo entonces que nuevamente había llegado el momento de terminar. Esta vez la deslealtad de su pareja le  dolió más que en otras ocasiones pero se sentía cansado y no  estaba de ánimo para confrontaciones. Así que guardó silencio y dejó  las aclaraciones para un día más propicio.

Sin embargo, y aunque se repetía que aquello era solo otro incidente en su vida afectiva,  la traición de que era objeto lo había dejado en pésimo estado anímico. Los años lo habían tornado susceptible.  Bajo esas circunstancias y mientras bullían en su cerebro multitud de pensamientos  revisó  al día siguiente de forma muy somera un texto especialmente recomendado por una  universidad y las consecuencias no se hicieron esperar.

Al terminar de despachar los  abultados textos de la lujosa obra con destino a un importante seminario nacional  comprobó, con el consiguiente sobresaltó que se le  habían cernido unos errores garrafales tanto en la contra carátula  como al interior del libro.  Algo inaudito e irremediable. Octavio Duarte no pudo explicar lo sucedido. Demudado y pálido asumió la responsabilidad del hecho y sin más se retiró  a su residencia.

Al llegar a su casa bien entrada la noche, la pareja  de Octavio lo encontró sobre la cama prácticamente sin signos vitales. Había ingerido varios frascos de pastillas recetadas por su médico para el control de la presión. Permaneció varias semanas en cuidados intensivos debatiéndose entre la vida y la muerte. La noticia  de su intento de suicidio causó entre los círculos literarios una gran conmoción. Nadie podía creer que Octavio Duarte, el afamado corrector de estilo, tan dispuesto siempre a corregir los errores ajenos hubiera decidido emular al  gran  Vatel y  morir antes que enfrentar sus propios errores.

Logro salvarse, pero cuando  finalmente le dieron de alta, ya no era el mismo. Su mente ya no le respondía. Inútilmente procuró recordar las leyes gramaticales que había dominado a lo largo de su vida.  Un velo denso  cubría ahora sus recuerdos.  Sin avisar a nadie abandonó  todo y se marchó  a vivir a una playa remota apartada de la civilización. Algo con lo que siempre había soñado.  Se marchó solo.  Su última aventura sentimental también hacía ahora  parte de su olvido.

Rodeado de nativos en su mayor parte analfabetos  transcurrió la última etapa de su vida. No quiso volver a saber nada de libros.  Al morir una década después y ser enterrado en el pequeño cementerio de la aldea,  los lugareños colocaron sobre su tumba una lápida con el nombre y el remoquete con los que a él le gustaba que lo llamaran:  
"Aqi llase Hotabio, el sintatiko. Aqi jue felis".

Sí. Aparentemente allí, en ese lugar remoto y olvidado de todo,  Octavio Duarte disfrutó por única vez en su vida la paz y la felicidad.  Si hubiera podido leer el  epitafio que sus amigos nativos escribieron sobre su tumba,  de seguro no lo habría cambiado; el preciosismo del idioma había dejado de tener importancia para él diez años atrás.

LEONOR FERNÁNDEZ RIVA

Viviendas de nativos en los pantanos.



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jueves, 15 de noviembre de 2012

La impresión inolvidable







libros


La impresión inolvidable

Leonor Fernández Riva

 Para ser completamente fieles a la verdad hay que reconocer que  las cosas no se dieron  de una forma repentina o inesperada. Todo lo contrario. Fueron ocurriendo de  manera casi imperceptible, a través de los años. 

De un momento a otro,  sin embargo,  esa realidad se tornó evidente. La gente, ya no leía, y como consecuencia,  de forma también paulatina pero constante, los libros fueron dejando  de publicarse.

El que la gente no leyera era  algo  por demás previsible,  la televisión, el cine, la computación, el internet habían hecho lo suyo. Había demasiadas distracciones como para perder el tiempo con un libro por interesante que este fuera. Este  comportamiento hacia la lectura no parecía concitar la preocupación de nadie  y menos aún el  comentario de los columnistas de moda enfrascados en las noticias políticas y de farándula, si bien sus efectos empezaron a afectar también la circulación de los  grandes periódicos y revistas en las que ellos trabajaban.

En resumen, a nadie le importaba que la industria del libro fuera muriendo ni  que la lectura se hubiera ido transformando en un hobby raro y elitista,  relegado a  unos cuantos bichos raros, personas de edad o coleccionistas. 

 Para Benigna Rocafuerte, sin embargo, esta circunstancia tenía mucha trascendencia. Dirigía una empresa gráfica que precisamente había forjado  su prestigio con base en los libros que editaban en la región. El libro había sido el consentido  de esa empresa a través de su historia. Los equipos, las oficinas,  las diferentes secciones de producción  y hasta los mismos operarios habían sido concebidos  y contratados pensando precisamente en ese producto editorial.

Benigna Rocafuerte tenía sus propias conjeturas acerca de lo que estaba sucediendo. Ella recordaba muy bien que cuando de niña empezó a interesarse por la lectura, le encantaron los cuentos e historias que venían ilustrados con profusión de láminas e imágenes. Esa etapa de sus preferencias literarias se prolongó por un periodo más o menos largo hasta que de pronto, un día, empezó a notar que ya no necesitaba de láminas para recrear los personajes de las obras que leía. Es más, las láminas la molestaban pues era su imaginación la que recreaba en su mente los personajes y no requería ayudas visuales para lograrlo. El texto sobrio y escueto de los libros fue desde ese momento para ella el mayor atractivo.  “Ahora, reflexionaba Benigna, es como si las cosas hubieran dado un giro de 360 grados. Los lectores, adictos ya por la televisión, las películas y el internet a las imágenes y al movimiento, han vuelto a preferir los textos  adornados con imágenes y  con todas las ayudas de la tecnología.  Su imaginación se ha tornado perezosa, su concentración, casi nula, esperan  conocer el libro de moda, el bestseller  de la forma más fácil y rápida posible;  desean enterarse de su contenido con el menor esfuerzo de su parte, casi por ósmosis.  Han perdido el secreto deleite de palpar y percibir el papel, de pasar las páginas de un libro, de sentir su cálida presencia”.

Benigna sabía sin embargo, que el hecho de que su empresa gráfica estuviera situada en un país del tercer mundo, era hasta cierto punto  una  ventaja  ya que estas nuevas  tecnologías demorarían un poco más  que en los países desarrollados en ser acogidas por el grueso de la población.  No obstante,  no podía apartar de su mente la preocupación por el futuro. Si las cosas seguían así, en unos pocos años, su empresa entraría a formar parte de la historia.

Un día,  se encontraba almorzando sola en un restaurante y mientras llegaba su pedido, paseó su vista  por el entorno como solía hacerlo siempre, y entonces cayó en la cuenta de  algo que había visto cotidianamente pero que antes no le había despertado ningún interés: la mayor parte de los comensales acompañaban sus platos con Coca-Cola. Era esta sin duda la  bebida más popular y la  que, a pesar de las críticas y de las advertencias médicas acerca de sus malsanos efectos sobre el organismo, continuaba reinando en las preferencias del público. No pudo menos que reflexionar  en la gran perspicacia y originalidad que tuvo su creador al producir no solo una bebida de un gusto excepcional por esa combinación de sabor y de gas cuidadosamente dosificados,  única en su momento y adoptada luego por todas las otras bebidas artificiales,  sino también por la incorporación de un ingrediente secreto que la hizo adictiva para quienes algún día la saboreaban. Sí. Aquel hombre sobresaliente supo crear un producto único y adictivo. Una gaseosa sin competencia.  Una idea ciento por ciento exitosa.

Benigna salió del restaurante con esa idea en la cabeza y ese pensamiento la siguió rondando toda la noche. Al día siguiente  se comunicó muy temprano con su gran amigo Carl Berger, un ingeniero químico suizo radicado en el país y le comunicó su idea.

–Quiero que me ayudes a fabricar un aditivo que pueda ser incorporado a la tinta de impresión de mis libros y que produzca en los lectores un interés especial  por continuar leyéndolos hasta su última página.

-Querida, me estás pidiendo que descubra la piedra filosofal.– bromeó Carl, pero al ver la expresión profundamente seria de su amiga –añadió– Vamos  a ver. ¿Cómo has pensado tú que podemos realizar ese prodigio?

–Eso, tienes que decírmelo tú –replicó Benigna– . Yo sólo sé que tengo que hacerlo o cerrar mi empresa a la vuelta de muy poco tiempo. Sin embargo, he pensado que podemos trabajar en algo parecido al olor de la felicidad.

–¡Ah,  qué bien! Y por lo visto lo tienes muy bien identificado.

–Creo que sí, aunque es un tanto complejo Me parece que está compuesto, por el sutil olor de las feromonas, el olor a bebé, el sudor de nuestro hombre, los olores de nuestra niñez , la humedad del amor, la fragancia de algunas flores, el olor de la yerba recién cortada,  el olor de la noche después de un día de lluvia, la leña quemándose  en la chimenea, el  sutil aroma del incienso en una ceremonia religiosa, la ropa recién planchada, el pan acabado de hornear,  la cocina de nuestra madre... Creo que el aroma de la felicidad tiene mucho que ver con la nostalgia, algo mágico y a la vez natural que todos llevamos en el corazón, en la mente y en nuestros sentidos.

–Vaya, trabajito que me encargas, Benigna –Pero me has tentado de forma irresistible. Este, por lo absurdo, es un reto difícil de rechazar. Me pondré inmediatamente en la tarea.

–Sé que lo conseguirás porque más que un químico, eres un  brujo, querido Carl. Y ahora, para celebrar desde ya tus resultados,  te invito a tomar una copa de  Hennesy, un cognac delicioso que me han traído directamente de París.  Percibe su aroma. Creo que tal vez también deberías incorporarlo  en tu preparación  –bromeó Benigna.

 Pasaron tres meses luego de este encuentro y de manera por demás extraña para Benigna, no volvió a tener noticias de su amigo.  Su teléfono no contestaba y tal parecía que en su apartamento no había nadie. Su ausencia y su silencio la  inquietaron  pero los atribuyó a uno de sus habituales viajes a Europa.

Una tarde en la que Benigna se encontraba enfrascada en analizar la situación de la empresa, preocupante en extremo por los costos crecientes y la disminución cada día más evidente de las publicaciones, recibió la sorprendente llamada de Carl.

-–Eureka, querida! ¡Eureka! Te tengo buenas noticias. Necesito verte.

–¡De inmediato! –contestó Benigna, emocionada,  y presa de excitación acordó verse
con él en su apartamento esa misma tarde.

Cuando se encontraron, Benigna no podía disimular su ansiedad por conocer la experiencia y los resultados de su amigo.

–Me has tenido en ascuas todo este tiempo. ¿Cuáles son esas noticias que me tienes?

–Tranquila, Benigna. Sé que te devora la ansiedad pero debes guardar la calma. Antes que nada quiero hablarte de la serie de ecuaciones y operaciones matemáticas que he debido hacer para llegar a filtrar esa sustancia aditiva. En este folleto titulado La esencia filosofal de las ecuaciones terminadas en números primos puedes apreciar algo de lo que ha sido esta experiencia. Anda, dale un vistazo.

–Estás loco si piensas que voy a perder mi tiempo leyendo  cosas técnicas en un momento como este. Lo que quiero es saber de tu propia boca lo que tienes que contarme.

–De acuerdo, Benigna, pero si no lees los dos primeros párrafos de este folleto no vas a poder entender nada. Anda, dame gusto.

–Está bien –refunfuño Benigna de mala gana.

–¿Cómo, te ha parecido, querida? –intervino Carl luego de veinte minutos .

–No me interrumpas –replicó, Benigna. –Esto es lo  más interesante que he leído en mucho tiempo. Bien guardado te lo tenías, Carl.  El mundo de las matemáticas encierra en verdad todo un universo de posibilidades.

–Sé que deseas seguir leyéndolo, pero te ruego  lo dejes un momento. En ese interés tuyo esta la respuesta a tu ansiedad. Sí, querida Benigna, ese folleto ha sido impreso con la tinta de la felicidad.

–¿Es posible, Carl? Ciertamente lo he leído con deleite. Me ha costado dejarlo. Es como si hubiera descubierto escondida en él la poesía de los números.

–Esa es  precisamente la sensación que se tiene al leer un texto escrito con esta tinta. No sé bien en qué consiste la magia, si en la adición a seguir leyendo hasta el final o en esa profunda  percepción  y comprensión  que sentimos ante  cualquier texto por difícil o mal escrito que este sea.  La tinta es incondicional, embellece y magnifica cualquier texto.

–¡Sabía que eras capaz de lograrlo!  ¿Cómo lo has hecho, Carl?

–No ha sido fácil, querida, nada fácil. Solo puedo decirte que tu  amigo se ha convertido en alquimista. Ni más ni menos.  Todo este tiempo estuve recluido en el convento de unos monjes  capuchinos que me permitieron utilizar su laboratorio, y fue allí, donde luego de muchos descalabros, encontré por fin el elixir de la felicidad como lo he llamado. Por cierto, no tiene un olor agradable, pero de forma misteriosa al adicionarlo a la tinta de imprenta, logra ese efecto subyugador del que es difícil abstraerse.

–¿No perjudica la adición de esa sustancia la calidad de la tinta?

–No, querida. Este elixir  se amalgama sorprendentemente bien a la tinta de imprenta mejorando incluso su textura y sus propiedades.

Un abrazo pletórico de emoción y de alegría selló ese momento de realización entre Carl Berger y Benigna Rocafuerte.

El primer libro publicado con la adición del elíxir de la felicidad fue  el antiguo tratado del pastor Lesser titulado La teología de los insectos, un  libro muy apreciado por los enciclopedistas franceses pero absolutamente  árido para el común de los mortales. A la primera semana de publicado fue notorio que era  leído con fruición por  una gran cantidad de personas y no solo en sus casas sino también  en los autobuses, en las filas de los bancos, en las oficinas, en los parques. Y otro tanto  aconteció poco después con Los Comentarios a Aristóteles de Tomás de Aquino. Dos obras escogidas con especial cuidado por Benigna para comprobar los reales efectos del élixir.

 Como quedó ampliamente demostrado, el élixir de la felicidad pasó la prueba con honores.

 Y desde ese instante, empezó una nueva era para la empresa gráfica de Benigna Rocafuerte. Las prensas no descansaban. Los autores se disputaban el turno para ser atendidos. Por alguna razón que no alcanzaban a entender, libro publicado en esa  empresa gráfica, libro que  alcanzaba un rotundo éxito. No obstante, y  por algún factor que nadie tampoco podía explicarse, ese éxito no se replicaba en internet en donde casi siempre la acogida a la misma obra era efímera.

Pero Benigna Rocafuerte y el suizo Carl Berger,  que con el paso del tiempo llegó a convertirse en su esposo, no eran ambiciosos. El éxito que habían alcanzado en su empresa gráfica  era suficiente para ellos,  pues,  por inusitado que parezca, nunca se habían forjado mayores expectativas económicas.  Lo único que Benigna deseaba  era mantener vigente en el tiempo la empresa fundada por su padre. Una empresa que tenía como base el papel y  la tinta de imprenta; esa misma tinta con la que ella,  ahora,  estaba imprimiendo su éxito.

 Fue  esa una época de gran riqueza intelectual para la comarca. La gente volvió a leer con fruición, con apasionamiento. La televisión y hasta el internet, fueron relegados a segundo plano. El libro había vuelto a recobrar el encanto de épocas pasadas.  Los textos  circulaban de mano en mano. La región empezó a ser conocida en el mundo como algo excepcional. Un lugar donde los libros no pasaban de moda, sino todo lo contrario. Nadie  en la región y aún en el exterior quiso ya volver a editar sus obras en otra imprenta; era sabido que por alguna extraña circunstancia solo en la empresa de Benigna, los autores tenían el éxito asegurado. 

Y el tiempo fue pasando. Los años se sucedieron pausados e inexorables. Una tarde en la que sentada en la confortable salita de su  apartamento la pareja  se encontraba  -como no podía ser de otra manera-,    enfrascada en  la lectura, Benigna le formuló a Carl una pregunta acerca de algo que la inquietaba desde hacía un tiempo.


–Carl, nos hemos ido haciendo viejos y hay algo que me atormenta. Pienso que hemos sido egoístas al no compartir nuestro secreto. ¿No crees que antes de morir deberíamos comunicar al resto del mundo  el éxito que hemos alcanzado con el  elixir de la felicidad  y  permitir que este descubrimiento sea conocido y disfrutado por otras personas?  ¿Qué piensas, tú, Carl?



–Querida, esa misma pregunta que me haces ahora me la he estado haciendo yo mismo durante mucho tiempo.  Sí. Creo que hemos sido egoístas al no compartir nuestro secreto. 



–Qué bueno, Carl, que los dos estemos de acuerdo en algo tan importante. Empecemos pues a planear la forma de comunicarlo. Ya sabes que nunca me ha importado el dinero y menos ahora que ya estamos viejos. No se trata pues de eso, pero debemos pensar bien cómo vamos a trasmitir nuestro secreto porque al conocer los efectos del élixir algunas personas hasta sentirían que fueron utilizadas y  el resultado  podría llegar  a ser contraproducente tanto para la lectura como  para los libros.



–Tienes, razón, querida. Sí. Tenemos que ser muy cuidadosos –replicó Carl con ternura y añadió– Ya sabes lo difícil que es extraer unos pocos decilitros del elixir. Voy a ponerme en la tarea para que podamos tener de él una existencia que nos garantice su demostración.



Pero la propuesta de Benigna había llegado demasiado tarde. Carl solo alcanzó a preparar dos litros del élixir que Benigna, con unción casi religiosa, conservó en una  botella de cristal. Desde hacía ya un tiempo, Carl había empezado a olvidarse de todo. El implacable alzheimer había ido poco a poco  apoderándose de su cerebro y en los meses siguientes no solo olvidó la prodigiosa fórmula sino también el sitio donde reposaban los manuscritos que la contenían.  Su mal ya ni siquiera le permitió volver a entrar al laboratorio; era demasiado peligroso para él trajinar con ácidos y probetas. 




Falleció poco tiempo después. Se fue  serenamente en medio de su extravío,  dos años  antes de que Benigna encontrará  también la muerte al intentar alcanzar  de lo alto de la biblioteca uno de los primeros títulos impresos por ella con el elixir de la felicidad. Al caer de la escalera sufrió un golpe en el cráneo que fue lo que le costó la vida. A su lado quedó el libro causante involuntario de su tragedia.


Para todos fue sorprendente que la empleada  que la encontró muerta y levantó el libro para hojearlo, aguardara la llegada de las autoridades enfrascada en los complicados comentarios de Tomás de Aquino que a ojos vista no podía dejar de leer.

Cuando se hizo la limpieza del apartamento para entregar sus bienes a la beneficencia, ya que ninguno de los dos tenía parientes cercanos, una de las personas encargadas  de realizar esta labor se topó con un gran frasco de cristal que parecía  contener en su interior un aceite particular. Cuando lo destaparon para percibirlo la exclamación fue unánime:

–¡Qué asco! ¡Quién sabe qué inmundicia guardaban aquí estos ancianos! Era una pareja muy excéntrica. No pierdan tiempo, ¡Boten eso en el desagüe!

Y así lo hicieron.

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