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sábado, 4 de octubre de 2014

De jardines ajenos - La mudanza de Greta




Desde hace varios días Greta no se siente bien. Las cosas poco  a poco han ido tomando un giro con el que ella no contaba.  Todo ha cambiado y no precisamente para mejorar.  Nunca  imaginó que atender  la casa y   cuidar de  sus padres se convertiría para ella en una carga  tan pesada. A pesar suyo debe reconocer que de todo eso  se ocupaba antes, sin quejarse nunca, su hermano Gregorio,  al que ella jamás le atribuyó ningún mérito. Siempre lo vio como un  infeliz, apocado y tímido; un hombre sin aspiraciones, que permaneció durante toda su vida  atado a una labor gris y mal remunerada. Alguien de poco carácter  que a lo largo del tiempo se fue transformando en un  ser repulsivo y despreciable.  

Todavía le parece  verlo ese último día  durante el cumpleaños de su madre, deslizándose  en medio de los invitados, intentando torpemente unirse a los grupos e intervenir en las conversaciones.  Un momento vergonzoso.  Él mismo se dio cuenta de su aspecto, de la mala impresión que causaba en todos y se  fue recluyendo al mínimo espacio de  su cuarto. 

Pero  el innegable alivio  que a Greta le produjo su fallecimiento ocurrido tres años antes,  se ha ido  trocando en irritación y agotamiento por la responsabilidad  que ahora recae solo sobre ella: atender los gastos y necesidades de  la casa, cumplir con las exigencias y caprichos  de su padre y velar por su madre cuya mente  se hunde cada día más en el olvido. Sus progenitores son  ya dos ancianos achacosos e incómodos. Es un verdadero tormento observarlos comer: riegan la comida, chorrean su ropa; hacen ruido al masticar  y al  beber.  Imposible llevar invitados, imposible salir a comer. Es un desgaste infinito  tratar de indicarles  cómo manejarse en su ausencia, evitar los peligros, cumplir con sus necesidades físicas.  Dependen para todo de ella. ¡Qué carga tan insoportable!

 Y en su trabajo el ambiente es todavía más desagradable: "¡Díos mío! -piensa con rabia- ¿por qué elegiría esta profesión?" La revisora formula día tras día  nuevas y complejas exigencias. ¡Y su jefe! Despectivo,  exigente y distante  a  más no poder. La trata tal como si solo fuese otro mueble más de la oficina. 

–Greta,  debe  poner  usted más cuidado en la presentación de los balances. Hay algunas inconsistencias incalificables.  –le ha dicho esa mañana delante de todos sus compañeros de trabajo.

–Lo sé, señor Palacios, -asiente avergonzada, mientras  el rubor acude a su rostro– pero sucede que los inventarios no se han conciliado todavía;  voy a  revisarlos mañana con ayuda del encargado de costos.

–Esa no es una excusa. Esos resultados  son su responsabilidad, señorita. Dígame francamente si se siente capaz de hacer las cosas bien o en su defecto, pase su  renuncia –replica  perentorio y sin esperar respuesta sale  de la oficina con expresión adusta.

 –Pásame la sal, Greta –le dice su padre autoritario y con gesto de disgusto  a la hora de la cena, y añade moviendo la cabeza con irritación–  Ya se te está olvidando hasta cocinar, Greta; este guiso no tiene ningún sabor. Deberías haber hecho un esfuerzo por aprender la sazón de tu madre.

–Tal vez no te guste lo que he cocinado, papá –refuta molesta– Pero bastante me esfuerzo por prepararles algo sano a  ti y a  mamá. En vez de criticarme deberías poner más cuidado al comer, mira como te  has manchado  la camisa. Recuerda que no tenemos empleada y que  todo tengo que hacerlo yo.

–Cuando  Greta cumpla los quince años  prepararé una cena  deliciosa –interviene su madre saliendo por un momento de la bruma que se ha apoderado de su mente.

 Esa noche Greta se acuesta rendida y furiosa después de arreglar la cocina, cambiar y acostar a su madre y servirle a su padre su leche caliente.  Su sueño es pesado e intranquilo. 

Al despertar al día siguiente se da cuenta de que algo no marcha bien. Experimenta una extraña sensación. Se lleva las manos a la cabeza   y  entonces cae en la cuenta de que en lugar de su cabello hay ahora un caparazón como de plástico y de que  sus brazos se han convertido en  filosas tenazas.  El estupor la invade.  Intenta bajarse de la cama, pero le es imposible hacerlo en la forma habitual.  Ocho pequeñas patas  que sobresalen a lo largo de su cuerpo han reemplazado sus torneadas piernas.  Por unos segundos se queda  estática, impactada,  pero  luego, tratando de acomodarse a su nuevo estado, se arrastra hasta el borde de la cama y baja al suelo con cuidado aferrándose con sus patas  a la sábana, pero a mitad de camino, se desprende  y cae dándose un fuerte  golpe en su espalda. Lanza un grito de  dolor que para ella misma resulta extraño. Una y otra vez se repite sin embargo,  que esto que ahora le ocurre  es solo culpa de su imaginación. Hace varias noches no concilia bien el sueño.

"Debo olvidarme de estas alucinaciones y seguir con mi rutina, se dice tratando de pasar por alto lo que le ocurre, me bañaré y arreglaré pronto o llegaré tarde al trabajo". Moviendo con agilidad sus cuatro pares de patas  se dirige a la cocina  a preparar el desayuno.

Su madre ya está allí moviendo charolas y cubiertos,  desordenándolo todo. Una furia sorda invade a Greta. Al verla llegar,  su madre  lanza un grito de pánico  y corre hacia su alcoba. 

La cola en forma de  aguijón de Greta se curva amenazante.

No es de ninguna manera un buen ambiente el que se respira hoy en  casa de la familia Samsa.

Leonor Fernández Riva




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    domingo, 21 de septiembre de 2014

    LA HORA NONA




    La hora nona
     Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.  Carl Sagan


    Aunque el  tiempo  es un referente que en el Olimpo  carece de  significado,  hace  ya buen rato  una atmósfera de preocupación   ronda   los   ámbitos celestiales. Y no es para menos.  La existencia de los conflictivos e impredecibles  habitantes de aquel   pequeño  planeta azul, casi invisible  en el espacio,  parece estarse aproximando a su fin.   Las expectativas respecto a su futuro y a su  supervivencia no son para nada  halagüeñas.  Su ambición, unida  a su ingenio y a su   innegable talento   han  logrado trastocar las aparentemente invencibles leyes  que rigen a  la naturaleza, ensuciar el espacio que  rodea  su planeta y conducirlos  de manera precoz a su extinción. 

     Zeus y una  variopinta  lista de dioses menores,  que  en  su inveterado imaginario han introducido los humanos  a sus creencias a lo largo del tiempo,  se encuentran reunidos en asamblea extraordinaria  a fin de analizar la delicada situación. 

    La evolución,  por medio de la cual el ser humano  llegaría a alcanzar las más elevadas fases del pensamiento y del espíritu, está a punto de truncarse. El asunto reviste pues,  suma importancia. 

    Para la mayor parte de los habitantes celestiales resulta  inexplicable el  gran interés que ha concitado entre las autoridades del Olimpo ese insignificante planeta y sobre todo,  la sobrevivencia  de sus habitantes,  seres sin mayor atractivo físico y  a todas luces  mediocres, conflictivos y prepotentes.

    Desconocen  que en  épocas pasadas  existió una relación emotiva y  romántica entre los pobladores  de un lugar de ese planeta  llamado Grecia y varias deidades menores del Olimpo; relación que  los involucró en complicadas  reyertas y amoríos. 

    Y que, en siglos posteriores, fue crucificado y cubierto de escarnio por esos mismos pobladores, el más querido y cercano representante  del Ser Supremo lo que dio como resultado la perentoria prohibición de volver a tener con ellos en el futuro cualquier tipo de acercamiento.

    Pero no solo los dioses están preocupados por los habitantes de aquel minúsculo planeta azul,  muchos de sus  antiguos pobladores, huéspedes ahora del Olimpo,  han conformado foros y  corrillos  en los que intercambian criterios  y opiniones acerca de la sobrevivencia o no  de su planeta de  origen.

    –¿Qué piensas acerca de todo esto,  admirado filósofo?  –pregunta en determinado momento  Copérnico a Sócrates quien recostado en una nube observa el espacio con mirada lejana.

    –¿Qué pienso? –pregunta a su vez  el filósofo a modo de contestación y  sin abandonar su  postura añade- Lo mismo que siempre he pensado: que la vida de todos los astros  y sus pobladores, está regida por realidades y leyes universales e inmutables. A la vista está, Nicolás,  que los habitantes de la Tierra no las han comprendido ni respetado.  Pero quiero aclararte que no me siento sin embargo capacitado para dar soluciones en este caso.  Hoy,  como antes,  solo sé que nada sé.

    –Esa no deja de ser una posición cómoda, mi querido filósofo –replica Copérnico un tanto molesto,  y añade- pienso por el contrario, que sabemos mucho acerca de esta situación.  Las matemáticas son el alfabeto con el que se ha escrito el universo y por medio de ellas  podemos  obtener resultados completamente cuantificables. Los cálculos pueden decirnos ahora que tan viable es la vida en la Tierra.   Sin embargo, no quiero tampoco pecar de presuntuoso  pues no  olvido que yo mismo incurrí  en graves  errores cuando afirmé que nuestro sol  era el centro del universo. 

    –¡Bien dicho! –interviene Newton quien ha estado escuchándolos pensativo mientras observa  las fuertes emanaciones de luz que emite un quásar cercano– Lo que sabemos amigos,  es apenas  una gota de agua, pero  lo que ignoramos es el océano. No debes culparte por tus errores, amigo Copérnico. En el momento en que hiciste aquellas afirmaciones, el universo  apenas si  empezaba a vislumbrarse.  Muchos hombres inteligentes  creyeron en ellas.  Tienes el mérito de haber empezado  a recorrer  un camino que todavía no termina.  

    -–Un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él–anotó  Gandhi  quien se hallaba dedicado a meditar, sentado en posición de loto sobre  un promontorio de neutrinos .

    –Completamente de acuerdo contigo, Mahatma,  –afirmó con énfasis Pasteur, palmeándole afectuosamente la espalda–  Pero si  bien el hombre ha cometido muchos errores y puesto en peligro no solo su existencia sino la de  su planeta, estoy también absolutamente convencido de que la ciencia y la paz triunfarán un día sobre la ignorancia y la guerra; que los pueblos de la tierra se unirán a la larga no para destruir sino para edificar ,

    –Discrepo contigo, gran sabio blanco, la ambición obnubila la mente de los seres humanos.  –apuntó  Takanka Yotanka  (Toro Sentado). El hombre continúa creyendo que la tierra le pertenece  cuando es él quien pertenece a la tierra. Cercano parece estar ahora el día en que agotada la última gota de agua y muerto el último animal sobre la tierra, el hombre caerá en cuenta de que no puede comerse el dinero.  

    –Cuánta razón tienes,  hombre de las praderas –intervino Borges emocionado, apartando por unos momentos su mirada  de las pléyades para mirar al jefe sioux   –Tus palabras son siempre sabias.  Pero pienso que no debemos ser tan pesimistas. A   mi parecer, el problema del hombre es su  falta de visión. Si pudiera ver realmente el universo que lo rodea,  tal vez lo entendería. 

    -–Todos, de una u otra manera, hemos estado siempre  equivocados  –afirmó Víctor Hugo que hasta entonces había guardado un pensativo silencio – Durante mucho tiempo procuramos civilizar al hombre en su relación con el hombre, olvidando que había que civilizarlo también en su relación con la naturaleza y los otros seres vivientes.

    –Eso, como bien sabes,  no es algo sencillo, amigo Hugo, el  ser humano es poseedor de un egoísmo sin límites. De manera incesante a lo largo de su vida  busca egoístamente  su felicidad, desconociendo  que el sufrimiento  es  la ley de la tierra  –intervino categórico  Dostoievski  quien se  había acercado al grupo interesado  en  escuchar las diferentes opiniones. 

    –Difícil tema planteas, apreciado Fedor, el sufrimiento es algo muy difícil de  aceptar para los seres humanos  –apuntó Freud. 

    –Eso ocurre porque el hombre ha perdido la conciencia de su origen  y ha olvidado que Dios es la presencia invisible que rige el universo, de allí surgen la mayor parte de sus problemas –anotó de nuevo Víctor Hugo. 

    –Tienes razón admirado Víctor. Pero no puedes culpar al hombre de su escepticismo. El pensamiento es una de las pocas libertades de que aún  goza el ser humano.   Así  como a nadie se le puede forzar a que crea, a nadie se le puede forzar a que no crea – replicó Freud.

    –¡Qué gran verdad!, amigo Freud -–asintió con entusiasmo  Hipatia  quien  escuchaba en silencio un tanto apartada del grupo mientras manipulaba con curiosidad un primitivo astrolabio– Debemos defender nuestro derecho a pensar porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar. 

    –¡Amigos, amigos!  Nos hemos enfrascado en analizar el comportamiento del ser humano, pero lo cierto es que por los motivos expuestos  o por cualquier  otra circunstancia,   su supervivencia y la misma existencia del planeta en el que vive  están en  inminente peligro  —advirtió Copérnico que había escuchado a  todos con atención– Confieso, no obstante,  que no  puedo precisar hasta qué punto la ciencia haya sido cómplice de las transgresiones del hombre contra la naturaleza y contra el entorno del cual depende su existencia.

    –Es muy grave lo que dices, amigo Copérnico,  porque entonces  nadie  podrá  impedir el desastre. Como bien sabes, es imposible detener el avance de la ciencia –sentenció Tesla con tono vibrante y concluyó–  No hay emoción más intensa para un científico o un  inventor que ver una de sus creaciones funcionando. Intentar detener el avance de la ciencia es como intentar detener un camión que corre sin frenos hacia un precipicio.

    –Eso que dices es muy cierto,  Nikola  –afirmó Hipócrates quien había permanecido un tanto alejado del grupo -Pero ni  la sociedad, ni el hombre, ni ninguna otra cosa deben sobrepasar  los límites establecidos por la naturaleza.

     –¡Qué pensamiento tan  ingenuo! –exclamó  Nietzshe con ironía– El hombre nació para transgredir a la naturaleza. Eso está implícito en su misma esencia. Todo lo que se hace en su beneficio o en su desarrollo agrede a la naturaleza y al medio ambiente. Tú, por ejemplo, Pasteur, has causado con tus vacunas, un grave daño a la humanidad. Has impedido el libre curso de la sabia naturaleza que sabe poner freno a la desbocada reproducción  humana.  Has transgredido  el equilibrio biológico. 

    –¡Qué locura! –replicó Pasteur, pero inmediatamente,  como cayendo en la cuenta de su falta de tino añadió–  Lo digo sin mala intensión amigo Frederich, pero es que tengo el firme convencimiento de que  he  hecho un gran bien a la humanidad al evitar  muchas muertes y mucho sufrimiento enfatizó entre sorprendido e indignado, uniéndose de nuevo a la conversación.

    –Dirás, mejor que retrasaste muchas muertes,  amigo Pasteur –apuntó de nuevo  Niestzshe con un tanto de sarcasmo.

    –Amigos, no les falta razón a uno y a otro –intervino Marie Curie conciliadora y luego, dirigiéndose a Pasteur añadió–  Querido Louis, Frederich tiene  en parte razón,   Déjame decirte que aunque recibí muchos premios y reconocimientos,  nunca me sentí por entero orgullosa de mis logros. Presa en  la  invencible adicción a la ciencia, minimicé las consecuencias y peligros de mis descubrimientos. Reconozco que siempre sentí más curiosidad por las ideas que por la gente.

    –Amiga Marie, a ti como a muchos de nosotros, te impulsó la idea de contribuir al bienestar de la humanidad –dice Marx dirigiéndose a ella–  Ese es tú mérito. Lamentablemente, la manera cómo se presentan las cosas no siempre es la manera como son;  si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría.

    Admirado Carl, nadie puede objetar tu preocupación por el bienestar de los seres humanos  –le dijo Aristóteles quien se ha acercado al grupo interesado en escuchar sus  pronunciamientos–  Pero en este momento son otras nuestras preocupaciones. El hombre ha permanecido hasta ahora en la cima de la pirámide depredadora. Él es el  mayor asesino sobre la Tierra. Estoy de acuerdo con Mahatma,  el depredador mata para sobrevivir, el hombre  en cambio es auto destructor.  Se ha convertido en voraz destructor de la fuente natural de su propia vida. Olvida que  las cosas en la naturaleza no están hechas por azar, que cada especie ocupa su lugar en la rueda de la vida, que cada una tiene un rol.

    Víctor  Hugo que había estado retraído escuchando pensativo los diferentes planeamientos, interviene  con voz grave:

    –Produce una inmensa tristeza observar  que la naturaleza habla sin que el  género humano escuche.  El hombre es en verdad autodestructivo. Ataca a la especie misma.

    Darwin, interviene en ese momento para emitir su criterio:

    –Amigos, como bien sabemos, nada iguala al hombre sobre la Tierra, es por ello que nadie puede detener su propia destrucción. Los dinosaurios. criaturas  más fuertes y grandes, tuvieron su supremacía en ese planeta, pero el tiempo se los llevó; tal parece que el hombre, más pequeño y débil, nada tiene que hacer en una tierra devastada por su constante depredación. No obstante, al pensar en la sobrevivencia de la especie humana debemos tener en cuenta que no es la más fuerte de las especies la que sobrevive ni tampoco la más inteligente. Sobrevive la más adaptable al cambio. Creo que el ser humano posee  esa característica. 

    En ese momento, con el consiguiente sobresalto de todos los moradores del Olimpo, se produce en aquel diminuto y lejano punto azul la explosión de un artefacto nuclear. De inmediato se genera  una energía luminosa que puede ser vista a muchos miles de kilómetros de distancia a la vez que una nube de hongo de más de setenta kilómetros de altura se eleva en el espacio. Varios terremotos de más de 8 grados en la escala de Richter se suceden a continuación en diferentes lugares del mundo.

    Cabizbajo, el corrillo se disuelve en silencio.


    Leonor Fernández Riva
    Santiago de Cali, septiembre de 2014



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