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domingo, 12 de septiembre de 2010

Mate al abuelo



Mate al abuelo

Leonor Fernández Riva

La empleada diría después que lo vio muy temprano encaminarse como de costumbre con paso lento pero firme hacia su cuarto de estudio y que únicamente se inquietó al escuchar la detonación; que creyó que era un rayo y que solo un poco más tarde, cuando fue a llamarlo para el desayuno, se percató de lo que había sucedido.

Melba, la hija, manifestó por su parte que no notó nada raro en él; que se despidieron como siempre, con mucho afecto.

El niño no dejaba de preguntarle angustiado a su madre:

“¿Fue por mi, mamá? ¿Porque le di dos veces mate?”



El doctor Eliseo Arciniegas de la Fuente, prominente académico en goce de merecida jubilación, termina su frugal desayuno. Erguido, con paso que quiere ser decidido y firme pero que no alcanza a encubrir una leve cojera producto de una molesta artrosis, se encamina a su estudio. Desde hace un tiempo sus piernas han empezado a rebelarse. Cada día el dolor descubre nuevos caminos en su cuerpo. “¡Qué difícil resulta envejecer!”, murmura con rabia. Ingresa a la habitación, ajusta ligeramente la puerta y se dirige hasta su escritorio. Esto hace parte ya de su cotidianidad. Al pasar junto al espejo colocado a la entrada de la habitación observa fugazmente su imagen. Los almanaques han sido inexorables: un hombre enjuto, de cabello ralo y semi canoso, rostro perfilado surcado de arrugas, ojos que se empequeñecen bajo los párpados y nariz aguileña que con el tiempo se ha vuelto más pronunciada, le devuelve la mirada. No es un rostro agradable. “¡Qué poco queda ya de mi lejana juventud! Esto de ahora es solo una caricatura del pasado”, masculla entre dientes.

Su pensamiento viaja indetenible al pasado. En aquellos lejanos días su fotografía aparecía habitualmente en las páginas de sociedad tanto de revistas como de periódicos. Era, como suele decirse, un hombre bien plantado. “¡Qué ascendiente tan grande tenía en ese entonces sobre las mujeres!”, exclama con una sonrisa irónica. Sabe sin embargo que todo eso es ya historia, que su simpatía, y su distinción se fueron esfumando al paso del tiempo. Es consciente de que una hostilidad, un desencanto que no puede disimular, trasmiten ahora a su rostro una desagradable expresión. Pero no puede evitarlo.

Los largos años de docencia en la universidad le proporcionaron muchos halagos y alguna notoriedad en los medios académicos, pero el descanso obligado de que “disfruta” desde hace ya más de quince años y esa especie de destierro social a que lo tiene sujeto su jubilación lo han sumido en una vergonzosa inutilidad. Su retiro profesional fue seguido al poco tiempo por un involuntario retiro de la vida social. 


Por una invencible prevención no se sintió capaz de adentrarse en el aprendizaje de las nuevas tecnologías; le parecía que de no llegar a dominarlas se convertiría en el hazmerreír hasta de sus alumnos. Poco a poco sus conocimientos académicos se fueron anquilosando. Paulatinamente, los círculos intelectuales y científicos lo fueron relegando al olvido.

 Ahora, en estas jornadas de descanso forzado a que lo han llevado los años, horas enteras durante las cuales se encierra en su estudio desde muy temprano para, según todos creen,  "escribir sorprendentes ensayos, realizar investigaciones académicas o leer los títulos más comentados del momento", su principal labor es solo rememorar. El tiempo se le va observando una y otra vez las fotografías, cartas, felicitaciones y tarjetas que desde la pared o desde sus rancios archivos avalan lo que fue su vida profesional, sentimental y social. Levanta la cabeza moviéndola con gesto de indecible desencanto:

“No te hagas ilusiones, Eliseo Arciniegas, todo eso pertenece ya al pasado. Hoy te encuentras frente al espejo implacable  de la vida y lo que ves reflejado en él no es agradable”.

Como si fuera una película su vida, sus errores desfilan inmisericordes en su recuerdo. La imagen encantadora de Rosaura el día de su boda vuelve fugazmente a su mente. “Pudimos haber sido felices pero ni siquiera lo intenté. La humillé a través de los años con desaires y aventuras pasajeras y como es lógico ella al final buscó refugio a su soledad entre amigas y obras sociales. Nuestro matrimonio es ahora solo de apariencia. ¡Hasta dormimos en cuartos separados! ¡Y mi familia! Los relegué siempre por atender compromisos y ahora me tratan con un respeto indiferente y distante".

“¡Todos han aprendido a vivir sin mí!”, exclama en voz alta y añade con gesto sombrío: “Pero, si nada de esto me importó nunca ¿por qué ahora me duele tanto?”

Sentado frente a su escritorio observa a través del vidrio que lo cubre,  fotografías de pasadas reuniones. Muchos de quienes allí aparecen han muerto ya. Sus más cercanos amigos han partido y otros se encuentran en un estado lamentable. “No es casualidad que de un tiempo a esta parte solo sea invitado a velorios y cremaciones”. Un gesto sarcástico se dibuja en su cara: “Las crónicas de sociedad me han olvidado pero seguramente mi imagen volverá a hacer presencia entre los obituarios notables cuando llegue el momento”.

“¡Hice tantas cosas mal! ¡Y dejé de hacer tantas otras! ¿En qué momento extravié el camino?”, se cuestiona cruelmente Eliseo Arciniegas mirando al vacío. “¿Será que todavía hay algo que justifique mi presencia? No. No lo hay,  se responde a sí mismo moviendo la cabeza con gesto de desaliento. “¡Y de repeso esto!”, exclama en alta voz a la vez que abre con su llave uno de los cajones del escritorio. Allí junto a un envoltorio de terciopelo está un sobre. Lo abre y lee con detenimiento el documento. “Ya sabía yo que no era solo mi imaginación. Los exámenes lo confirman. Esto es algo irreversible y progresivo. Pero aquí está la solución. Todo, antes que la lástima, dice frunciendo los labios mientras toma la bolsa de terciopelo y examina despacio su contenido.

En ese instante como una exhalación, un niño penetra al cuarto. Es Cheo, de solo nueve años, el más pequeño de sus nietos. Rápido envuelve el arma y cierra de nuevo el cajón.

-Abuelo, ¿qué haces? ¿Estás trabajando, abuelo?

-¡No entres así, Cheo! –prorrumpe indignado, pero al ver la carita compungida del niño añade con ternura –: No, mijito, no estoy trabajando, pero tengo algo muy importante que hacer.

-Pero abuelo, puedes hacerlo más tarde. ¡Juguemos al ajedrez, abuelo! Ya verás cómo ahora sí te gano. ¡Ya aprendí otra jugada!

Eliseo Arciniegas, el prestante académico, duda por un momento. Alza los hombros como diciendo “qué más da” y moviendo la cabeza en señal de afirmación acaricia la cabeza de su nieto.

-Está bien, Cheo, pero tienes que prometerme que si yo gano dejarás que continúe haciendo mi trabajo.

-¡Sí, sí, abuelito! Pero si yo te gano volverás a jugar conmigo mañana. ¿Hecho?

-Hecho.

Con habilidad e indudable entusiasmo el pequeño saca el tablero y acomoda las fichas.

-A mí me tocan las blancas, abuelo - dice, ventajoso.

El abuelo asiente con una sonrisa huérfana de alegría.

A pesar de sus pocos años, Cheo ha aprendido a jugar. Mueve con inteligencia sus fichas y coloca estratégicamente su reina. El abuelo, abstraído en sus pensamientos no se da cuenta de la jugada clásica y entre sorprendido y avergonzado recibe de su nieto el mate pastor.

-¡Te gané, abuelo! ¡Otra, otra! ¡Juguemos otra, abuelo!

“Imposible negarse –piensa Eliseo Arciniegas. – Los niños te manipulan para conseguir siempre lo que les gusta, ¡y les gustan tantas cosas! ¡Qué diferentes a los viejos, que ya desandamos los caminos del deseo y empezamos a recorrer los de la apatía y la rendición!”

Esta vez la partida demora un poco más. Eliseo no desea ganarle a su nieto. Pero con sorpresa ve que no necesita ayudarlo. Después de las jugadas iniciales Cheo ubica a su reina al costado del rey negro; con picardía permite que su abuelo elimine varias de sus valiosas fichas y luego, entre el alfil y su reina vuelve a propinarle un fulminante mate.

¡Te gané, abuelito! ¡Te gané otra vez! -exclama el niño con alegría y ese timbre de orgullo que el viejo sabe,  es su legado.

En ese momento entra al cuarto Melba, su hija y madre de Cheo, con el rostro alterado.

¡Cheo!, ¿qué haces aquí? – le pregunta entre sorprendida y disgustada, a su hijo y agrega mirando a su padre -: ¿Te ha importunado, papá?

-Para nada, hija. Estaba jugando ajedrez con él.

-¡Ah! Bueno, pero ya nos vamos. Despídete de tu abuelo, Cheo – manifiesta ella, con gesto de apremio pero al observar la desilusión en los ojos de su padre añade: -No puedo asegurarlo, papá, pero de pronto venimos mañana.

- ¡Tenemos que venir, mamá! –replica Cheo con autoridad y volviéndose a su abuelo agrega-: ¡Acuérdate, abuelo. Mañana volveremos a jugar!

Eliseo Arciniegas abraza en silencio a su nieto con un resto de ternura que todavía conserva en su marchito corazón y  recibe de despedida el beso distante e indiferente de su hija. El pequeño rayo de luz que le deparó la presencia estimulante de Cheo se disipa ante la frialdad  de la  hija.

Esa fue una noche más larga y oscura que de costumbre. Una noche de insomnio en la que se disiparon las dudas y los pensamientos se volvieron decisiones. Una noche que dio paso a una mañana fría y brumosa.

Una mañana trágica para la familia del prestante académico don Eliseo Arciniegas de la Fuente.






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sábado, 11 de septiembre de 2010

Érase una vez...





Sí, amigos, érase una vez un escritor... 

Un hombre joven de aspecto agradable pero taciturno y meláncolico cuya existencia transcurría prácticamente invisible para los habitantes del populoso barrio en que vivía. Las horas libres que le dejaba su trabajo (no me preguntéis en qué trabajaba porque ni yo lo sé) las pasaba sentado frente a su escritorio borroneando páginas y páginas que luego transcribía a un viejo computador que por la ausencia forzada de internet solo le servía como máquina de escribir y como archivo de sus escritos.


Este hombre joven de aspecto melancólico tenía muchas, muchas historias en la cabeza y su único deseo era volcarlas al papel, verlas escritas. Sí. Por raro que pueda parecernos este hombre joven y melancólico  no tenía amigos ni novia y no encontraba tampoco como otros jóvenes placer en las cosas amables de la vida. Su único afán, su único anhelo era escribir; escribir día y noche. Y lo hacía con admirable empeño en el pequeño cuarto que alquilaba en una muy modesta y congestionada casa de familia situada en un retirado barrio de la populosa ciudad.  Estaba rodeado de miseria y de necesidad pero nada de eso le importaba porque él tenía una ferviente llama en su corazón, algo que llenaba toda su vida: sus escritos.

En cierta ocasión, al volver en la tarde de su trabajo (no me preguntéis de cuál porque ni yo misma lo sé)  observó caídas  en el suelo varias fracciones de la lotería. Pensó continuar su camino como si nada, pero en un  repentino impulso  se agachó a recogerlas.  Leyó la fecha. El sorteo se realizaría recién después de dos días.  La calle estaba solitaria y  no  se sintió en la necesidad de averiguar por el distraído dueño de los billetes. Con una sonrisa, no muy frecuente en él, los guardó en un bolsillo y se olvidó del asunto. Transcurrió una semana y un día sin proponérselo encontró en su bolsillo los dichosos billetes. Ya había pasado el sorteo. Esa tarde, al volver de su trabajo ( no me preguntéis de cual...)  se detuvo en un kiosko de revistas, venta de minutos y loterías  y preguntó a la dependiente  por los resultados de esa loteria en especial.  Con mirada amablemente ausente la joven le pasó el boletín.

¡No era posible! Como en un cuento de ciencia ficción el número ganador de la millonaria lotería correspondía al de sus billetes. Él numero bailaba ante sus ojos. Disimuló su alegría y a grandes pasos se dirigió s su vivienda.

Y sucedió que desde aquel día, aquel  joven escritor perdió de manera sorprendente su aspecto melancólico y apesadumbrado. Pero algo más sorprendente aun: ¡perdió también su inspiración y su deseo de escribir!

Y, ¡caiganse de espaldas! lo más extraordinario es que esta última circunstancia -terrible en otro momento de su vida- ya no tuvo ninguna importancia para el antes joven y melancólico escritor. Es más, la melancolía se esfumó como por arte de magia de su cara. Ahora era feliz, tenía mucho, mucho dinero y podía hacer muchas, muchas cosas.

Y aconteció que efectivamente, aquel joven feliz tuvo a partir de ese instante muchas, muchas cosas que hacer. Empezó por botar todos los chécheres que habían acompañado hasta entonces su frugal existencia. Entre ellos, claro, el viejo computador que fue recogido al día siguiente con gran alborozo por el reciclador del barrio en su habitual revista matinal. Y por supuesto, echó también al olvidó  el trabajo en el que había laborado durante largo  tiempo.

Y el antes melancólico escritor se mudó sin perder tiempo a una lujosa barriada; viajó; se enamoró,  y llevó de allí en adelante una vida  inútilmente burguesa.

Y ya más nunca volvió a escribir...




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La maldición de Monterroso








Cuando se despertó, el dinosauro aún estaba allí...
Augusto  Monterroso



No, no era un sueño. Aquel brontosaurio gigantesco lo estaba observando. La mirada de aquella colosal criatura reflejaba similar perplejidad a la de él. Algo en ella sin embargo, le era familiar. Y, cosa rara, no sentía temor.
Pero por más que lo intentaba no lograba recordar nada. Sabía solamente que en algún momento su vida se cruzó con la de aquel gigante. ¿Dónde estaban? Miró a su alrededor. Había despertado junto al tronco de un árbol seco. Nada le era conocido.

El paisaje era desolador; el horizonte, negro. Insondable. Su vista se perdía en la nada. De pronto le acometieron unas ganas terribles de volver a dormir. Y entonces, por un brevísimo instante, tuvo conciencia de su destino. Sí. Ese era el sino que le había deparado su creador: seguir y seguir por siempre durmiendo y despertándose, en una cadena incesante a través del tiempo.

Leonor Fernández Riva

Mayo de 2010





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