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sábado, 18 de mayo de 2013

El visitante




                



El visitante

Leonor Fernández Riva

El convento,  enclavado en el centro de la populosa ciudad, era una de las pocas edificaciones coloniales que habían resistido al paso del tiempo y  a la depredación modernizadora de la urbe. Una coqueta  plazuela de piso de piedra  precedía a la pequeña capilla diseñada en forma de cruz a la que se ingresaba por pesadas puertas de madera  labrada.  Al interior todo hablaba del pasado, las pequeñas ventanas, los reclinatorios y  confesonarios, las imágenes, los pisos y altares en piedra sin pulir… Un convento que nació en los primeros días de una ciudad cuya población, constituida en su mayor parte por gente sencilla carente  de títulos de nobleza,  no albergaba para su vida  grandes pretensiones.

La vivienda de las religiosas  respondía también al mismo patrón arquitectónico. Las  habitaciones estaban situadas alrededor de  floridos patios interiores. El patio principal, mucho más grande que los demás,  estaba poblado por profusión de árboles y plantas;  gualandayes, camias, y enormes árboles de nísperos cuyos frutos eran devorados en las noches por bandadas de ávidos murciélagos y bajo cuya tupida fronda anidaban  toda una gama de plumíferos.

Muchas leyendas poblaban la historia de aquella vetusta edificación  pero ahora,  deshabitado casi por completo por la ausencia de vocaciones religiosas el lugar se había convertido en una pieza interesante de museo y nada más.  Eso parecía.

Debido a las dádivas, cada vez más escuálidas,  de los escasos  feligreses y ante la falta de recursos para mantener en funcionamiento aquel inmenso espacio, la congregación   religiosa tomó un día la decisión de adaptar en una de las  alas del convento pequeños apartamentos unipersonales  con el fin de alquilarlos a señoras de edad. No se trataba de  un hogar de reposo sino de  pequeñas suites en arriendo destinadas a  mujeres mayores que a pesar de su edad pudieran valerse por sí mismas y sobre todo, que estuvieran en capacidad de  sufragar la costosa pensión.  La idea tuvo una excelente acogida. Fue esa una muy conveniente solución para muchas mujeres entradas en años a quienes les resultaba ya  muy difícil hacer frente a las contingencias  de una vida en soledad.

 Bertha Flórez de Carvajal era una de ellas.

Después de una existencia intensa y plena de vivencias tanto en el plano familiar como social, Bertha se había visto de pronto enfrentada al implacable paso de los años, a la viudez,  a la vejez y a una precaria situación económica. Sus dos hijos se habían radicado hacía ya varios años en el extranjero y solo ocasionalmente la visitaban; muchas de sus amistades habían fallecido o se habían alejado por diferentes circunstancias;  su condición física había mermado ostensiblemente y la pensión de la que subsistía no le permitía ya continuar con el tren de gastos que siempre había disfrutado. Vivir en el convento con la mayor parte de  sus gastos cubiertos  y sobre todo,  en  compañía de otras personas de su misma edad y condición,   fue para ella una solución providencial.

 Hacía ya dos años  había tomado esa decisión y  desde entonces, su estadía entre esos muros llenos de historia, fue siempre muy placentera. Se sentía segura, bajo ese techo y a buen resguardo de los peligros del exterior; tenía cubiertas todas sus necesidades y  el grupo de señoras con las que compartía hospedaje eran bastante agradables.

No obstante, desde hacía ya varios día no gozaba  de un sueño reparador. Sufría  pesadillas en las que se veía atacada por seres malignos y al despertarse cubierta de sudor en la mañana, experimentaba el mismo cansancio de la noche anterior.  Un cansancio que ya no la abandonaba durante todo el día.

Esa madrugada despertó con el cuerpo más  maltrecho que otras veces.  Miró el reloj. Muy temprano todavía para levantarse. Se acomodó  en el respaldo de la  cama  y encendió  el televisor. Deportes, películas violentas o ya empezadas, cantantes, entrevistas con gentes que no le decían nada. Detuvo el dial en un canal que presentaba un programa sobre sexo. Sentía una leve curiosidad por  ver qué aconsejaba el presentador a la teleaudiencia. Pero no.  Aquel experto no decía nada nuevo. Nada absolutamente. Ella sabía ya, que todo lo que aquel consejero decía eran pendejadas,  lo  único que realmente brindaba variedad y renovada emoción al  sexo era el cambio de pareja. Lo demás era como tratar de darle un nuevo sabor a la comida sobrante de nochebuena.

¡Tantos canales y nada  que valiera la pena¡ Apagó el televisor  y se sentó en el borde de la cama.  Al calzar sus pantuflas, observó inquieta un gran morado en uno de sus dedos, pero no le dio mayor importancia. Esos derrames,  causados por los anticoagulantes que tomaba para mejorar su circulación, se habían vuelto rutinarios.  Lentamente se puso en pie. De un tiempo a esa parte, sus articulaciones amanecían siempre engranadas. ¡Qué difícil le resultaba  adaptarse a los  achaques que día a día  iban limitando sus movimientos y llenando de malestares su vida!

 “Bueno, pensó con resignación no carente de rabia: qué puedo hacer? De aquí en adelante las cosas tenderán a empeorarse. Debo  agradecerle  a Dios que he amanecido y  que  todavía continuo respirando”.

 Se estiró poco a poco y se encaminó luego con pasos cuidadosos hasta el baño. No pensaba bañarse ese día. La mañana estaba fría y  había notado que cuando tomaba un baño en días como ese, se le congestionaba el pecho. Sí.  No se bañaría. Los días fríos se habían vuelto el pretexto perfecto  para acabar con la costumbre del baño diario. Al fin y al cabo, últimamente tenía muy pocos motivos para sentirse feliz,. Si algo tan inocente como no bañarse le producía un poco de bienestar debía aprovecharlo. Todo se reducía ahora  a tratar de ser lo menos infeliz posible.

Aunque procuraba no analizar su comportamiento, como era una mujer inteligente no podía menos que  darse cuenta de que poco a poco iba cayendo en la negligencia y en el  quemeimportismo que ella tanto había criticado antes en  las  personas de edad.  Sí. Ahora que se encontraba recorriendo el camino  que la llevaría de la vejez a la senilidad, y de la senilidad a la muerte,  Bertha Flórez de Carvajal,  la otrora bella y refinada  dama de  sociedad, se iba también apartando poco a poco de los hábitos  que habían regido su vida.

Al volver del baño, experimentó un ligero vahído, que achacó a estar  todavía en ayunas. Se dirigió a la nevera y se sirvió un vaso de jugo embotellado mientras decidía qué  se pondría ese día.  Algo que solo le tomó unos segundos.

Lo mismo. Sí, se pondría lo mismo. Total, nadie allí se daba cuenta de nada. La blusa  del día anterior estaba todavía limpia. No podía darse el lujo de sacar mucha ropa sucia. Su pequeña pensión se le iba casi toda en  arriendo y  medicinas. Eso era lo  prioritario.

 No demoró mucho en arreglarse. Su apariencia, como la de otras ancianas, había ido tomando una apariencia asexuada. Su cabello completamente cano y muy corto,  prácticamente no necesitaba peine. Desde hacía ya mucho tiempo no había vuelto a maquillarse. Ni siquiera se pintaba los labios. Contemplarse en el espejo era algo que procuraba evitar. El rostro aquel que allí veía reflejado era el de una extraña que había ido apoderándose del suyo  sin que ella se apercibiera.

Una ligera bruma envolvía el convento a esa hora de la mañana.  Se abrigó con una chalina y se dirigió al comedor para tomar su desayuno junto a sus otras compañeras de residencia. Sus pasos eran lentos, titubeantes. El mareo que había experimentado un poco antes no la abandonaba.

Al llegar al salón y como todavía no veía a ninguna de sus compañeras,  se acercó a la ventana que servía de pasaplatos entre el comedor y la cocina.  Por unos momentos observó a Rosita, la cocinera  que en ese momento se ocupaba en la preparación del  desayuno.

 Colgado de un garfio maduraba un gran racimo de  plátanos y en una  paila  de madera reposaban  piñas, papayas y zapotes traídos por las religiosas días atrás de una casa que la comunidad tenía en una zona tropical. Aquellos frutos brindaban variedad y nutrientes  a la alimentación diaria que necesariamente por la edad y achaques de las personas a quienes iba dirigida  debía consistir principalmente en frutas y verduras. Nadie podía imaginar el peligro que encerraban esas gratificantes remesas del trópico.

–¡Doña Bertita, madrugó! ¿Cómo está?  ¿Se siente bien? La veo un poco pálida.
¿Va a tomar  café o chocolatito?

–¡Ay, Rosita!  Aunque estas últimas semanas ando todo el día como dormida, en la noche no me es fácil conciliar el sueño  y luego, me  despierto muy temprano en la madrugada. Deme, mejor chocolate, Rosita, por favor. Quizá eso me quite esta debilidad. Voy no más a sentarme. ¿Puede creer? No resisto estar mucho de  pie; se me vence el cuerpo.

–Ya verá, doña Bertita, como este chocolatito que estoy preparando le sienta bien. Deben ser estos calores que están haciendo y que a todos nos tienen extenuados.

–Ahora que la oigo, creo que tal vez eso sea cierto, Rosita. Fíjese que hasta he tenido últimamente que dormir con la ventana abierta porque no resisto el calor. Hasta llegué a pensar que tenía fiebre.

–No está por demás que consulte al médico, doña Bertita. No se me descuide. ¡Vea, ya vienen sus otras amigas.  ¿Cómo está doña Marujita? ¿Y usted, doña Clementina? ¡La veo muy bien, muy repuesta. ¡Enseguidita les sirvo el desayuno!

Rosita, la hábil cocinera del convento, de contundentes carnes y sonrisa siempre a flor de piel, saludaba con gran simpatía a cada una de las comensales conforme iban llegando al comedor mientras se disponía a atender al grupo con la ayuda de una joven novicia.

Bertha  Flórez de Carvajal, no tenía en ese momento ni ánimo ni ganas de hablar. Tomó su chocolate en silencio, y luego, sin quedarse como en otras ocasiones a platicar con sus compañeras, se despidió de todas alegando una ligera indisposición. No mentía. Realmente no se sentía bien.

El camino hasta su cuarto se le hizo más largo que otras veces. Ni bien llegó se metió en la cama. Pasó todo el día acostada. Una gran languidez, un cansancio infinito la dominaban. Solo tenía deseos de dormir. Rosita fue a verla y le llevó el almuerzo, pero debió animarla para que accediera a tomarse un poco de caldo.

–Es un caldito de quinua con verduras, doña Bertita,  ya verá lo rico que está y lo bien que le sienta. ¡A ver!  Váyaselo tomando despacito. No tengo prisa. Una tiene que ayudarse, doña Bertita. De  seguro mañana amanece mucho más animada, aunque ya me dijo la madre Sofía que si mañana sigue así, llamamos al doctor.

–Ya se me va a pasar, Rosita, ya verá. En realidad lo único que tengo es desaliento. Debe ser una de esas virosis que andan por ahí. Creo que me va ha aprovechar guardar cama por hoy. ¡No sabe cómo le agradezco todas sus atenciones!

–Le cierro la ventana, doña Bertita? La brisa de la madrugada le puede sentar mal.

–¡No, Rosita, no! Le ruego que la deje así como está, un poquito entornada no más. Ya ve usted los calores que están haciendo y yo con el ventilador dañado.

Al quedarse sola, doña Bertha se arrebujó entre las sábanas  y se dispuso a dormir pero a pesar de su cansancio el sueño se negaba a llegar. Imágenes de otros días, cuando sus hijos eran solo niños y su esposo joven y lleno de vitalidad, vinieron a su mente. Una época colmada de proyectos, de trabajo, de lucha, de triunfos y fracasos, de tristezas y alegrías, de sueños… de vida. Una etapa en la que  todo  estaba todavía por pasar, por construirse,  por  ocurrir.  ¡Y cuántas cosas pasaron ! Y allí estaba  ahora, al cabo de los años, sola, envejecida,  en ese estado de vida suspendida donde ya nada quedaba por hacer.  Solo esperar.

Al fin, los pensamientos cedieron al cansancio y  la venció el sueño.  Un profundo sueño.

Al día siguiente extrañada de que doña Bertha no acudiera  al desayuno,  Rosita, fue a buscarla a su cuarto. Al ver que no respondía a su llamado, abrió la puerta que se encontraba sin llave.  Estaba preocupada y no cayó en cuenta de un murciélago más grande de lo habitual que voló en ese instante hacia el árbol de míspero a través de la abierta ventana.

Sobre la cama, y en apariencia todavía en medio del sueño, se encontraba el cuerpo sin vida de Bertha Flórez de Carvajal.

El facultativo que levantó el acta de defunción diagnóstico un infarto fulminante debido a una terrible anemia. De alguna manera inexplicable para él, la occisa había perdido una gran cantidad de sangre en pocos días.

Una muerte lamentable, pero Bertha Flórez de Carvajal era solo la primera de una larga lista. El visitante llegado del trópico estaba  sediento.

  
El murciélago vampiro estilizado sobre un fondo oscuro  Foto de archivo - 7302466

    
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sábado, 6 de abril de 2013

El hijo único




No fue para nada fácil convencer de las bondades del hijo único a una población educada en el convencimiento de que la felicidad dependía en gran parte de tener una familia numerosa. Pero tal fue la propaganda y la divulgación que se dio en el país asiático a este nuevo concepto de familia y tan duras las represalias impartidas por el gobierno entre quienes no se ajustaban a la nueva reglamentación, que tener dos o más hijos, fue visto poco a poco como un estigma; algo similar a la reproducción indiscriminada de las bestias. Un solo hijo era tenido en cambio como síntoma de inteligencia y patriotismo.

No obstante, y como lo saben muy bien quienes  alguna vez intentaron atropellar las reglas de la naturaleza, es casi imposible transgredirlas impunemente. Luego de varias décadas el gobierno del país asiático se dio cuenta de que algo no marchaba bien. No se había reparado al dictar tan drásticas medidas, en las consecuencias que traerían, ni en sus efectos en el largo plazo.

 Al paso de los años empezaron a notarse cambios sorprendentes en la hasta entonces conservadora sociedad. En un país en donde el Estado no lograba cumplir con eficiencia la pensión de jubilación y donde por tradición el deber de ocuparse de sus progenitores en su ancianidad correspondía al hijo varón, la alternativa de tener una hija única empezó a verse como un lastre, algo no deseado. 

Poco a poco, los abortos, la muerte de niñas recién nacidas y los fetos femeninos abandonados desaprensivamente en las calles, empezaron a formar parte de la cotidianidad y hasta de la aceptación general.

Así las cosas, al poco tiempo de implantadas las medidas poblacionales, el nacimiento de varones empezó a superar con creces al de mujeres. Un mundo de hombres sin la esperanza de compañía femenina empezó a conformarse. Millones de niños varones nacían con un futuro sentimental incierto.

Pero no fue este el único resultado de las nuevas normas. Otro fenómeno empezó a incubarse de forma gradual en la aparentemente bien estructurada sociedad asiática. Al tiempo que la población joven disminuía, la población anciana, por efecto de la nutrición y los modernos medicamentos, iba tornándose más numerosa y longeva.

Los hijos únicos tendrían que ocuparse de sus ancianos padres y en algunos casos, de los de su esposa, por muchos, muchos años. Una carga pesada.

Liu Chin, un destacado abogado, acendrado defensor de las medidas para el control de la natalidad había observado siempre con mirada obsecuente y pragmática los cambios que a través del tiempo se iban generando en la sociedad.

 Así como de un momento a otro empezaron a verse abandonados en las calles los fetos de niñas a las que nadie quería, así también, en los parques y calles de todas las ciudades empezó a volverse frecuente encontrar cadáveres de ancianos abandonados, cuya muerte el gobierno atribuía a causas naturales o a las inclemencias del clima. Las salas de velación, por su parte, se mantenían congestionadas con los funerales de decenas y decenas de personas ancianas. Entierros singulares en los que se evidenciaba en el semblante de los hijos cierta expresión de contentamiento y alivio.


Como muchos otros, Liu Chin sabía que algo oscuro y horripilante se escondía tras la muerte de tantos progenitores ancianos, pero su criterio pragmático de hombre de leyes lo llevaba ser muy analítico y hasta a justificar lo que con la aprobación tácita del gobierno estaba ocurriendo. Era evidente que este tipo de circunstancias se daba con preferencia en las clases más bajas de la población, las más afectadas con las particularidades de los nuevos tiempos. “Las leyes de la sobrevivencia son duras e inevitables”, pensaba, “es inútil tratar de oponerse a sus designios”.

Viudo, desde hacía ya diez años, y próximo a jubilarse, imaginaba, con algo parecido a la ilusión, que ya pronto cumpliría aquel deseo que siempre había postergado: convertirse en pintor. Bajo su hermética escafandra de abogado, en Liu Chin alentaba un artista. Admirador profundo de Li Tai Po, imaginaba sus futuros lienzos a manera de iluminados e inspiradores haikus similares a los del gran poeta. 

 Sí. Ya lo tenía decidido, se dedicaría a pintar.

 Cuando luego de unos años llegó su retiró, debió mudarse al pequeño apartamento de su hijo quien vivía junto a su esposa y su pequeño hijo único. Se vio forzado a tomar esa medida ante la inminencia de su nueva y precaria situación económica. Ya no tendría un ingreso significativo que le permitiera hacer frente a sus gastos.

Cambiarse al apartamento de su hijo no mejoró desde luego, su calidad de vida ni la de su familia. En el reducido espacio de la vivienda no había lugar para la intimidad. Se daba cuenta que debido a su presencia muchas veces la pareja no podía expresarse libremente acerca de algún tema. Las miradas entre su hijo y su esposa, eran elocuentes. Consciente de que era él quien había venido a invadir el espacio de la familia, procuraba ser discreto y liviano.

Cada mañana cuando su hijo y su esposa salían para el trabajo, y su nieto único era recogido por el bus del colegio, Liu Chin se dirigía al parque cercano y allí daba rienda suelta a su deseo de dibujar la naturaleza. Esos momentos de solaz le gratificaban de la incómoda situación doméstica.

 Algo sin embargo, lo tenía preocupado. Su salud en los últimos tiempos había tenido serios quebrantos. La afición a fumar que había conservado hasta hacía poco tiempo, había afectado sus pulmones. Un carraspeo continuo y molesto le acompañaba todo el día y en ocasiones sufría verdaderos accesos de tos que le dejaban sin respiración. Cuando eso ocurría en la mesa del comedor, Liu Chin percibía la expresión de repugnancia en las caras de su único hijo y de su nuera. Pero lo que más le molestaba y disminuía su calidad de vida eran sus piernas; se habían vuelto pesadas, como de plomo. Le costaba mucho caminar; ya no podía como antes dar largos paseos, se agitaba, perdía el aliento.

 Una noche, Liu Chin Hiu, su hijo, le comunicó que el próximo fin de semana, con motivo de su cumpleaños número setenta, acudirían hasta la hermosa playa de Beihai, conocida como "la playa de plata. Ese sería su regalo.

Beihai, resultó ser en verdad un lugar idílico de playas cubiertas por palmeras; kilómetros y kilómetros de arena blanca que parecían perderse en el horizonte. Después de mucho tiempo, Liu Chin por fin experimentaba algo parecido a la felicidad. Alistó sus pinceles y se dispuso a plasmar en el lienzo el deslumbrador paisaje. Fueron dos días realmente placenteros. Ya sin la presión del reducido espacio de la vivienda, la familia compartió alegremente el descanso en medio de la naturaleza.

El último día del viaje, Liu Chin Hiu, su hijo alquiló una pequeña lancha para trasladarse hasta un islote cercano. El mar estaba un tanto picado pero eso no pareció inquietarlo. Liu Chin no opuso reparos; disfrutaba cada momento. Ya en alta mar, se detuvieron un momento para observar y fotografiar un bello y sorprendente cardumen de peces voladores que parecía seguir a la lancha. Ominosamente varios rayos atronaron a lo lejos.  Liu Chin, sintió un estremecimiento y expresó a su hijo la conveniencia de volver.

Este se quedó observándolo por unos momentos y luego llegó hasta él. ¿Fue solo su imaginación o en los ojos de su hijo, vio Liu Chin reflejado algo parecido al odio?

Ante el fuerte empujón, Liu Chin cayó aparatosamente al agua. Desesperado porque no sabía nadar, intento pedir auxilio pero al ver la expresión decidida en el rostro de su hijo supo que era inútil hacerlo y guardó silencio.

 La lancha en la que viajaban su hijo único, su nieto único y su única nuera se alejaba ya en medio de las olas hacia la playa lejana.




Leonor María Fernández Riva






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