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lunes, 19 de enero de 2015

El desfile

El desfile

Leonor María Fernández Riva


–¡Paren! ¡Detengan esa música! ¿Qué pasa, Arturo? ¿Quién escogió ese ruido? 

Tranquilo, César, no te exaltes, solo estamos ensayando los parlantes.

¿Y por qué no lo haces con la música que te dije? Claramente especifiqué que quería Moony - Dove. ¡A ver, dales la orden a los del control, quiero escucharla! 

Ya, ya, enseguida, pero cálmate, no te conviene ponerte nervioso en este momento.

Pasados unos segundos la  música vuelve a apoderarse del ambiente. César aprieta sus labios y mueve la cabeza en señal de aprobación.

Eso es lo que quiero, Arturo, no te vayas a equivocar, por favor, recuerda que el volumen debe ser tan alto, que el sonido se apodere de los sentidos; la música debe crear el marco apropiado para la presentación de las modelos.

Déjalo en mis manos, César, ya sabes que siempre te cumplo.

Confío en ti, Arturo. Voy a ver cómo van las luces y luego pasaré a ver a las chicas, espero que estén listas, ya ha empezado a llegar público.

César Cantillo es un hombre atractivo: alto, delgado, barbilla partida que le da a su rostro cuadrado un encanto especial, ojos de mirada profunda, corte perfecto en su abundante cabellera castaña. Siempre correcto, siempre esmeradamente ataviado. No comulga con modas como los jeans agujereados y raídos que hacen del desaliño y el descuido un esnobismo. Lo suyo es el refinamiento, la delicadeza. Su aspecto es viril, resuelto, no obstante, un buen observador puede percibir en él cierto fugaz amaneramiento que delata su tendencia de género. 

Con gesto adusto se encamina  por el pasillo rumbo a los camerinos. Está preocupado por su madre. Probablemente ya está próxima a llegar y él sabe que los ojos inclementes de los invitados se posarán en ella sin piedad. Una década atrás, su belleza y elegancia eran reconocidas por todos, pero los años, el vacío e inutilidad de una vida muelle, sin necesidades, sin objetivos y una serie de decepciones amorosas, la fueron llevando por un camino de excesos en su dieta y ahora, en su pesada silueta no quedan rastros de la mujer de otros días. Fueron precisamente la belleza, la elegancia, la frivolidad y apego a la moda y a la vida social de su madre, los que determinaron en él su afeminamiento y ese anhelo de encaminar sus pasos por el mundo de la moda, de los accesorios, de las marcas, de la vida en sociedad. Sí, fue ella quien le inspiró a ser diseñador. César Cantillo conoce bien el origen de sus predilecciones en cuanto a género  y en cuanto a su vida profesional.

Aunque el rostro de su madre continúa conservando los hermosos rasgos de otros días, verla  ahora es como ver a una mujer diferente.  Muchas veces se ha preguntado cuándo empezó a ocurrir un cambio tan radical. Difícil precisarlo porque fue aconteciendo de manera muy sutil. En un principio, observar su glotonería y su sedentarismo  le causaba regocijo. Le hacía bromas. No parecía nada complicado, ni preocupante. La veía disfrutar  largas horas frente al televisor saboreando golosinas, y hasta se conmovía de que algo tan inofensivo le causara tanto placer, hasta cuando se hizo evidente el cambio que se iba produciendo en ella, en su figura, en su salud, en su comportamiento. Trató entonces de motivarla a tener otros incentivos, a salir, a trabajar en algo. Pero fue imposible  alejarla de esa rutina destructiva. Ante esa realidad, se dedicó a vestirla con sus mejores diseños, intentando ocultar los excesos que esa cotidianidad muelle había producido en su figura y en su personalidad,  pero era inútil, nada le quedaba bien. Sabe bien que su  pesada presencia en sus desfiles  no constituye  un buen mensaje para quienes acuden a admirar  sus diseños. Los  trajes, que tan hermosos se ven en sus modelos,  no la favorecen.  Felizmente, su madre no parece darse cuenta  de la curiosidad malsana que su presencia  despierta entre quienes la observan. Posee una  envidiable autoestima que  la protege de los murmullos y maledicencias. A César esa manera de ser, un tanto infantil le produce una gran ternura. La quiere.  Es  a ella,  más que a nadie,  a quien él desea embellecer, a quien desea vestir. Para esta ocasión le  confeccionó con la nueva textura que piensa presentar, un vestido largo de color oscuro, mangas tres cuartos y escote en V profundo. Algo sencillo que sabe le sentará bien. Aguarda su presencia con gran expectativa, ¿cómo se verá?

 Los preparativos del desfile que está por iniciarse vuelven a acaparar su atención. Esta colección ha  resultado para él especialmente compleja y  ha llegado al día del desfile completamente agotado. No puede engañarse: cada vez le es más difícil presentar una propuesta original; no logra encontrar ese algo distinto que marque una real diferencia en el exigente mundo de la moda. De seguro, claro, no es el único diseñador que experimenta esas mismas inquietudes, son muchos los diseñadores y todos, desde todas partes del mundo intentan descubrir esa piedra filosofal de la moda que origine una nueva revolución en la manera de vestir de las mujeres. Pero desde cuando Mary Quant presentó, en 1964, su polémica minifalda, no se ha vuelto a tener en las pasarelas nada realmente original. Todo es un darse vueltas por similares versiones de modelos ya diseñados en el pasado. Un vuelo aquí o allá, combinaciones arriesgadas de color, otras telas, otras texturas, estampados llamativos, accesorios variados, tacones altísimos, peinados extravagantes, drapeados, escotes, pero al final, lo mismo, diseñado ya una y mil veces. Muy, muy de vez en cuando surge algo realmente distinto. Pero ese no es su caso. Está atrapado en una especie de letargo que no le permite encontrar nuevas formas, nuevas tendencias. Sabe que se repite una y otra vez. 

Pero aunque la inspiración no venga a su encuentro, él no puede darse el lujo de permanecer en silencio, de no exhibir nuevas propuestas. Tiene que seguir en la rueda presentando dos o más desfiles por año. En esta ocasión se vio precisado a acudir al pasado para ayudar a su inspiración. Horas, tras horas de observar películas y fotografías de otros días para adaptar después esas tendencias de la moda antaño, a su presente inspiración. Las personas tienen mala memoria y de seguro no relacionarán uno que otro vuelo, un largo de falda, escotes y fruncidos con imágenes del siglo pasado. Unas palabras de la Biblia vienen a su mente: "Lo que fue, eso mismo será; lo que se hizo, eso mismo se hará: ¡no hay nada nuevo bajo el sol!".  Sí, no hay nada nuevo bajo el sol. Y no lo dice solo por él, sino también por los otros diseñadores. Todos están perdidos en el  mismo laberinto. Todo es solo una constante reinvención. Esta vez, sin embargo, César Cantillo aguarda con una secreta expectativa. Ha experimentado en sus propios telares  una nueva textura. Algo en lo que ha puesto mucha fe. A su criterio, el resultado ha sido sorprendente.

Con el ceño fruncido llega hasta el camerino de las modelos. Allí reina el bullicio. Las maquilladoras dan aquí y allá los últimos retoques. Se revisan los peinados que esta vez resaltarán las largas y frondosas cabelleras de las modelos. Se entalla una falda, se corrige un dobladillo. 

Las observa en silencio desde una esquina del salón. Son en verdad muy bellas, con los estándares de la belleza femenina que se ha ido imponiendo entre los grandes modistos: altas, esbeltas, delgadas al máximo, piernas larguísimas, facciones delicadas, narices perfectas en algunas de las cuales se aprecia la mano experta del cirujano, onduladas y brillantes cabelleras, ojos grandes y rasgados, miradas duras y vacías. Su belleza no le dice nada. No es lo suyo. Muchas cosas en ellas le irritan. Pero las necesita. Ellas destacan sobre sus cuerpos perfectos las complicadas creaciones que forja su mente. 

¿Listas, chicas? pregunta con una sonrisa a modo de saludo, entrando en el congestionado lugar. 

–¿¡Hola, César! ¿Cómo está usted? Saluda a su vez la directora de ceremonias acercándose a él–  Fíjese, que todo va muy bien. Voy a reunirlas para darles las últimas instrucciones. No sería malo que usted también les hablara. Pero, déjeme decirle, César, que los vestidos están preciosos. La textura de esa nueva tela que  ha producido para esta colección es algo prodigioso, parece ceñirse al cuerpo y destacar las agraciadas formas de nuestras modelos. Juzgue por usted mismo y dígame qué le parece: ¡Rossmery, acércate para que César vea la caída de tu vestido!

Rossmery es precisamente una de las jóvenes que a él más le ha parecido subidita de peso. Hasta llegó a pensar en sustituirla. Pero es cierto, lo que dice la directora del evento, la prenda se ciñe a su cuerpo y cae de una manera deliciosa. César no sabe si el vestido resalta o esconde los defectos o cualidades de la modelo, pero tiene que aceptar que esa prenda ha tornado a una joven poco agraciada en una belleza singular. Tiene que admitir que allí ha ocurrido algo sorprendente. Como es su costumbre las motiva antes de la presentación:

Todas se ven preciosas chicas, ya saben, deben salir comiéndose al mundo Todas ustedes son reinas y más que con vestidos, están cubiertas de fantasía. Recuerden: pisen firme, seguras y con gracia. Conserven en su rostro una mirada profunda y enigmática. Ustedes no son mujeres, son diosas. 

En ese momento ve llegar a su madre. Pero, ¿qué ha pasado? César Cantillo la observa admirado mientras ella se dirige hacia la gradería. Algo del todo sorprendente ha ocurrido; es como si de golpe su figura hubiese perdido varios kilos. No puede precisar en qué parte los ha perdido, ni si sigue teniendo el mismo peso, pero su presencia es ahora notoriamente diferente. No se le nota ninguna adiposidad. Es como si se tratara de otra persona. Y ahí está ahora, en primera fila observando con ojos vivaces todo lo que pasa en el salón. Así es ella inquisitiva y curiosa. Pero esta vez algo ha cambiado. Y para bien.

Se acerca hasta ella y la saluda con un fuerte y cariñoso abrazo.

Hola mamá, te estabas demorando, llegué a creer que no vendrías. 

¿Cómo iba a faltar a uno de tus desfiles, hijo? Ya sabes cómo me gusta lo que haces. Y esta vez trabajaste más que nunca, sé que has hecho un gran esfuerzo.

–Un poco nada más mamá, pero dime, ¿te  gustó tu vestido? Está confeccionado en una nueva tela cuya textura me parece asombrosa. No sabes lo bien que se te ve.

Sí, hijo, sí, ya lo noté. Tiene una textura maravillosa, es como si te abrazara. Un abrazo del que no quisieras desprenderte. No quisiera quitármelo.

Pues no te lo quites –replica César con un guiño y una sonrisa pícara volviendo  a abrazarla–. Disfruta el desfile, madre. Voy tras bambalinas. Ya va a comenzar. 

Está pletórico; todo su cansancio ha desaparecido, experimenta la indescriptible sensación de que ha encontrado ya lo que tanto ha estado buscando. Un sinfín de posibilidades y de nuevas y originales propuestas  surgen en su mente. 

Después de todo, madre  –dice para sí con una sonrisa–  valió la pena mi fatiga y mi esfuerzo. Era un buen momento para descubrir algo y creo  que ya lo he descubierto. 

¡Eureka, querido, Arquímedes! ¡Que suene la música, el desfile puede comenzar!

Leonor María Fernández Riva

moda y su relevancia




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sábado, 13 de diciembre de 2014

Una Navidad diferente







La niña en su sueño dulce el dormir del pesebre


          Como cada año,  durante la ya  lejana época de mi infancia, la Navidad aquella vez también se demoró mucho en llegar. Por eso,  cuando un día de diciembre escuché que en la radio empezaban a sonar villancicos y canciones navideñas y que en el centro de la ciudad los vendedores callejeros exhibían ya en sus puestos adornos,  bombillos y figuritas para el pesebre, mi corazón empezó a palpitar con inocultable alegría. Lejos estaba de imaginar que aquella sería una Navidad diferente, que la dolorosa pérdida de una dulce creencia infantil  me produciría un indescriptible desencanto que solo tiempo después se transformaría en agradecimiento y devoción infinita hacia mis padres. 

Próxima a cumplir doce años tenía todavía un alma  de niña y muchas cosas que hacer cada día: levantarme muy temprano cada mañana, bañarme y ayudar  luego a mi madre a preparar el desayuno para mis hermanos,   tomar el bus del colegio y una vez allí,  escuchar  con atención a las diferentes profesoras,  volver a casa al mediodía para  disfrutar el delicioso almuerzo preparado por mi madre, retornar luego al colegio para la jornada de la tarde,   volver  de nuevo a casa, jugar un rato con mis hermanos,  hacer antes de acostarme mis  tareas,  estudiar y leer algún libro.  Mi cotidiana existencia, era rutinaria y previsible.  Pero ahora,  ante la  inminente  llegada  de la ansiada fecha,  todo adquiría un brillo singular.  ¡Pronto sería Navidad! 

Y no era solo que por aquellos días existieran muy pocas ocasiones  para recibir juguetes y obsequios,  sino que los regalos  que  los niños  recibíamos en Nochebuena  tenían una procedencia celestial: eran dejados junto a nuestra cama nada menos que por ¡el Niño Dios!  

 Cuando rememoro mi fe absoluta  en tan dulce creencia,  constato, no sin cierta nostalgia, que  en aquella edad no me asaltaba ninguna duda respecto al origen de mis juguetes navideños.  No pensaba por ejemplo:  ¿Cómo será  el aspecto del niñito? ¿Qué edad tendrá?  ¿Por dónde entrará hasta mi cuarto? ¿ Será que así,  tan chiquito, pudo  leer mi lista de juguetes? No, no me inquietaba ninguno de esos pensamientos. Con la  ingenua sabiduría  que solo poseen los  niños, entendía que todas esas cosas  pertenecían al terreno de la fantasía  en el que basta  creer en algo para que ese algo  exista.  ¡Y era tan hermoso creer!

 Sí, la Navidad ya estaba en camino aunque sus señales no eran tan ruidosas ni tan luminosas como ahora.  En  aquel tiempo todo era más parco y sencillo. Las grandes iluminaciones no hacían  parte de la temporada navideña y en muy contadas casas se  colocaban luces en las fachadas. El árbol de Navidad era todavía un tanto exótico; una costumbre  copiada de los países nórdicos, y  quienes la tenían, compraban por lo general un  abeto natural en el mercado. Pero lo tradicional,  lo que no podía faltar en ninguna casa,  era el pesebre.  Él  era el principal protagonista en todos los hogares.  

Mamá tenía un especial espíritu navideño y para ella, lo  más importante era también el pesebre que hacía del tamaño de una habitación y  en el que vertía  todo su ingenio e imaginación.   Mis hermanos y yo, colaborábamos (o más bien, estorbábamos) colocando el musgo fresquecito y húmedo sobre el papel encerado con el que previamente habíamos creado montañas, colinas,  valles, cascadas y lagos. Nos encantaba formar con espejos rotos y papel plateado cascadas  y lagunas repletas de patitos de plástico,  y distribuir encima del musgo  las  figurillas de barro, los  rebaños de ovejas,   las casitas de cartón, los  gallos  y gallinas descomunales junto a los diminutos pastores,  y hasta  aeroplanos y carritos de plástico de nuestra caja de juguetes.  Pero lo que más me emocionaba era el momento en que mamá acomodaba en lo alto de una colina el humilde establo  con la sagrada familia y la bella figurita  del Niño Dios en su lecho de paja. En nuestro pesebre, su presencia no tenía que aguardar hasta el 24 de diciembre. Todos queríamos verlo desde el momento mismo en que lo armábamos. 

El olor del musgo húmedo impregnaba entonces nuestro hogar recordándonos  que había llegado la época más feliz del año.  Por  aquellos días,  cubrir nuestro pesebre de musgo  no nos producía ningún sentimiento de culpa; el musgo era algo que   se adquiría con total libertad.  Lejos estábamos de saber que utilizarlo contribuía a la deforestación de los bosques.  La naturaleza  parecía   invencible, a toda prueba. La palabra  "ecología" todavía no hacía parte de mi vocabulario.

Aquel lejano 16 de diciembre  me senté con mi madre y  mis hermanos junto al pesebre profusamente  iluminado con  bombillos de colores (que todavía no titilaban como los de ahora), para rezar   la Novena del Niño.  Ante el encanto de la voz de mi madre mi mente viajaba en alas de la imaginación  por esos lugares desérticos de Palestina en los que ocurrieron  dos mil años antes, hechos tan prodigiosos. Me parecía ver a María y a José recorriendo en el burro los caminos de Judea  hasta  llegar al establo en donde nacería el niñito. 

Aquel primer día de la Novena rezamos  con gran  fervor,  y al final cantamos con más entusiasmo que armonía, acompañados por ruidosas panderetas hechas por nosotros mismos con alambre y tapas aplastadas de Coca cola,  los alegres gozos y el,  "Vamos pastores, vamos". 

 Bajo el pesebre de paja en el que estaba recostado el pequeño Niño, yo ya había dejado mi cartita con las peticiones para esa Navidad. Quería que el Divino  Niño  tuviera tiempo de leerlas.  
  
Y los días fueron pasando. En mi hogar funcionaba todavía  por aquel entonces la  imprenta fundada por mi padre hacía unos años. La temporada navideña llegaba siempre con una  inusitada carga de trabajo.  Papá debía  laborar día y noche sin descanso para alcanzar a cumplir los numerosos compromisos. Un trabajo agotador que  no paraba nunca y que mantenía todos los lugares  de nuestra
casa repletos de papel para imprimir y de trabajos por terminar. Pero mi padre estaba contento de tener tanto quehacer. Gracias a eso,  esta sería una bonita Navidad.  

 Aunque el Niño Dios era el encargado de traernos nuestros juguetes navideños, nuestros padres eran quienes nos compraban la ropa y los zapatos para estrenar con motivo de esa celebración. Dos días  antes de la Nochebuena, salí  junto con mi madre y mi  hermana menor a comprar nuestros vestidos navideños. Aquella vez,  como en años anteriores, acudimos a hacer nuestras compras al Almacén del Niño, un lugar especializado en ropa infantil  situado en el centro a pocas cuadras de nuestra casa. Recuerdo que ese día solo hubo un traje de mi talla. Los vestidos que allí vendían  estaban confeccionados casi en su totalidad,  para niñas más pequeñas,  y yo,  ya era casi una jovencita.  Aquel, mi último vestido de niña, fue en verdad, muy hermoso. Recuerdo que era de organdí azul claro con  orlas de delicado encaje,  mangas bombachas  y  una crinolina almidonada que le daba vuelo  y volumen a la amplia falda. 

El día antes de Navidad, papá clausuró las actividades en su taller y dio vacación a sus operarios. Para él,  lo  más importante era  que en esa fecha especial,  pasáramos  tranquilos, unidos y contentos y  un poco apartados del corre-corre de la empresa. El 24, como ya era su costumbre, mis padres salieron  rumbo al mercado,  que por entonces se conocía como  "la galería",  a comprar  las mazorcas para los tamales navideños que  mamá preparaba  siempre en esa fecha. Durante todo el día papá estuvo junto a ella moliendo los granos, lavando las hojas y armando los envueltos.   

Poco a poco fue llegando la noche, la noche más esperada del año. Recé la Novena con especial fervor  y al terminar, me acerqué hasta el pesebre en el que estaba recostado el Niñito, busqué entre las pajas mi cartita y con emoción comprobé que ya no estaba.  Sí, ya se la había llevado.  Me invadió una gran alegría. Días antes había escuchado en mi colegio algo por completo inusitado.  Otras niñas más grandes se burlaron de mi creencia en el Niño Dios. Me aseguraron  que  no  existía,  que los juguetes nos los traían nuestros padres.  "Ellas, son las que están equivocadas", pensé en ese momento con disgusto,   y de inmediato aparté de mi mente una afirmación tan descabellada.

Llena de alborozo  ayudé a mi madre a arreglar la mesa navideña.  Papá quería que cenáramos  temprano para que después, todos juntos,  fuéramos  a la misa de gallo celebrada a media noche en la iglesia cercana. La cena estuvo deliciosa. Mamá preparaba en Navidad una cena realmente pantagruélica con los más variados  manjares y postres, pero lo que primero nos servía eran  los deliciosos tamales  de choclo, rellenos con cerdo, pollo, maní, aceitunas y huevo duro.  A la misa de gallo acudí  con mi pinta navideña a la manera de una niña francesa:  mi hermoso vestido azul celeste, un coqueto sombrerito de paja en la cabeza y mis lindos zapatos negros de charol. Al retornar a nuestro hogar todos salimos   a la calle a quemar la pólvora que papá tenía comprada de antemano y de la que era  fanático: velas romanas, volcanes, castillos, y bengalas. Eran esos, momentos de mucha jolgorio  y regocijo. Otros vecinos salían también  a quemar pólvora y toda la calle se impregnada con ese particular olor que para mi, quedo siempre asociado  a la Navidad.

Agotada por tantas emociones me quedé dormida soñando en lo que había pedido al Niñito con tanta ilusión en mi cartita: la hermosa muñeca dormilona de ojos verdes y rizos dorados y  su coche de mimbre. 

Me desperté  ante los gritos de contento de mis hermanos pequeños que ya habían descubierto sus juguetes; mi hermana menor se despertó también y  con gran alborozo encontró a los pies de su cama la muñeca que había pedido. Yo, estaba desconcertada. No veía nada. Busqué bajo cama, y alrededor del cuarto, pero mi muñeca no estaba ahí. Entonces caí en cuenta de una caja delgada y larga que estaba bajo mi almohada: un juego de ping pong. 

 Mamá entró en ese momento y al observar mi desilusión me abrazó y me dijo bajito: "Mi amor, ya casi eres una mujercita. Vas a ver cómo vas a disfrutar con este juego".  La miré desconcertada. Y entonces comprendí: las compañeras del colegio estaban en lo cierto.