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sábado, 7 de febrero de 2015

Un instante de lucidez

Salud oral y riesgo a la demencia senil

Un instante de lucidez
Leonor María Fernández Riva

Cerró  los ojos con fuerza y volvió a abrirlos  desconcertado por lo que veía.  Todo  de pronto a su alrededor parecía extraño. Se encontraba  sentado en la banca de un jardín y llevaba puesta  una ropa que no recordaba. No podía  explicarse qué le sucedía.  ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía él ahí?  

La confusión lo invadió.  Apenas esa mañana se había despedido de Mirna y ahora, sin ninguna explicación,  se encontraba  en ese lugar. Tenía la sensación  de despertar   de un pesado sueño. Pero no, no era un sueño. Aquel era un lugar extraño pero real.  Nada sin embargo, le recordaba allí lo que él conocía. Observó a  varias personas entradas en años que se hallaban sentadas  en otras bancas  o caminando por los senderos con pasos lentos y mirada perdida. ¿Quiénes eran? Varias empleadas con uniforme parecían estar pendientes  de ellas. 

La imagen de Mirna vino a su mente.   De  seguro ya  lo estaría esperando. La tarde había empezado a caer y  él nunca se había retrasado tanto en volver de su trabajo. Sintió el apremiante deseo  de llegar pronto a su  hogar. Pero, ¿por qué, por qué se encontraba ahí y no en su oficina? Tenía que hablar con Mirna, de seguro ella se lo explicaría.  

Percibió la mirada inquisitiva   de una de las empleadas. ¿Lo  vigilaba acaso?  No, eso no era posible. ¿A son de qué?  No obstante, procuró instintivamente   esquivar su presencia y de manera maquinal se encaminó hasta  las habitaciones situadas a lo largo del corredor; algo en una de ellas  le resultaba familiar, ¿por qué? No  podía explicárselo. La puerta estaba solo entrecerrada,  la empujó y se dirigió hasta la mesita de noche situada junto a la cama; abrió la gaveta  y tomó unas  llaves que estaban en medio de unas fotografías. Sabía que esas eran las llaves de su casa. ¿Cómo habían llegado ahí? No tenía respuesta para eso ni para nada de lo que le estaba ocurriendo.  De una pequeña billetera sacó todo el dinero que encontró: apenas diez pesos.  Tendría que tomar un taxi porque no tenía idea de adónde había dejado su automóvil. De reojo se vio en el espejo del baño; le pareció extraña la imagen que vio reflejada y ridícula la  indumentaria que llevaba puesta.  Abrió  el closet y se vistió con el único traje que estaba colgado. Todo lo hacía de forma inconsciente como si estuviera recordando una lección. Aquello era algo demasiado complicado de entender. Sabía solamente que Mirna lo esperaba y que  debía salir pronto de ahí.  

Optó por tomar las cosas como iban llegando.  Luego vendrían las preguntas, las explicaciones.  Se encaminó hacia la puerta de salida y se mezcló con un grupo de  personas que en ese momento se despedían de uno de los ancianos. Al salir, el portero  no hizo ninguna objeción y  cruzó la reja de entrada sin problema.

Ya en  la calle exhaló un suspiro de alivio.  Volvió  a sentirse él mismo.  Todo aquello parecía ser parte de un sueño. Un extraño sueño que quería dejar atrás. Tomó el primer taxi que pasó por el lugar y le dio la dirección. Estaba tardándose en llegar, pero seguro Mirna lo comprendería y se sentiría feliz al verlo.   El suyo era un amor bonito, a prueba de todo.  Sentía  urgencia por volver a verla, por abrazarla. Le parecía que hacía un siglo que no estaban juntos. 

Llegó hasta la casa y abrió la puerta. En la calle, las luminarias  empezaban a encenderse.  Al interior  su hogar  estaba en silencio, a media luz.  Apenas una lámpara en la sala brindaba un poco de claridad.  De seguro Mirna estaría arriba acicalándose para recibirlo.  Sus encuentros eran siempre  apasionados, románticos,  pero esta vez, quería darle la sorpresa. Procurando no hacer ruido se dirigió emocionado hasta la alcoba. 

La puerta estaba entreabierta, con sorpresa escuchó risas y expresiones ordinarias y de doble sentido.  Lo que vio lo dejó paralizado. Mirna, su Mirna estaba ahí,  desnuda,  haciendo el amor con otro hombre  y parecía disfrutarlo intensamente.  Un destello de furia lo invadió. Sin pronunciar una sola palabra, cegado por la ira, se dirigió hasta la  cocina y tomó un cuchillo.

La crueldad y ensañamiento  de aquel crimen pasional  conmovieron  a la ciudad,  sobre todo,  cuando se supo que el victimario, ex esposo de la víctima,  era paciente  desde hacía  ya  cinco años  de un hogar de reposo adonde debió ser recluido luego de perder  por completo la memoria al padecer un  prematuro y galopante caso de alzheimer del cual se recuperó de manera sorprendente y  fugaz aquel aciago día,  para volver, luego  de apuñalar salvajemente  a su ex esposa y a su reciente marido, a quedar definitivamente sumido  en las tinieblas piadosas del olvido.  

La administración del hogar de reposo donde se encontraba recluido  no pudo explicar cómo  logró salir  del lugar sin  que nadie lo percibiera.


Leonor María Fernández Riva
Santiago de Cali Febrero 7 de 2015

lunes, 19 de enero de 2015

El desfile

El desfile

Leonor María Fernández Riva


–¡Paren! ¡Detengan esa música! ¿Qué pasa, Arturo? ¿Quién escogió ese ruido? 

Tranquilo, César, no te exaltes, solo estamos ensayando los parlantes.

¿Y por qué no lo haces con la música que te dije? Claramente especifiqué que quería Moony - Dove. ¡A ver, dales la orden a los del control, quiero escucharla! 

Ya, ya, enseguida, pero cálmate, no te conviene ponerte nervioso en este momento.

Pasados unos segundos la  música vuelve a apoderarse del ambiente. César aprieta sus labios y mueve la cabeza en señal de aprobación.

Eso es lo que quiero, Arturo, no te vayas a equivocar, por favor, recuerda que el volumen debe ser tan alto, que el sonido se apodere de los sentidos; la música debe crear el marco apropiado para la presentación de las modelos.

Déjalo en mis manos, César, ya sabes que siempre te cumplo.

Confío en ti, Arturo. Voy a ver cómo van las luces y luego pasaré a ver a las chicas, espero que estén listas, ya ha empezado a llegar público.

César Cantillo es un hombre atractivo: alto, delgado, barbilla partida que le da a su rostro cuadrado un encanto especial, ojos de mirada profunda, corte perfecto en su abundante cabellera castaña. Siempre correcto, siempre esmeradamente ataviado. No comulga con modas como los jeans agujereados y raídos que hacen del desaliño y el descuido un esnobismo. Lo suyo es el refinamiento, la delicadeza. Su aspecto es viril, resuelto, no obstante, un buen observador puede percibir en él cierto fugaz amaneramiento que delata su tendencia de género. 

Con gesto adusto se encamina  por el pasillo rumbo a los camerinos. Está preocupado por su madre. Probablemente ya está próxima a llegar y él sabe que los ojos inclementes de los invitados se posarán en ella sin piedad. Una década atrás, su belleza y elegancia eran reconocidas por todos, pero los años, el vacío e inutilidad de una vida muelle, sin necesidades, sin objetivos y una serie de decepciones amorosas, la fueron llevando por un camino de excesos en su dieta y ahora, en su pesada silueta no quedan rastros de la mujer de otros días. Fueron precisamente la belleza, la elegancia, la frivolidad y apego a la moda y a la vida social de su madre, los que determinaron en él su afeminamiento y ese anhelo de encaminar sus pasos por el mundo de la moda, de los accesorios, de las marcas, de la vida en sociedad. Sí, fue ella quien le inspiró a ser diseñador. César Cantillo conoce bien el origen de sus predilecciones en cuanto a género  y en cuanto a su vida profesional.

Aunque el rostro de su madre continúa conservando los hermosos rasgos de otros días, verla  ahora es como ver a una mujer diferente.  Muchas veces se ha preguntado cuándo empezó a ocurrir un cambio tan radical. Difícil precisarlo porque fue aconteciendo de manera muy sutil. En un principio, observar su glotonería y su sedentarismo  le causaba regocijo. Le hacía bromas. No parecía nada complicado, ni preocupante. La veía disfrutar  largas horas frente al televisor saboreando golosinas, y hasta se conmovía de que algo tan inofensivo le causara tanto placer, hasta cuando se hizo evidente el cambio que se iba produciendo en ella, en su figura, en su salud, en su comportamiento. Trató entonces de motivarla a tener otros incentivos, a salir, a trabajar en algo. Pero fue imposible  alejarla de esa rutina destructiva. Ante esa realidad, se dedicó a vestirla con sus mejores diseños, intentando ocultar los excesos que esa cotidianidad muelle había producido en su figura y en su personalidad,  pero era inútil, nada le quedaba bien. Sabe bien que su  pesada presencia en sus desfiles  no constituye  un buen mensaje para quienes acuden a admirar  sus diseños. Los  trajes, que tan hermosos se ven en sus modelos,  no la favorecen.  Felizmente, su madre no parece darse cuenta  de la curiosidad malsana que su presencia  despierta entre quienes la observan. Posee una  envidiable autoestima que  la protege de los murmullos y maledicencias. A César esa manera de ser, un tanto infantil le produce una gran ternura. La quiere.  Es  a ella,  más que a nadie,  a quien él desea embellecer, a quien desea vestir. Para esta ocasión le  confeccionó con la nueva textura que piensa presentar, un vestido largo de color oscuro, mangas tres cuartos y escote en V profundo. Algo sencillo que sabe le sentará bien. Aguarda su presencia con gran expectativa, ¿cómo se verá?

 Los preparativos del desfile que está por iniciarse vuelven a acaparar su atención. Esta colección ha  resultado para él especialmente compleja y  ha llegado al día del desfile completamente agotado. No puede engañarse: cada vez le es más difícil presentar una propuesta original; no logra encontrar ese algo distinto que marque una real diferencia en el exigente mundo de la moda. De seguro, claro, no es el único diseñador que experimenta esas mismas inquietudes, son muchos los diseñadores y todos, desde todas partes del mundo intentan descubrir esa piedra filosofal de la moda que origine una nueva revolución en la manera de vestir de las mujeres. Pero desde cuando Mary Quant presentó, en 1964, su polémica minifalda, no se ha vuelto a tener en las pasarelas nada realmente original. Todo es un darse vueltas por similares versiones de modelos ya diseñados en el pasado. Un vuelo aquí o allá, combinaciones arriesgadas de color, otras telas, otras texturas, estampados llamativos, accesorios variados, tacones altísimos, peinados extravagantes, drapeados, escotes, pero al final, lo mismo, diseñado ya una y mil veces. Muy, muy de vez en cuando surge algo realmente distinto. Pero ese no es su caso. Está atrapado en una especie de letargo que no le permite encontrar nuevas formas, nuevas tendencias. Sabe que se repite una y otra vez. 

Pero aunque la inspiración no venga a su encuentro, él no puede darse el lujo de permanecer en silencio, de no exhibir nuevas propuestas. Tiene que seguir en la rueda presentando dos o más desfiles por año. En esta ocasión se vio precisado a acudir al pasado para ayudar a su inspiración. Horas, tras horas de observar películas y fotografías de otros días para adaptar después esas tendencias de la moda antaño, a su presente inspiración. Las personas tienen mala memoria y de seguro no relacionarán uno que otro vuelo, un largo de falda, escotes y fruncidos con imágenes del siglo pasado. Unas palabras de la Biblia vienen a su mente: "Lo que fue, eso mismo será; lo que se hizo, eso mismo se hará: ¡no hay nada nuevo bajo el sol!".  Sí, no hay nada nuevo bajo el sol. Y no lo dice solo por él, sino también por los otros diseñadores. Todos están perdidos en el  mismo laberinto. Todo es solo una constante reinvención. Esta vez, sin embargo, César Cantillo aguarda con una secreta expectativa. Ha experimentado en sus propios telares  una nueva textura. Algo en lo que ha puesto mucha fe. A su criterio, el resultado ha sido sorprendente.

Con el ceño fruncido llega hasta el camerino de las modelos. Allí reina el bullicio. Las maquilladoras dan aquí y allá los últimos retoques. Se revisan los peinados que esta vez resaltarán las largas y frondosas cabelleras de las modelos. Se entalla una falda, se corrige un dobladillo. 

Las observa en silencio desde una esquina del salón. Son en verdad muy bellas, con los estándares de la belleza femenina que se ha ido imponiendo entre los grandes modistos: altas, esbeltas, delgadas al máximo, piernas larguísimas, facciones delicadas, narices perfectas en algunas de las cuales se aprecia la mano experta del cirujano, onduladas y brillantes cabelleras, ojos grandes y rasgados, miradas duras y vacías. Su belleza no le dice nada. No es lo suyo. Muchas cosas en ellas le irritan. Pero las necesita. Ellas destacan sobre sus cuerpos perfectos las complicadas creaciones que forja su mente. 

¿Listas, chicas? pregunta con una sonrisa a modo de saludo, entrando en el congestionado lugar. 

–¿¡Hola, César! ¿Cómo está usted? Saluda a su vez la directora de ceremonias acercándose a él–  Fíjese, que todo va muy bien. Voy a reunirlas para darles las últimas instrucciones. No sería malo que usted también les hablara. Pero, déjeme decirle, César, que los vestidos están preciosos. La textura de esa nueva tela que  ha producido para esta colección es algo prodigioso, parece ceñirse al cuerpo y destacar las agraciadas formas de nuestras modelos. Juzgue por usted mismo y dígame qué le parece: ¡Rossmery, acércate para que César vea la caída de tu vestido!

Rossmery es precisamente una de las jóvenes que a él más le ha parecido subidita de peso. Hasta llegó a pensar en sustituirla. Pero es cierto, lo que dice la directora del evento, la prenda se ciñe a su cuerpo y cae de una manera deliciosa. César no sabe si el vestido resalta o esconde los defectos o cualidades de la modelo, pero tiene que aceptar que esa prenda ha tornado a una joven poco agraciada en una belleza singular. Tiene que admitir que allí ha ocurrido algo sorprendente. Como es su costumbre las motiva antes de la presentación:

Todas se ven preciosas chicas, ya saben, deben salir comiéndose al mundo Todas ustedes son reinas y más que con vestidos, están cubiertas de fantasía. Recuerden: pisen firme, seguras y con gracia. Conserven en su rostro una mirada profunda y enigmática. Ustedes no son mujeres, son diosas. 

En ese momento ve llegar a su madre. Pero, ¿qué ha pasado? César Cantillo la observa admirado mientras ella se dirige hacia la gradería. Algo del todo sorprendente ha ocurrido; es como si de golpe su figura hubiese perdido varios kilos. No puede precisar en qué parte los ha perdido, ni si sigue teniendo el mismo peso, pero su presencia es ahora notoriamente diferente. No se le nota ninguna adiposidad. Es como si se tratara de otra persona. Y ahí está ahora, en primera fila observando con ojos vivaces todo lo que pasa en el salón. Así es ella inquisitiva y curiosa. Pero esta vez algo ha cambiado. Y para bien.

Se acerca hasta ella y la saluda con un fuerte y cariñoso abrazo.

Hola mamá, te estabas demorando, llegué a creer que no vendrías. 

¿Cómo iba a faltar a uno de tus desfiles, hijo? Ya sabes cómo me gusta lo que haces. Y esta vez trabajaste más que nunca, sé que has hecho un gran esfuerzo.

–Un poco nada más mamá, pero dime, ¿te  gustó tu vestido? Está confeccionado en una nueva tela cuya textura me parece asombrosa. No sabes lo bien que se te ve.

Sí, hijo, sí, ya lo noté. Tiene una textura maravillosa, es como si te abrazara. Un abrazo del que no quisieras desprenderte. No quisiera quitármelo.

Pues no te lo quites –replica César con un guiño y una sonrisa pícara volviendo  a abrazarla–. Disfruta el desfile, madre. Voy tras bambalinas. Ya va a comenzar. 

Está pletórico; todo su cansancio ha desaparecido, experimenta la indescriptible sensación de que ha encontrado ya lo que tanto ha estado buscando. Un sinfín de posibilidades y de nuevas y originales propuestas  surgen en su mente. 

Después de todo, madre  –dice para sí con una sonrisa–  valió la pena mi fatiga y mi esfuerzo. Era un buen momento para descubrir algo y creo  que ya lo he descubierto. 

¡Eureka, querido, Arquímedes! ¡Que suene la música, el desfile puede comenzar!

Leonor María Fernández Riva

moda y su relevancia




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