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sábado, 17 de mayo de 2014

La elegida


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La elegida

Mientras organiza la ropa y los efectos personales en la alcoba  de don Josué,  Faisuri  piensa con infinita tristeza en todo lo que con él se va.  Al lado suyo y de doña Alitsa,  transcurrió la mayor parte de su existencia.  Ya prácticamente no tiene  recuerdos de su vida anterior. ¿Qué será de ella ahora?

Más de treinta años atrás, procedente de una pequeña población colombiana, y recomendada por una amiga de la familia, Faisury  llegó al hogar  de los Liberman para trabajar  en los quehaceres domésticos.  Le hubiera gustado continuar estudiando,  realizar un oficio diferente, pero las precarias condiciones económicas de su madre,  cabeza de familia,  con cinco bocas más para alimentar,  no le dejaron otra opción que la de empezar  de inmediato  a ganarse su sustento.

Durante la mayor parte de su vida los esposos Liberman vivieron en  Londres, ciudad en la que  disfrutaban de una vida confortable y tranquila. Descendientes directos de los  judíos  establecidos en Inglaterra desde los inicios del cristianismo, gozaban allá de gran consideración y respeto, pero al empezar las escaramuzas que condujeron a la Primera Guerra Mundial, Josué Liberman presintió que el mundo en el que habían vivido colapsaría y  tomó  entonces la  decisión de  marcharse a vivir  a Suramérica.  No  auguraba un  feliz desenlace para ese conflicto.

Realizaron el viaje en barco pues deseaban llevar consigo sus más preciadas pertenencias. Su destino era Argentina,  pero al pasar por Colombia, se enamoraron de sus paisajes, de la manera de ser de su gente, de la tranquilidad provinciana que se disfrutaba en la capital, y sobre todo, de su clima, similar al de los veranos de la capital inglesa. Y así, una estadía que pensaban sería solo temporal, se convirtió en definitiva.

A Faisury,  todo en su nuevo destino le resultó diferente: las costumbres, la forma de saludar,  de orar,  de comer de sus patronos;  la manera de realizar los oficios domésticos; el idioma en el que conversaban los esposos cuando estaban solos; la decoración y disposición de la lujosa vivienda;  los alimentos, las celebraciones.

 Gracias a su juventud, se adaptó sin embargo en poco tiempo a las nuevas circunstancias: aprendió  a  limpiar a la perfección la inmensa residencia, a recibir invitados importantes, a arreglar jarrones de flores, poner la mesa  y decorar la casa,  atender comidas de etiqueta, mantener cuidado y florido con la ayuda del jardinero el hermoso jardín  y   preparar los delicados y deliciosos platos de las comidas tradicionales judías. Pero, sobre todo, a emocionarse con sus fiestas y celebraciones a respetar las creencias  religiosas de sus patrones y a admirar su inteligencia, su cultura y su moral.

En los primeros años  de su estancia junto a los Liberman viajaba  todas las  vacaciones a su tierra natal a visitar a su madre, pero  cuando esta falleció, sus visitas  se fueron espaciando y llegó un momento en que  ya para ella resultó   mucho más placentero acompañar a sus patrones en sus paseos. 
  
El tiempo fue  transcurriendo en medio de una  existencia  rutinaria  y ajena, es cierto,  pero a la vez segura y agradable. Cuando Faisury  se vino a dar cuenta, los años habían pasado y con ellos la posibilidad de lograr una relación sentimental duradera.  Ese aspecto de su vida, era sin embargo, algo que nunca la había preocupado. Poco a poco aquella pareja de ancianos se había convertido en su familia.  En aquella casa respiraba una paz,  una tranquilidad tal,  como  no había experimentado en ninguna otra parte. 

Desde un principio Faisury  supo que la sala y el comedor, eran los lugares más importantes de aquella casa  En ellos, sus amos exhibían antigüedades y esculturas muy valiosas.  En las estanterías y encima de mesitas y gabinetes había candelabros y  hermosas piezas de cristal, de plata, de bronce y de oro.  Una de sus más gratas labores consistía en limpiarlas y  sacarles brillo. Un  trabajo que debía realizar  con gran prolijidad  pues aquellas  eran piezas muy apreciadas por sus patronos. Dejarlas caer hubiera sido un sacrilegio.

Pero no todos los adornos podían ser objeto de sus cuidados. Dentro de una estantería del comedor que siempre permanecía bajo llave,  había una preciosa  colección de copas antiguas de cristal, de plata y de bronce. Le estaba terminante  prohibido  abrir aquella estantería y mucho menos, tratar de limpiar los cristales que en ella se guardaban. Solo podían ser manipulados  por Josué Liberman su patrón, por nadie más, ni siquiera por su esposa. Era ese un legado de  familia sumamente valioso que debía permanecer  siempre bajo llave.

Ocurrió sin embargo que en cierta ocasión en la que sus amos habían salido a una visita y  se encontraba sacudiendo los muebles y adornos del comedor, Faisury cayó en la cuenta, con la consiguiente  sorpresa, de que la puerta de la  vitrina en  la que se guardaban las preciosas copas estaba entreabierta.  Tenía muy presente la prohibición que de manera tan tajante  le había hecho don Josué, cuando ingresó a trabajar en su casa,  pero  no pudo evitar la tentación de abrir la puerta del estante y observar aquellas preciosas copas de cerca.  Una de ellas,  en especial, si bien, no la más bella, la atraía sobremanera.  Parecía ser de plata y  madera, y muy antigua. Cerró los ojos y se atrevió a tocarla con suavidad  como acariciando la piel de un recién nacido. Una indecible sensación la envolvió entonces. Fue como si su  alma volara en ese momento muy lejos hasta un lugar de fantasía donde todo era felicidad. No sabía exactamente qué le pasaba, nunca se había sentido así. Una inmensa paz se había apoderado de ella. 

Presa de esa sensación maravillosa deseó prolongarla indefinidamente, pero pasados unos minutos y  haciendo un gran esfuerzo, reaccionó, volvió a ajustar la puerta de la vitrina y continuó realizando sus oficios. Aquella sensación inexplicable y maravillosa la acompañaría sin embargo  de allí en adelante.  Para ella fue ya preciso  observar cada día aunque fuera a través del cristal aquella copa preciosa.  Al hacerlo, aquella paz que había experimentado al tocarla, la inundaba de nuevo.

Pero los años no pasan en balde.  Doña Alitsa, algo mayor que su esposo, enfermó del corazón y al paso de los días fue languideciendo y debilitándose.  Don Josué se dedicó  entonces por completo a cuidarla. En muy pocas ocasiones recibían ya amigos en su casa y cuando lo hacían, se trataba de  amigos muy íntimos con los  cuales por lo general  hablaban en inglés.  Faisury había aprendido a querer a su patrona como a una madre y la atendió con inmenso cariño y dedicación  hasta su  muerte que fue serena y apacible.  

Después del fallecimiento de doña Alitsa, la existencia de don Josué se tornó  aun más reservada y solitaria. Solía pasar largas horas en el jardín y en el comedor  con la mirada fija en algo que solo él veía.  A veces, al arreglar su alcoba, Faisury se extrañaba al observar sobre su mesa de noche un ejemplar de la Biblia Cristiana.

Una  tarde,  don Josué pidió a Faisury que lo acompañara al comedor. Una vez allí, se sentó frente a la vitrina en la que guardaba su colección de copas antiguas.  

—Siéntate Faisu —le dijo en la forma cariñosa en la que se habían acostumbrado a llamarla él y su esposa —hace días deseaba hablarte y creo que no debo postergar más esta conversación.

—Me asusta, don Josué, ¿he cometido alguna falta?

—En lo absoluto, querida hija. Todo lo contrario. Has vivido junto a nosotros más de treinta años. Entraste muy jovencita a trabajar en esta casa y aunque llegaste como empleada, día por día con tu lealtad y cariño te ganaste nuestro corazón  y te convertiste para Aritsa y para mí en la hija que nunca tuvimos. Antes de morir, ella  me encargó que velara por tu seguridad. Pienso que  fuimos egoístas al no preocuparnos porque formaras tu propio hogar. Cosas de viejos, ¡perdónanos! 

–Me avergüenza usted, don Josué. No tengo nada que perdonarles, al contrario, en mi corazón solo hay motivos de agradecimiento.  He sido muy feliz junto a ustedes, aquí  nada me ha hecho falta –lo interrumpió Faisury, conmovida.

–De todo corazón espero que eso sea verdad, hija.  Como has podido ver, en esta casa se respira una gran paz, una especie de felicidad que flota en el ambiente. Ahora sé que estamos bendecidos por una presencia protectora; algo  que yo antes no  percibía y menos, creía, pero que de pronto se me ha hecho evidente. El dolor inmenso que sentí al perder a mi querida esposa, ha podido ser más llevadero por esa circunstancia. Pero la extraño y deseo reunirme  con ella. Es lo que más ansío.

–No piense en eso, don Josué. Usted está sano y puede vivir  muchos años todavía. Eso es lo que le ruego a Dios, lo que más anhelo.

–No me desees eso, querida Faisu, llega un momento en la vida que esta  te hostiga y ya nada te causa ilusión. Quiero que sepas que tanto Aritsa como yo siempre quisimos dejarte protegida cuando llegara nuestra ausencia.  Eso es lo que he hecho.  No tenemos herederos ni parientes cercanos. He donado esta casa a una fundación, pero he adquirido un apartamento, pequeño muy agradable y sobre todo, muy seguro,  para ti. En esta inmensa casa te sentirías muy sola.  No tendrás que preocuparte por tu futuro porque recibirás una excelente pensión. Nuestras cosas, por supuesto,  son todas tuyas. 

–Don Josué, no me hablé de eso, me va a hacer llorar.

–Debemos, ser realistas, querida Faisu. Pero no era solo  de eso de lo que quería hablarte. A lo largo de los años  te he observado. Sé que sigues fielmente los preceptos de tu religión. Eres una persona de muy buen corazón, has continuado ayudando a tu familia y tienes un alma limpia. Yo heredé las creencias de mis antepasados hebreos y las he seguido fielmente, pero  hubo uno entre ellos que  profesó tu fe. Alguien que conoció en vida a quien tu veneras. De eso ha pasado mucho, mucho tiempo. No acierto a precisar por qué, pero en esta última etapa de mi vida he sentido el intenso deseo de conocer a tu Dios. He estado leyendo sus parábolas y estoy sorprendido por la  sabiduría incomparable que encierran sus palabras, por su amor, por la bondad y misericordia de su mensaje –guardó silencio por unos segundos y luego continuó  –De generación en generación,  desde ese lejano  pariente del siglo primero,  recibí un legado que he conservado como mi mayor tesoro a lo largo del tiempo. Muchas personas lo han ambicionado sin sospechar siquiera que yo lo custodiaba. Buscaban algo mucho más deslumbrante. Quiero que tú lo conserves ahora. –se levantó de la silla y señalando la estantería, le dijo extendiéndole las llaves:


– Abre esa vitrina, Faisu 

–Pppero…  pero usted siempre me advirtió que no lo hiciera, don Josué.

–Ahora te pido que lo hagas.

Faisury,   temblaba al introducir la llave. Una vez abierta la vitrina don Josué volvió a hablarle.

–Sé que siempre te ha atraído lo que hay en esta vitrina.  Son muy bellas estas copas, ¿verdad?, pero dime, ¿cuál de ellas te atrae más?

– ¡Esa, don Josué! –la exclamación salió espontánea de su corazón. Ansiaba  volver a tocarla, volver a sentir esa sensación incomparable.

– Has elegido bien, querida hija. No es esa la más bella, ni la más fina, es solo una copa de plata y madera,  pero es la que tiene mayor valor. Quiero que sepas que tal vez en ella tomó vino un día aquel a quien tú veneras. Muchas personas la han buscado infructuosamente a lo largo de la historia. Nadie sin embargo pensó que alguien tan anónimo como yo pudiera  poseerla.  Pero un tesoro así resulta  una carga muy pesada cuando se va a realizar un viaje como el que yo voy a emprender. Debo estar ligero de equipaje.  Algún día pensé en donar mi tesoro a una iglesia cristiana, pero nunca conocí a nadie digno de tenerla. La convertirían en un negocio como todo lo demás.  He preferido dejarla en custodia de  alguien limpio de corazón como tú. Creo, querida hija,  que esa es la voluntad de Dios. 

¿Pppuedo tocarla, don Josué?

—Puedes. Es tuya ahora. Desde este momento tú serás su guardiana. Recuerda siempre que no  debe caer en malas manos. 

A partir de esa tarde los acontecimientos se sucedieron de manera vertiginosa. Ante la angustia de Faisury, que le veía gradualmente apartarse de la vida, don Josué fue debilitándose día por día.  Prácticamente dejó de comer, nada le apetecía.  Sin embargo, y a pesar de su  evidente debilidad, su cara reflejaba una gran paz, una inmensa felicidad.  El médico que siempre le había atendido y que  a instancias de Faisury, le visitaba todos los días,  debió obedecer el pedido de don Josué de no ser llevado a un hospital, deseaba permanecer en su casa.  Pidió que a su muerte  se cumplieran sus últimos  deseos:  debería  ser cremado y luego, sus cenizas depositadas  junto a su querida Aritsa bajo un árbol del jardín. 

Ahora, allí, en la alcoba de don Josué, luego de su fallecimiento, Faisury organiza su ropa y sus objetos personales mientras  piensa con pesadumbre en toda esa vida llena de pequeños recuerdos que con su partida ha quedado atrás. Sabe sin embargo, que  debe ser fuerte y seguir adelante. Muchas cosas requieren ahora de su atención.  Deberá ocuparse de donar la ropa de don  Josué a un asilo, seleccionar unos pocos muebles y adornos para llevar a su nuevo apartamento y vender todo lo demás. Pero por sobre todo, encontrar  en su nuevo hogar  un lugar digno y seguro para  su más precioso legado.  

"Pero, ¿cómo fue que llamó, don Josué a mi preciosa copa", piensa de pronto Faisury deteniendo su labor por un momento, "¿Santo Grial ?  Sí, creo que ese  fue el extraño nombre que don Josué pronunció al ponerla en mis manos. ¡Qué nombre tan raro!  La llamaré: "Elegida", porque la elegí desde el primer momento que la vi. Sí, creo que ese nombre le va mejor, piensa con alegría,  mientras imagina lo bella que se verá con unas flores sobre la mesita de su alcoba. Y a pesar de la pesadumbre que la embarga,  una profunda sonrisa se dibuja en su rostro.



Leonor Fernández Riva

Santiago de Cali, Mayo  18 de 2014


Jesus en la ultima cena

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    sábado, 26 de abril de 2014

    Pablo, el carretillero





    Las lágrimas  se deslizaban incontenibles  por las mejillas de Pablo, el carretillero,  mientras saboreaba el jugoso bistec. Comía despacio, como si fuera un rito. La carne estaba realmente  deliciosa. Hacía tiempo no saboreaba algo tan rico, pero  eso solo aumentaba su tristeza.  Una  gran pesadumbre   lo embargaba. Aquel había sido el día más aciago de su vida.

    Los pensamientos se agolpaban en su mente. “Traté inútilmente de resistirme a mi destino, reflexionó,  pero este siempre nos alcanza".

    Había vivido durante muchos años de una  actividad que ahora era ya parte de su pasado. La ciudad había cambiado.  La urbe moderna de hoy era  muy diferente a la  que él alguna vez recorrió feliz  en compañía de su padre cuando aún era muy niño. Los frondosos bosques nativos  surcados por caminos de herradura a través de los cuales durante tantos años  transitó con su carreta cargada de leña  se convirtieron con el tiempo en modernas avenidas y lujosas urbanizaciones que  engulleron  sin piedad  todos los espacios verdes que encontraron a su paso.   

    Con el oficio de los carretilleros pasó como con tantos otros que fueron perdiéndose ante las nuevas alternativas. Cuando los bosques  fueron terminándose,  otras  fuentes de calor empezaron a utilizarse. La leña dejó entonces  de ser necesaria. Todo el mundo tenía estufa de  petróleo, de gas o eléctrica y hasta en las chimeneas  de los hogares empezaron a utilizarse  decorativos leños artificiales que no  causaban  hollín ni  suciedad. 

    Sin la leña, que fue durante años la razón de ser de su oficio, el trabajo de Pablo se tornó difícil y agobiante. Empezaron a contratarlo para llevar desechos de construcciones, basura, trasteos menesterosos.  Muchos carretilleros  al ver la evolución que iba sufriendo la ciudad abandonaron  el oficio y se dedicaron  a otras labores que tenían  más demanda y mejores ingresos. Pablo, por el contrario,  se aferró a su oficio.

     A veces en medio de la noche y presa del  inmisericorde  insomnio que con los años  había venido a hacerle compañía,  la mente  de Pablo se solazaba en recordar días más felices  en los cuales parecía que con ese elemental medio de transporte heredado de su padre, podría vivir y ser feliz.

    Alguna vez en su infancia escuchó un cuento en el que se narraba la historia de un rey  con mucho poder y riqueza que sin embargo sufría una tristeza invencible. Los sabios de su reino  diagnosticaron que para su mal solo había una cura: la camisa del hombre feliz. Pero cuando luego de recorrer todo el reino, los funcionarios enviados a buscar ese hombre creyeron encontrarlo en un apartado lugar, se dieron cuenta impotentes de que el hombre feliz no tenía camisa.  Ese cuento sencillo escuchado en su infancia, lo marcó.

    Amaba  la secreta  belleza escondida en la frugalidad, en la vida sencilla y apartada. Como el personaje del cuento, él era también un hombre  sin ambiciones; un hombre feliz. Creía  a pie juntillas que una vida simple podía deparar no solo su  felicidad sino también la de la mujer que quisiera unir su vida a la suya.  Grave error. La mujer que creyó lo acompañaría por siempre y que se unió a él  cuando aún era muy  joven,  lo abandonó al poco tiempo  ante el panorama sombrío de una vida sin mayores expectativas.  Pablo no  se amargó ni se frustró ante ese hecho. Entendió  que por  su forma de vivir no era un buen prospecto para ninguna mujer. Pero no intentó cambiar, amaba su libertad y no se sentía capaz  de renunciar a ella y a su manera de vivir  solo por  una relación sentimental.  Nunca volvió a pensar en tener pareja.

    Lucy,  una potranca briosa y alegre, hija de Dalila, una yegua heredada de su padre, llegó a su vida veinticinco años antes.  Prácticamente acabo  de criarse al lado suyo pastando en los alrededores de su humilde vivienda.

    Descendiente de caballos criollos utilizados durante décadas para realizar trabajos pesados en los campos,  carecía en absoluto de pedigree,  pero tenía hermosa alzada, ojos negros vivaces  y vibrante energía. A sus vecinos les cayó bien desde el principio y hasta le permitían pastar en los terrenos aledaños a sus viviendas.  Cuando murió  la madre de Lucy, ésta ya se había convertido en una hermosa yegua poseedora de una gran fortaleza.

    Poco a poco Pablo  fue adaptándola a llevar su carreta. Una labor de paciencia que debió realizar con perseverancia a lo largo de varias semanas hasta cuando Lucy  dejó de rebelarse y corcovear y aceptó por fin su destino. Pero Pablo no deseaba hacerla sufrir. Necesitaba su ayuda para sobrevivir, para ejercer su oficio de carretillero, no para agotarla y explotarla.  Cuando en  ocasiones la carga  contratada resultaba muy pesada, prefería realizar varios viajes por el mismo precio antes que esforzarla al límite. Cada tarde al llegar de sus recorridos, Pablo retiraba con cuidado los arneses de la carreta y daba  un prolijo  masaje con cepillo a las crines de Lucy. Ese era el momento más feliz del día. 

    –Perdón, querida Lucy – le decía mientras la cepillaba  –Perdón amiga mía.  Sé que hoy te agotaste mucho, pero mañana tendremos un mejor día. Ya verás. 

    Lucy emitía  pequeños relinchos como indicando que entendía lo que su amo le decía

    Y pasaron los años.  Pablo  envejeció en medio de esa vida rústica, carente hasta de las más pequeñas comodidades.  Su vida era limitada y humilde,  pero él no necesitaba más. Muchas veces amanecía en la entrada de su vivienda  dormido al lado de su fiel colaboradora. La suya era una relación fraterna que se fue afianzando a lo largo de los años.  Muy temprano, al  amanecer de cada día iniciaban su jornada ocupándose de trasladar de un lugar a otro las cargas de quienes aún  contrataban sus servicios.  Cada día sin embargo, se hacía más difícil circular por las calles y avenidas en medio de la multitud de vehículos que transitaban por la ciudad. Algunos conductores mortificados al ver su paso dificultado por el lento transitar de la carreta  alzaban sus voces indignadas  para insultarlos. Pablo  trataba de hacer caso omiso de estos hechos que no obstante, iban poco a poco  enturbiando su antes plácida existencia.  Los años empezaban a pesarle y ya no se sentía con fuerzas para contestar las afrentas. Cada día le costaba más trabajo realizar su jornada. Aunque acababa exhausto siempre conservó la costumbre de cepillar cada tarde con cariño las crines y extremidades de su agotada yegua.

    Pero algo surgió un día  que cambiaría definitivamente su vida y la de los pocos carretilleros que como él ejercían todavía ese oficio: el gobierno prohibió que en adelante continuaran circulando por la ciudad carretas con tracción animal.  Él bien sabía que muchos abusos se cometían contra los pobres equinos encargados de transportar las carretas. Había seres sin  corazón que solo prestaban atención a las ganancias y se olvidaban de sus fieles colaboradores.  La ley no era mala, todo lo contrario.

    –Pero, ¿qué será de  nosotros, Lucy? ¿Qué será de mi? le preguntaba a su yegua mientras acariciaba sus crines. "Según he escuchado, te llevarán a un sitio donde dicen que te van a cuidar y a mi dizque me van a dar un vehículo para hacer mi trabajo. ¿Crees, amiga,  que a mis años podré empezar otra vida?" 

    Una zozobra que no había experimentado nunca se había apoderado de su espíritu. Aquella mañana se levantó temprano y después de colocar los envejecidos arneses a  Lucy se dispuso a acudir hasta un lugar cercano en el que le habían pedido transportar unos materiales de construcción. Ese tal vez sería su último trabajo. Sentía un extraño cansancio. 

    -Sé que tú debes sentirte tan cansada como yo, querida Lucy —le dijo acariciando su cuello con ternura  – Los dos ya  estamos viejos, pero tú  muy pronto descansaras, querida amiga. Irás a un campo donde serás feliz.  No tendrás que continuar llevando cargas ajenas.

    Lucy lanzó unos pequeños relinchos y se quedó mirándolo como diciéndole que sí, que lo entendía. 

    El día estaba  nublado. Hacía frío. Las calles estaban desiertas. Un ligero estremecimiento recorrió el cuerpo enjuto de Pablo; ya no soportaba bien el frío.  A medio camino sintió de pronto una gran desazón y un deseo imperioso  de volver, pero en el instante en que se disponía a hacerlo,  un vehículo apareció como de la nada a gran velocidad  estrellándose contra Lucy quien cayó al suelo con sus dos patas delanteras quebradas. 

    Pablo  también cayó al suelo, golpeándose fuertemente  la cabeza, pero eso no le impidió levantarse de inmediato  lleno de angustia. 

    —¿Qué te ha pasado, Lucy? ¿Qué te han hecho? —exclamó angustiado sin atinar qué hacer ante el espectáculo cruel de su yegua de rodillas en el suelo, bajo el peso de la carreta y  en medio de gran sufrimiento.

    Fue todo un drama. Uno de los policías que acudió a tomar nota del accidente debió terminar piadosamente  con el sufrimiento de la yegua pegándole un certero tiro en la cabeza. Un dolor inenarrable para Pablo. 

    —¿Qué hacemos ahora con su yegua? —le preguntó entonces el policía a Pablo.

    Este no tenía idea de qué responderle. No tenía cabeza para nada. 

    —Si no le parece mal la llevaremos al zoológico. Allí la necesitan, señor. Ya no puede usted hacer nada por ella. Es lo mejor créame. 

    Quiso resistirse, decir que no. Que él no podía dejar que eso le pasara a su amiga. Pero no sabía qué más podía hacer. Pidió que le dejaran ir hasta el zoológico, que quería ver el lugar adonde la llevaban. El último destino de su amiga.

    Y así lo hizo. Y fue allí donde sintió el anhelo de conservar en él algo de ella. Un deseo  que  brotó instantáneo, poderoso. 

    Ahora, allí en su vivienda, que ahora se ve más solitaria y humilde que nunca, Pablo saborea el grueso y jugoso bistec que acaba de prepararse. Las lágrimas  corren por sus mejillas.

    –Estás rica, Lucy, muy rica – Perdóname amiga, no sé por qué sentí el impulso de hacer esto, quería quedarme con algo de ti. 

    Una soga colocada estratégicamente del techo cuelga en la mitad del cuarto. Pablo la mira y hace un gesto de levantarse de la mesa para acudir hacia ella, pero un dolor intenso en el pecho se lo impide.

     Ya no tendrá que preocuparse por su vida.


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