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domingo, 22 de mayo de 2011

El desertor




El noticiero del mediodía informó entre otras noticias de menor trascendencia, que en la tarde anterior una patrulla del Ejército que realizaba un reconocimiento de rutina en una vereda apartada de la Costa fue emboscada por una milicia de la guerrilla conformada por más de doscientos hombres.  Hay  nueve soldados muertos, cinco malheridos y un desaparecido que se cree ha sido secuestrado por los subversivos

Embozado en su puesto de guardia los ve llegar. Son muchos, demasiados. Es preciso alertar a sus compañeros que en ese momento descansan  desprevenidos en el pequeño caserío. Pero el pánico lo paraliza. Ese mismo pánico  que ha sentido en cada escaramuza  desde el instante en que inició  la obligada  conscripción. 

Él no es hombre de armas. Lo suyo es el campo, las siembras, las cosechas,  su humilde pero cálida choza junto a su madre y sus pequeños hermanos. No esta  lucha  contra un  enemigo impredecible, sanguinario y  sin rostro.
Ya están muy cerca. Ahora los divisa mejor.  Deben ser más de doscientos. Los masacrarán sin ninguna duda. La única forma de advertir a sus compañeros  es haciendo un tiro, pero esa sería también su sentencia de muerte. No puede pensar. Sus reflejos responden únicamente al temor infinito que lo domina.
Sigilosamente, tratando de no hacer ruido y sin parar mientes a  los peligros agazapados en el monte, se interna en la espesura.   Cuando cree que ya se ha alejado lo suficiente inicia una desesperada y febril  carrera. Sus piernas semejan alas. Cruza veloz los vados. Corre,  cae, torna a levantarse y  de nuevo a correr. No puede detenerse; sabe que en ello le va la vida.
Y entonces, como una tormenta presentida empieza el fragor. Escucha las explosiones, las incesantes ráfagas, los gritos, las alertas. El sonido de las balas repercute en sus sienes y en su mente. Parece que el combate no acabará nunca

De  pronto, tan intempestivamente como se inició, se hace de nuevo  el silencio. Un silencio ominoso que retumba peor que las balas  en su cerebro. Sabe que sus compañeros ya deben estar muertos. No tenían ninguna posibilidad de sobrevivir.

Viscoso,  como la panza de una serpiente, el remordimiento lo invade  mientras se arremolinan los presagios en un aire que bocanadas infernales traídas por el viento tornan sulfuroso.  El terror y el miedo a la muerte  fueron  más fuertes que su sentido del deber. “Solo aproveché la oportunidad, solo eso. No tenía alternativa. ¿Quién podría culparme?”. Una y otra vez  se repite  lo mismo, pero en su fuero interno sabe que no hay atenuantes. "Abandoné a mis compañeros en el momento crítico; no los puse en guardia. Ahora, soy un  desertor, un cobarde."
Pero ya  no puede retroceder ni detenerse. Es tarde para volver atrás.  Es necesario seguir, seguir huyendo, salvarse. No obstante,  algo se lo impide, un cansancio invencible lo invade,  algo que  no le permite avanzar con rapidez. Sus piernas son como de plomo. Su corazón palpita enloquecido. Un ahogo atirabuzonado trepa por su esófago.
 Una luz agónica se divisa a lo lejos. Es una cabaña. Está cerca de otro ser viviente.  Aprieta el paso. El  canto de un gallo quiebra la soledad opresiva.  La noche observa todo con sus pupilas muertas mientras se aleja  silbando aires lúgubres. Lentamente, los rayos del sol van filtrándose por entre las copas de los árboles.  Amanece.
Víctima de súbita flojedad se recuesta en un tronco. El corazón bate en su cárcel con ritmo acelerado: las sienes le arden; la respiración fatigosa se manifiesta en incoercibles estertores.
Inútilmente ha tratado de  escapar  a su destino. Más le valdría haber muerto en combate. El remordimiento y la vergüenza  lo acompañaran por siempre acechándolo con refinada malignidad. Solo existe una forma de escapar. Solo una.

–¡Perdóname, madre! –murmura preso de la angustia que lo ahoga. 
Desde la pequeña ventana de su rancho, la  pareja de indígenas lo observa temerosa. La presencia de un soldado solamente  representa para ellos peligro; los violentos podrían malinterpretarlos. La guerrilla es  allí la única ley.  No saben qué hacer, no se atreven a salir.  
Espantados  advierten el gesto ineluctable del soldado que con los ojos cerrados toma su pistola y  la aproxima a sus sienes.  La detonación quiebra estruendosamente el sosiego  de la madrugada campesina.
 El miedo y el remordimiento  han quedado atrás. El cielo se ha tornado más puro  como vaciado en vidrio. El sol se agranda en el horizonte. Después de todo, esta será una hermosa mañana.



lunes, 11 de abril de 2011

MARÍA


 

Otros cuentos de la autora
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María
Leonor Fernández Riva

- María, ¿por qué te demoras tanto? Ya sabes que si te llamo es porque te necesito. Tiene que poner atención, mija, porque si no, no me sirve. Voy a llegar tarde al club. Ya estoy un poco atrasada. ¡Qué problema! No sé todavía qué ponerme y con lo criticonas que son mis amigas. ¡El oso que haría si volviera a repetir alguna tenida! 

¡Jumck! Creo que voy a ponerme esas sandalias negras de tacón alto.  ¿Las ves? ¡No, no, esas no, las que están al lado!  ¡A ratos pareces ciega! ¿O es que te haces‽!  A ver, ponlas acá al lado del sofá. Me parece que están limpias, pero de todos modos pasámeles un pañito. ¡No sé que voy a hacer, ¡ya todo está quedando apretado en este closet!  Voy a tener que mandar  hacer otro mueble. ¡Qué fastidio! ¡Todos los días un nuevo problema! Y ahora ¿qué me pondré…? Pásame esa blusa de muselina blanca que traje en el verano de Italia. Esa, sí esa, ¡pero con cuidado, mija, la va a arrugar! Y alcánzame también esa falda negra de Saint Laurent. ¡No, no, esa no! La otra. ¡Esa, esa! ¡Qué cosa, no sé por qué pierdo el tiempo explicándote cosas que no entiendes. ¡Ay! ¡Y me olvidaba! ¡Todavía  me falta escoger las joyas! No puedo perder más tiempo. Ya tengo que bañarme. Acomodá todo sobre la cama ¡pero con cuidado por favor! Usa el cerebro ¿sí? Y luego,  acaba de arreglar la cocina, ya sabes que me gusta que todo brille.

-Cómo usted mande, doctora. Me parece que ha elegido usted  muy bien.

-¿Tú crees? ¡Virgen Santa, María!  Ya me estás haciendo dudar. Pero, bueno, date prisa Me baño en diez minutos. No tarda en llegar el doctor.

La “sufrida” patrona de María, entra al espacioso baño y se oye entonces correr el agua.  La doméstica, una joven delgada, de pequeña estatura, rasgos mestizos y agradables,  piel cobriza clara y abundante cabello negro recogido en una trenza que cae sobre su espalda, se sienta en un banco al pie de la cama y con detenimiento revisa y limpia suavemente los hermosos zapatos. Coloca con delicadeza  sobre la cama la blusa y la falda seleccionadas. Y silenciosamente  sale de la alcoba.

Todo ese ambiente tan extraño al medio en que le tocó vivir es parte ahora de su vida;  de su vida laboral, claro está. Sabe que nada de esto le pertenece, que no  es para ella, que allá lejos, perdida en el monte, está la aldea en que nació. Ese sitio entrañable donde todo le era familiar. El sonido cristalino del riachuelo cercano que se tornaba crepitante cuando sus aguas arrastraban la fuerza de la crecida de los montes;  el despertar del gallo en el corral y los trinos  mañaneros de las aves; la vaca mugiendo en la mañana pidiendo el ternero; el alterado cacareo de las gallinas anunciando su éxito; las bandadas vocingleras de loras y de patos; los juegos de los niños; las charlas de las mujeres en sus oficios;  las risas de los hombres. Pero sabe que todo eso hace ya parte de su pasado, que quedó atrás cuando debió, junto con otros vecinos, abandonar su pueblo arrasado por una embestida de la guerrilla. Luego de ese día en que los violentos asesinaron a los tres agentes que hacían guardia en el humilde puesto de policía,  y mataron también  a seis de sus vecinos acusándolos de colaborar con el Ejército. Cuando murió el pobre de José Pablo que hacía apenas un mes se había casado.

 María mueve su cabeza con dolor ante el recuerdo, Cierra los ojos y le parece  ver la cara desolada de Inés, la  joven esposa de José Pablo con su cuerpo desmadejado sobre una banca; ese cuerpo en donde la redondez del vientre anuncia ya la llegada desaprensiva de una nueva vida.  Y luego,  la tristeza infinita y vencida  de las otras viudas; el llanto angustioso de los niños, los lamentos de todos…  Sonidos que  se confunden en su memoria con el ruido de la metralla y el estrépito atronador de los tanques de gas al estallar.  Su propia y devastadora angustia porque ese aciago día murió también  Jesús,  ese hombre bueno que sin que nadie lo supiera le había prometido matrimonio. Sí. Habían hablado de  casamentarse a la llegada del verano, luego de la cosecha del café. Y es que la tierrita había respondido bien al cambio de siembra. El sembrado verde agua de las matas de coca  era ya parte del pasado. Las frondosas plantas de café arraigaron con fuerza y tomaron  posesión nuevamente de esa tierra que había suya durante tantos años. Y cuando llegó la época de la floración, el aroma delicado pero dulce y embriagador de sus flores se apoderó de las tardes. Contaban los días; pronto los rojos frutos del café cubrirían todo esa alfombra verde. Su dulce sueño. ¡Cuántas tardes   pasearon juntos tomados de la mano, forjando planes para su futuro. No podían presentir que ese futuro pronto sin hacerse presente se convertiría en  pasado. Su universo se destruyó también aquel aciago día, como se destruyó el puesto de policía, como se destruyeron las vidas de tantos otros,  como se destruyó su pequeño pueblo.

¿Por qué existiría tanto dolor? ¿ Por qué tantos hombres  hacían de la muerte y el sufrimiento su oficio y su vocación? ¿Por qué? ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué? ¿Sería así en todas partes o habría algún lugar donde la tierra no oliera a sangre,  a bala, a muerte?

Luego de  esa devastación llegó el Ejército para perseguir a los delincuentes. Creyeron que los protegerían pero ellos mismos les aconsejaron que se marcharan hacia la capital. No podían garantizarles  su seguridad. Debían perseguir a los delincuentes.  Empezó entonces para todo su pueblo esa agotadora e incierta marcha hacia un  destino desconocido.

Todo en la capital le resultó extraño, amenazante. Durante dos meses debió vivir de la escasa ayuda que les proporcionaba  a los desplazados el Gobierno,  hasta que al fin, por intermedio de una oficina, encontró ese trabajo. No era fácil, suave ni grata su labor en esa casa, pero por lo menos se sentía segura.

Cómo comparar todo esto con la humilde choza de sus padres, su cama,  su cocineta  de gas y su viejo televisor. Aquí todo es  amplio, abundante, lujoso, nuevo; closets,  aparadores y nevera repletos  de ropa y de comida;  baños hermosos; adornos, cuadros.  Poco a poco, sin embargo,  con ese estoicismo que permite a los desposeidos adaptarse sin protestar  a sus nuevos destinos,  María fue familiarizándose con sus nuevas labores.  Aprendió a aspirar prolijamente  los muebles y a quitar con un paño el polvo de cuadros y adornos. Aprendió a barrer, a trapear, a limpiar las paredes, a regar apropiadamente cada una de  las plantas,  a brillar la vajilla y los objetos de plata, a hacer impecablemente las camas, a dejar inmaculados los baños y la cocina y  a sacar a pasear tres veces al día a Fliper, el  perro de la casa. Aprendió que  él era el niño de la casa y que había que consentirlo y  cuidarlo.  Aprendió   a acudir con presteza en el momento en que su patrona la necesitaba.  Aprendió a preparar los desayunos y los platos preferidos de los patronos. Y un día, cuando  se animó a  prepararles los guisos sencillos  de su tierra, aprendió  que era mejor no haberlo intentado: “¡Muy grasosos! ¡Mucho carbohidrato! No, mija, no. Haga no más las cosas que le he enseñado; el señor y yo no comemos ese tipo de comida”.  Y cada noche al retirarse agotada  a descansar, María aprendió también que solo allí, en el  estrecho cuarto que le servía de dormitorio,  existía todavía  un espacio para soñar.

 Esa noche, sin embargo,  María no durmió bien. Se había hecho  casi habitual que su  sueño se viera   interrumpido por imágenes desgarradoras. La noche y el silencio parecían  conspirar para mantener vivos los recuerdos de un pasado que ella intentaba dejar atrás.  Pero en esta ocasión  una inexplicable dezasón no le permitió conciliar el sueño sino hasta la madrugada. Al día siguiente y mientras se encontraba realizando sus labores matutinas  la sobresaltó de pronto  el grito enardecido de su patrona:

-¡Maríaaaaaa!! ¡Maríaaaaa!! ¡Ven pronto!

Subió de prisa las escaleras, la doctora, de pie junto a su esposo y fuera de sí, la miraba con furia.

-¿Dónde están mis aretes de brillantes? Siempre los guardo aquí y ahora no están – la increpó mostrándole un cofre de plata, y añadió frenética-: Tú fuiste la única que entró a este cuarto.¿Qué has hecho con ellos?

María no supo qué contestar. No sabía de qué le hablaba su patrona. Nunca había visto brillantes ni cosa parecida.  Solo pudo decir balbuceando:

-Yo no he tomado nada, doctora, ¡Créame!

Pero no la creyeron. Al medio día llegó la policía y a pesar de su llanto y sus protestas la llevaron presa.

Una semana después, la patrona de María encontró los aretes de brillantes en el bolsillo de un abrigo y entonces recordó que se los había quitado en el ascensor al llegar tarde de una fiesta.

No quiso reconocer su error ante su esposo y ocultó la verdad. “De seguro, María saldrá pronto libre. Estas chicas del campo están acostumbradas a pasar por estas cosas”, se dijo para tranquilizar su conciencia, y no volvió a pensar en el asunto.

Para María de todos modos era ya demasiado tarde. En una riña en la prisión una de las reclusas que le tomó ojeriza desde que la vio le asestó, sin dudarlo, en medio de la trifulca una certera y mortal puñalada. 

Allá lejos, en su terruño, y sin que a nadie parezca importarle, las fuertes hojas verde agua de la coca  vuelven poco a poco  a desplazar a las florecidas maticas de café.  

    



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