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viernes, 1 de noviembre de 2013

Vidas cruzadas




En la  década de los años treinta cuando  la exploración petrolera en la Amazonía empezaba a desarrollarse, dos vidas se cruzarían de manera irremediable y  fatal

César León era un joven ingeniero que laboraba en una curtiembre situada en una población pequeña y recogida en la cual todos los vecinos se conocían y se conservaban muchas costumbres del pasado.

Una vida  demasiado monótona para un joven ambicioso y  con anhelos de aventura. Por eso, cuando se enteró de que  había sido aceptado para trabajar como coordinador de fluidos en uno de los pozos de  petróleo de la Amazonia, no  cupo  en sí de la alegría. 

Al comunicarle a su  madre la noticia de su nuevo empleo, ésta,  conocedora de los graves enfrentamientos que continuamente se producían entre los indígenas nativos y los operarios de la empresa petrolera, la recibió con mucha prevención y, angustiada, le pidió a su hijo que desistiera de aceptar ese trabajo y que continuara cerca de ella disfrutando las condiciones de seguridad y bienestar que le brindaba la fábrica. 

—¡No vayas, hijo, no vayas! ¡Algo me dice que allá vas a estar en peligro!

Pero César no había nacido, como su madre anhelaba para desenvolver su vida detrás de la aparente seguridad de un escritorio. No. Esa vida sedentaria no era para él.

—Ideas tuyas, mamá. No hay nada de qué preocuparse. Ese es un sitio muy seguro. En tres meses vendré a visitarte y  te contaré lo maravilloso que es mi trabajo. 

Sin pensarlo más,  firmó el contrato, se despidió de su madre y de su pueblo,  y se encaminó a su destino. Lejos estaba de imaginar lo trascendental que aquella decisión sería para su vida.

Tres años antes, había ocurrido en esa pequeña población una tragedia que conmovió profundamente a sus habitantes y que tuvo como protagonista a una de las familias más prestantes del lugar, el matrimonio formado por el abogado Jerónimo de la Espriella y la ilustre dama de la sociedad, doña Clementina Domínguez de la Espriella. La pareja solo había tenido una hija, pues luego de su difícil alumbramiento, doña Clementina sufrió una infección que la tornó estéril. Esa circunstancia, sin embargo, no le deparaba ninguna frustración a la pareja,  pues Anunciación, que así se llamaba su hija, colmaba todos sus anhelos.

Como si la pequeña supiera que ella sola debía suplir en sus padres el deseo reprimido por una familia numerosa, desde muy niña los colmó de cariño, de gracias y de mimos. Era una niña encantadora, cuya belleza fue aflorando radiante al paso de los años.

Anunciación era admirada por todos los habitantes de la ciudad,  quienes quedaban absortos a su paso en las ocasiones en que junto a sus padres asistía a misa los domingos o a alguna de las festividades religiosas que regularmente se realizaban en el lugar. Cuando recibió su grado de bachiller, don Jerónimo empezó a pensar seriamente en radicarse en la capital pues aquel medio le parecía muy estrecho para el futuro de su hija.  Ella era la niña de sus ojos. Nada de lo que hiciera para verla feliz sería demasiado.

Pero no contaba con lo impredecible del destino. Un día cualquiera, Anunciación empezó a sufrir pequeños malestares que sus padres atribuyeron en un principio a un resfriado común y procuraron aliviar con remedios caseros, pero que luego,  dada su persistencia y ante los nuevos y alarmantes síntomas, se vieron en la necesidad de consultar con el médico de la familia, su buen amigo, el doctor Federico Solano.

–Pasa, pasa, Federico  –lo recibió cordial don Jerónimo cuando el doctor se hizo presente en su hogar–. No habíamos querido molestarte porque Anunciación ha sido siempre muy sana y pensábamos que con las agüitas y cuidados de Clementina, nuestra pequeña mejoraría, pero ha seguido indispuesta y quisiéramos que la reconocieras y nos des tu opinión. Ella está recostada en su alcoba.

–Pero, claro, Jerónimo. Ni más faltaba. Llévame a verla  –replicó el galeno.

–A ver, ¿qué pasa mi bella princesa? ¿Tienes acaso un mal de amor? Ya sabes mi pequeña que solo yo puedo estar en tu corazoncito –dijo con tono picarezcamente cariñoso el galeno cuando estuvo al lado de la joven.

–No bromees, Federico. Ya sabes que Anunciación es todavía una niña y aún no piensa en esas cosas.

–Pero ya pensará, ya pensará. ¿Verdad, mi niña? A ver, dile a tu médico preferido qué es lo que sientes.

El médico empezó a auscultarla pensando para sí que sus amigos estaban en lo cierto y que aquello no pasaba de ser un resfriado mal cuidado, pero de pronto, alarmado, observó algunas señales que solo recordaba haber visto en los libros de medicina: máculas y pequeños nódulos que desde un principio le parecieron de carácter muy sospechoso. Procuró disimular sus temores, pero tomó un poco de linfa y otro poco de mucus nasal, y los llevó al microscopio.

Y entonces, consternado, se dio cuenta con horror de que lo que presentía era verdad. En el examen apareció el bacilo de Hansen. Lo que en un principio todos habían creído enfermedad pasajera, resultó ser la más espantosa de todas; la que desde los tiempos bíblicos ha sido el terror de todos los pueblos.

Anunciación, aquella niña encantadora, adorada por sus padres y admirada por todos, era víctima de una de las más destructoras enfermedades: la lepra.

Comunicar semejante noticia a sus incrédulos y desesperados padres no fue una labor fácil. Don Jerónimo estaba fuera de sí: “¿Cómo, cómo puede  ocurrir algo así en esta época? ¿Por qué, por qué a mi pequeña?”.

El médico también se hallaba desconcertado, pero atando cabos llegó a su recuerdo la nodriza que tuvo la joven cuando niña, una negra bondadosa y fiel que vivió junto a la familia  varios años y que padeció elefantiasis, una dolencia que la llevó a la tumba. A ella atribuyó el misterioso contagio.

Pero la infortunada jovencita y sus padres no solo debían soportar los devastadores efectos del terrible mal. Era esa una enfermedad que traía consigo un pesado estigma. Quienes la padecían no podían vivir junto a las sanas. Por aquellos años se creía que la enfermedad, además de incurable, era altamente contagiosa y por ese motivo se destinaban lugares retirados y aislados, llamados leprocomios, para albergar allí, lejos del contacto con los demás, a las personas infectadas.

Es fácil imaginar la desesperación que invadió a don Jerónimo de la Espriella al conocer tan abrumadora realidad. Podía haber muerto de dolor en ese mismo instante, pero no tenía derecho a hacerlo. Su hija lo necesitaba más que nunca. Él no iba a permitir que llevaran a su pequeña a un leprocomio. Antes preferiría verla muerta.

“¡Juro, que nunca, nunca, me separaran de mi hijita. La protegeré con mi vida si es preciso. Lo juro por Dios! ”.

Comprendiendo el infinito dolor de sus amigos, el doctor Solano ocultó lo más que pudo la noticia, pero en un pueblo pequeño todo se sabe, y a los pocos días el murmullo se hizo voces entre todos los pobladores.

Al primer instante de estupor y compasión, le siguió el temor, el rechazo y hasta la furia y la violencia. Día por día empezaron a escucharse voces airadas que pedían la salida inmediata del pueblo de toda la familia.

“¡Fuera, fuera! ¡Márchense con su peste a otra parte, desgraciados! ¡Déjennos en paz!”

La furia de los vecinos se iba tornando incontrolable. Varias veces lanzaron piedras contra las ventanas de la casa,  y algunos hasta amenazaron con quemar la vivienda con ellos adentro. Don Jerónimo supo entonces que debían marcharse y cuanto antes mejor.

Una madrugada, en completo sigilo, sacó lo más imprescindible de su casa y se marchó con rumbo desconocido. Los muebles y todas sus pertenencias quedaron abandonados.

Fue un viaje espantoso. No lograban encontrar hospedaje durante el trayecto ya que la noticia de la enfermedad de Anunciación se había difundido y nadie quería saber de ellos. El padre, en su desesperación, debió construir una balsa con techo de hojas de palma para recorrer el río navegable hasta llegar a una población alejada, en donde finalmente se establecieron.

Durante un año se creyeron a salvo de la curiosidad y del temor malsano de las gentes,  hasta que un aciago día un vecino de su pueblo pasó por el lugar y se enteró de su presencia. De nuevo se repitió la historia. No les quedó más remedio que volver  a partir e internarse en la selva.

***

Tres años después de ocurrida esa tragedia, César León, feliz y expectante firmaba contrato con la compañía petrolera y viajaba entusiasmado a su nuevo destino.

 La planta petrolera estaba situada en medio de una tupida selva tropical.  A su llegada,  César tuvo un primer instante de duda, ¿se habría equivocado al aceptar ese puesto? Pronto sin embargo, se disipó su incertidumbre. A pesar de lo inhóspito y retirado del campamento a su interior se disfrutaba de muchas comodidades: gimnasio, casino, bar, sauna, biblioteca y hasta piscina, si bien el agua de esta última debía ser tratada de continuo para evitar los hongos que proliferaban en el lugar por causa del clima y de la humedad.

La selva, no obstante, era impredecible. Cierto que ya hacía varios meses que en el campamento no sufrían incursiones de los indígenas, pero con ellos nunca se podía estar seguro. Era mejor tomar precauciones. Reiteradamente se les advertía a  los operarios de la planta lo peligroso de internarse solos por la jungla.

Luego de varias semanas de permanencia en la planta, César empezó a tomar confianza y poco a poco comenzó a dar pequeños paseos por los alrededores. Siempre había disfrutado de la naturaleza, y aquella vegetación lujuriosa y la variedad de fauna que la poblaba le parecían fascinantes. Una semana antes de salir con licencia a visitar a su madre, se internó más que de costumbre en la espesura. Le había tomado confianza a ese entorno salvaje. Cuando se dio cuenta,  había llegado ya a la orilla del torrentoso río cercano que bordeaba el lugar. Unas nutrias lo cruzaban en ese momento y una bandada de patos surcaba el cielo.

De pronto tuvo la sensación de ser observado. Con un estremecimiento involuntario se volvió y con sorpresa divisó, en una pequeña meseta cercana una choza rústica camuflada entre la maleza, y fuera de ella un hombre,  al parecer blanco que desde lejos lo observaba.

Pudo más su curiosidad que su prudencia y cauteloso se dirigió hasta el lugar. Al llegar no cupo en sí de la sorpresa. Allí, frente a él estaba don Jerónimo de la Espriella. Sí, a pesar de los cambios sufridos en su apariencia, era él, no le cabía la menor duda. Delgado, envejecido, su cabello completamente blanco, algunas lacras de mal aspecto en su cara y  una expresión torva en su rostro. Estaba vestido como un campesino y en su hombro cargaba un rifle.

De inmediato volvió a su mente la trágica historia vivida por ese hombre y su familia años atrás. Como todos los habitantes de su pueblo, César también se había impresionado con la terrible noticia de la enfermedad de la joven, ocurrida tres años antes. Él, como otros jóvenes del pueblo,  se había sentido cautivado por su belleza y de no haber sido por el cerco infranqueable que había levantado su padre a su alrededor, quizá hasta se hubiera atrevido a enamorarla.

Y ahora, allí frente a él,  en medio de la selva,  se encontraba nada menos que don Jerónimo de la Espriella, protagonista de esa historia.

Sentimientos encontrados lo embargaron en ese momento. Solo se atrevió a preguntar:

–¡Don Jerónimo! ¿Es usted?

–¿Quién eres, muchacho? ¿Qué haces aquí?

—Soy César, don Jerónimo, el hijo de doña Úrsula, la modista. Tal vez usted la recuerde.

—Sí, sí, vagamente. He procurado olvidar muchas cosas del pasado.

—Estoy trabajando en la planta petrolera, don Jerónimo, pero allí  nadie me ha hablado de usted. Creo que no saben de su presencia aquí. 

—Ni van a saber, si puedo evitarlo —replicó, don Jerónimo, con una expresión decidida en su rostro y un brillo de demencia en sus ojos.

—Papá, ¿con quién hablas?

Una figura muy delgada, con el rostro  desfigurado,  irreconocible, se asomó por un breve segundo a la puerta. Un estremecimiento involuntario se apoderó de César. No podía ser cierto lo que habían visto sus ojos. De la bella jovencita que él recordaba no quedaba nada.

—Don Jerónimo, siento mucho esto que les ha ocurrido — dijo conmovido, procurando disimular su estupor –Dígame, ¿está usted también enfermo? En la planta tal vez  podríamos ayudarlos. Están ustedes muy solos aquí  — acertó a decir,  pero al instante mismo de pronunciar esas palabras y observar la expresión sombría en los ojos del hombre, supo que había cometido un error.

Sin pronunciar palabra don Jerónimo se dirigió hacia  el río y con un gesto le indicó a César que lo siguiera.  Reprimiendo un instintivo temor y su recelo natural al contagio, el joven  accedió y lo siguió a prudente distancia. Caminaron en silencio por la orilla del río, y cuando estuvieron a lejos de la choza don Jerónimo se detuvo.

—Me temo que no es precisamente el Ángel de la Guarda quien te trajo hasta acá, muchacho. No tengo nada en contra tuya, pero no puedo permitir que se conozca nuestra presencia aquí y vuelvan a desterrarnos. En este lugar nos sentimos seguros. 
  
– ¿Y los indígenas? ¿Cómo han  podido librarse de sus ataques, don Jerónimo, me han dicho que son muy violentos?

– Al  ver el estado de mi hija sintieron temor y  nos han respetado –respondió escuetamente don Jerónimo.

–¿Y su esposa, don Jerónimo?

–Murió hace dos años. No resistió tanto sufrimiento. 

– Y su hijita, don Jerónimo, ¿cómo está ella?

–Ya la viste. El mal está ya muy avanzado. No está en condiciones de viajar ni  podemos irnos ya a ninguna parte.  Y yo estoy cansado, muy cansado.  Perdóname. No me dejas otra opción – dijo mirándolo con infinita tristeza a la vez que  tomaba  el rifle que llevaba en su hombro. Por una fracción de segundo César León supo que su madre no había estado equivocada. 

El ruido del disparo quebró el ominoso silencio de la jungla y una bandada de loras  alzó el vuelo en vocinglera algarabía, mientras el cuerpo inerte del joven ingeniero era arrastrado por las aguas, río abajo.


                               









viernes, 18 de octubre de 2013

El último desafío















El último desafío


Aquella tarde Dolcey pidió permiso en su trabajo para salir más temprano; le era imposible  controlar el intenso deseo de estar de nuevo frente a su computadora. La afición por el ajedrez  que había ido alimentado a lo largo de los años, se había convertido ya en una invencible y absorbente adicción que reclamaba todo su tiempo. En los últimos días había vivido muchos hechos sorprendentes,  pero no estaba preparado para lo que le aguardaba.

Desde hacía ya más de veinte años Dolcey laboraba como contador en una empresa de electrodomésticos que había logrado sobrevivir en el mercado a pesar de la competencia y de las cambiantes condiciones de la economía. Día tras día, mes tras mes,  a lo largo de los años se había ocupado en llevar las mismas cuentas para el mismo patrón con similares clientes, similares dificultades y similar y exigua remuneración. Una vida laboral carente de incentivos a la que se había ido acomodando y resignando,  en parte por la carencia de ofertas de trabajo del mercado,  y en parte por su falta absoluta de ambiciones.

La suya era una existencia austera y solitaria. Se había separado de su esposa desde hacía ya varios años y sus hijos mayores, ya casados, vivían en el extranjero. No tenía amigos cercanos,  y fuera de su relación laboral con los compañeros de trabajo, su vida transcurría entre las cuatro paredes de su pequeño apartamento. Su único entretenimiento consistía en jugar interminables pero vibrantes  partidas de ajedrez con la computadora que  había colocado  en una esquina de su dormitorio.

Era ese un hobby  que llenaba su soledad y que le bastaba para sentirse satisfecho y olvidar lo opaca y carente de atractivos que era su existencia. Estaba ya de regreso de las ilusiones perdidas y no necesitaba más para ser feliz.
En un principio, y en su afán por compartir su afición, trató de  encontrar  compañeros de juego entre sus amigos y conocidos,  pero cada vez se le fue haciendo más difícil dar con  alguien dispuesto a dedicar toda una tarde de sábado, domingo o  feriado a jugar interminables partidas de ajedrez. Por eso cuando descubrió lo  independiente y entretenido que resultaba competir con la computadora, ya no pudo sustraerse a tenerla siempre como contrincante. 

Los resultados de sus partidas con la máquina eran dispares. A veces llegaba de su trabajo cansado y preocupado con un montón de cifras en su cabeza y en esas ocasiones la computadora lo despachaba sin mayor trámite. En otras, en cambio, era él quien le salía adelante a la máquina, o por lo menos, le daba guerra durante el juego.

Desde hacía un tiempo, sin embargo, Dolcey venía notando algo que le tenía intrigado y que incrementaba su deseo constante de vencer a la máquina. Ésta había ido adoptando un comportamiento tan singular que le hacía reflexionar en que tal vez, por causa de algún misterioso mecanismo, había empezado ya a tener sentimientos.

Cuando resultaba ganadora (como era lo habitual) rápidamente lo anunciaba con un contundente: "Checkmate ¡computer won!", pero si, por el contrario, era él quien lograba darle mate, la máquina se demoraba varios segundos en declarar un inexpresivo: "you won", como si reconocer el triunfo de su contrincante la molestara.
Así las cosas, cada vez la demora de la máquina en reconocer la victoria de Dolcey era más prolongada y manifiesta, lo cual como es apenas lógico, acentuaba en éste su deseo de vencerla. Cuando  lograba darle mate, luego de una complicada partida, no cabía en sí de júbilo. Sus expresiones de triunfo no se hacían esperar: "¡Te vencí, te vencí! ¡Eso es para que aprendas a jugar, tarada, montón de chatarra!” Y otros exabruptos similares brotados en la exaltación del duro enfrentamiento.

Un día, en que se encontraba distraído reflexionando en un balance de la empresa que no había podido cuadrar satisfactoriamente, se descuidó en el juego con los consiguientes resultados. Una tras otra fue perdiendo partidas. Cuando ocurrió su cuarta derrota, escuchó sorprendido una risita burlesca que salía del fondo del computador. Fue solo un segundo, pero esa circunstancia lo dejó pasmado. Atribuyó sin embargo el hecho a su estado de cansancio mental que le jugaba malas pasadas y decidió que por esa noche debía ya suspender el juego. Así que sin más, apagó el computador, se fue a dormir y olvidó el asunto.

Ese fin de semana lo dedicó como siempre a jugar ininterrumpidamente con la máquina. En un principio, todo transcurrió de la manera habitual, la misma rapidez de la computadora para proclamar su victoria sobre Dolcey y la misma demora en aceptar su derrota. La Deep Blue, como éste pomposamente la había bautizado, parecía estar esta vez más aguzada que nunca y con su consiguiente disgusto lo vencía partida tras partida. Enfurecido decidió dar por terminado el desafío  y acostarse a dormir, pero en ese momento volvió a escuchar sorprendido la risita burlona. Una risita que, tal como la primera vez que la oyó,  parecía salir del fondo de la computadora. Algo tan evidente que no pudo ya atribuirlo a su imaginación.

Su  indignación era más fuerte que su asombro. Desistió de apagar el aparato y, retador, empezó una nueva partida. Esta vez ensayó una apertura cerrada con el gambito de dama.  La Deep le respondió con la defensa Tarrash y ágilmente cambió el juego a su favor. Nuevamente fue vencido y esta vez la risa burlona fue más audible y sostenida. No había lugar a dudas, la máquina sabía lo que pasaba y lo disfrutaba.

“¡Chatarra impertinente! ¡Cómo te atreves! ¡Ahora mismo vas a ver quién tiene el mando!”.

Indignado,  inició una nueva partida. Empezó comiéndose un peón al paso, jugada que desconcertó a su rival, pero luego, sin más, hizo una jugada arriesgada: sacrificó a su reina. Para su sorpresa, la computadora cayó en la trampa. Al comer a la reina contraria, la máquina  dejó a su rey expuesto, circunstancia que Dolcey  aprovechó para cercarlo  con el alfil y el caballo y propinarle el mate aguamarina. La molestia de la máquina era evidente. Fue una espera larga la que se produjo antes de declarar un inexpresivo: “you Won”.

-¡Ríete ahora, ríete a ver si puedes! ¡Tarada!

Dolcey había pasado de la frustración y la rabia a una exaltada sensación de triunfo.
Inició la nueva partida con una apertura tradicional: avanzó sus dos caballos y en una jugada aparentemente equivocada, sacrificó de nuevo su reina y entonces, cuando parecía que ya estaba en desventaja, propinó a su rival con el alfil, el mate de Legal.
La máquina se demoró esta vez mucho más en anotar el triunfo de Dolcey. Éste, no cabía en sí de la euforia. Con una gran sonrisa exclamó:

“¡Eso es para que aprendas, quién es aquí el que manda! ¡ Tarada!”.

Estaba feliz, pero se sentía agotado. Apagó el computador, se acostó y se durmió inmediatamente. No habían pasado más de dos horas cuando un sonido conocido lo despertó. ¿Qué era eso? El computador estaba encendido y en la pantalla se veía claramente el tablero de ajedrez dispuesto para una nueva partida. No podía creerlo. Seguramente  aquello tenía una explicación,  algún mecanismo estaba flojo y con cualquier brisa o movimiento la computadora se había encendido. Sí, de seguro había sido eso. Apagó el equipo  y retomó el sueño.

Pero luego de media hora el equipo volvió a encenderse. En la pantalla estaba de nuevo el tablero de ajedrez. Era como si la máquina lo estuviera invitando a jugar.  Molesto e intrigado  volvió a apagarlo.

La tercera vez no tuvo otra opción que desconectar el enchufe de donde tomaba la energía el equipo. 

Al día siguiente,  al conectarlo de nuevo, se dio cuenta con sorpresa que fuera lo que fuera que él estuviera tratando de ver en el computador, se interrumpía para dar paso nuevamente al tablero de ajedrez. Y entonces comprendió: la  máquina quería la revancha. Así que eso era. Pues él no iba a rechazar el desafío.  Poseído por un febril deseo de vencer a la máquina,  Dolcey aceptó.

 No lo hubiera hecho.
Lo que siguió fue alucinante. Dolcey estaba poseído por un deseo irrefrenable,  delirante,  una fiebre  por competir y derrotar a la máquina que no le permitía pensar en otra cosa. Su rival,  un adversario incansable y genial, estaba al parecer imbuido con la misma fiebre. Uno y otro contendían con sus mejores estrategias: la  apertura española,  la defensa francesa, el ataque Stonewall, el mate Blackburne, el mate de Morphy y hasta con jugadas tan elementales como el mate del loco o el mate pastor.
Ese lunes, Dolcey no se presentó a trabajar. Sin embargo, su presencia era tan poco visible en la empresa que sus compañeros más cercanos recién empezaron a preocuparse  cuando transcurrieron varios días sin tener noticias de su existencia.
Uno de ellos se ofreció para  llegar hasta su apartamento e  indagar por su suerte. Así lo hizo, pero como no contestó a las repetidas  llamadas a su puerta, acudió a la policía. Al no tener otra alternativa,  forzaron la cerradura de la puerta de entrada y entonces asistieron a una escena inverosímil:

Frente a la computadora encendida se encontraba  Dolcey. Estaba barbado y parecía no haberse bañado, cambiado ni tomado líquido o alimento en varios días. Con su mano derecha accionaba el mouse y sus ojos vidriosos seguían febriles los movimientos que se sucedían en el tablero de ajedrez de la pantalla, mientras pronunciaba en voz apenas audible palabras incongruentes contra alguien imaginario;
“¡Chatarra igualada, me las vas a pagar! ¡No te rías tarada, ya verás cómo te pongo en tu sitio, maldito saco de tuercas!"
 A pesar del ruido que se hizo al forzar la puerta y del ingreso de varias personas a su alcoba, Dolcey no hizo ningún gesto de sorpresa. Estaba exhausto. Ya no tenía capacidad para el asombro. Una debilidad invencible se había apoderado de su cuerpo. Se desvaneció en brazos de un agente de policía  y fue llevado de urgencia al hospital más cercano. Para todos fue inexplicable observar cómo en el momento en que Dolcey se desmayó,  la computadora se apagó sin que nadie la hubiera tocado. Los facultativos no  pudieron hacer nada por él. Falleció en medio de su delirio.
Al no tener familiares, sus cosas fueron repartidas a un asilo de ancianos cercano. La computadora fue allí recibida con mucha expectativa,  pero la desilusión fue mayúscula cuando se percataron de que a causa de algún desperfecto que los técnicos no pudieron identificar, en su pantalla,  por más que se manipularan los controles, solo aparecía un portal de juegos y un  tablero de ajedrez. La administración reflexionó sin embargo en que incluso en ese estado el aparato tal vez  podía ser útil como entretención para algunos de los residentes más lúcidos que pasaban las horas sin hacer nada.  

Lo que no pudieron explicarse nunca fue el porqué de esa febril afición que se desarrolló en varios de los ancianos por jugar con la computadora. Un secreto que ellos se llevaban a la tumba. 

Leonor Fernández Riva
Santiago de Cali, octubre 19 de 2013


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