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sábado, 6 de abril de 2013

El hijo único




No fue para nada fácil convencer de las bondades del hijo único a una población educada en el convencimiento de que la felicidad dependía en gran parte de tener una familia numerosa. Pero tal fue la propaganda y la divulgación que se dio en el país asiático a este nuevo concepto de familia y tan duras las represalias impartidas por el gobierno entre quienes no se ajustaban a la nueva reglamentación, que tener dos o más hijos, fue visto poco a poco como un estigma; algo similar a la reproducción indiscriminada de las bestias. Un solo hijo era tenido en cambio como síntoma de inteligencia y patriotismo.

No obstante, y como lo saben muy bien quienes  alguna vez intentaron atropellar las reglas de la naturaleza, es casi imposible transgredirlas impunemente. Luego de varias décadas el gobierno del país asiático se dio cuenta de que algo no marchaba bien. No se había reparado al dictar tan drásticas medidas, en las consecuencias que traerían, ni en sus efectos en el largo plazo.

 Al paso de los años empezaron a notarse cambios sorprendentes en la hasta entonces conservadora sociedad. En un país en donde el Estado no lograba cumplir con eficiencia la pensión de jubilación y donde por tradición el deber de ocuparse de sus progenitores en su ancianidad correspondía al hijo varón, la alternativa de tener una hija única empezó a verse como un lastre, algo no deseado. 

Poco a poco, los abortos, la muerte de niñas recién nacidas y los fetos femeninos abandonados desaprensivamente en las calles, empezaron a formar parte de la cotidianidad y hasta de la aceptación general.

Así las cosas, al poco tiempo de implantadas las medidas poblacionales, el nacimiento de varones empezó a superar con creces al de mujeres. Un mundo de hombres sin la esperanza de compañía femenina empezó a conformarse. Millones de niños varones nacían con un futuro sentimental incierto.

Pero no fue este el único resultado de las nuevas normas. Otro fenómeno empezó a incubarse de forma gradual en la aparentemente bien estructurada sociedad asiática. Al tiempo que la población joven disminuía, la población anciana, por efecto de la nutrición y los modernos medicamentos, iba tornándose más numerosa y longeva.

Los hijos únicos tendrían que ocuparse de sus ancianos padres y en algunos casos, de los de su esposa, por muchos, muchos años. Una carga pesada.

Liu Chin, un destacado abogado, acendrado defensor de las medidas para el control de la natalidad había observado siempre con mirada obsecuente y pragmática los cambios que a través del tiempo se iban generando en la sociedad.

 Así como de un momento a otro empezaron a verse abandonados en las calles los fetos de niñas a las que nadie quería, así también, en los parques y calles de todas las ciudades empezó a volverse frecuente encontrar cadáveres de ancianos abandonados, cuya muerte el gobierno atribuía a causas naturales o a las inclemencias del clima. Las salas de velación, por su parte, se mantenían congestionadas con los funerales de decenas y decenas de personas ancianas. Entierros singulares en los que se evidenciaba en el semblante de los hijos cierta expresión de contentamiento y alivio.


Como muchos otros, Liu Chin sabía que algo oscuro y horripilante se escondía tras la muerte de tantos progenitores ancianos, pero su criterio pragmático de hombre de leyes lo llevaba ser muy analítico y hasta a justificar lo que con la aprobación tácita del gobierno estaba ocurriendo. Era evidente que este tipo de circunstancias se daba con preferencia en las clases más bajas de la población, las más afectadas con las particularidades de los nuevos tiempos. “Las leyes de la sobrevivencia son duras e inevitables”, pensaba, “es inútil tratar de oponerse a sus designios”.

Viudo, desde hacía ya diez años, y próximo a jubilarse, imaginaba, con algo parecido a la ilusión, que ya pronto cumpliría aquel deseo que siempre había postergado: convertirse en pintor. Bajo su hermética escafandra de abogado, en Liu Chin alentaba un artista. Admirador profundo de Li Tai Po, imaginaba sus futuros lienzos a manera de iluminados e inspiradores haikus similares a los del gran poeta. 

 Sí. Ya lo tenía decidido, se dedicaría a pintar.

 Cuando luego de unos años llegó su retiró, debió mudarse al pequeño apartamento de su hijo quien vivía junto a su esposa y su pequeño hijo único. Se vio forzado a tomar esa medida ante la inminencia de su nueva y precaria situación económica. Ya no tendría un ingreso significativo que le permitiera hacer frente a sus gastos.

Cambiarse al apartamento de su hijo no mejoró desde luego, su calidad de vida ni la de su familia. En el reducido espacio de la vivienda no había lugar para la intimidad. Se daba cuenta que debido a su presencia muchas veces la pareja no podía expresarse libremente acerca de algún tema. Las miradas entre su hijo y su esposa, eran elocuentes. Consciente de que era él quien había venido a invadir el espacio de la familia, procuraba ser discreto y liviano.

Cada mañana cuando su hijo y su esposa salían para el trabajo, y su nieto único era recogido por el bus del colegio, Liu Chin se dirigía al parque cercano y allí daba rienda suelta a su deseo de dibujar la naturaleza. Esos momentos de solaz le gratificaban de la incómoda situación doméstica.

 Algo sin embargo, lo tenía preocupado. Su salud en los últimos tiempos había tenido serios quebrantos. La afición a fumar que había conservado hasta hacía poco tiempo, había afectado sus pulmones. Un carraspeo continuo y molesto le acompañaba todo el día y en ocasiones sufría verdaderos accesos de tos que le dejaban sin respiración. Cuando eso ocurría en la mesa del comedor, Liu Chin percibía la expresión de repugnancia en las caras de su único hijo y de su nuera. Pero lo que más le molestaba y disminuía su calidad de vida eran sus piernas; se habían vuelto pesadas, como de plomo. Le costaba mucho caminar; ya no podía como antes dar largos paseos, se agitaba, perdía el aliento.

 Una noche, Liu Chin Hiu, su hijo, le comunicó que el próximo fin de semana, con motivo de su cumpleaños número setenta, acudirían hasta la hermosa playa de Beihai, conocida como "la playa de plata. Ese sería su regalo.

Beihai, resultó ser en verdad un lugar idílico de playas cubiertas por palmeras; kilómetros y kilómetros de arena blanca que parecían perderse en el horizonte. Después de mucho tiempo, Liu Chin por fin experimentaba algo parecido a la felicidad. Alistó sus pinceles y se dispuso a plasmar en el lienzo el deslumbrador paisaje. Fueron dos días realmente placenteros. Ya sin la presión del reducido espacio de la vivienda, la familia compartió alegremente el descanso en medio de la naturaleza.

El último día del viaje, Liu Chin Hiu, su hijo alquiló una pequeña lancha para trasladarse hasta un islote cercano. El mar estaba un tanto picado pero eso no pareció inquietarlo. Liu Chin no opuso reparos; disfrutaba cada momento. Ya en alta mar, se detuvieron un momento para observar y fotografiar un bello y sorprendente cardumen de peces voladores que parecía seguir a la lancha. Ominosamente varios rayos atronaron a lo lejos.  Liu Chin, sintió un estremecimiento y expresó a su hijo la conveniencia de volver.

Este se quedó observándolo por unos momentos y luego llegó hasta él. ¿Fue solo su imaginación o en los ojos de su hijo, vio Liu Chin reflejado algo parecido al odio?

Ante el fuerte empujón, Liu Chin cayó aparatosamente al agua. Desesperado porque no sabía nadar, intento pedir auxilio pero al ver la expresión decidida en el rostro de su hijo supo que era inútil hacerlo y guardó silencio.

 La lancha en la que viajaban su hijo único, su nieto único y su única nuera se alejaba ya en medio de las olas hacia la playa lejana.




Leonor María Fernández Riva






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sábado, 16 de marzo de 2013

SEGUNDO



Segundo

Leonor Fernández Riva

 Cuando,  después de  revisar una y otra vez los planos, obtener  la aprobación de un préstamo para vivienda ante una entidad financiera,  y  concluir   los engorrosos  trámites en  el municipio de Quito, Ecuador, mi esposo y yo   nos dispusimos a    iniciar la construcción de nuestra casa,  no imaginábamos la serie de dificultades, disgustos y sobresaltos  que este proyecto traería a nuestras vidas. Ignoraba todavía que el premonitorio: "¡Construirás! ", es una de las peores maldiciones gitanas. En esos primeros instantes,  y como sucede cuando se empieza a recorrer un camino  nuevo por el que siempre hemos anhelado transitar,   todo era expectación y alegría. Al fin tendríamos nuestra casa. Una casa a nuestro gusto,  con una amplia sala; qué digo con una sala, con varias salas,    un comedor  y una cocina amplísimos,  estudio, salón de estar, varias alcobas  con sus respectivos baños,  cuarto de empleadas, bodega, patio, jardín,  terraza.

Había espacio para todo; el terreno era muy grande y permitía dar rienda suelta a la imaginación. El único límite era el económico.  Pero estábamos dispuestos a realizar  nuestro mejor esfuerzo.  Queríamos una casa grande.  Nuestras  hijas eran todavía pequeñas y   hacia el futuro avizorábamos   una vida poblada  de compromisos, invitaciones, primeras comuniones, grados, matrimonios... Por aquellos días, inmersa en una espiral materialista,  creía sinceramente que la consecución de ese tipo de logros deparaba  por sí solo la felicidad.

 Así las cosas, cuando todo estuvo a punto, se dio  inicio a la obra.  Toda una aventura, pero una aventura costosa que era necesario  controlar. Voluntariamente me impuse   la tarea de ir   diariamente a supervisar los trabajos.  La cuadrilla de albañiles, contratada por el ingeniero responsable y subordinada al capataz de la obra, estaba conformada en su mayor parte por indígenas. Hombres de baja estatura, delgados pero   musculosos, de semblantes inescrutables, piel color tierra y ojos huidizos que esquivaban siempre la mirada directa.  Resguardada del viento, del frío o del implacable sol  quiteño bajo las hojas de zinc de la guachimanía -una elemental enramada levantada en el terreno para depositar los materiales de construcción-,  observaba absorta su  duro y constante trajinar. 

El  aspecto  enteco de  aquellos hombres  ocultaba, sin embargo, una gran fortaleza. A fuer  de pico y de pala nivelaron  en pocos días un terreno ondulado de tierra apisonada,  dura como la piedra.  Aparentemente incansables,  acarreaban desde la madrugada hasta bien entrada la tarde  en medio de la inclemencia del clima,  bulto tras bulto  de cemento, de arena, de cascajo. Día por día fueron tendiendo los cimientos, levantando columnas, fundiendo losas. Al igual que aquella  tierra maciza y pedregosa, ellos también  parecían   estar hechos de roca.  Me  preguntaba de dónde sacarían la fuerza para realizar tan pesados trabajo;  si  no sentirían  como yo,  que solo me limitaba a  contemplarlos desde lejos,  sentada en un rústico banco, frío, calor, hambre, sed, cansancio... Oriunda de otro país  y criada en un ambiente distanciado años luz de aquellos seres, ignoraba todo acerca de las duras condiciones de vida de los indígenas y,  sobre todo,  que ese estoicismo rayano en la insensibilidad física  era  una característica  casi que inherente a su misma idiosincrasia.  Una condición seguramente privativa de su raza,  pero adherida a su piel  a través de siglos de  sometimiento y  atropello. 



Al mediodía tomaban un descanso de una hora. Unos pocos cocinaban algo en elementales y peligrosos reverberos de gasolina pero la mayoría  acudía a la tienda de abarrotes más cercana y allí compraban pan y gaseosa. Ese era su almuerzo.  Algunas veces pasaba por el lugar una vendedora  de papas con cuero, maíz tostado con fritada de cerdo  o alguna otra delicia criolla y entonces  todos, incluida yo,  acudíamos  presurosos a hacerle el gasto.  


Tal como ocurre en el devenir de todas las construcciones, nosotros también  debimos   hacer frente a muchos imprevistos. Al poco tiempo de iniciados los trabajos, nos disgustamos   con el ingeniero  responsable de la obra  por causa de    los altos y no justificados costos en materiales y tuvimos  que  contratar otro profesional; luego,   un albañil se rompió la cabeza al caer de un andamio y no obstante debimos agradecer a Dios porque aquel percance muy bien pudo ser fatal; en otro momento  nos dimos cuenta de que nos estaban robando materiales y nos tocó  despedir a varios de los obreros con el consiguiente disgusto y retraso de la obra.  Pero en medio de todos estos incidentes  el tiempo pasaba y  nuestra casa   tomaba forma.  Un día la construcción llegó   al punto que suele denominarse "obra negra".  A  partir de ahí  se requería  mano de obra  calificada y  prescindimos de la mayoría de albañiles que habían trabajado en ella hasta ese momento. 

 Empero, uno de los peones más humildes, un indígena   llamado Segundo, de edad indefinida ( ¿50? ¿60?)  que realizaba  los trabajos más pesados y que a mi llamado acudía siempre con  un respetuoso:  "mande  patruncita", siguió con nosotros.  Segundo se mantenía siempre ocupado; acarreaba  ladrillos y materiales,  paleaba arena y cemento,  colaboraba animoso  en todas las tareas.  Nunca protestaba, nunca se le veía cansado. Poco a poco, según avanzaban los trabajos, sus compañeros   se fueron  marchando.  La construcción entró entonces en su etapa final. Se concluyeron los terminados de  los baños, se puso la madera en el techo y en el piso, se instaló la luz eléctrica, se colocaron los closets, puertas y muebles de la cocina. Y un buen día,  cuando nuestra  casa estuvo lista para ser habitada,  nos trasladamos a ella con la consiguiente emoción y   alegría. 

 Por  esas cosas de la vida, aunque ya la construcción había terminado, Segundo siguió con nosotros. Había  todavía  muchos pequeños trabajos en los que él podía ocuparse:  botar  escombros, organizar el patio, limpiar restos de cemento de las baldosas, sembrar plantas en el jardín... Segundo era  muy útil y muy, muy respetuoso y servicial.  Su presencia no se sentía, dormía en el cuarto de empleadas que por aquellos días no tenía doliente y se había convertido en  bodega de materiales sobrantes. Cuando todos los demás obreros se fueron, continuó con nosotros bajo las mismas condiciones en  que había trabajado hasta ese momento. Durante la semana se preparaba  él mismo sus alimentos en un pequeño reverbero de gasolina y el sábado,  de madrugada,  se marchaba hasta su pueblo,  situado en medio del páramo. Se  esforzaba por   sernos útil de muchas maneras. Al oír el claxón del carro de mi esposo, acudía sin demora  a abrirle la puerta del garaje, le lavaba el carro,  barría el andén de la entrada, arreglaba y removía las plantas y  me hacía pequeños mandados. Aliviado  al realizar esas sencillas tareas, él,  que siempre había trabajado tan duro, procuraba prolongar de una u otra manera su estadía entre nosotros.   Pero  llegó un día en que prácticamente ya no tuvo nada útil que hacer y   el trabajo para Segundo también se terminó.   Aunque su jornal era muy reducido, no podíamos darnos el lujo de seguirlo teniendo y tuvimos que despedirlo. Se fue tan anónimamente como había llegado,  pues a  pesar de que nos había acompañado durante muchos meses no  conocíamos  nada de su vida.  Nunca me interesé por conocerla. No sabía si tenía familia, esposa, hijos. Y menos, qué sería de su vida de ahí en adelante.
A causa tal vez de esa especie de laxitud espiritual en la que transcurre muchas veces la vida de quienes  nos hemos visto más favorecidos por la fortuna, nunca experimenté el deseo de involucrarme en la vida ni en el futuro de aquel ser modesto  cuya existencia  se había cruzado con la nuestra por esas cosas del destino.  Y así, un buen día, previa  una pequeña indemnización,  lo dejamos partir.

Y la vida siguió su curso. Y  tal como lo habíamos avizorado al iniciar la construcción de nuestra casa tiempo atrás,  muchos acontecimientos fueron sucediéndose  a través de la vida,  alegres, muy alegres unos,  tristes, muy tristes,  otros.  Y al impulso de estos últimos mi corazón fue emergiendo  de su insensible crisálida.  Un día,  el recuerdo de  Segundo, aquel humilde indígena que tan sumisamente nos había servido, volvió vívido  a mi mente. ¿Por qué, me pregunté,  no tuve más sentido humanitario con aquel ser sufrido y humilde?  ¿Cómo pude ser tan insensible que lo dejé seguir preparándose  su comida en vez de compartirle la nuestra?   ¿ Dónde estaba en aquellos días mi sentimiento de caridad y de amor al prójimo?  Imperioso, surgió entonces    el deseo de volver a verlo, de reparar en algo aquella  insensibilidad de años pasados. De seguro estaría ya viejo o enfermo. Tal vez,  podría ayudarle económicamente, expresarle mi agradecimiento.

Con inmensa ilusión, un día armé con mi esposo y mis hijas un paseo hasta aquel poblado de la sierra del que sabía era originario.  Solo conocía su nombre: Segundo Quiscpe y el nombre del poblado en el que vivía.   Después de muchas vueltas por la cordillera y de adentrarnos por un camino de herradura llegamos a la   aldea aquella.  Apenas unas cuantas chozas de bareque con tejas de barro cocido. Unos pocos  manchones de verde sobresalían en medio de la abrumadora  aridez del lugar. Un viento helado proveniente del páramo cercano levantaba remolinos de polvo en  los áridos  sembrados de quinua.  No se veía gente, solo una indígena   pastoreaba  unas  ovejas.  La abordé ansiosa y le pregunté  si conocía a Segundo Quiscpe. 

Se quedó mirándome durante unos segundos y luego me preguntó a su vez:
 –¿ Para qué lo necesitas, patruna? 

–Segundo trabajó con nosotros hace unos años y quisiera volver a verlo para saludarlo - le dije y  añadí: ¿ Es su pariente? 

–Todos semos aquí parientes, patruncita  -dijo en tono  apenas audible.
–¿Podría decirme cómo hago para verlo?  -le pregunté.

  No contestó, pero con un gesto de su mano  me invitó  a seguirla.
En silencio me condujo hasta una choza cercana, detrás de la cual estaba el pequeño camposanto.

Y sí, allí,   en una  tumba sencilla   y  sobre una tosca losa enlucida de un color que alguna vez fue blanco  estaba escrito su nombre, Segundo Quiscpe. Supe entonces su edad.  Tenía solamente cincuenta años al morir. Yo lo creía mucho más viejo. 

–¿Podría decirme de qué murió?  -pregunté a la mujer.  
–Del corazón, patruncita. 
No pregunté más.  Con la impotencia que se siente ante lo imposible, supe entonces que ya nunca podría reparar el pasado; que el recuerdo  de aquel ser humilde cuya miseria  ignoré me seguiría acompañando por siempre.

Caía la tarde. El viento frío del páramo flagelaba las tunas y frailejones. Una espesa neblina empezaba a cubrirlo todo.¿Cómo podían vivir seres humanos en medio de tanta desolación?  Busqué refugio en el auto y con el corazón oprimido me dispuse a retornar a Quito.

 Luego de unos kilómetros de recorrido, mi hija mayor rompió el pesado silencio  en el que nos habíamos sumido para preguntarme:

  "Mami,  ¿por qué son tan tristes los indígenas?"


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