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sábado, 30 de agosto de 2014

El poder y la sabiduría




El poder y la sabiduría


Sentado en posición de loto en una esquina del templo, el viejo monje permanece estático con las manos cruzadas sobre el pecho y la actitud taciturna  y ausente. Su mente vaga y divaga por los brumosos vericuetos de la mente. De pronto, en medio de su meditación,  la visión  surge potente y vívida: el demonio en persona los visitará  esa noche. Un estremecimiento recorre su cuerpo. Aquel de quien han huido por  años está cerca. Sabe que su  presencia en aquel lugar prohibido y los textos salvados años ha del fuego serán su sentencia de muerte.  No teme por él, pero sí por los jóvenes monjes que  aún permanecen en el lugar. Consciente del peligro, los reúne y les apremia a salir del monasterio cuanto antes. Deben  huir a través de  la montaña  y llevar consigo los textos  sagrados que alcancen a recoger, pero deben tener cuidado, no pueden ser descubiertos con ellos. Solo él y el anciano portero permanecerán en el lugar. Ya no tienen  fuerzas para adentrarse por los escarpados senderos.  

En el momento en que  el último monje  sale por la puerta trasera del monasterio se escuchan  fuertes golpes en la puerta de entrada.


Li Su, el primer ministro del reino, aguarda  a la orilla del río con el ceño fruncido. Está preocupado. El emperador Qin Shi evidencia  desde hace varios meses un comportamiento inusual  rayano en la demencia. Los espíritus  de  su madre, de su padre, de  sus hermanos y de los innumerables seres a los que  ha quitado la vida,  no lo dejan en paz. La sangre derramada lo persigue. Sabe que es odiado. No se siente seguro en ninguna parte.  Sólo parece confiar en él.

Desde hace varias semanas, custodiados por una numerosa escolta, han  emprendido un largo viaje por la provincia de Xi"an, a fin de observar la construcción de su  magnífico mausoleo y la disposición del ejército de guerreros que lo acompañará en su postrer periplo.  Solo unos pocos lo saben, pero los moldes de cada uno de esos soldados ha sido sacado de un cuerpo vivo; cientos de hombres jóvenes de su imperio han debido entregar su vida a ese propósito. La única forma de tener un ejército leal y real. Una obra grandiosa jamás ideada por otro ser humano. Una tumba que sin embargo,  Qin Shi confía no usará nunca.

La caravana imperial cruza por pueblos famélicos arrasados por la hambruna. Los campos están abandonados. Miles  de campesinos  han sido  reclutados  para trabajar en las gigantescas obras imperiales.  


—Mi señor, el sol se ha ocultado ya tras la montaña, es mejor que volvamos,  el frío de la playa no os conviene —sugiere Li Su al emperador haciendo una profunda reverencia. 

—¡Qué sabes tú, primer ministro, lo que es bueno o malo para tu emperador!  —replica indignado Qin Shi, y añade perentorio— ¡No olvides nunca la distancia que nos separa! ¿Qué puede hacerme daño? Recuerda mi condición: ¡Soy inmortal!

—Nunca lo olvido, gran señor. Sea pues tu voluntad.

Al contrario de quienes rodean al emperador  que solo experimentan por él temor y aprensión,  Li Su le es fiel;  una lealtad que se ha conservado intacta a lo largo de los años, de las sangrientas guerras y de los innumerables  crímenes cometidos por Qin Shi desde aquel lejano día en que él, muy joven todavía, llegó al palacio a ofrecer sus servicios al niño de trece años que acababa de heredar  el poder. Pero Li Su no solo le es leal al emperador, lo admira. Qin She ha  logrado lo que nadie antes: unificar el imperio; doblegar a todos sus enemigos; acabar con los reinos tribales; levantar una muralla de protección nunca antes imaginada; unificar el idioma... Es, sin ninguna duda un mandatario excepcional.

Desde hace un tiempo, sin embargo, Li Su percibe en él algo extraño, preocupante. El emperador  no tiene buen semblante, su salud no marcha bien. La piel de su cara, de sus manos y de sus pies luce traslúcida. En algunas partes  su piel se descama. Sufre de úlceras en la boca; se queja de tener en ella un sabor metálico. Padece sudoración profusa en las noches, agitación  y dificultad para respirar.

Pero lo que  Li Su conceptúa más grave, es lo que le pasa a  su mente, que antes, siempre  avisada y alerta, está ahora perdida en la bruma pesada de los recuerdos. De continuo lo atormentan visiones del pasado,  y  deseos ilógicos, descabellados, como ese  de pescar con ballesta peces fantásticos a la orilla de río Bahe. Una imprudencia en su estado actual de salud.  Pero, ¿cómo decírselo sin que se apodere de él la furia? Li Su lo conoce y  se  guarda bien de contradecirlo. Qin Shi  no dudaría en emitir la orden de su ajusticiamiento si algo le incomodara. O hasta  de ajusticiarlo por su propia mano.

Sin poder impedirlo, observa al emperador entrar en las aguas del río y eufórico, lanzar con su ballesta dardos a peces imaginarios que solo él ve. Los hombres de su escolta lo observan absortos. Li Su sabe que están desconcertados por el extraño comportamiento del emperador,  pero sabe también que  guardarán un respetuoso silencio. Emite un profundo suspiro y aguarda con paciencia,  sentado a la orilla del río,  a que el emperador agote su capricho. 

Pero, esta vez no tiene que esperar mucho tiempo.  Algo inesperado ocurre de pronto: el emperador emite un grito de dolor, se lleva sus manos al vientre  y cae desgajado a las aguas del río. Profundamente alarmados, Li Su y  varios miembros de su escolta  llegan de inmediato  hasta  su lado y con suma delicadeza lo trasladan al carruaje. Está helado. Es preciso  buscar refugio en un lugar cercano;  no hay tiempo que perder. Imposible regresar a palacio. Están a muchas leguas de distancia. Y cerca,  es imposible hallar un lugar habitado. Por orden del propio emperador los alrededores del sitio  en el que se construye su tumba son sagrados; nadie debe habitarlos. Llenos de inquietud  los hombres de la escolta tratan  de encontrar un lugar adonde llevarlo.

Uno de los guardias  avista  en lo alto de una ladera, semioculto por la vegetación, lo que parece ser un viejo monasterio.  Prestos, se encaminan hacia allá llevando en una angarilla al emperador que ya empieza a recobrarse. La caravana trepa difícilmente por una primitiva escalera de piedra que conduce a la cima. Sus monturas tropiezan entre las piedras. A medida que suben la montaña se hace más y más salvaje. Los precipicios cortan el camino, los torrentes brotan aquí y allá entre las rocas; la maleza crece tupida y gruesa. El musgo que cubre las piedras es suave y resbaladizo,  y salvo al medio, no tiene señales de pasos humanos, como si solo una o dos personas hubiesen transitado por ahí. Pese a tener  sus faroles encendidos, se guían sobre todo por  la luz de la luna. El sendero remata en un templo construido de piedra bruta apoyado junto al acantilado; un pequeño templo viejo y ruinoso cuyas puertas están cerradas.  Durante unos segundos uno de los escoltas permanece con el oído pegado a la puerta cerrada. No se escucha nada. Empieza entonces a golpear violentamente hasta que al fin la puerta se abre y  aparece el rostro rapado de un  viejo sacerdote.

—¡Abre la puerta, anciano! —grita el guardia y su voz resuena dura y cortante en el apacible lugar.

El sacerdote abre entonces un poco más la puerta y murmura con voz aflautada:

—¿Acaso no hay posadas y casas de té en las aldeas? No somos sino una pobre comunidad formada por unos cuantos hombres que hemos abandonado el mundo y no disponemos sino de una miserable comida sin carne y agua.

—¡Abre la puerta a tu señor, maldito anciano! - grita de nuevo el guarda.

El emperador, recobrado sorpresivamente del vértigo experimentado momentos antes, baja de la angarilla, llega hasta la puerta y de un fuerte empujón hace rodar por el suelo al viejo sacerdote.  

—¡Matadle!, —ordena perentorio a sus hombres  y en seguida, sin volver atrás la cabeza, se encamina con pasos ligeramente titubeantes  al interior del templo seguido por Li Su y varios de los miembros de la caravana que  tratan de iluminar con sus faroles su camino. Pasa por la gran sala donde están  dioses cuyos rostros ya han empezado a borrarse. El barniz dorado con el que algún día estuvieron recubiertos cae ahora sobre sus cuerpos de arcilla.  Son viejos al igual que el templo. Pero Quin Shi no les concede ni siquiera una mirada.

Recorre las estancias vacías una por una hasta llegar a la biblioteca.  Allí, el anciano sacerdote,  sentado en posición de loto, aguarda sereno. En los anaqueles reposan todavía unos pocos textos que los jóvenes monjes no alcanzaron a llevar en su huida.

 —¡Levántate! —Ordena Qin Shi y  al ver que el sacerdote no lo hace lo increpa con furia.

—¿ Acaso no sabes quién soy?

—Alguien muy poderoso sin duda, señor. Presentí tu visita  —responde el sacerdote.

—¿Y no sientes temor? ¡Vas a morir!

 —Lo sé, señor.  Falta ya muy poco para que mi espíritu encuentre el reposo

—¿Acaso, no temes la muerte?

—En absoluto, gran señor. Poco, muy poco me ha dado la vida como para temer perderla.

—¿Y si pudieras vivir por siempre?

—¡Qué gran tormento!

—¿Qué crees que vas a encontrar a tu muerte?

—Serenidad.

—¿Sólo eso?

—No necesito más.

Mi señor —lo interrumpe, en ese momento Li Su,  que preocupado lo ha seguido hasta allí— debéis mudaros de ropa y calentaros. El tiempo está frío y vuestras ropas están todavía húmedas.¡Haced un fuego! —ordena enseguida a los hombres de la escolta— Quemad todo lo que pueda quemarse. Echad a la hoguera estos y todos los textos que encontréis.

—Destruir el conocimiento será por siempre tu más grande pecado —sentencia el sacerdote, mirando al emperador,  y añade pensativo como hablando para sí mismo— aunque quizá,  ciertamente, algún día  alcances la inmortalidad. 

—¿Sabes acaso que soy inmortal? –pregunta Qin Shi Huang, expectante.

—No. No lo eres. Estás tan cerca de la muerte como yo, aunque  para vos, ella no sea atractiva.

—¿Te atreves a afirmar que voy a morir?

-Sí, gran señor. De hecho ya casi eres un cadáver.

-¿Cómo te atreves? ¡Maldito emisario de las sombras! ¡Vete pues a ellas!

Sin que Li Su se atreva  a impedirlo, Qin Shi en medio de un paroxismo de furia repentina saca su espada y de un solo tajo cercena la cabeza del viejo sacerdote.

La Luna se ha ocultado detrás de las nubes y las sombras cubren por completo la noche. El viejo monasterio parece dormir. El silencio es sobrecogedor. Al abrigo del fuego, custodiado por Li Su y por su escolta,  el emperador duerme con un sueño pesado semejante a la muerte. Li Su se acerca a él varias veces en la noche para constatar que aún respira.  


Antes  de caer dormido, el emperador  ha ingerido, como cada noche, la pastilla de mercurio líquido, que según cree, le otorgará la inmortalidad. Qin Shi Huang anhela vivir por siempre.

 Leonor Fernández Riva

Agosto 30 de 2014
Escaleras de acceso a los templos de marmol

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   Un río llamado Nostalgia










    sábado, 12 de julio de 2014

    Cuestión de fe



    Esa tarde, abstraído  en sus pensamientos, acudió  más temprano que de costumbre a su cita semanal en el convento. Cuando cayó en la cuenta,  pensó con un poco de disgusto: "He venido demasiado pronto, falta casi una hora todavía,  y  lo que menos deseo es conversar con alguna de las monjas".   

    Procurando pasar desapercibido,  ingresó por un caminito de piedra al cuidado y extenso  jardín, se encaminó hasta un frondoso árbol de níspero y se sentó en una banca al cobijo de sus ramas. 

    "Aquí estaré al abrigo de  su curiosidad", dijo para sí.

    Pensamientos contradictorios martilleaban su cerebro. Sentía un peso enorme en su alma; un desasosiego que no lo dejaba en paz.   

     Las ancianas, alojadas en una de las alas del extenso edificio que la comunidad religiosa alquilaba a personas de edad,  bajaban en ese momento con pasos lentos, inseguros, a tomar el refrigerio de la tarde.  Santiago las conocía a todas muy bien. Desde donde se encontraba divisó a  doña Edith, la sueca que por esos avatares del destino envejeció tan lejos de su patria y que siempre se estaba quejando del calor. “Este clima, ciertamente, no es para ella” —pensó— "En cualquier momento se decidirá a volver a su país". Derechita, acompañada por la empleada que ahora no la desamparaba, bajó luego a la cafetería doña Emperatriz, otra de las ancianas residentes en el lugar. El  mes siguiente cumpliría cien años pero todavía se la veía fuerte y digna. Y allí  llegaban ahora, doña Bachita, gordita y simpática como la que más; doña Laura, con el gesto siempre adusto;  doña Inés y Paquita, doña Ximena y doña Encarnación,  todas marcadas por el peso de  los años y  por un exiguo futuro.

    Volvió a ensimismarse en sus pensamientos. Lo embargaban las  dudas y la incertidumbre que lo habían asaltado en los últimos tiempos.  Allí, bajo esa fronda centenaria, rodeado de personas ancianas, de nuevo le asaltaron  las preguntas que no lo dejaban en paz:

     "¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué sentido tiene la mía?"

    De pronto una voz cantarina lo sacó de sus reflexiones:

    –¡Hola! ¿Qué haces?

    Una aparición encantadora estaba allí, ante sus ojos: esbelta, de hermosas facciones, piel de durazno, ojos almendrados, cabello rubio,  que le caía en bucles sobre los hombros,  y sonrisa pícara,  aquella era la jovencita más hermosa  que Santiago  había visto en mucho tiempo.

    —¿Qué haces tú aquí? –preguntó a su vez, a modo de respuesta.


    -Estoy visitando a mi tía, sor Anunciación. ¿Y tú?

    –Yo también estoy de visita, respondió halagado por el tuteo de la jovencita.

     –¿Sí?, pero ¿sabes?,  pronto, ya  no vendré sólo de visita.

    –¿Por qué dices eso, pequeña?

    —Porque yo también voy a hacerme religiosa.

    —¿Religiosa? ¿Religiosa tú?

    –Sí, es lo que más anhelo. Y pronto cumpliré mi deseo.

    —¿Y por qué quieres hacerte monja, pequeña? ¿En  verdad  quieres apartarte del mundo?

    –Lo he deseado siempre. Y no significa que quiera  apartarme del mundo; quiero acercarme más a Dios.

    –¿Y crees que así lo vas a lograr?

    –Creo que será más fácil dedicarme a Él alejándome de las tentaciones del mundo.

    –No quiero desilusionarte, pequeña, pero las tentaciones del mundo te perseguirán  aun más en el claustro. ¡Eres muy bella!  Dime, ¿has tenido pretendientes?

    –¿Novio, quieres decir? Sí, he tenido dos. 

    –¿Y no los extrañas? ¿No sentiste el deseo de tener pareja, de tener alguien que te quiera,  de formar un matrimonio?

    – ¡Oye!, ¡qué atrevido eres! ¿Cómo te llamas?

    –Santiago. Así, a secas,  ¿y tú?

    –Floreana, pero eso no importa porque pronto perderé ese nombre. Pues, bien, Santiago a secas, quiero que sepas que no soy de piedra, pero que  es mucho  más fuerte mi  amor por Dios y el deseo que siento de entregarme a Él.

    – Tienes mucha fe. Una fe que envidio; te aconsejo que lo pienses, no es fácil lo que vas a intentar. Si te equivocas, tu vida puede convertirse en un fracaso.

    –Mi amor por Dios  superará todas las pruebas. Oye, ya  tengo que irme,
     mi tía me espera. ¿Has venido a visitar a alguien?

    –Sí, pequeña, tengo una cita. 

    –Chau pues, Santiago a secas. Me gustó hablar contigo.

    Tal como había aparecido, Floreana se internó por entre los arbustos y desapareció ligera por uno de los oscuros corredores. Santiago Libreros cerró los ojos por unos segundos. Había quedado  profundamente impresionado  con la fugaz aparición. ¿Sería posible que una chica tan joven y tan ingenua percibiera algo que a él ya le estaba vedado? Alguna vez, muchos años atrás, había experimentado en su vida esa misma fe. Por aquellos días no  cuestionaba nada, creía a pie juntillas en  todo. Era feliz. Pero la vida es larga y cuando no se encuentran respuestas a las dudas,  la fe tampoco encuentra  asidero y  se derrumba. Poco a poco, a lo largo de los años, el escepticismo  fue creciendo en él.  Le  era  imposible no analizar, no cuestionar. Las dudas se hicieron cada vez más fuertes  y,   por fin,  un día,  dejó de creer. Los relatos de la Biblia le parecieron entonces solo cuentos fantásticos. Los dogmas, indulgencias, novenas, canonizaciones, apariciones, la resurrección, la vida eterna y hasta la presencia misma de  Dios, los veía ahora  como  invenciones creadas por unos hombres  para manipular la mente de otros hombres. 

    El encuentro con aquella jovencita había incrementado su desazón. Su fe  la estaba impulsando a tomar una decisión terrible, equivocada.  En su mente  comparaba a  la dulce Floreana con aquellas jóvenes vírgenes de Creta, felices  en el momento de  ser ofrecidas en sacrificio al Minotauro creyendo en su inocencia que iban camino al paraíso. Floreana  se aprestaba también ahora a sacrificar su juventud y su belleza, en aras de una falacia. Era tan solo  una niña ingenua manipulada por la fe. Hubiera querido advertirla del peligro, hacerla reflexionar, librarla de un destino funesto, pero por algún motivo la dejó ir con su fe intacta.   

    A pesar de su escepticismo  experimentaba un  sentimiento parecido a la envidia ante  esa ingenua  credulidad  ya para él  vedada. Cerró los ojos por unos segundos,  y quizá por la fuerza de la costumbre unas palabras de la Biblia vinieron a su mente: "De cierto, de cierto os digo, que si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos". 

    "Así es la fe de Floreana" —pensó—. "Una fe sin dudas, sin cuestionamientos,  como sólo puede existir en la mente de un niño”.

    Cuánto daría él por volver a experimentarla, por volver a creer,  pero su fe se había roto ya en mil pedazos y era imposible rehacerla. Cerró los ojos. Nada parecía ya tener  sentido.  A sus cincuenta y cinco años se sentía incapaz de cambiar su destino.  Sus cadenas eran pesadas,  indestructibles. Lo que ahora hacía era lo mismo que había hecho casi toda su vida. Lo único que sabía hacer.

    Miró su reloj. Faltaban ya pocos minutos. Se puso de pie y suspiró. Se encaminó a la capilla y por una puerta contigua a ella  ingresó a la habitación en donde estaban los objetos del culto. Ignacio, el ayudante ya le tenía todo preparado. Santiago lo saludó cordial,  se quitó el saco que traía en ese momento, de lavó las manos  y  se colocó la casulla y los ornamentos sagrados. 

     Exhaló un profundo suspiro y se dirigió hacia el altar. La misa de seis  de la  tarde iba a dar inicio.


     Leonor María Fernández Riva

    Santiago de Cali, Junio de 2014


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