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sábado, 1 de junio de 2013

El destino




La noticia acaparó durante varios días las primeras páginas de los diarios: el avión de pasajeros con destino a la Florida había caído al mar. No había sobrevivientes. Entre los desaparecidos -casi todos suramericanos- se contaban tres miembros de una misma familia.
 


El destino

Desde el  momento de asumir la gerencia de la importante empresa, Amparo Arellano se propuso conocer a todos sus empleados y ser para ellos una gerente con verdadero sentido social. No obstante, y a pesar de completar ya casi un año de gestión,  algunos operarios de la inmensa planta le eran todavía desconocidos. Tal era el caso de Ramírez, uno de los mecánicos del taller, quien probablemente habría continuado desapercibido para ella durante mucho tiempo de no ser por una circunstancia fortuita. Ocurrió que cierto día el aire acondicionado de la gerencia tuvo un desperfecto y fue precisamente Ramírez quien acudió a revisarlo.

–Con su permiso, doña Amparo –la saludó al presentarse– Buenos días. Soy Ramírez, el mecánico, para servirle. Vengo a revisar el ducto del aire acondicionado; no me demoraré mucho.
A primera vista, aquel operario no le hizo a la gerente muy buena impresión. Cierto es que era un técnico  y que su labor consistía en mantener en buen funcionamiento los aires acondicionados y otros equipos de la empresa, pero tal parecía que nunca se cambiaba el overol. Alto y de contextura recia, se mantenía un tanto encorvado mientras le hablaba. Su rostro, curtido por el sol y de rasgos bien delineados, parecía no haber sido rasurado en varios días, y sus manos lucían descuidadas y ásperas.

–Siga no más, Ramírez –repuso– Ojalá encuentre rápido el daño porque ya me estoy asando en este calor.
Ramírez asintió con un movimiento de cabeza y de inmediato puso manos a la obra. Sobre el escritorio dejó el folleto de instrucciones del equipo. Amparo Arellano lo tomó como al descuido y al pasar sus páginas cayó en la cuenta de que estaba escrito  en inglés.

–¿Sabrá usted inglés, Ramírez? -le preguntó con una sonrisa maliciosa que el operario no vio pues se encontraba subido en una escalera examinando el ducto.
–Sí, doña Amparo –respondió– Lo hablo y lo escribo perfectamente, pero le confieso que eso es algo que ni yo mismo sabía hasta hace muy poco.

Ante esa respuesta, Amparo no pudo evitar pensar que aquel obrero le estaba tomando el pelo y guardó silencio un poco molesta por lo que le pareció una falta de respeto. Se abstrajo entonces de su presencia y se concentró por completo en revisar sus correos. El hombre notó su reacción pero no dijo nada. Antes de que se marchara, Amparo lo retuvo un momento:
-Ramírez, no es apropiada la manera como se presenta usted al trabajo. Sé que sus labores son pesadas y que debe realizarlas en espacios llenos de polvo y de herrumbre, pero quisiera verlo más limpio. Tenga en cuenta que así como uno se presenta lo tratan y para que se gane el respeto de sus compañeros debe usted mejorar su presencia. Además, transita usted por toda la fábrica y a veces hay clientes. Eso no da buena impresión.

–Gracias doña Amparo por su recomendación, que sé la hace solo por mi bien, pero le aclaro que este overol no está sucio sino curtido; no me han dado más dotación este año y solo tengo dos.
–¿¡Cómo es eso, Ramírez!? ¡Mañana mismo doy la orden de que le suministren nueva dotación! Quiero verlo bien presentado.

–Es usted muy amable, doña Amparo –le respondió con un esbozo de sonrisa que no logró alegrar la expresión apagada de sus ojos.
Pero ya el gusanillo de la curiosidad le había picado a la gerente. Algo en ese operario le resultaba enigmático y solicitó su hoja de vida a la encargada del Departamento de Recursos Humanos:

 –Lo lamento, doña Amparo -expresó con evidente preocupación la encargada del departamento cuando la gerente la interrogó al respecto - No existe en nuestro archivo la hoja de vida de Ramírez. Cuando asumí el cargo hace dos años, él ya estaba aquí. Parece que fue contratado sin seguir los trámites normales. Entró con Jairo, el discapacitado auditivo, como parte de la cuota social que debe llenar la empresa cada año. Hacía parte de un grupo de desplazados a los que el Ministerio de Bienestar intentaba ubicar. Según entiendo, en un ataque de los violentos a una población de la costa fue herido en la cabeza y a raíz de eso perdió la memoria. No se sabe ni siquiera con certeza si la cédula que portaba al momento de ser encontrado vagando por el monte es la suya. La fotografía no parece corresponderle, aunque ya sabe usted como son esas fotos. Ingresó como ayudante de despachos con el sueldo mínimo, pero al poco tiempo se dieron cuenta de que tenía habilidades como mecánico y lo han seguido utilizando cada día más en esa labor. Sigue sin embargo ganando el mínimo, nunca ha pedido un aumento de sueldo. Lamento decirle doña Amparo, que esta contratación ha sido del todo irregular; créame, había pensado hablar con usted para ponerla en conocimiento del asunto, pero con tantas anormalidades como he encontrado en esta sección y con lo ocupada que usted se mantiene había ido dilatando el asunto. Para su tranquilidad sin embargo, debo decirle que Ramírez es un hombre muy tranquilo, un eficiente mecánico y en opinión de todos una buena persona. No confraterniza con sus compañeros en cuestiones de farra y de trago pero no se lleva mal con nadie. Llega siempre a tiempo y es el último en irse. No pone tampoco reparos en venir los domingos y los días de fiesta. Uno siempre puede contar con él. He llegado a pensar que su única actividad es venir a la fábrica.
–Gracias, Diana, y dígame; ¿se sabe dónde vive?, ¿tiene mujer, familia?

 -Vive solo, doña Amparo. Tengo entendido que arrienda por aquí cerca un cuarto en una casa de familia. No se le conoce ningún familiar. Tal vez eso sea también consecuencia de su amnesia, ¿no lo cree usted?

 –Sí, Diana. El hecho de que no recuerde su vida pasada es un poco inquietante. Me sorprendí el otro día cuando me enteré de que sabía inglés.

–Así es doña Amparo. Él, es realmente el único aquí que sabe hablar y leer en inglés. Digo, fuera de usted. Y viera que eso lo descubrimos hace poco. Creo que ni él lo sabía. Ahora todos lo buscan para traducir los catálogos. El otro día nos descrestó hablando en inglés con el técnico que vino de los Estados Unidos a instalar el último equipo. Pero es un hombre sencillo, no hace ostentación de eso ni de nada. ¿Y sabe qué? Me parece que cada día que pasa recuerda algo más de su vida pasada.

 - Bueno, Diana, según parece este Ramírez es un cofre de sorpresas. Ojalá recobre pronto la memoria tal como usted piensa. ¡Ah! Y no se olvide de entregarle una nueva dotación, lo he visto muy mal presentado.

 No se volvió a hablar del asunto y doña Amparo, enfrascada en el manejo de la empresa, olvidó el tema. El tiempo siguió pasando. Los acontecimientos, pequeños unos, trascendentes, otros, consecutivos, todos, se fueron encadenando en esa infinita rutina de proyectos y realizaciones, éxitos y fracasos que son el día a día en los negocios y en la vida. Un día, Diana, la encargada de Recursos Humanos le comunicó a la gerente que Ramírez hacía ya una semana no iba a la empresa. No se había podido comunicar con él y temía que le hubiera pasado algo. Amparo Arellano recibió esa noticia con sorpresa y dedujo que el empleado aquel de seguro había encontrado un trabajo mejor.

–Si no le ha pasado nada, Diana, y se trata solo de abandono del puesto tendrá usted  que dejar eso asentado en su hoja de vida. No vaya a ser que mañana nos reclame una indemnización a la que no tiene derecho. 

 Ese día había sido especialmente difícil y por primera vez desde que asumió la gerencia, doña Amparo  debió reconocer con humildad que no era nada fácil llevar a la realidad su utópica ilusión de ser una gerente con responsabilidad social. El mercado estaba deprimido, la fábrica cada día producía con costos más altos. La competencia era agresiva y las ganancias cada vez menores. No era fácil mantener contento al personal sobre todo cuando la situación no permitía subir ni nivelar los sueldos. Probablemente, muchos buenos empleados preferirían, como Ramírez,  tomar otra opción.

 Pasó una semana, y una mañana en que doña Amparo se encontraba enfrascada revisando unas facturas su secretaria le avisó que Ramírez estaba en la empresa y quería hablarle.

 –Desde luego, que suba –fue su respuesta. Realmente estaba intrigada por saber qué había pasado con aquel operario.

 Se sorprendió al volver a verlo. Estaba correctamente vestido, pulcro, bien afeitado y con las manos cuidadas.

 –Doña Amparo, gracias por recibirme, sé que es usted muy ocupada y no le voy a quitar mucho tiempo.

 –No se preocupe, Ramírez, ¿qué ha sido de su vida? Me sorprende usted con esta visita.

 –No sé si ya le informaron, doña Amparo, que hace quince días dejé de venir a la fábrica. Cómo le parece que recobré la memoria. No crea, fue algo traumático para mí. Debí retomar muchas cosas y ocuparme de recuperar mi identidad.

 –¿Y por qué no se comunicó con nosotros? Hasta llegamos a pensar que estaba usted enfermo o que le había pasado algo, Ramírez.

 –Nada de eso, gracias a Dios. Al contrario, me he curado. Quién sabe por qué suerte de mecanismos internos todas mis vivencias anteriores volvieron a cobrar vida en mi cerebro. Le pido disculpas por no haber venido antes, pero en los primeros días estuve muy confundido y no tenía muy claro qué hacer ni adónde ir. Debí ocuparme de averiguar y organizar mil cosas. No se imagina. Vine solo a despedirme y agradecerle, doña Amparo. En esta empresa encontré un medio de vida y un refugio cuando todo desapareció para mí. Sé que fue usted muy tolerante conmigo; había perdido hasta el sentido de las buenas costumbres. Vivía a la buena de Dios.

 –No sabe cuánto me alegra oírle, Ramírez y sobre todo, ver el cambio que se ha efectuado en usted. Pero dígame, ¿qué tanto ha recordado? ¿Cómo era antes su vida?

 –Soy tecnólogo industrial doña Amparo, y hace ya quince años vivo en Estados Unidos. Mi verdadero nombre es Luis Felipe Amórtegui. No sé quién sería Ramírez, esa cédula estaba en la ropa que me pusieron cuando me encontraron pues la mía estaba hecha añicos. Aquí en Colombia solo tenía a mi madre y a una hermana. Fue precisamente con el deseo de llevarlas a vivir conmigo que sin avisar a nadie vine al país y me interné en la sierra hasta la pequeña vereda donde ellas vivían. En mi segunda noche allí, la guerrilla atacó el puesto de policía con tanques de gas. Desde ese momento perdí la memoria. El Ejército me encontró vagando por el monte con la ropa destrozada, esquirlas en todo el cuerpo y una fuerte contusión en la cabeza. No podía dar razón de nada. Estuve internado varias semanas. Lo demás ya usted lo conoce.

 –Y ahora, ¿qué piensa hacer usted, Ramírez? Perdón, señor Amórtegui.

 –No se preocupe, doña Amparo, sé que para usted sigo siendo Ramírez. Y respecto a su pregunta, pues volver a Estados Unidos por supuesto. Este es un país muy violento y lo que yo más aprecio en la vida es la seguridad, pero antes de volver deseo averiguar qué sucedió con mi hermana y mi mamá.  Lo más probable es que estén muertas, pero me gustaría comprobarlo y estar seguro de que no me necesitan. 

–Y, ¿cómo lo va a comprobar?

 -–Volviendo a la vereda, doña Amparo.

 -–Algo riesgoso; debería pensarlo, señor Amórtegui.

–Ahora hay mucha seguridad por allá, doña Amparo. Lo que tenía que pasarme ya me pasó. Y fíjese que estaba avisado; una amiga norteamericana que es un poco clarividente me recomendó no viajar pues según ella corría grave peligro. Y así fue evidentemente. Pero ya todo pasó y  dentro de pocos días estaré viajando en avión a la Florida. Tengo fe en que el destino me reserva todavía muchas cosas buenas y que podré  hacer este viaje de regreso con mi madre y mi hermana. Allá empezará para todos nosotros una nueva vida.

–Dios lo oiga. El destino ciertamente es ineludible y espero que el suyo le reserve en el futuro solo cosas gratas.  Muy buena suerte, señor Amórtegui.

La tendré, doña Amparo, no le quepa duda.

Y salió.

Leonor Fernández Riva

 



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sábado, 18 de mayo de 2013

El visitante




                



El visitante

Leonor Fernández Riva

El convento,  enclavado en el centro de la populosa ciudad, era una de las pocas edificaciones coloniales que habían resistido al paso del tiempo y  a la depredación modernizadora de la urbe. Una coqueta  plazuela de piso de piedra  precedía a la pequeña capilla diseñada en forma de cruz a la que se ingresaba por pesadas puertas de madera  labrada.  Al interior todo hablaba del pasado, las pequeñas ventanas, los reclinatorios y  confesonarios, las imágenes, los pisos y altares en piedra sin pulir… Un convento que nació en los primeros días de una ciudad cuya población, constituida en su mayor parte por gente sencilla carente  de títulos de nobleza,  no albergaba para su vida  grandes pretensiones.

La vivienda de las religiosas  respondía también al mismo patrón arquitectónico. Las  habitaciones estaban situadas alrededor de  floridos patios interiores. El patio principal, mucho más grande que los demás,  estaba poblado por profusión de árboles y plantas;  gualandayes, camias, y enormes árboles de nísperos cuyos frutos eran devorados en las noches por bandadas de ávidos murciélagos y bajo cuya tupida fronda anidaban  toda una gama de plumíferos.

Muchas leyendas poblaban la historia de aquella vetusta edificación  pero ahora,  deshabitado casi por completo por la ausencia de vocaciones religiosas el lugar se había convertido en una pieza interesante de museo y nada más.  Eso parecía.

Debido a las dádivas, cada vez más escuálidas,  de los escasos  feligreses y ante la falta de recursos para mantener en funcionamiento aquel inmenso espacio, la congregación   religiosa tomó un día la decisión de adaptar en una de las  alas del convento pequeños apartamentos unipersonales  con el fin de alquilarlos a señoras de edad. No se trataba de  un hogar de reposo sino de  pequeñas suites en arriendo destinadas a  mujeres mayores que a pesar de su edad pudieran valerse por sí mismas y sobre todo, que estuvieran en capacidad de  sufragar la costosa pensión.  La idea tuvo una excelente acogida. Fue esa una muy conveniente solución para muchas mujeres entradas en años a quienes les resultaba ya  muy difícil hacer frente a las contingencias  de una vida en soledad.

 Bertha Flórez de Carvajal era una de ellas.

Después de una existencia intensa y plena de vivencias tanto en el plano familiar como social, Bertha se había visto de pronto enfrentada al implacable paso de los años, a la viudez,  a la vejez y a una precaria situación económica. Sus dos hijos se habían radicado hacía ya varios años en el extranjero y solo ocasionalmente la visitaban; muchas de sus amistades habían fallecido o se habían alejado por diferentes circunstancias;  su condición física había mermado ostensiblemente y la pensión de la que subsistía no le permitía ya continuar con el tren de gastos que siempre había disfrutado. Vivir en el convento con la mayor parte de  sus gastos cubiertos  y sobre todo,  en  compañía de otras personas de su misma edad y condición,   fue para ella una solución providencial.

 Hacía ya dos años  había tomado esa decisión y  desde entonces, su estadía entre esos muros llenos de historia, fue siempre muy placentera. Se sentía segura, bajo ese techo y a buen resguardo de los peligros del exterior; tenía cubiertas todas sus necesidades y  el grupo de señoras con las que compartía hospedaje eran bastante agradables.

No obstante, desde hacía ya varios día no gozaba  de un sueño reparador. Sufría  pesadillas en las que se veía atacada por seres malignos y al despertarse cubierta de sudor en la mañana, experimentaba el mismo cansancio de la noche anterior.  Un cansancio que ya no la abandonaba durante todo el día.

Esa madrugada despertó con el cuerpo más  maltrecho que otras veces.  Miró el reloj. Muy temprano todavía para levantarse. Se acomodó  en el respaldo de la  cama  y encendió  el televisor. Deportes, películas violentas o ya empezadas, cantantes, entrevistas con gentes que no le decían nada. Detuvo el dial en un canal que presentaba un programa sobre sexo. Sentía una leve curiosidad por  ver qué aconsejaba el presentador a la teleaudiencia. Pero no.  Aquel experto no decía nada nuevo. Nada absolutamente. Ella sabía ya, que todo lo que aquel consejero decía eran pendejadas,  lo  único que realmente brindaba variedad y renovada emoción al  sexo era el cambio de pareja. Lo demás era como tratar de darle un nuevo sabor a la comida sobrante de nochebuena.

¡Tantos canales y nada  que valiera la pena¡ Apagó el televisor  y se sentó en el borde de la cama.  Al calzar sus pantuflas, observó inquieta un gran morado en uno de sus dedos, pero no le dio mayor importancia. Esos derrames,  causados por los anticoagulantes que tomaba para mejorar su circulación, se habían vuelto rutinarios.  Lentamente se puso en pie. De un tiempo a esa parte, sus articulaciones amanecían siempre engranadas. ¡Qué difícil le resultaba  adaptarse a los  achaques que día a día  iban limitando sus movimientos y llenando de malestares su vida!

 “Bueno, pensó con resignación no carente de rabia: qué puedo hacer? De aquí en adelante las cosas tenderán a empeorarse. Debo  agradecerle  a Dios que he amanecido y  que  todavía continuo respirando”.

 Se estiró poco a poco y se encaminó luego con pasos cuidadosos hasta el baño. No pensaba bañarse ese día. La mañana estaba fría y  había notado que cuando tomaba un baño en días como ese, se le congestionaba el pecho. Sí.  No se bañaría. Los días fríos se habían vuelto el pretexto perfecto  para acabar con la costumbre del baño diario. Al fin y al cabo, últimamente tenía muy pocos motivos para sentirse feliz,. Si algo tan inocente como no bañarse le producía un poco de bienestar debía aprovecharlo. Todo se reducía ahora  a tratar de ser lo menos infeliz posible.

Aunque procuraba no analizar su comportamiento, como era una mujer inteligente no podía menos que  darse cuenta de que poco a poco iba cayendo en la negligencia y en el  quemeimportismo que ella tanto había criticado antes en  las  personas de edad.  Sí. Ahora que se encontraba recorriendo el camino  que la llevaría de la vejez a la senilidad, y de la senilidad a la muerte,  Bertha Flórez de Carvajal,  la otrora bella y refinada  dama de  sociedad, se iba también apartando poco a poco de los hábitos  que habían regido su vida.

Al volver del baño, experimentó un ligero vahído, que achacó a estar  todavía en ayunas. Se dirigió a la nevera y se sirvió un vaso de jugo embotellado mientras decidía qué  se pondría ese día.  Algo que solo le tomó unos segundos.

Lo mismo. Sí, se pondría lo mismo. Total, nadie allí se daba cuenta de nada. La blusa  del día anterior estaba todavía limpia. No podía darse el lujo de sacar mucha ropa sucia. Su pequeña pensión se le iba casi toda en  arriendo y  medicinas. Eso era lo  prioritario.

 No demoró mucho en arreglarse. Su apariencia, como la de otras ancianas, había ido tomando una apariencia asexuada. Su cabello completamente cano y muy corto,  prácticamente no necesitaba peine. Desde hacía ya mucho tiempo no había vuelto a maquillarse. Ni siquiera se pintaba los labios. Contemplarse en el espejo era algo que procuraba evitar. El rostro aquel que allí veía reflejado era el de una extraña que había ido apoderándose del suyo  sin que ella se apercibiera.

Una ligera bruma envolvía el convento a esa hora de la mañana.  Se abrigó con una chalina y se dirigió al comedor para tomar su desayuno junto a sus otras compañeras de residencia. Sus pasos eran lentos, titubeantes. El mareo que había experimentado un poco antes no la abandonaba.

Al llegar al salón y como todavía no veía a ninguna de sus compañeras,  se acercó a la ventana que servía de pasaplatos entre el comedor y la cocina.  Por unos momentos observó a Rosita, la cocinera  que en ese momento se ocupaba en la preparación del  desayuno.

 Colgado de un garfio maduraba un gran racimo de  plátanos y en una  paila  de madera reposaban  piñas, papayas y zapotes traídos por las religiosas días atrás de una casa que la comunidad tenía en una zona tropical. Aquellos frutos brindaban variedad y nutrientes  a la alimentación diaria que necesariamente por la edad y achaques de las personas a quienes iba dirigida  debía consistir principalmente en frutas y verduras. Nadie podía imaginar el peligro que encerraban esas gratificantes remesas del trópico.

–¡Doña Bertita, madrugó! ¿Cómo está?  ¿Se siente bien? La veo un poco pálida.
¿Va a tomar  café o chocolatito?

–¡Ay, Rosita!  Aunque estas últimas semanas ando todo el día como dormida, en la noche no me es fácil conciliar el sueño  y luego, me  despierto muy temprano en la madrugada. Deme, mejor chocolate, Rosita, por favor. Quizá eso me quite esta debilidad. Voy no más a sentarme. ¿Puede creer? No resisto estar mucho de  pie; se me vence el cuerpo.

–Ya verá, doña Bertita, como este chocolatito que estoy preparando le sienta bien. Deben ser estos calores que están haciendo y que a todos nos tienen extenuados.

–Ahora que la oigo, creo que tal vez eso sea cierto, Rosita. Fíjese que hasta he tenido últimamente que dormir con la ventana abierta porque no resisto el calor. Hasta llegué a pensar que tenía fiebre.

–No está por demás que consulte al médico, doña Bertita. No se me descuide. ¡Vea, ya vienen sus otras amigas.  ¿Cómo está doña Marujita? ¿Y usted, doña Clementina? ¡La veo muy bien, muy repuesta. ¡Enseguidita les sirvo el desayuno!

Rosita, la hábil cocinera del convento, de contundentes carnes y sonrisa siempre a flor de piel, saludaba con gran simpatía a cada una de las comensales conforme iban llegando al comedor mientras se disponía a atender al grupo con la ayuda de una joven novicia.

Bertha  Flórez de Carvajal, no tenía en ese momento ni ánimo ni ganas de hablar. Tomó su chocolate en silencio, y luego, sin quedarse como en otras ocasiones a platicar con sus compañeras, se despidió de todas alegando una ligera indisposición. No mentía. Realmente no se sentía bien.

El camino hasta su cuarto se le hizo más largo que otras veces. Ni bien llegó se metió en la cama. Pasó todo el día acostada. Una gran languidez, un cansancio infinito la dominaban. Solo tenía deseos de dormir. Rosita fue a verla y le llevó el almuerzo, pero debió animarla para que accediera a tomarse un poco de caldo.

–Es un caldito de quinua con verduras, doña Bertita,  ya verá lo rico que está y lo bien que le sienta. ¡A ver!  Váyaselo tomando despacito. No tengo prisa. Una tiene que ayudarse, doña Bertita. De  seguro mañana amanece mucho más animada, aunque ya me dijo la madre Sofía que si mañana sigue así, llamamos al doctor.

–Ya se me va a pasar, Rosita, ya verá. En realidad lo único que tengo es desaliento. Debe ser una de esas virosis que andan por ahí. Creo que me va ha aprovechar guardar cama por hoy. ¡No sabe cómo le agradezco todas sus atenciones!

–Le cierro la ventana, doña Bertita? La brisa de la madrugada le puede sentar mal.

–¡No, Rosita, no! Le ruego que la deje así como está, un poquito entornada no más. Ya ve usted los calores que están haciendo y yo con el ventilador dañado.

Al quedarse sola, doña Bertha se arrebujó entre las sábanas  y se dispuso a dormir pero a pesar de su cansancio el sueño se negaba a llegar. Imágenes de otros días, cuando sus hijos eran solo niños y su esposo joven y lleno de vitalidad, vinieron a su mente. Una época colmada de proyectos, de trabajo, de lucha, de triunfos y fracasos, de tristezas y alegrías, de sueños… de vida. Una etapa en la que  todo  estaba todavía por pasar, por construirse,  por  ocurrir.  ¡Y cuántas cosas pasaron ! Y allí estaba  ahora, al cabo de los años, sola, envejecida,  en ese estado de vida suspendida donde ya nada quedaba por hacer.  Solo esperar.

Al fin, los pensamientos cedieron al cansancio y  la venció el sueño.  Un profundo sueño.

Al día siguiente extrañada de que doña Bertha no acudiera  al desayuno,  Rosita, fue a buscarla a su cuarto. Al ver que no respondía a su llamado, abrió la puerta que se encontraba sin llave.  Estaba preocupada y no cayó en cuenta de un murciélago más grande de lo habitual que voló en ese instante hacia el árbol de míspero a través de la abierta ventana.

Sobre la cama, y en apariencia todavía en medio del sueño, se encontraba el cuerpo sin vida de Bertha Flórez de Carvajal.

El facultativo que levantó el acta de defunción diagnóstico un infarto fulminante debido a una terrible anemia. De alguna manera inexplicable para él, la occisa había perdido una gran cantidad de sangre en pocos días.

Una muerte lamentable, pero Bertha Flórez de Carvajal era solo la primera de una larga lista. El visitante llegado del trópico estaba  sediento.

  
El murciélago vampiro estilizado sobre un fondo oscuro  Foto de archivo - 7302466

    
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