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sábado, 22 de octubre de 2011

Intrascendentemente cotidiano




Intrascendentemente cotidiano
Leonor Fernández Riva

El prestigioso ejecutivo, se levanta titubeante de la mesa,  no sin antes apurar hasta el fondo el último trago de aguardiente.

-¡Qué berrrraquera de rumba, negrita! ¡Vámonoss, mamaciiita! Nos espera otra  muuucho mejor,  ¡mamita!- le dice  con voz gangosa haciendo un trabajoso guiño a su compañera, una chica joven y agraciada que también  acusa los efectos de la noche de juerga.

Abrazados y vacilantes salen de la discoteca y trastabillando se dirigen hacia el parqueadero.  Con los ojos entornados y la mano temblorosa el  hombre no acierta con la cerradura del auto.

-¡Maaaldita sea! ¡Deberían ponerle pelos a esto! – prorrumpe  procaz, luego de varios intentos fallidos.

El vigilante se acerca para ayudarlo. Una vez dentro del auto el ejecutivo le extiende un billete.

-Graciasss, hermaano… Aquí le colaboro con el desayuuno.

- Gracias, doctor, pero,  ¿no cree usted que sería mejor tomarse un tinto y descansar un poco?

-¡No, nooo! ¡Estoy biennn, hermano! Demasiado bien.

-Si usted lo dice, doctor. Pero tenga cuidado,  váyase por la sombrita.

El prestigioso ejecutivo ya no lo escucha.  Con los ojos entornados y la mente nublada ha partido hacia su destino a gran velocidad.

A algunas cuadras de la discoteca una luz se enciende en una humilde vivienda. El maíz ha hervido desde la medianoche.  La mujer toma con el cucharón un grano y lo deshace entre los dedos índice y pulgar. Sí. Ya está a punto. A pesar del frío de la madrugada se quita el pañolón que la cubre. La incomoda cuando se pone a moler.  Trata de no hacer ruido. Su hijo todavía  duerme, ¡Bendita juventud!  Ya  para ella no existen levantadas tarde,  tiene un despertador en el cerebro que no le permite mantener los ojos cerrados después de las cuatro de la mañana. Se detiene un momento en la puerta y contempla complacida su sueño.  "¡Qué bonita está la cobija que  le compré con lo que me quedó este mes después de vender las arepas. ¡Y abrigadita! ". 

No puede quejarse. Le está yendo bien.  Sí.  Ya vende más de cincuenta arepas entre la mañana y la tarde. Dios es bueno.

Despacio, procurando no hacer ruido,  sale del cuarto y ajusta un poco la puerta. Su casa, como ella la llama con  orgullo, la componen  dos cuartos y un baño. En uno está la imprescindible estufa a gas, un lavaplatos, una mesa a manera de mesón, otra pequeña, varios bancos,  y   por el suelo cajas llenas de loza y comestibles. El otro es el dormitorio donde duerme junto a su hijo. Procura  tener todo en orden pero no es fácil. ¿Por qué será que las cosas de  los pobres son tan aparatosas? No tiene dónde esconder el desorden. Pero esa no es cosa que le quite el sueño. Para ella, los días son demasiado atareados como para pensar en pendejadas.  Lo importante es comer cada día,   pagar el arriendo,  la cuenta de luz y de gas y sobre todo comprar maíz para hacer sus arepas.

Afuera está todavía muy oscuro. Toma la masa de maíz, le añade un poco de queso  desmenuzado y con gran habilidad empieza a hacer las arepas que va colocando en una palangana separadas una a una con  un trozo de plástico. Este día ha preparado un poco más. Empaca todo cuidadosamente y cuando ya tiene todo listo se envuelve en su pañolón  y  se apresta a salir con su equipaje de sueños.

Una voz la llama desde el cuarto:
-¡Mamá! ¿ ya se irá a ir? ¡No salga tan temprano,  que es peligroso!

- Iván, mijito, no grite tanto que  ya sabe cómo son los vecinos de jodidos. No se preocupe, mijo que  a esta hora la policía siempre ronda por  aquí.   Ahí le dejo su arepita; cuando se levante la asa.  El tinto está en el termo.

-Ya, ya, cucha, pero tenga cuidado. Nunca se sabe.

-Y usted también, mijo. Por ahí anda mucho dañado. Tenga cuidado con sus celulares que están robando mucho.

-Sí, ma, pero los buenos; los míos son de combate, de minutos.

-Bueno, mijito, que Dios me lo bendiga. Me apuro porque si no se me escapan los que siempre me compran  a esta hora.

Al salir el viento frío de la madrugada la hace estremecer. Pero no tiene tiempo que perder. Aprisa, se encamina  hacia su esquina con la pesada  carga de arepas a su espalda y en sus manos el termo de tinto.

Cruza,  apurada,  la calle. Un automóvil se acerca  a gran velocidad. No lo ve.

Jairo, el periodista de la página roja del periódico local, toma un tinto mientras fuma despacio un cigarrillo. Cada día las noticias de policía atraen menos lectores. La gente se ha acostumbrado al olor de la sangre y ya no se sorprende por nada. El jefe de redacción ya le ha llamado varias veces la atención; tiene que ponerle picante a su página. ¿Pero cómo? Hoy solo tiene los rutinarios ataques de la guerrilla con su carga de soldados y policías muertos, las habituales violaciones y maltratos infantiles,  el atropellamiento de una humilde mujer ocasionado por un borracho y la muerte de un joven vendedor de minutos a mano de un raponero. ¿Qué puede hacer él con noticias tan intrancendentes y cotidianas?

Octubre 22 de 2011


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jueves, 8 de septiembre de 2011

La cita fallida



La cita fallida

Leonor Fernández Riva

Se levantó temprano y arregló prolija el apartamento. Quería que todo estuviera ordenado, bonito.  Fue luego hasta el mercado para comprar los ingredientes del plato que quería prepararle.  Al regreso, con lo poco que le quedaba de dinero, compró flores.

Guisó con esmero.  El tiempo corría aprisa. Ya eran las dos de la tarde. ¡Faltaban solo tres horas para que llegara! Se bañó despacio, acariciando sensualmente su cuerpo. Lavó su cabello y lo frotó con esencia de sándalo para tenerlo fragante.  Estaba ansiosa. Aquel hombre  había tenido la virtud de despertar de nuevo en ella un anhelo que ya creía perdido para siempre. 

  Y empezó a correr el tiempo: las tres, las cuatro, las cinco de la tarde. Algo pasaba. No llegaba, no llamaba. Se negaba a creer  que  eso le estuviera pasando de nuevo. Lo llamó al celular, pero su llamada pasaba a buzón. Angustiada, le  dejó un mensaje. Cuando ya eran las 5 y media  de la tarde volvió a llamarlo.  Nada. La espera se le hacía eterna. No sabía qué hacer. Prendía el equipo de sonido,  lo apagaba. Acudía a la cocina, se aplicaba de nuevo perfume, se veía en el espejo.Y  llegaron  las ocho de la noche. 


Y entonces supo que ya no vendría. 

Una sensación de impotencia la embargó. Había planificado cada minuto de ese día pero como había sucedido siempre  en su vida muchas cosas escapaban a su control.

En su  mente empezó a asociar ausencias y  disculpas. La  decepción, la sensación de burla fueron esta vez  más brutales.  Sintió que todo se desdibujaba a su alrededor. Aquella noche repicó en el alma de Stephanie la última hora de la paciencia. Con  paso vacilante salió a la calle y caminó hasta  el viejo puente.  

Permaneció allí largo rato, flotando entre los vientos cortantes de la vida y de la muerte. Para morir le faltaba esa decisión total, indispensable de una desesperación sin ventanas. Para seguir viviendo carecía de voluntad y de esperanza. Las luces sobre el agua le hacían guiños amistosos. Solo la detenía el temor, el infantil temor de las aguas heladas. Su carne triste se estremecía ante la sensación de ese contacto que ella no había experimentado jamás. Cerró los ojos, tenía que hacerlo.

Una mano robusta la detuvo casi en el aire cuando ya el débil cuerpo se vencía sobre la borda. Oyó su propio grito ahogado antes de caer en un vacío tibio y espeso como hecho de su propia sangre.

Se despierta ahora sobre un lecho mullido, tonificada por unas gotas de aguardiente. Entreabre los párpados débilmente. Sobre la mesa de noche humea una sopa caliente. Frente a ella, un hombre de aspecto vigoroso la contempla. Su conciencia se pierde en un mar de sombras confusas.  Los sorbos cálidos a los que se mezcla el calor tibio del aguardiente, reconfortan su voluntad de muerte. Sabe que ha fallado. Una voz obsesiva resuena  entonces  en su alma: "Otra vez será... otra vez será...otra vez será...".

El sol empieza  a ponerse con su luz crepuscular. Desde la pequeña ventana de su alcoba, una mujer madura contempla pensativa la noche que llega  con su profundidad transparente.  La luna, con su difuso resplandor,  envuelve con su  redonda placidez los perfiles agudos de los tejados. A lo lejos maúllan los gatos noctámbulos persiguiéndose por las pizarras inclinadas. El susurro del río llega hasta ella transportado por  el acústico silencio de la noche. Imperceptiblemente,   vuelve a ella el recuerdo lejano  de una quimera de muerte voluntaria que la cotidianidad absorbente y primaria de la vida dejó atrás.


Sus ojos recorren la estancia rincón por rincón, objeto por objeto. La oscuridad y el silencio gravitan en su alma como una densa nube. Del subsuelo de los recuerdos  se elevan como volutas de incensario, pecaminosas sugestiones de otros días.




La respiración fatigosa del hombre dormido  la hace volver a la realidad. Toda su vida está ahora arraigada a  ese ser que hace ya tantos años al salvarla de la muerte, la amarró a su vida.



Nunca volvió a intentarlo. Una temblorosa cobardía se arremolinó en su alma al paso de los días.  El peso absorbente de la vida con su carga de  sentimientos, de hechos triviales, dolorosos y rutinarios triunfó sobre el deseo de morir. Con pasmosa lucidez, percibe ahora que la cotidianidad de una existencia no siempre feliz ni gratificante le ha devuelto sin embargo, el deseo de vivir. Que ya más nunca por voluntad propia volverá a intentarlo. Que aquella fue solamente una quimera de juventud;  una cita fallida con la muerte. Que esta vez, y para siempre,  le ha dicho sí de forma incondicional a la vida.