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sábado, 1 de marzo de 2014

Fabián Gámez, el brillante jefe de tecnología

[foto de la noticia]

Amigos lectores: como algunas personas tal vez  se sientan identificadas con los personajes de este cuento, me veo en la necesidad de advertir que cualquier parecido con personas reales, es pura coincidencia.


Fabián Gámez, el brillante jefe de tecnología


Desde hacía varias semanas Fabián Gámez, director del departamento de  tecnología de la prestigiosa empresa gráfica, se encontraba  concentrado  en un proyecto que demandaba todo su tiempo y toda su atención. Había dado instrucciones precisas a su secretaria de que  nadie lo interrumpiera; lo que estaba analizando y  planificando era algo demasiado importante.

Sí, Fabián Gámez era desde hacía varios años el encargado del estratégico departamento bajo cuya dirección se hacían las nuevas adquisiciones de la empresa en materia tecnológica. Pero, ¿cómo llegó a ocupar esa posición tan importante?  Quienes lo habían conocido en sus inicios cuando era apenas un ayudante en el departamento de diseño  y volvían a verlo ahora en su nuevo cargo, se sorprendían al observar la transformación experimentada por  aquel joven de apariencia  tan gris que  habían conocido tiempo ha laborando en una función  completamente secundaria.  Sí. Muchas cosas habían cambiado en la vida de Fabián Gámez a la vuelta de pocos años. No solo estaba dirigiendo ahora una importante sección de aquella empresa sino que se había convertido en esposo de una de las propietarias. Las malas lenguas atribuían a esa relación sentimental su progreso laboral, pero si bien es cierto que mucho contribuyó a ello  esa circunstancia, varias situaciones  se enlazaron para transformar su vida... y terminar la  de aquella próspera empresa. Para comprender los hechos es preciso volver en el tiempo.

 Varios años atrás, Marissa, una de las accionistas, una chica muy  joven todavía pero experta como la que más en las artes y lides amatorias y quien por aquellos días laboraba en  la compañía, empezó a salir, para sorpresa de todos, con Fabián Gámez, el anónimo empleado del departamento de diseño.

Hombres y mujeres tenemos nuestras  propias necesidades y motivaciones al escoger pareja. Marissa y Fabián también tuvieron las suyas y estas coincidieron para unirlos y decidir así  la suerte de muchas personas.  No fue que Marissa se sintiera especialmente atraída por aquel empleado ni que lo considerara  su mejor prospecto. Nada de eso. Gámez no tenía nada especialmente atractivo como para llamar su atención: de estatura media, rostro impasible en el que sobresalían unos ojos negros de expresión entre adormilada y errática, cabello negro y contundente nariz, era solo un empleado más que pasaba inadvertido aun en el departamento en el que laboraba. Marissa, por su parte,  no era bonita, pero tenía en cambio el encanto de la juventud: un cuerpo atractivo y unas caderas  firmes  y voluptuosas que  sabía manejar con sabia coquetería. Había abandonado sus estudios  universitarios años antes cuando no logró acoplarse a los rígidos horarios y programas de estudios,  y ahora ocupaba en la empresa, gracias a su carácter de propietaria un cargo carente de responsabilidades  pero muy bien remunerado, en el que se sentía muy a gusto. Dado su carácter  y su flexible moral fue muy popular desde su adolescencia entre el género masculino.  Pero ya había pasado su primera juventud, estaba por cumplir treinta años y  algo últimamente la traía inquieta: sus múltiples  enamoramientos terminaban siempre de forma abrupta sin llegar a convertirse  en una relación seria. Aquella realidad que solo en su pensamiento se atrevía a reconocer, era algo que la conturbaba. 

¿Quién puede decir qué pasa por la mente de una joven que ya no lo es tanto y que  ha visto desfilar una cantidad indeterminada de galanes por su agenda romántica pero que  observa con un poco de inquietud  que los años pasan  sin que ninguno de ellos considere ni por un momento prolongar su relación y mucho menos pasar  por la notaría? ¿Qué piensa cuando ve que  sus pretendientes se espacían cada vez más y empieza a pasar sola muchos fines de semana? 

Los pensamientos que acudían a la mente de Marissa no eran de ninguna manera reconfortantes. Se le acababa el tiempo.

Un día, al toparse  en la empresa con Fabián Gámez  por un asunto de trabajo, Marissa cayó  en la cuenta de algo: allí, precisamente, tan cerca y en apariencia libre y disponible  estaba aquel chico,  no del todo desagradable y al parecer, inteligente y formal; un buen prospecto para entablar una relación seria antes de que fuera demasiado tarde para ella. Así las cosas, se propuso conquistarlo.

Para Fabián Gámez, el hecho de sentirse objeto del interés y los  coqueteos de Marissa despertaba mucha expectativa.  No es que la chica lo atrajera  especialmente, pero no era tonto y entendía muy bien la conveniencia de  relacionarse sentimentalmente con una de las propietarias  de la empresa donde él laboraba. Bajo la expresión bobalicona de su rostro que algunos atribuían a "buena gente", se escondía un ser frío,  analítico y ambicioso.  

Por aquellos días sostenía  una relación seria con una linda joven a la que conocía desde su adolescencia y con la que ya  habían hecho planes de matrimonio. Sin pensarlo dos veces terminó con ella  y se dedicó a su nueva relación sentimental. Cuando un amigo le reprochó la actitud que había tenido con su novia de toda la vida le contestó: "Me convenía  más meterme con Marissa, con ella  mi futuro está asegurado". Y estaba en lo cierto.

Aunque nacida de motivaciones tan dispares, la relación  funcionó. Siempre se les veía juntos. Un día cualquiera  Marissa comunicó a su padre que se iría a vivir con su nueva pareja. Este, muy pragmático,  tomó las cosas con filosofía:  “Mientras más pronto te cases, hija, más pronto te divorciarás. Es algo que tiene que pasar. Dejemos pues que el destino haga lo suyo".   Pero Marissa y Fabián no se casaron. Era ya una costumbre establecida entre la juventud empezar a vivir en pareja  sin pasar por la notaría. 

La vida laboral de Fabián Gámez dio entonces un vuelco. Solía leer revistas de tecnología y aunque su conocimiento acerca de ese tema era superficial, superaba  al de los administradores de la empresa, completamente ignorantes al respecto. De un momento a otro y sin méritos a la vista se convirtió en el non plus ultra del asesoramiento y adquisición de los costosos equipos y maquinaria  requeridos en la empresa. Con los años, y gracias a su posición de esposo de una de las accionistas, asumió una actitud de persona sabia y documentada: “El asunto es grave”, solía exclamar en ocasiones moviendo su cabeza de arriba abajo.  “La cuestión puede complicarse”, explicaba en otras, meneándola de derecha a izquierda, o “el problema, por más que parece insoluble, no es tan difícil” insinuaba, en otras ocasiones meneándola de izquierda a derecha.  Todos admiraban su sobriedad, su equilibrada conducta, la justeza de sus apreciaciones. Se seguían al pie de la letra sus consejos acerca de la adquisición de equipos y tecnología.

Algo sombrío empezaba a ocurrir sin embargo en aquella empresa... 

Allá, en un rincón de un cuarto olvidado de la planta,  reposaba la costosa impresora que en un momento de inspiración Fabián Gámez, el director del departamento de tecnología recomendó adquirir  para suplir la gran necesidad de la empresa en materia de copias e impresos.  No pudo utilizarse más que seis meses. Aparentemente perfecta, resultó sin embargo sumamente  onerosa  por sus continuas y costosas recargas de tinta y  debió ser desechada.

Por esa misma época, y  después de asistir a una importante feria gráfica  en Alemania,  Fabián Gámez, a quien se le había designado expresamente para asistir a esos eventos,  recomendó  comprar  de manera urgente un equipo de alta tecnología para realizar nuevos trabajos que representarían para la empresa óptimas ganancias. La adquisición,  de un costo considerable,  fue aceptada de forma unánime  por la Junta Directiva. Se realizó la importación  y los equipos llegaron en medio de gran expectativa. Eran inmensos y sus suministros  muy costosos. Inmediatamente empezaron a realizarse los trabajos prospectados. Se tenía prisa por empezar a recaudar las ganancias esperadas. No obstante, los meses pasaron  y ninguna mejoría se evidenció en la facturación de la empresa. De alguna manera, los nuevos equipos habían incrementado el personal, la responsabilidad, los gastos de mantenimiento, pero las ganancias proyectadas nunca se reflejaron en el flujo de caja.

De manera inexplicable, sin embargo,  todos, o casi todos en la empresa, seguían creyendo  que algo ajeno a Fabián Gámez había ocurrido, alguna circunstancia fortuita había hecho que ese magnífico proyecto no resultara. Y así, no se le atribuyó al brillante jefe de tecnología ese nuevo y costoso revés.

Pasado un tiempo Fabián presentó  de nuevo  ante la Junta una idea que esta vez sí, con toda seguridad,  reportaría cuantiosas  ganancias. Había ideado  unos armatostes a los que había bautizado como   Mogastores que tenían por objeto ser instalados en diferentes supermercados para  presentar videos o  pautas comerciales contratadas. No era ese el ramo en el que la empresa se desenvolvía. Fabricar aquellos aparatos era algo en lo que no tenían experiencia. Curiosamente, sin embargo, la Junta Directiva volvió  a entusiasmarse. Sí. Lo que proponía Gámez en esta ocasión  parecía  algo muy original, viable y exitoso.  Durante varios meses, se elaboraron  prolijamente en los talleres de la fábrica aquellos  pesados artefactos que según había planteado el director de tecnología se convertirían en una fuente inagotable de entradas  para la empresa. Pero el brillante ejecutivo no había contado con que tendrían que competir  con la tecnología japonesa y con los últimos adelantos en materia de comunicación. Todo resultó ser un nuevo fiasco y los inútiles y pesados artefactos fueron también refundidos en el cuarto de los fracasos.

Cualquiera diría que a Fabián Gámez  lo acompañaba ya un aura negativa que restaría credibilidad a cualquiera de sus futuras sugerencias,  pero él era sagaz y tenía una estrategia que siempre le daba resultado: dejaba que las cosas se aquietaran. Que se olvidara la falla o el revés pasado. Que transcurrieran los meses.  Sí, él sabía que las personas suelen olvidar los errores, sobre todo cuando la bonanza económica se presta para dilapidar el dinero y no hay que rendir cuentas a nadie de los desaciertos. Y eso era lo que por aquellos días ocurría en aquella empresa.

Y pasó el tiempo. Y de nuevo Fabián Gámez,  viajó como observador  a una de las más famosas ferias de maquinaria de un país vecino.  Al retornar, compartió con la Junta Directiva  su proyecto estrella: la adquisición de un equipo de impresión de última tecnología;  con él darían la bienvenida al futuro, al progreso. Y lo mejor de todo: aquella era alta tecnología alemana producida en China a un bajísimo costo. No adquirir esa maquinaria  sería una locura, perder la oportunidad de hacer parte del desarrollo, quedarse en el pasado.

"Pero Fabián, ¿estás seguro de que ese equipo chino tiene la misma calidad de los  equipos fabricados en Alemania?", le preguntó  el presidente de la Junta Directiva luego de escucharlo. "Sin la menor duda", respondió Gámez con la audaz seguridad que caracteriza a la ignorancia revestida de prepotencia.

A pesar de los múltiples antecedentes nefastos en la hoja de vida de Fabián Gámez, algo ocurrió con el sentido común de los miembros de la Junta y también en esta ocasión volvió a concedérsele  el aval para adquirir los costosos  equipos por él recomendados. "Sí -se decían-  esta vez, sin lugar a dudas Fabián está en lo cierto".

Pero la expectativa y la ilusión creadas por la adquisición de la nueva maquinaria fallaron una vez más dejando lugar poco a poco a una inmensa frustración.  El nuevo equipo de tecnología china nunca funcionó de manera normal. La máquina prácticamente se desbarataba  ante la vista y la desesperación de quienes presenciaban su accionar. Se trajeron de China costosos técnicos para su revisión. Se compraron repuestos. Se trató de reclamar la garantía. Todo fue inútil. Los chinos, haciendo gala del conocido dicho: "se hicieron los chinos", no respondieron a los insistentes reclamos. Luego de un año entero de batallar  intentando poner el equipo en normal funcionamiento, se tiró la toalla y poco a poco, abandonado, se convirtió en chatarra. Una chatarra costosa que debió seguir siendo pagada por la empresa durante varios años más.  En alguna ocasión cuando alguien se refirió al descalabro de esa última adquisición Gámez replicó con desfachatez: "Fueron los miembros de la  Junta Directiva quienes tuvieron la responsabilidad de esa compra porque fueron ellos quienes me dieron  su consentimiento para comprar ese equipo".   

Pasaron varios años. La Junta Directiva  una vez más estaba reunida. Fabián Gámez se encontraba  en esta ocasión  más preparado que nunca. Había pasado encerrado en su oficina más de un mes preparando aquel proyecto fuera de serie, con órdenes expresas dadas a su secretaria de que nadie lo molestara.

Al iniciar la sesión, uno de los miembros de Junta, el más lúcido y de buena memoria,  pidió que no fuera escuchado, que la empresa no podía darse ya el lujo de cometer errores, que un nuevo fracaso los llevaría a la ruina, pero la curiosidad dominaba a los otros miembros presentes.  A lo largo de una apasionante hora escucharon absortos las ventajas de aquel maravilloso equipo de impresión que podía conseguirse a un costo realmente irrisorio y que haría que las dificultades financieras acumuladas luego de tantas pérdidas,  por fin terminaran. 

Hablaba de cifras realmente atrayentes, de nuevos clientes, contactos y productos en el momento en que el miembro de Junta  que había abogado para que ese nuevo proyecto no fuera escuchado salía indignado del recinto dando un portazo. Y continuó hablando todavía durante media hora más hasta que estuvo seguro de contar con los votos necesarios para realizar su genial  proyecto.

 La suerte de la empresa estaba echada.

 Leonor Fernández Riva
Santiago de Cali, Febrero 28 de 2014

sábado, 25 de enero de 2014

Un mensaje encriptado




Un mensaje encriptado

Ese mediodía, al hacer un alto en sus labores cotidianas  para almorzar y tomar un breve descanso antes de emprender  la jornada de la tarde, Aracelly volvió a recordar el sueño; algo por demás singular que la tenía sumida en profundo desconcierto e intriga. Ella, que nunca soñaba, o más bien, que nunca recordaba lo que soñaba, despertaba ahora cada mañana con el recuerdo de esa experiencia vivida a través de los laberintos brumosos de  los sueños.

Con ligeras variaciones era siempre lo mismo. Sin ninguna explicación, como suele suceder en esos eventos noctámbulos, ella se veía de pronto frente a una gran puerta de madera labrada; la puerta se abría y ante ella aparecía un sirviente ataviado con la elegancia de los antiguos mayordomos, quien la saludaba con una respetuosa reverencia y le indicaba que lo siguiera. Sin experimentar ningún temor ella lo seguía hasta una sala  amoblada con elegantes sillones antiguos y profusión de porcelanas y candelabros en cuyo fondo se veía una gigantesca estantería repleta de libros.

Detrás de un escritorio se encontraba un anciano, de larga cabellera blanca que la miraba fijamente a través de sus gafas y  que con una sonrisa socarrona le ofrecía un libro que tenía sobre su escritorio. Ella trataba inútilmente de leer el título, pero en ese instante las imágenes se diluían y tal como todo había empezado, terminaba.

 No lograr  leer el título de aquel libro le generaba a Aracelly  mucha frustración.

Una mañana,  sin embargo, experimentó al despertarse una gran alegría, al fin había alcanzado a leer el título del dichoso libro: Las llaves de San Pedro. Sí, ese era el título y algo le decía  que aquel anciano era su autor: Roger Peyrefitte.  Mas, se preguntaba: “¿Qué significado tendrá este sueño? ¿Por qué lo vivo cada noche?” Recordaba que había disfrutado mucho la lectura de esa obra en particular, sin poder dominar su risa ante la  sarcástica enumeración de las numerosas  reliquias indulgenciadas depositadas en los archivos secretos del Vaticano.  Pero hacía ya muchos años de eso. ¿Por qué venía ahora esa obra a su mente?”.

Intrigada,  creyendo que conservaba el libro en su biblioteca se dedicó a buscarlo con febril ansiedad. Tenía idea de que lo había incluido  entre los pocos libros que debió por fuerza escoger al retornar después de muchos años a su país, pero no lo encontró. De seguro había quedado en poder de su hija cuando se vio obligada a despedirse de  gran parte de su biblioteca y de más de media vida de recuerdos vividos en pareja.

Para esas vacaciones tenía planeado visitar a su hija,  pues  hacía más de dos años que no la veía ni a ella ni a sus nietos. Pero contrario a lo que pudiera pensarse,  aquel viaje no la entusiasmaba demasiado; tanto su hija como su yerno y sus nietos vivían muy ocupados, y sabía por anteriores experiencias que no podría pasar junto a ellos sino escasos momentos.

Le preocupaba  imaginar que su presencia más que en un motivo de alegría se convertiría para su familia en un engorroso compromiso. Sumida en esas reflexiones hasta llegó a pensar en postergar su viaje, pero ahora, la esperanza de encontrar el libro de su sueño entre los que allá había dejado y poder tal vez descifrar el mensaje,  se convirtió para ella en un acicate adicional para tomar la decisión de realizarlo.

Un mes después  este se hizo realidad. Una inmensa alegría la invadió al volver a ver a su hija y a sus nietos, al volver a abrazarlos. ¡Qué necia había sido al dilatar esa visita! Era en verdad muy bonito reencontrarse con sus seres queridos.

No obstante, a los dos días de su llegada, y tal como le había ocurrido en otras ocasiones, debió verlos marcharse  a sus respectivos trabajos y estudios.

–Mami, qué pena, te vas a quedar solita –le dijo su hija esa mañana al despedirse  –Ojalá no te aburras. A las ocho llega Myriam, la empleada y a ella puedes pedirle que te prepare  lo que quieras. En la nevera hay de todo. Estamos muy contentos de que estés aquí, mami. Bueno, chaito, ya estoy un poco atrasada. Nos vemos a la noche.

Aracelly la abrazó con un cariño reprimido por el tiempo y la distancia, le dio su bendición y desde el balcón la vio partir veloz en su auto. Unos momentos antes también se habían despedido de ella sus nietos y su yerno. Sí, todos se sentían muy contentos de volver a verse, pero sus caminos eran ya diferentes. Esta vez sin embargo, quedarse sola no le resultó tan agobiante como en otras ocasiones. Ahora tenía algo que hacer allí.

A su llegada le había preguntado a su hija por el libro, pero ella ni siquiera lo recordaba. Dedicaría pues ese primer día  a buscarlo. Al observar la biblioteca del cuarto de estudio se dio cuenta de que  la mayor parte de los voluminosos libros eran de medicina. Su hija y su yerno eran médicos y prácticamente no leían sino temas relacionados con su profesión. No obstante, aquí y allá encontró, algunos de los que ella les había dejado al marcharse del país. ¡Qué placer volver a tenerlos en sus manos, releerlos y detenerse  en muchos apartes!

El tiempo se le pasó volando. Pero nada del libro que buscaba. ¿Qué se habría hecho?

Aquella noche compartió junto a su familia una velada muy alegre. Sus nietos eran  unos jovencitos muy sencillos, agradables y cariñosos.

–Abuelita, ¿por qué no te vienes a vivir acá con nosotros? –le preguntó en algún momento David, el más apegado a ella, abrazándola mimoso.

–Cuando sea más viejita, Davichito –le contestó Aracelly con un mohín de niña contemplada, y añadió con un tinte de tristeza apenas perceptible en sus ojos –Y vas a ver que cuando lo haga llegará el día en que me preguntes como cuando eras pequeño: "Abuelita, ¿cuándo te vas?"

—¡Ay,  abuelita, qué ocurrida eres!  –apuntó, riéndose, Luis Miguel, su nieto mayor, y añadió –No estás para nada viejita, pero es cierto lo que dice mi hermano, ya deberías ir pensando en venirte a vivir con nosotros. Estás muy sola por allá.

–Ya, dejen tranquila a su abuelita, chicos –intervino su hija – Ella sabe que puede venir cuando quiera, pero por ahora vive muy tranquila y feliz en su lindo apartamento y no piensa para nada en eso.

Pero sí, Aracelly sí lo había pensado. Ocurrió en una de esas ocasiones en las que se mezclaron la nostalgia, la soledad y la decepción de las personas que la rodeaban. Casi al instante sin embargo, había desechado esa idea. Amaba su independencia, su libertad, se sentía muy fuerte todavía y no quería ser una carga para nadie.

Continuaron hasta tarde contando anécdotas y riéndose de las comunes ocurrencias, y cuando se daban las buenas noches  para ir a dormir, Aracelly le preguntó de nuevo a su hija:

–Oye, mijita, ¿qué crees que pasó con el libro del que te hablé el otro día?

–¡Ah, sí! ¿Cómo me dijiste que se llamaba?

–Las llaves de San Pedro.

– Las llaves de San Pedro... las llaves.... En realidad como ya te dije, mami, no recuerdo siquiera haberlo visto, pero te cuento que al  pasarnos a esta casa me tocó deshacerme de muchos de los libros que me dejaste porque ni siquiera cabían en la biblioteca. Los libros, mami, créeme, son a veces un verdadero encarte, ¡y cómo pesan! Roberto, el hermano de Patricio se llevó la mayoría. A lo mejor él lo tiene.

—¿Y cómo puedo averiguarlo, mijita?

— ¡Ay, mami! ¡Qué intensa eres! Pero bueno, no hagas esa cara, te voy a dar su teléfono para que averigües. ¡Patricio, ¿tienes a mano el teléfono de tu hermano Roberto?!

Sí, si lo tenía y Aracelly lo anotó para llamarlo apenas tuviera la oportunidad. 

Y la oportunidad fue al día siguiente. 

–Sí, ¿con quién habló? – le respondió Roberto Plaza al otro lado de la línea.

—Con Aracelly Durán,  Roberto. No nos conocemos personalmente, soy la mamá de María del Carmen.

—¡Ah, sí! Me han hablado mucho de usted, doña Aracelly. Ya me había contado mi hermano Raúl que venía de vacaciones, aunque él no estaba muy seguro de cuándo lo haría. Según me han dicho, es usted  una mujer con muchas ocupaciones y compromisos.  

–Algo, sí, pero me dio gusto sacar un tiempito para ver a la familia. Oiga, Roberto, voy a quedarme dos semanas en casa de mi hija y me gustaría que me permitiera visitarlo. Creo que me puede ayudar a resolver algo que me tiene muy intrigada.

–Ahora el intrigado soy yo. Cuando usted quiera, doña Aracelly, ¿le parece mañana en la tarde?

–Me parece bien, pero ahórrese el “doña”, se lo ruego.

–Será un placer. ¿A qué hora la espero, Aracelly?

–A las tres estaré por allá. 

Fue puntual. Al llegar la recibió una empleada mayor de aspecto bondadoso que la hizo pasar a la sala. El apartamento, muy moderno, estaba  amoblado con una mezcla de estilos: tradicional, moderno y rústico que lograba un efecto  decorativo  agradable y ecléctico.

—¡Hola, Aracelly, bienvenida! ¡Caramba, me sorprende, la había imaginado un poco mayor!

—Roberto, supongo —replicó a modo de saludo, Aracelly al ver aparecer la figura deportiva y esbelta de Roberto y añadió —No está usted muy despistado en cuanto a lo de "un poco mayor". Pero usted es también más joven de lo que imaginé.

—Soy comeaños, Aracelly, no se fíe de mi aspecto.

—Por lo visto a los dos nos gusta comer lo mismo –río  Aracelly.

—Si lo dice por usted ¡qué duda cabe! ¿Puedo brindarle algo de tomar? Puede usted pedirme lo que quiera, tengo un bar bastante bien dotado.

—¡Qué pretencioso! —río Aracelly y añadió retadora —Me gustaría una copita de Fray Angélico, es mi licor favorito.

—Enseguida madame.

Y no fue una sino dos copitas de Fray Angélico y luego, dos más de cointreau las que se sirvió Aracelly mientras revisaba junto a Roberto la estantería de libros en busca de "las tales llaves", como había dado en llamar al libro que aparecía en su sueño. Él también recordaba esa obra y lo mucho que la había disfrutado. Pero por más que escudriñaron en la repleta estantería, no apareció, y así, de común acuerdo, decidieron continuar la pesquisa al día siguiente.

Pero tampoco al día siguiente lo encontraron por más que rebuscaron en todos los baúles y rincones del apartamento, y entonces, en medio de la conversación, y entre una y otra copa, Roberto le propuso a Aracelly continuar la  búsqueda ese fin de semana en “La Escondida”, la hacienda de la familia que él administraba:  "Alguna vez llevé allá algunos libros para leer en las tardes y me parece Aracelly que uno de esos podría ser el que estamos buscando", le dijo persuasivo, y añadió:

—Anímese, Aracelly, le va a gustar. La casa de la hacienda es muy cómoda y está situada en  un paraje muy bello; un pequeño valle  rodeado de riachuelos y  bosques. Verá qué lugar tan agradable. De pronto allí sí encontramos las “dichosas llaves”, pero además, podemos dar un paseo a caballo por los alrededores, y muchas cosas más –enfatizó con una gran sonrisa.

Aracelly no pudo ni quiso negarse. Disfrutar unos días en el campo en lugar de pasarlos solitaria en casa de su hija, le parecía una excelente idea; le encantaba la naturaleza y volver a vivir unos días en un paraje tan encantador y en tan agradable compañía le generaba una jubilosa expectativa. De seguro su hija no estaría de acuerdo con que se fuera tantos días, y hasta experimentaría alguna suspicacia acerca de ese paseo, pero  eso a Aracelly no la inquietaba, era un espíritu libre y estaba ya por encima de ese tipo de cuestionamientos.

—¿Qué fue mamá, en serio te vas a ir a  La Escondida en busca de tu libro? —le preguntó su hija con una sonrisa maliciosa cuando la vio arreglando su maleta.

—¿Mi libro? ¡Ah, sí! El libro. Pues sí, fíjate hija –replicó Aracelly, haciendo caso omiso de la suspicacia de su hija - Tu cuñado, Roberto  me ha dicho que cree haberlo visto allá entre otros libros.  Él no recuerda habérselo dado a nadie. Así que en algún lado debe estar.

Sí, en algún lugar debía estar, pero lo cierto es que eso a Aracelly ya había dejado de importarle.



La imagen del amor de una pareja al atardecer en el mar Foto de archivo - 10705102

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