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domingo, 21 de septiembre de 2014

LA HORA NONA




La hora nona
 Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.  Carl Sagan


Aunque el  tiempo  es un referente que en el Olimpo  carece de  significado,  hace  ya buen rato  una atmósfera de preocupación   ronda   los   ámbitos celestiales. Y no es para menos.  La existencia de los conflictivos e impredecibles  habitantes de aquel   pequeño  planeta azul, casi invisible  en el espacio,  parece estarse aproximando a su fin.   Las expectativas respecto a su futuro y a su  supervivencia no son para nada  halagüeñas.  Su ambición, unida  a su ingenio y a su   innegable talento   han  logrado trastocar las aparentemente invencibles leyes  que rigen a  la naturaleza, ensuciar el espacio que  rodea  su planeta y conducirlos  de manera precoz a su extinción. 

 Zeus y una  variopinta  lista de dioses menores,  que  en  su inveterado imaginario han introducido los humanos  a sus creencias a lo largo del tiempo,  se encuentran reunidos en asamblea extraordinaria  a fin de analizar la delicada situación. 

La evolución,  por medio de la cual el ser humano  llegaría a alcanzar las más elevadas fases del pensamiento y del espíritu, está a punto de truncarse. El asunto reviste pues,  suma importancia. 

Para la mayor parte de los habitantes celestiales resulta  inexplicable el  gran interés que ha concitado entre las autoridades del Olimpo ese insignificante planeta y sobre todo,  la sobrevivencia  de sus habitantes,  seres sin mayor atractivo físico y  a todas luces  mediocres, conflictivos y prepotentes.

Desconocen  que en  épocas pasadas  existió una relación emotiva y  romántica entre los pobladores  de un lugar de ese planeta  llamado Grecia y varias deidades menores del Olimpo; relación que  los involucró en complicadas  reyertas y amoríos. 

Y que, en siglos posteriores, fue crucificado y cubierto de escarnio por esos mismos pobladores, el más querido y cercano representante  del Ser Supremo lo que dio como resultado la perentoria prohibición de volver a tener con ellos en el futuro cualquier tipo de acercamiento.

Pero no solo los dioses están preocupados por los habitantes de aquel minúsculo planeta azul,  muchos de sus  antiguos pobladores, huéspedes ahora del Olimpo,  han conformado foros y  corrillos  en los que intercambian criterios  y opiniones acerca de la sobrevivencia o no  de su planeta de  origen.

–¿Qué piensas acerca de todo esto,  admirado filósofo?  –pregunta en determinado momento  Copérnico a Sócrates quien recostado en una nube observa el espacio con mirada lejana.

–¿Qué pienso? –pregunta a su vez  el filósofo a modo de contestación y  sin abandonar su  postura añade- Lo mismo que siempre he pensado: que la vida de todos los astros  y sus pobladores, está regida por realidades y leyes universales e inmutables. A la vista está, Nicolás,  que los habitantes de la Tierra no las han comprendido ni respetado.  Pero quiero aclararte que no me siento sin embargo capacitado para dar soluciones en este caso.  Hoy,  como antes,  solo sé que nada sé.

–Esa no deja de ser una posición cómoda, mi querido filósofo –replica Copérnico un tanto molesto,  y añade- pienso por el contrario, que sabemos mucho acerca de esta situación.  Las matemáticas son el alfabeto con el que se ha escrito el universo y por medio de ellas  podemos  obtener resultados completamente cuantificables. Los cálculos pueden decirnos ahora que tan viable es la vida en la Tierra.   Sin embargo, no quiero tampoco pecar de presuntuoso  pues no  olvido que yo mismo incurrí  en graves  errores cuando afirmé que nuestro sol  era el centro del universo. 

–¡Bien dicho! –interviene Newton quien ha estado escuchándolos pensativo mientras observa  las fuertes emanaciones de luz que emite un quásar cercano– Lo que sabemos amigos,  es apenas  una gota de agua, pero  lo que ignoramos es el océano. No debes culparte por tus errores, amigo Copérnico. En el momento en que hiciste aquellas afirmaciones, el universo  apenas si  empezaba a vislumbrarse.  Muchos hombres inteligentes  creyeron en ellas.  Tienes el mérito de haber empezado  a recorrer  un camino que todavía no termina.  

-–Un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él–anotó  Gandhi  quien se hallaba dedicado a meditar, sentado en posición de loto sobre  un promontorio de neutrinos .

–Completamente de acuerdo contigo, Mahatma,  –afirmó con énfasis Pasteur, palmeándole afectuosamente la espalda–  Pero si  bien el hombre ha cometido muchos errores y puesto en peligro no solo su existencia sino la de  su planeta, estoy también absolutamente convencido de que la ciencia y la paz triunfarán un día sobre la ignorancia y la guerra; que los pueblos de la tierra se unirán a la larga no para destruir sino para edificar ,

–Discrepo contigo, gran sabio blanco, la ambición obnubila la mente de los seres humanos.  –apuntó  Takanka Yotanka  (Toro Sentado). El hombre continúa creyendo que la tierra le pertenece  cuando es él quien pertenece a la tierra. Cercano parece estar ahora el día en que agotada la última gota de agua y muerto el último animal sobre la tierra, el hombre caerá en cuenta de que no puede comerse el dinero.  

–Cuánta razón tienes,  hombre de las praderas –intervino Borges emocionado, apartando por unos momentos su mirada  de las pléyades para mirar al jefe sioux   –Tus palabras son siempre sabias.  Pero pienso que no debemos ser tan pesimistas. A   mi parecer, el problema del hombre es su  falta de visión. Si pudiera ver realmente el universo que lo rodea,  tal vez lo entendería. 

-–Todos, de una u otra manera, hemos estado siempre  equivocados  –afirmó Víctor Hugo que hasta entonces había guardado un pensativo silencio – Durante mucho tiempo procuramos civilizar al hombre en su relación con el hombre, olvidando que había que civilizarlo también en su relación con la naturaleza y los otros seres vivientes.

–Eso, como bien sabes,  no es algo sencillo, amigo Hugo, el  ser humano es poseedor de un egoísmo sin límites. De manera incesante a lo largo de su vida  busca egoístamente  su felicidad, desconociendo  que el sufrimiento  es  la ley de la tierra  –intervino categórico  Dostoievski  quien se  había acercado al grupo interesado  en  escuchar las diferentes opiniones. 

–Difícil tema planteas, apreciado Fedor, el sufrimiento es algo muy difícil de  aceptar para los seres humanos  –apuntó Freud. 

–Eso ocurre porque el hombre ha perdido la conciencia de su origen  y ha olvidado que Dios es la presencia invisible que rige el universo, de allí surgen la mayor parte de sus problemas –anotó de nuevo Víctor Hugo. 

–Tienes razón admirado Víctor. Pero no puedes culpar al hombre de su escepticismo. El pensamiento es una de las pocas libertades de que aún  goza el ser humano.   Así  como a nadie se le puede forzar a que crea, a nadie se le puede forzar a que no crea – replicó Freud.

–¡Qué gran verdad!, amigo Freud -–asintió con entusiasmo  Hipatia  quien  escuchaba en silencio un tanto apartada del grupo mientras manipulaba con curiosidad un primitivo astrolabio– Debemos defender nuestro derecho a pensar porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar. 

–¡Amigos, amigos!  Nos hemos enfrascado en analizar el comportamiento del ser humano, pero lo cierto es que por los motivos expuestos  o por cualquier  otra circunstancia,   su supervivencia y la misma existencia del planeta en el que vive  están en  inminente peligro  —advirtió Copérnico que había escuchado a  todos con atención– Confieso, no obstante,  que no  puedo precisar hasta qué punto la ciencia haya sido cómplice de las transgresiones del hombre contra la naturaleza y contra el entorno del cual depende su existencia.

–Es muy grave lo que dices, amigo Copérnico,  porque entonces  nadie  podrá  impedir el desastre. Como bien sabes, es imposible detener el avance de la ciencia –sentenció Tesla con tono vibrante y concluyó–  No hay emoción más intensa para un científico o un  inventor que ver una de sus creaciones funcionando. Intentar detener el avance de la ciencia es como intentar detener un camión que corre sin frenos hacia un precipicio.

–Eso que dices es muy cierto,  Nikola  –afirmó Hipócrates quien había permanecido un tanto alejado del grupo -Pero ni  la sociedad, ni el hombre, ni ninguna otra cosa deben sobrepasar  los límites establecidos por la naturaleza.

 –¡Qué pensamiento tan  ingenuo! –exclamó  Nietzshe con ironía– El hombre nació para transgredir a la naturaleza. Eso está implícito en su misma esencia. Todo lo que se hace en su beneficio o en su desarrollo agrede a la naturaleza y al medio ambiente. Tú, por ejemplo, Pasteur, has causado con tus vacunas, un grave daño a la humanidad. Has impedido el libre curso de la sabia naturaleza que sabe poner freno a la desbocada reproducción  humana.  Has transgredido  el equilibrio biológico. 

–¡Qué locura! –replicó Pasteur, pero inmediatamente,  como cayendo en la cuenta de su falta de tino añadió–  Lo digo sin mala intensión amigo Frederich, pero es que tengo el firme convencimiento de que  he  hecho un gran bien a la humanidad al evitar  muchas muertes y mucho sufrimiento enfatizó entre sorprendido e indignado, uniéndose de nuevo a la conversación.

–Dirás, mejor que retrasaste muchas muertes,  amigo Pasteur –apuntó de nuevo  Niestzshe con un tanto de sarcasmo.

–Amigos, no les falta razón a uno y a otro –intervino Marie Curie conciliadora y luego, dirigiéndose a Pasteur añadió–  Querido Louis, Frederich tiene  en parte razón,   Déjame decirte que aunque recibí muchos premios y reconocimientos,  nunca me sentí por entero orgullosa de mis logros. Presa en  la  invencible adicción a la ciencia, minimicé las consecuencias y peligros de mis descubrimientos. Reconozco que siempre sentí más curiosidad por las ideas que por la gente.

–Amiga Marie, a ti como a muchos de nosotros, te impulsó la idea de contribuir al bienestar de la humanidad –dice Marx dirigiéndose a ella–  Ese es tú mérito. Lamentablemente, la manera cómo se presentan las cosas no siempre es la manera como son;  si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría.

Admirado Carl, nadie puede objetar tu preocupación por el bienestar de los seres humanos  –le dijo Aristóteles quien se ha acercado al grupo interesado en escuchar sus  pronunciamientos–  Pero en este momento son otras nuestras preocupaciones. El hombre ha permanecido hasta ahora en la cima de la pirámide depredadora. Él es el  mayor asesino sobre la Tierra. Estoy de acuerdo con Mahatma,  el depredador mata para sobrevivir, el hombre  en cambio es auto destructor.  Se ha convertido en voraz destructor de la fuente natural de su propia vida. Olvida que  las cosas en la naturaleza no están hechas por azar, que cada especie ocupa su lugar en la rueda de la vida, que cada una tiene un rol.

Víctor  Hugo que había estado retraído escuchando pensativo los diferentes planeamientos, interviene  con voz grave:

–Produce una inmensa tristeza observar  que la naturaleza habla sin que el  género humano escuche.  El hombre es en verdad autodestructivo. Ataca a la especie misma.

Darwin, interviene en ese momento para emitir su criterio:

–Amigos, como bien sabemos, nada iguala al hombre sobre la Tierra, es por ello que nadie puede detener su propia destrucción. Los dinosaurios. criaturas  más fuertes y grandes, tuvieron su supremacía en ese planeta, pero el tiempo se los llevó; tal parece que el hombre, más pequeño y débil, nada tiene que hacer en una tierra devastada por su constante depredación. No obstante, al pensar en la sobrevivencia de la especie humana debemos tener en cuenta que no es la más fuerte de las especies la que sobrevive ni tampoco la más inteligente. Sobrevive la más adaptable al cambio. Creo que el ser humano posee  esa característica. 

En ese momento, con el consiguiente sobresalto de todos los moradores del Olimpo, se produce en aquel diminuto y lejano punto azul la explosión de un artefacto nuclear. De inmediato se genera  una energía luminosa que puede ser vista a muchos miles de kilómetros de distancia a la vez que una nube de hongo de más de setenta kilómetros de altura se eleva en el espacio. Varios terremotos de más de 8 grados en la escala de Richter se suceden a continuación en diferentes lugares del mundo.

Cabizbajo, el corrillo se disuelve en silencio.


Leonor Fernández Riva
Santiago de Cali, septiembre de 2014



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    sábado, 30 de agosto de 2014

    El poder y la sabiduría




    El poder y la sabiduría


    Sentado en posición de loto en una esquina del templo, el viejo monje permanece estático con las manos cruzadas sobre el pecho y la actitud taciturna  y ausente. Su mente vaga y divaga por los brumosos vericuetos de la mente. De pronto, en medio de su meditación,  la visión  surge potente y vívida: el demonio en persona los visitará  esa noche. Un estremecimiento recorre su cuerpo. Aquel de quien han huido por  años está cerca. Sabe que su  presencia en aquel lugar prohibido y los textos salvados años ha del fuego serán su sentencia de muerte.  No teme por él, pero sí por los jóvenes monjes que  aún permanecen en el lugar. Consciente del peligro, los reúne y les apremia a salir del monasterio cuanto antes. Deben  huir a través de  la montaña  y llevar consigo los textos  sagrados que alcancen a recoger, pero deben tener cuidado, no pueden ser descubiertos con ellos. Solo él y el anciano portero permanecerán en el lugar. Ya no tienen  fuerzas para adentrarse por los escarpados senderos.  

    En el momento en que  el último monje  sale por la puerta trasera del monasterio se escuchan  fuertes golpes en la puerta de entrada.


    Li Su, el primer ministro del reino, aguarda  a la orilla del río con el ceño fruncido. Está preocupado. El emperador Qin Shi evidencia  desde hace varios meses un comportamiento inusual  rayano en la demencia. Los espíritus  de  su madre, de su padre, de  sus hermanos y de los innumerables seres a los que  ha quitado la vida,  no lo dejan en paz. La sangre derramada lo persigue. Sabe que es odiado. No se siente seguro en ninguna parte.  Sólo parece confiar en él.

    Desde hace varias semanas, custodiados por una numerosa escolta, han  emprendido un largo viaje por la provincia de Xi"an, a fin de observar la construcción de su  magnífico mausoleo y la disposición del ejército de guerreros que lo acompañará en su postrer periplo.  Solo unos pocos lo saben, pero los moldes de cada uno de esos soldados ha sido sacado de un cuerpo vivo; cientos de hombres jóvenes de su imperio han debido entregar su vida a ese propósito. La única forma de tener un ejército leal y real. Una obra grandiosa jamás ideada por otro ser humano. Una tumba que sin embargo,  Qin Shi confía no usará nunca.

    La caravana imperial cruza por pueblos famélicos arrasados por la hambruna. Los campos están abandonados. Miles  de campesinos  han sido  reclutados  para trabajar en las gigantescas obras imperiales.  


    —Mi señor, el sol se ha ocultado ya tras la montaña, es mejor que volvamos,  el frío de la playa no os conviene —sugiere Li Su al emperador haciendo una profunda reverencia. 

    —¡Qué sabes tú, primer ministro, lo que es bueno o malo para tu emperador!  —replica indignado Qin Shi, y añade perentorio— ¡No olvides nunca la distancia que nos separa! ¿Qué puede hacerme daño? Recuerda mi condición: ¡Soy inmortal!

    —Nunca lo olvido, gran señor. Sea pues tu voluntad.

    Al contrario de quienes rodean al emperador  que solo experimentan por él temor y aprensión,  Li Su le es fiel;  una lealtad que se ha conservado intacta a lo largo de los años, de las sangrientas guerras y de los innumerables  crímenes cometidos por Qin Shi desde aquel lejano día en que él, muy joven todavía, llegó al palacio a ofrecer sus servicios al niño de trece años que acababa de heredar  el poder. Pero Li Su no solo le es leal al emperador, lo admira. Qin She ha  logrado lo que nadie antes: unificar el imperio; doblegar a todos sus enemigos; acabar con los reinos tribales; levantar una muralla de protección nunca antes imaginada; unificar el idioma... Es, sin ninguna duda un mandatario excepcional.

    Desde hace un tiempo, sin embargo, Li Su percibe en él algo extraño, preocupante. El emperador  no tiene buen semblante, su salud no marcha bien. La piel de su cara, de sus manos y de sus pies luce traslúcida. En algunas partes  su piel se descama. Sufre de úlceras en la boca; se queja de tener en ella un sabor metálico. Padece sudoración profusa en las noches, agitación  y dificultad para respirar.

    Pero lo que  Li Su conceptúa más grave, es lo que le pasa a  su mente, que antes, siempre  avisada y alerta, está ahora perdida en la bruma pesada de los recuerdos. De continuo lo atormentan visiones del pasado,  y  deseos ilógicos, descabellados, como ese  de pescar con ballesta peces fantásticos a la orilla de río Bahe. Una imprudencia en su estado actual de salud.  Pero, ¿cómo decírselo sin que se apodere de él la furia? Li Su lo conoce y  se  guarda bien de contradecirlo. Qin Shi  no dudaría en emitir la orden de su ajusticiamiento si algo le incomodara. O hasta  de ajusticiarlo por su propia mano.

    Sin poder impedirlo, observa al emperador entrar en las aguas del río y eufórico, lanzar con su ballesta dardos a peces imaginarios que solo él ve. Los hombres de su escolta lo observan absortos. Li Su sabe que están desconcertados por el extraño comportamiento del emperador,  pero sabe también que  guardarán un respetuoso silencio. Emite un profundo suspiro y aguarda con paciencia,  sentado a la orilla del río,  a que el emperador agote su capricho. 

    Pero, esta vez no tiene que esperar mucho tiempo.  Algo inesperado ocurre de pronto: el emperador emite un grito de dolor, se lleva sus manos al vientre  y cae desgajado a las aguas del río. Profundamente alarmados, Li Su y  varios miembros de su escolta  llegan de inmediato  hasta  su lado y con suma delicadeza lo trasladan al carruaje. Está helado. Es preciso  buscar refugio en un lugar cercano;  no hay tiempo que perder. Imposible regresar a palacio. Están a muchas leguas de distancia. Y cerca,  es imposible hallar un lugar habitado. Por orden del propio emperador los alrededores del sitio  en el que se construye su tumba son sagrados; nadie debe habitarlos. Llenos de inquietud  los hombres de la escolta tratan  de encontrar un lugar adonde llevarlo.

    Uno de los guardias  avista  en lo alto de una ladera, semioculto por la vegetación, lo que parece ser un viejo monasterio.  Prestos, se encaminan hacia allá llevando en una angarilla al emperador que ya empieza a recobrarse. La caravana trepa difícilmente por una primitiva escalera de piedra que conduce a la cima. Sus monturas tropiezan entre las piedras. A medida que suben la montaña se hace más y más salvaje. Los precipicios cortan el camino, los torrentes brotan aquí y allá entre las rocas; la maleza crece tupida y gruesa. El musgo que cubre las piedras es suave y resbaladizo,  y salvo al medio, no tiene señales de pasos humanos, como si solo una o dos personas hubiesen transitado por ahí. Pese a tener  sus faroles encendidos, se guían sobre todo por  la luz de la luna. El sendero remata en un templo construido de piedra bruta apoyado junto al acantilado; un pequeño templo viejo y ruinoso cuyas puertas están cerradas.  Durante unos segundos uno de los escoltas permanece con el oído pegado a la puerta cerrada. No se escucha nada. Empieza entonces a golpear violentamente hasta que al fin la puerta se abre y  aparece el rostro rapado de un  viejo sacerdote.

    —¡Abre la puerta, anciano! —grita el guardia y su voz resuena dura y cortante en el apacible lugar.

    El sacerdote abre entonces un poco más la puerta y murmura con voz aflautada:

    —¿Acaso no hay posadas y casas de té en las aldeas? No somos sino una pobre comunidad formada por unos cuantos hombres que hemos abandonado el mundo y no disponemos sino de una miserable comida sin carne y agua.

    —¡Abre la puerta a tu señor, maldito anciano! - grita de nuevo el guarda.

    El emperador, recobrado sorpresivamente del vértigo experimentado momentos antes, baja de la angarilla, llega hasta la puerta y de un fuerte empujón hace rodar por el suelo al viejo sacerdote.  

    —¡Matadle!, —ordena perentorio a sus hombres  y en seguida, sin volver atrás la cabeza, se encamina con pasos ligeramente titubeantes  al interior del templo seguido por Li Su y varios de los miembros de la caravana que  tratan de iluminar con sus faroles su camino. Pasa por la gran sala donde están  dioses cuyos rostros ya han empezado a borrarse. El barniz dorado con el que algún día estuvieron recubiertos cae ahora sobre sus cuerpos de arcilla.  Son viejos al igual que el templo. Pero Quin Shi no les concede ni siquiera una mirada.

    Recorre las estancias vacías una por una hasta llegar a la biblioteca.  Allí, el anciano sacerdote,  sentado en posición de loto, aguarda sereno. En los anaqueles reposan todavía unos pocos textos que los jóvenes monjes no alcanzaron a llevar en su huida.

     —¡Levántate! —Ordena Qin Shi y  al ver que el sacerdote no lo hace lo increpa con furia.

    —¿ Acaso no sabes quién soy?

    —Alguien muy poderoso sin duda, señor. Presentí tu visita  —responde el sacerdote.

    —¿Y no sientes temor? ¡Vas a morir!

     —Lo sé, señor.  Falta ya muy poco para que mi espíritu encuentre el reposo

    —¿Acaso, no temes la muerte?

    —En absoluto, gran señor. Poco, muy poco me ha dado la vida como para temer perderla.

    —¿Y si pudieras vivir por siempre?

    —¡Qué gran tormento!

    —¿Qué crees que vas a encontrar a tu muerte?

    —Serenidad.

    —¿Sólo eso?

    —No necesito más.

    Mi señor —lo interrumpe, en ese momento Li Su,  que preocupado lo ha seguido hasta allí— debéis mudaros de ropa y calentaros. El tiempo está frío y vuestras ropas están todavía húmedas.¡Haced un fuego! —ordena enseguida a los hombres de la escolta— Quemad todo lo que pueda quemarse. Echad a la hoguera estos y todos los textos que encontréis.

    —Destruir el conocimiento será por siempre tu más grande pecado —sentencia el sacerdote, mirando al emperador,  y añade pensativo como hablando para sí mismo— aunque quizá,  ciertamente, algún día  alcances la inmortalidad. 

    —¿Sabes acaso que soy inmortal? –pregunta Qin Shi Huang, expectante.

    —No. No lo eres. Estás tan cerca de la muerte como yo, aunque  para vos, ella no sea atractiva.

    —¿Te atreves a afirmar que voy a morir?

    -Sí, gran señor. De hecho ya casi eres un cadáver.

    -¿Cómo te atreves? ¡Maldito emisario de las sombras! ¡Vete pues a ellas!

    Sin que Li Su se atreva  a impedirlo, Qin Shi en medio de un paroxismo de furia repentina saca su espada y de un solo tajo cercena la cabeza del viejo sacerdote.

    La Luna se ha ocultado detrás de las nubes y las sombras cubren por completo la noche. El viejo monasterio parece dormir. El silencio es sobrecogedor. Al abrigo del fuego, custodiado por Li Su y por su escolta,  el emperador duerme con un sueño pesado semejante a la muerte. Li Su se acerca a él varias veces en la noche para constatar que aún respira.  


    Antes  de caer dormido, el emperador  ha ingerido, como cada noche, la pastilla de mercurio líquido, que según cree, le otorgará la inmortalidad. Qin Shi Huang anhela vivir por siempre.

     Leonor Fernández Riva

    Agosto 30 de 2014
    Escaleras de acceso a los templos de marmol

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