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sábado, 21 de junio de 2014

Un río llamado Nostalgia




Un río llamado Nostalgia

 Cuando desciende la marea, el viejo Thor, desmantelado y corroído por el tiempo, se inclina sobre uno de sus costados. Protagonista de tantas historias, languidece  ahora durante días y días fondeado en el muelle. ¡Cuántos miles de millas náuticas  se acumularon en ese viejo cascarón! ¡Cuánta pesca se trajo a puerto en sus bodegas! ¡Cuántos pasajeros disfrutaron la travesía por el mágico río! Pero eso ya es historia.  La  vida a bordo es  ahora plana y sin alternativas. 

De los seis tripulantes que antaño lo custodiaron  solo quedan el capitán y un marinero, ambos curtidos por el sol de los trópicos. Aferrados sin embargo, a la esperanza de mejores días, al despuntar el alba, capitán y marinero emprenden su diaria y perseverante  faena. El agua corre entonces por los pasillos  y la cubierta de la añosa nave, los cepillos pulen el entarimado; se enarbolan los gallardetes diurnos y se arrean los de señales nocturnas, se revisan los instrumentos de navegación y se anota la fecha en la desgastada bitácora, en un patético intento por mantener  vigentes  las  cotidianas  actividades que dieron razón a su existencia.  Luego, capitán y marinero descienden hasta  las apagadas calderas  a contemplar con  melancolía los motores dormidos.

La inactividad forzosa ha ido corroyendo los músculos del hombre y los hierros del barco. El óxido y las epidemias han intoxicado por igual al uno y al otro. El capitán renquea con su tobillo hinchado. El barco, con marea o sin ella,  se inclina, cada vez más sobre la banda de estribor. Todo ha envejecido con fatal abandono. La pintura se ha  tornado amarillenta y deslucida; la corrosión se ha comido parte del hierro de la proa y de la popa;  los cordajes cuelgan como cortinas abandonadas en una casa vieja; los mástiles se inclinan, mordidos por la polilla,  y las lonas se pudren sin esperanza.

Al final de cada día el capitán, cruza el  andarivel de madera semi-podrida que conecta el muelle con la proa de  su embarcación y se interna por las tortuosas calles del puerto. En su puño apretado, humea larga pipa de brezo. El humo se deshila  lánguido y azulado en el aire velando su rostro sanguíneo y sus pupilas cambiantes.   Su caminata es siempre semejante e inalterable. Nada le es ajeno en el desamparado sitio. Atraviesa el malecón, bordea el mercado y concluye por acercarse a la taberna a beber sus cotidianos jarros de cerveza. Disciplinadamente, a lo largo de los años, bebe tres jarros de cerveza en la mañana y tres en la tarde, sin alterar jamás la dosis que se ha impuesto.

La taberna esa tarde se encuentra solitaria. En una mesa, tres parroquianos conversan  junto a una botella de licor  mientras en un rincón,  una pareja de enamorados se jura amor eterno. Todo allí tiene sabor a mar, a pasado.  En lo alto de una repisa  junto a un espejo de azogues escurridos que ya nada refleja,  un viejo galeón anclado se cubre de hollín y de polvo; en las paredes, estampas marinas  otrora multicolores, envejecen azuladas y desvaídas por el paso del tiempo.

 Retraído y ausente, el viejo capitán se sienta en la barra del bar y permanece de codos sobre el mostrador apurando su  jarro de cerveza rebosante de espuma: un jarro de porcelana decorado con evocador motivo bávaro: frente a los elevados picos de las montañas alpinas una rolliza campesina sonríe entre dos tiroleses.

 Igor,  el capitán del Thor, es nórdico. Simón, el viejo cantinero, de memoria borrada por los vientos, desconoce su origen. Ambos lucen en sus antebrazos desnudos sus mutuos tatuajes. Entre los dos hombres de mar se establece en cada encuentro un diálogo sin palabras. Se comunican en silencio.

Preocupado por la expresión ceñuda de su amigo,  Simón se acerca a él;

—¿Cómo van las cosas, Igor—le pregunta.  

–Igual…Cada día es más difícil navegar entre el sedimento. Puede uno quedar  encallado en cualquier parte. Ya solo pueden navegar las embarcaciones de  poco calado.  El río está muriendo y la pesca y los pasajeros  hace rato dejaron de existir. 

 —Supe, no obstante,  que ayer hiciste un viaje a Honda. ¿Cómo te fue?

—Regular. ¡Un viaje en todo el mes! ¿Cómo te parece?  

—Quizá las cosas mejoren cuando draguen el río, ¿Qué crees?

—Promesas que ni tú ni yo  veremos cumplidas. Cualquier cosa que hagan, llegará ya demasiado tarde.  Para el viejo Thor es cada día más difícil zarpar del muelle. No es seguro ni atractivo para nadie. Ya no es ni la sombra de lo que fue. 

—Todos hemos envejecido,  Igor. Ya no somos los mismos y este lugar y su gente tampoco. Tal vez deberíamos intentar algo aunque suene descabellado.  Adentrarnos por ejemplo,  por el río hasta el mar abierto en busca de nuevos horizontes.

—¡Estás desvariando, Simón!  A nuestra edad ¡nuevos horizontes! Has logrado hacerme reír.

—No, no estoy loco, amigo. Podríamos intentar vivir algo diferente, como aquella pareja de enamorados tardíos de hace ya tantos años, ¿recuerdas?

–¿Cómo olvidarlos? Eran ya dos ancianos, pero en sus ojos se percibía  el ansia de vivir y un patético anhelo de  detener el tiempo. 

–Sí. Aquí se detuvieron a tomar una cerveza antes de zarpar en su viaje de amor.  El hombre aquel, todo un caballero, agradecido por la forma en que los traté, me dejó un mensaje que todavía conservo. Por aquí debe estar… A ver si lo encuentro... 

El viejo cantinero se agacha y luego de rebuscar unos instantes en el fondo de un cajón del bar, saca  una libreta  de páginas amarillentas llena de cuentas y anotaciones. Una a una pasa sus páginas y, al llegar a una de ellas, exclama emocionado:

-¡Sí, sí, aquí está! Oye que mensaje tan original:

Gracias por su amabilidad, capitán y recuerde:
sólo el amor logra vencer al tiempo

 Florentino Ariza
    

-¡Vaya! Era una pareja singular. ¡Qué extraño que los hayamos recordado hoy! 

– Sí, es extraño, aunque la verdad es  que nunca los olvidé.  Ella tenía una belleza sin edad,  y él, un señorío que infundía respeto. Partieron  alegres y enamorados afirmando que un día volverían, pero nunca lo hicieron. ¿Qué habrá sido de ellos?

–Tal vez encontraron lo que ansiaban y ya no quisieron regresar.

–Tal vez. ¿No crees, Igor que también nosotros deberíamos intentarlo?  Aquí ya todo está muriendo. Nada nos retiene.   

Pero Igor ya no lo escucha, ha vuelto a abstraerse en sus pensamientos. Su mente flota distante en una especie de serena catalepsia que lo impulsa a navegar por  pasadas vivencias. 

Casi a la media noche desciende de la barra del bar y se aleja renqueando con las manos hundidas en los bolsillos de su saco de cuero, la pipa entre los labios y los ojos perdidos.

Aquella noche, preso de la nostalgia, ha roto su costumbre y ha bebido cerveza y ron en una mescolanza infernal. Cuando enciende su pipa al ingresar a su cabina,  el azar hace que la cerilla todavía encendida caiga sobre el piso empapado de gasolina.

Hacia el amanecer el barco, es una antorcha encendida iluminando la soledad del muelle. 


Leonor María Fernández Riva





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   Un río llamado Nostalgia


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    sábado, 17 de mayo de 2014

    La elegida


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    La elegida

    Mientras organiza la ropa y los efectos personales en la alcoba  de don Josué,  Faisuri  piensa con infinita tristeza en todo lo que con él se va.  Al lado suyo y de doña Alitsa,  transcurrió la mayor parte de su existencia.  Ya prácticamente no tiene  recuerdos de su vida anterior. ¿Qué será de ella ahora?

    Más de treinta años atrás, procedente de una pequeña población colombiana, y recomendada por una amiga de la familia, Faisury  llegó al hogar  de los Liberman para trabajar  en los quehaceres domésticos.  Le hubiera gustado continuar estudiando,  realizar un oficio diferente, pero las precarias condiciones económicas de su madre,  cabeza de familia,  con cinco bocas más para alimentar,  no le dejaron otra opción que la de empezar  de inmediato  a ganarse su sustento.

    Durante la mayor parte de su vida los esposos Liberman vivieron en  Londres, ciudad en la que  disfrutaban de una vida confortable y tranquila. Descendientes directos de los  judíos  establecidos en Inglaterra desde los inicios del cristianismo, gozaban allá de gran consideración y respeto, pero al empezar las escaramuzas que condujeron a la Primera Guerra Mundial, Josué Liberman presintió que el mundo en el que habían vivido colapsaría y  tomó  entonces la  decisión de  marcharse a vivir  a Suramérica.  No  auguraba un  feliz desenlace para ese conflicto.

    Realizaron el viaje en barco pues deseaban llevar consigo sus más preciadas pertenencias. Su destino era Argentina,  pero al pasar por Colombia, se enamoraron de sus paisajes, de la manera de ser de su gente, de la tranquilidad provinciana que se disfrutaba en la capital, y sobre todo, de su clima, similar al de los veranos de la capital inglesa. Y así, una estadía que pensaban sería solo temporal, se convirtió en definitiva.

    A Faisury,  todo en su nuevo destino le resultó diferente: las costumbres, la forma de saludar,  de orar,  de comer de sus patronos;  la manera de realizar los oficios domésticos; el idioma en el que conversaban los esposos cuando estaban solos; la decoración y disposición de la lujosa vivienda;  los alimentos, las celebraciones.

     Gracias a su juventud, se adaptó sin embargo en poco tiempo a las nuevas circunstancias: aprendió  a  limpiar a la perfección la inmensa residencia, a recibir invitados importantes, a arreglar jarrones de flores, poner la mesa  y decorar la casa,  atender comidas de etiqueta, mantener cuidado y florido con la ayuda del jardinero el hermoso jardín  y   preparar los delicados y deliciosos platos de las comidas tradicionales judías. Pero, sobre todo, a emocionarse con sus fiestas y celebraciones a respetar las creencias  religiosas de sus patrones y a admirar su inteligencia, su cultura y su moral.

    En los primeros años  de su estancia junto a los Liberman viajaba  todas las  vacaciones a su tierra natal a visitar a su madre, pero  cuando esta falleció, sus visitas  se fueron espaciando y llegó un momento en que  ya para ella resultó   mucho más placentero acompañar a sus patrones en sus paseos. 
      
    El tiempo fue  transcurriendo en medio de una  existencia  rutinaria  y ajena, es cierto,  pero a la vez segura y agradable. Cuando Faisury  se vino a dar cuenta, los años habían pasado y con ellos la posibilidad de lograr una relación sentimental duradera.  Ese aspecto de su vida, era sin embargo, algo que nunca la había preocupado. Poco a poco aquella pareja de ancianos se había convertido en su familia.  En aquella casa respiraba una paz,  una tranquilidad tal,  como  no había experimentado en ninguna otra parte. 

    Desde un principio Faisury  supo que la sala y el comedor, eran los lugares más importantes de aquella casa  En ellos, sus amos exhibían antigüedades y esculturas muy valiosas.  En las estanterías y encima de mesitas y gabinetes había candelabros y  hermosas piezas de cristal, de plata, de bronce y de oro.  Una de sus más gratas labores consistía en limpiarlas y  sacarles brillo. Un  trabajo que debía realizar  con gran prolijidad  pues aquellas  eran piezas muy apreciadas por sus patronos. Dejarlas caer hubiera sido un sacrilegio.

    Pero no todos los adornos podían ser objeto de sus cuidados. Dentro de una estantería del comedor que siempre permanecía bajo llave,  había una preciosa  colección de copas antiguas de cristal, de plata y de bronce. Le estaba terminante  prohibido  abrir aquella estantería y mucho menos, tratar de limpiar los cristales que en ella se guardaban. Solo podían ser manipulados  por Josué Liberman su patrón, por nadie más, ni siquiera por su esposa. Era ese un legado de  familia sumamente valioso que debía permanecer  siempre bajo llave.

    Ocurrió sin embargo que en cierta ocasión en la que sus amos habían salido a una visita y  se encontraba sacudiendo los muebles y adornos del comedor, Faisury cayó en la cuenta, con la consiguiente  sorpresa, de que la puerta de la  vitrina en  la que se guardaban las preciosas copas estaba entreabierta.  Tenía muy presente la prohibición que de manera tan tajante  le había hecho don Josué, cuando ingresó a trabajar en su casa,  pero  no pudo evitar la tentación de abrir la puerta del estante y observar aquellas preciosas copas de cerca.  Una de ellas,  en especial, si bien, no la más bella, la atraía sobremanera.  Parecía ser de plata y  madera, y muy antigua. Cerró los ojos y se atrevió a tocarla con suavidad  como acariciando la piel de un recién nacido. Una indecible sensación la envolvió entonces. Fue como si su  alma volara en ese momento muy lejos hasta un lugar de fantasía donde todo era felicidad. No sabía exactamente qué le pasaba, nunca se había sentido así. Una inmensa paz se había apoderado de ella. 

    Presa de esa sensación maravillosa deseó prolongarla indefinidamente, pero pasados unos minutos y  haciendo un gran esfuerzo, reaccionó, volvió a ajustar la puerta de la vitrina y continuó realizando sus oficios. Aquella sensación inexplicable y maravillosa la acompañaría sin embargo  de allí en adelante.  Para ella fue ya preciso  observar cada día aunque fuera a través del cristal aquella copa preciosa.  Al hacerlo, aquella paz que había experimentado al tocarla, la inundaba de nuevo.

    Pero los años no pasan en balde.  Doña Alitsa, algo mayor que su esposo, enfermó del corazón y al paso de los días fue languideciendo y debilitándose.  Don Josué se dedicó  entonces por completo a cuidarla. En muy pocas ocasiones recibían ya amigos en su casa y cuando lo hacían, se trataba de  amigos muy íntimos con los  cuales por lo general  hablaban en inglés.  Faisury había aprendido a querer a su patrona como a una madre y la atendió con inmenso cariño y dedicación  hasta su  muerte que fue serena y apacible.  

    Después del fallecimiento de doña Alitsa, la existencia de don Josué se tornó  aun más reservada y solitaria. Solía pasar largas horas en el jardín y en el comedor  con la mirada fija en algo que solo él veía.  A veces, al arreglar su alcoba, Faisury se extrañaba al observar sobre su mesa de noche un ejemplar de la Biblia Cristiana.

    Una  tarde,  don Josué pidió a Faisury que lo acompañara al comedor. Una vez allí, se sentó frente a la vitrina en la que guardaba su colección de copas antiguas.  

    —Siéntate Faisu —le dijo en la forma cariñosa en la que se habían acostumbrado a llamarla él y su esposa —hace días deseaba hablarte y creo que no debo postergar más esta conversación.

    —Me asusta, don Josué, ¿he cometido alguna falta?

    —En lo absoluto, querida hija. Todo lo contrario. Has vivido junto a nosotros más de treinta años. Entraste muy jovencita a trabajar en esta casa y aunque llegaste como empleada, día por día con tu lealtad y cariño te ganaste nuestro corazón  y te convertiste para Aritsa y para mí en la hija que nunca tuvimos. Antes de morir, ella  me encargó que velara por tu seguridad. Pienso que  fuimos egoístas al no preocuparnos porque formaras tu propio hogar. Cosas de viejos, ¡perdónanos! 

    –Me avergüenza usted, don Josué. No tengo nada que perdonarles, al contrario, en mi corazón solo hay motivos de agradecimiento.  He sido muy feliz junto a ustedes, aquí  nada me ha hecho falta –lo interrumpió Faisury, conmovida.

    –De todo corazón espero que eso sea verdad, hija.  Como has podido ver, en esta casa se respira una gran paz, una especie de felicidad que flota en el ambiente. Ahora sé que estamos bendecidos por una presencia protectora; algo  que yo antes no  percibía y menos, creía, pero que de pronto se me ha hecho evidente. El dolor inmenso que sentí al perder a mi querida esposa, ha podido ser más llevadero por esa circunstancia. Pero la extraño y deseo reunirme  con ella. Es lo que más ansío.

    –No piense en eso, don Josué. Usted está sano y puede vivir  muchos años todavía. Eso es lo que le ruego a Dios, lo que más anhelo.

    –No me desees eso, querida Faisu, llega un momento en la vida que esta  te hostiga y ya nada te causa ilusión. Quiero que sepas que tanto Aritsa como yo siempre quisimos dejarte protegida cuando llegara nuestra ausencia.  Eso es lo que he hecho.  No tenemos herederos ni parientes cercanos. He donado esta casa a una fundación, pero he adquirido un apartamento, pequeño muy agradable y sobre todo, muy seguro,  para ti. En esta inmensa casa te sentirías muy sola.  No tendrás que preocuparte por tu futuro porque recibirás una excelente pensión. Nuestras cosas, por supuesto,  son todas tuyas. 

    –Don Josué, no me hablé de eso, me va a hacer llorar.

    –Debemos, ser realistas, querida Faisu. Pero no era solo  de eso de lo que quería hablarte. A lo largo de los años  te he observado. Sé que sigues fielmente los preceptos de tu religión. Eres una persona de muy buen corazón, has continuado ayudando a tu familia y tienes un alma limpia. Yo heredé las creencias de mis antepasados hebreos y las he seguido fielmente, pero  hubo uno entre ellos que  profesó tu fe. Alguien que conoció en vida a quien tu veneras. De eso ha pasado mucho, mucho tiempo. No acierto a precisar por qué, pero en esta última etapa de mi vida he sentido el intenso deseo de conocer a tu Dios. He estado leyendo sus parábolas y estoy sorprendido por la  sabiduría incomparable que encierran sus palabras, por su amor, por la bondad y misericordia de su mensaje –guardó silencio por unos segundos y luego continuó  –De generación en generación,  desde ese lejano  pariente del siglo primero,  recibí un legado que he conservado como mi mayor tesoro a lo largo del tiempo. Muchas personas lo han ambicionado sin sospechar siquiera que yo lo custodiaba. Buscaban algo mucho más deslumbrante. Quiero que tú lo conserves ahora. –se levantó de la silla y señalando la estantería, le dijo extendiéndole las llaves:


    – Abre esa vitrina, Faisu 

    –Pppero…  pero usted siempre me advirtió que no lo hiciera, don Josué.

    –Ahora te pido que lo hagas.

    Faisury,   temblaba al introducir la llave. Una vez abierta la vitrina don Josué volvió a hablarle.

    –Sé que siempre te ha atraído lo que hay en esta vitrina.  Son muy bellas estas copas, ¿verdad?, pero dime, ¿cuál de ellas te atrae más?

    – ¡Esa, don Josué! –la exclamación salió espontánea de su corazón. Ansiaba  volver a tocarla, volver a sentir esa sensación incomparable.

    – Has elegido bien, querida hija. No es esa la más bella, ni la más fina, es solo una copa de plata y madera,  pero es la que tiene mayor valor. Quiero que sepas que tal vez en ella tomó vino un día aquel a quien tú veneras. Muchas personas la han buscado infructuosamente a lo largo de la historia. Nadie sin embargo pensó que alguien tan anónimo como yo pudiera  poseerla.  Pero un tesoro así resulta  una carga muy pesada cuando se va a realizar un viaje como el que yo voy a emprender. Debo estar ligero de equipaje.  Algún día pensé en donar mi tesoro a una iglesia cristiana, pero nunca conocí a nadie digno de tenerla. La convertirían en un negocio como todo lo demás.  He preferido dejarla en custodia de  alguien limpio de corazón como tú. Creo, querida hija,  que esa es la voluntad de Dios. 

    ¿Pppuedo tocarla, don Josué?

    —Puedes. Es tuya ahora. Desde este momento tú serás su guardiana. Recuerda siempre que no  debe caer en malas manos. 

    A partir de esa tarde los acontecimientos se sucedieron de manera vertiginosa. Ante la angustia de Faisury, que le veía gradualmente apartarse de la vida, don Josué fue debilitándose día por día.  Prácticamente dejó de comer, nada le apetecía.  Sin embargo, y a pesar de su  evidente debilidad, su cara reflejaba una gran paz, una inmensa felicidad.  El médico que siempre le había atendido y que  a instancias de Faisury, le visitaba todos los días,  debió obedecer el pedido de don Josué de no ser llevado a un hospital, deseaba permanecer en su casa.  Pidió que a su muerte  se cumplieran sus últimos  deseos:  debería  ser cremado y luego, sus cenizas depositadas  junto a su querida Aritsa bajo un árbol del jardín. 

    Ahora, allí, en la alcoba de don Josué, luego de su fallecimiento, Faisury organiza su ropa y sus objetos personales mientras  piensa con pesadumbre en toda esa vida llena de pequeños recuerdos que con su partida ha quedado atrás. Sabe sin embargo, que  debe ser fuerte y seguir adelante. Muchas cosas requieren ahora de su atención.  Deberá ocuparse de donar la ropa de don  Josué a un asilo, seleccionar unos pocos muebles y adornos para llevar a su nuevo apartamento y vender todo lo demás. Pero por sobre todo, encontrar  en su nuevo hogar  un lugar digno y seguro para  su más precioso legado.  

    "Pero, ¿cómo fue que llamó, don Josué a mi preciosa copa", piensa de pronto Faisury deteniendo su labor por un momento, "¿Santo Grial ?  Sí, creo que ese  fue el extraño nombre que don Josué pronunció al ponerla en mis manos. ¡Qué nombre tan raro!  La llamaré: "Elegida", porque la elegí desde el primer momento que la vi. Sí, creo que ese nombre le va mejor, piensa con alegría,  mientras imagina lo bella que se verá con unas flores sobre la mesita de su alcoba. Y a pesar de la pesadumbre que la embarga,  una profunda sonrisa se dibuja en su rostro.



    Leonor Fernández Riva

    Santiago de Cali, Mayo  18 de 2014


    Jesus en la ultima cena

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