Translate

martes, 30 de julio de 2013

Azur, el joven sumerio



Azur, el joven sumerio


Leonor Fernández Riva


Los habitantes de Sumer disfrutaban desde hacía ya varias lunas un inusual periodo de paz. En los campos, los labriegos podían dedicarse sin sobresalto a cosechar las doradas eras de trigo; los pastores, a apacentar en las praderas  sus rebaños; los artesanos, a fabricar en sus hornos cientos de ladrillos para sus ciudades y zigurats; los artistas, a esculpir en la piedra y en la arcilla las efigies de sus monarcas y dioses, y los escribas, a grabar en tablillas de arcilla los acontecimientos que marcaban sus vidas. Una época de sosiego en la que todo parecía florecer y progresar.

Los augures, no obstante, no eran optimistas. Algo en el reino no andaba bien. Esa calma, decían, presagiaba desgracia. Una desgracia ya avizorada por ellos tiempo ha, cuando los dioses parecieron abandonarlos. Los armeros por tanto, no cejaron tampoco en su labor y continuaron con especial celo dedicados a fundir en las fraguas espadas de bronce cada vez más afiladas, y escafandras y yelmos más protectores para cuando de nuevo volvieran los enfrentamientos con los pueblos vecinos. El temor de la guerra acechaba en los corazones. Sin embargo, como así son las cosas, los jóvenes, al contrario del resto de pobladores, desesperaban porque pronto volvieran los días del combate en los que podrían alcanzar el triunfo y la gloria.

Azur, un atractivo joven de facciones regulares y ojos negros y profundos, no compartía esa fiebre generalizada por acudir a la contienda. De temperamento tranquilo y retraído, amaba la soledad y gustaba de pasar largas horas en la noche contemplando las estrellas lejanas. Sí. A aquel joven sumerio no le atraía la guerra. Y,  no obstante, al igual que todos los jóvenes sumerios en edad de luchar, él también asistía a diario al entrenamiento castrense impartido en el gimnasio; escaramuzas tan vívidas que en ocasiones muchos novatos morían o salían gravemente heridos por mano de sus mismos entrenadores o de sus compañeros de armas. Dotado de un especial don para la lucha Azur vencía con rapidez a sus oponentes, algo de lo que no se vanagloriaba en lo absoluto, por el contrario, llevado por un confuso sentimiento de piedad que procuraba disimular, trataba de no infligir heridas graves a sus contrincantes.

Desde hacía un tiempo Azur experimentaba un impulso que no podía reprimir, una fuerza que lo impelía a acudir cada tarde hasta el templo de Enki, el dios de la sabiduría. Era como si escuchara una voz en su cerebro que desde aquel lugar lo llamaba. Pero aunque trataba de convencerse de que aquello era solo un juego de su imaginación, no podía controlar el poderoso impulso de acudir a la llamada. Con el paso de los días se le volvió habitual llegar hasta el templo y observar desde lejos el trabajo de los sacerdotes que cumplían la función de escribas y que se ocupaban en grabar sobre tablillas de arcilla variados textos. Azur, como la mayoría de los habitantes de Sumer, no sabía leer, pero al observar de forma constante aquella labor fue naciendo en él un ardiente deseo por aprender a descifrar esos signos que sabía contenían la historia de su pueblo.

Una tarde, llevado por la atracción que experimentaba por el trabajo de los escribas, se adentró en el templo hasta llegar  hasta la sala situada al lado de la gran biblioteca donde los sacerdotes realizaban su labor; ensimismado, observó el trabajo de uno de ellos. El gran sacerdote, que en ese momento grababa los signos en la arcilla, alzó su cabeza al sentirse observado y con gesto de sorpresa contempló al joven que le miraba absorto.

 –¿Qué te trae por aquí, joven guerrero? –preguntó–. ¿Cómo es que has llegado hasta acá? No es este el campo de tu entrenamiento. Debes saber ya que este es un lugar reservado para los sacerdotes.


–Lo sé, respetado señor; te pido disculpes mi atrevimiento –respondió Azur–. Algo me impulsa cada día a llegar hasta aquí; algo que no puedo reprimir. Un llamado de alguien que me necesita. Tal vez sea solo mi imaginación, pero al venir a diario hasta el templo he podido observar lo que haces y quiero pedirte que me permitas colaborar en tu labor.


–¿Eres tú, mi señor?  –murmuró el sacerdote como hablando consigo mismo, y luego mirando al joven añadió–: Es extraño lo que te sucede, muchacho, y demasiado a lo que aspiras. La labor de escriba está encomendada a los sacerdotes del templo de Enki. Bien sabes que cada uno de los habitantes de Sumer tiene asignada por los dioses una función. La tuya es guerrear.

–Soy consciente de eso, mi señor, y sé que mi destino está en las armas; pero no pienses que es el miedo lo que me impulsa hasta aquí. No siento temor ante la lucha ni ante la muerte, ni deseo infringir las normas que rigen mi vida. Solo quiero que me permitas observar tu labor. Los artistas del reino trasladan a la piedra nuestros dioses y nuestras batallas, pero algo me dice que lo tuyo es aun más importante. Tú puedes reflejar el alma en la arcilla.

–Me sorprendes, muchacho. Pocos comprenden como tú el alcance de lo que aquí hacemos. ¿Cuál es tu nombre?

 –Azur, hijo de Naira y de Thor, el guerrero.

–Tienes una herencia de valentía de la que deberías estar orgulloso. Sigue el ejemplo de tu padre; no es conveniente forzar el destino.

 –Razón tienes, mi señor, pero no lo estoy forzando. Creo que las batallas que no se relatan se pierden en la memoria y en el tiempo como si jamás se hubiesen realizado. La lucha no está terminada ni la victoria conseguida sino cuando la contienda y el triunfo quedan grabados en una tablilla.

–De nuevo dices una gran verdad. Somos el único pueblo que puede dejar ese testimonio. Nuestra nación ha sido la primera en lograr trasladar los sonidos del habla a los signos que la representan. Eso nos diferencia de todos los otros pueblos. No fue esa una labor fácil. El dios de la sabiduría debió venir en nuestra ayuda. Él también deseaba que la historia quedara grabada porque el pensamiento de los humanos es frágil y perecedero y era necesario dejar un testimonio de nuestra gran civilización. Debes saber, muchacho, que Sumer es depositaria del legado de los dioses y que aquí se guardan muchos secretos.

–No entiendo bien de qué hablas, señor. ¡Pero juro por el dios de la sabiduría que si algún día llegó a conocer esos secretos sabré protegerlos con mi propia vida!

–Hay secretos que es mejor no conocer, joven guerrero. Ten cuidado; el conocimiento puede acarrear más peligros que la más terrible de las batallas.

–¿Puedo volver otro día, gran señor? Podría ayudarte a preparar las tablillas, acarrear el agua, ayudarte con la limpieza.

El anciano sacerdote movió su cabeza como diciendo: ¡qué insensatez!

–Vete ya, muchacho; me distraes –dijo, y sin más volvió a abstraerse en su trabajo.

Pero Azur, cautivo de su anhelo, siguió acudiendo cada tarde hasta el templo con tenaz insistencia. Desde lejos contemplaba en silencio el accionar del anciano sacerdote. Y así, una y otra tarde..., una y otra tarde... Y ocurrió que en una de aquellas ocasiones el anciano, doblegado ante tal persistencia, le indicó con un gesto que acudiera a su lado y le permitió poner la arcilla fresca en los moldes para formar las tablillas.

Azur no cabía en sí de la felicidad. Cada tarde llegaba hasta el templo y en silencio colaboraba con el anciano sacerdote en todo lo que lo requería. Con el tiempo éste le fue tomando cariño a su improvisado ayudante y su ayuda se le tornó imprescindible. Un día, conocedor del anhelo del joven, y aunque la labor de escriba estaba reservada a los sacerdotes, empezó a introducirlo en el conocimiento del complicado lenguaje pictográfico. El tiempo fue pasando y una tarde, Murak, que así se llamaba el anciano sacerdote, permitió a Azur grabar en una tablilla las palabras que le iba dictando y que hacían parte de un lista de provisiones del palacio real. Algo memorable en la vida del joven sumerio.

Azur era un alumno inteligente y vivaz. Al cabo de pocos meses dominaba ya la escritura cuneiforme. Gracias a la intervención del sacerdote escriba se le permitió a Azur, como algo excepcional, continuar colaborando con él en el templo. Desde aquel día el joven dejó de asistir al gimnasio y se dedicó con especial esmero a grabar en la arcilla gran cantidad de textos referidos sobre todo a contratos, ventas y trueques realizados en la ciudad, que por aquellos días tenía gran actividad comercial. No era eso, desde luego, lo que Azur anhelaba. Él quería grabar en la arcilla la historia de su pueblo, sus batallas, el paroxismo del combate, los momentos de gloria. No obstante, así era feliz.

Pero los días de paz de Sumer habían acabado. En la frontera los ejércitos enemigos preparaban sus huestes para atacar su territorio. El ejército sumerio empezó también a alistar sus fuerzas. Los jóvenes guerreros de Sumer, ignorantes de los sufrimientos que acarrea la guerra, acudían eufóricos a alistarse en los escuadrones de defensa. La ciudad vivía una angustiosa expectativa; era grande el peligro que la acechaba, los enemigos se habían unido y sería difícil alcanzar la victoria.

En el templo de Enki, el dios de la sabiduría, los sacerdotes experimentaban también una gran inquietud; tenían el deber de proteger la biblioteca y resguardar hasta con su vida las frágiles tablillas.

Pero había algo más que proteger. Un día en que los rumores y presagios de invasión se tornaron agudos y cuando se vio que la contienda era ya inminente y la invasión un hecho cierto, Murak, el sacerdote, suspendió su labor e hizo discretamente señas a Azur para que lo siguiera. Éste obedeció sin preguntarle nada. Atravesaron largos corredores y se adentraron por los intrincados laberintos del palacio, lugares no permitidos ni siquiera a todos los sacerdotes, pero que parecían no tener secretos para Murak. Había ya muy poca luz y para continuar debieron tomar una antorcha de una de las paredes. A pesar de su edad, el sacerdote avanzaba muy rápido sin detenerse ante nada, movido por una secreta angustia. Azur procuraba seguir su paso a la vez que iba contemplando, admirado, todo aquel entorno tan nuevo y sorprendente para él. Después de varios minutos llegaron a un muro que parecía ser el final del templo, pues de allí ya no se seguía nada más. El sacerdote, entonces, se agachó y extrajo del suelo uno de los ladrillos que estaba sin argamasa. Instantáneamente como por arte de magia se formó un boquete en el piso. Bajaron entonces por unas estrechas y empinadas escaleras que los condujeron hasta una gruesa puerta de madera. Allí, Murak, el sacerdote, se detuvo y mirando fijamente a Azur le dijo:

–Un día hace ya un tiempo me dijiste que querías conocer los secretos de nuestra historia. Hoy vas a hacerlo. Sólo tres personas sabíamos de este secreto. Las otras dos ya están muertas.

Azur comprendió que algo trascendente estaba a punto de ocurrir.


 –Antes de que abramos esta puerta debes saber que el ser que vas a conocer es Enki, nuestro dios más querido, en cuyo honor se construyó este templo. Él nos enseñó el lenguaje de las palabras y nos libró varias veces de nuestros enemigos, sobre los cuales dejó caer el fuego de su ira. Hoy Sumer lo necesita pero él duerme. El contacto durante un tiempo demasiado prolongado con nuestra civilización lo ha desgastado y ahora duerme. Duerme con un sueño parecido a la muerte mientras rejuvenece su cuerpo y recobra su fuerza y su vitalidad. Pero ese sueño que lo devuelve a la vida lo mantiene también inerme y expuesto hasta el día del despertar. Ese día está próximo a llegar, pero me temo que tal vez llegue primero la invasión que aguardamos. Podría ocurrir que los enemigos de Sumer lleguen hasta este templo y hasta este lugar y nuestro dios no pueda ya renacer.

Sobrecogido, Azur escuchaba al sacerdote. Todo lo que le estaba sucediendo parecía irreal. Murak entonces se acercó a la puerta y apretó un mecanismo escondido en el marco. La puerta se abrió y Azur, asombrado, contempló aquel lugar tan nuevo para él.

Venían de recorrer corredores y salas oscuros iluminados a su paso de forma fugaz por la antorcha que llevaban en sus manos y he aquí, que ahora ingresaban a una gran sala iluminada con una luz más brillante que la del día. Una luz tan brillante que le hizo guiñar los ojos y que provenía de unas pequeñas esferas redondas situadas en las esquinas de la sala. En el centro había una esfera plana de gran tamaño de un metal plateado que Azur no conocía y que estaba sostenida por un trípode del mismo metal. Mapas estelares similares a los que observó en algunas salas durante su recorrido estaban dibujados en las cuatro paredes. El techo de la habitación era también metálico.

De pronto, en su cerebro resonó la misma voz que siempre había escuchado, pero ahora vibraba con una intensidad mayor.

–Acércate; no sientas temor –sintió que le decía.

–Señor -dijo confuso el joven dirigiéndose a Murak–  escucho ahora la misma voz que me atraía hacia el templo. Pero ahora me pide acercarme a la esfera.

–Lo sé, muchacho, yo también lo escucho ahora -dijo el sacerdote, conmovido-. Nuestro dios está dormido pero la fuerza de su cerebro es poderosa. Ahora comprendo que tu presencia aquí no fue casualidad. Acércate, ven a contemplar a Enki, el dios de los sumerios.

Temeroso ante cosas tan inauditas para él, Azur se acercó despacio a la esfera. En la parte baja de ella había una abertura y una escalera para acceder al interior. Azur ascendió detrás del anciano. Algo sorprendente apareció entonces ante su vista. Era aquel un lugar mágico, íntegramente plateado. Multitud de luces fosforescentes de variados colores parpadeaban de forma intermitente. Había también unos tableros de vidrio iluminados en los cuales se veían los mapas estelares, pero, al contrario de las pinturas contempladas por Azur en otras salas, estas tenían vida y los astros en ellas reflejados parecían moverse y recorrer el firmamento. Delante de ellas había una silla de metal empotrada en el suelo, y frente a ella, palancas de diferentes tamaños. Lo más sorprendente, sin embargo, era una especie de lecho cóncavo similar a un féretro de color dorado cubierto por un vidrio en el cual reposaba un extraño ser.

–Acércate –escuchó que le decía la voz.

 Así lo hizo y entonces pudo observar al ser del que provenía ese llamado.

–Es Enki, nuestro dios -–dijo a Azur el sacerdote con tono de profundo respeto–  Inclínate, muchacho.

Azur estaba paralizado, pero sobreponiéndose hizo lo que el sacerdote le decía.

Vio entonces con más detenimiento a aquel ser sagrado. Era un hombre; pero un hombre completamente diferente a todos los que él había conocido. Parecía ser muy alto aunque su cuerpo estaba envuelto en un material desconocido similar al capullo que envuelve una crisálida y solo estaban visibles sus brazos y su rostro. Azur no había visto nunca un rostro tan hermoso como aquel. La tez, de una blancura rayana en la transparencia; el cabello largo, rizado color miel, lo mismo que la espesa barba. Sus delgados brazos reposaban a los lados del pecho y sus manos de dedos muy largos, estaban cruzadas una sobre la otra. Los ojos estaban cerrados, pero en ese momento los abrió y Azur vio con asombro que eran azules como el agua del mar.

 –No sientas temor. Te he estado esperando hace varias lunas.

–Escuchaba tu voz, señor, pero no sabía dónde encontrarte –atinó a responder Azur.

–Te escogí entre todos porque eres diferente. Las estrellas no están alineadas aún para mi viaje de retorno y todavía no estoy listo para renacer, pero ya no puedo esperar. Es tiempo de partir. -Los ojos del dios volvieron a cerrarse y se dirigió entonces al sacerdote- Murak, tú no podrás acompañarme. Eres muy sabio, y tu pueblo te necesita. Ten valor; aunque otros pueblos invadan tu pueblo, no podrán acabar con el conocimiento que yo les he trasmitido.

–Lo sé, señor –replicó Murak, quien también escuchaba lo que Enki decía.

–Azur, mueve ahora hacia ti esa palanca que está en el piso, a tus pies.

Azur obedeció, pero debió hacer acopio de toda su fuerza para moverla. Se sintió entonces un ruido de metal que provenía de lo alto de aquella sala. A través de las paredes de la esfera -que tenían la propiedad de dejar ver el exterior, el joven observó admirado que el techo se abría y el firmamento quedaba a la vista.

 Una gran vocinglería se escuchó entonces. Venía de muy lejos, pero no era una buena señal.

–Adiós Murak –dijo Enki–.  Debemos partir. Has sido un buen maestro para tu pueblo. Recuerda que la muerte no es el final. Un día volveré.

–Gracias, señor. Que renazcas con fuerza a la eternidad. Protegeré tu legado. Sumer siempre honrará tu memoria    –replicó el sacerdote emocionado haciendo una respetuosa reverencia, y luego, mirando con afecto a Azur, le dijo–: Fue sin duda el destino el que te trajo hasta aquí, muchacho. Has sido elegido por los dioses. Haz todo lo que Enki te diga. Que él y la suerte siempre te acompañen.

El sacerdote y el joven se abrazaron conmovidos y Murak bajó la escalerilla de la esfera.

A lo lejos se escuchaba una gran algazara. Los semitas habían entrado ya a la ciudad y reinaba un pandemónium generalizado. Murak se dirigió rápidamente hasta el templo para defender con su vida los sagrados volúmenes de tablillas. Al salir al espacio exterior y antes de que la turba invasora llegara hasta el templo pudo ver que la esfera plateada ascendía rápidamente hasta el firmamento y se perdía en la lejanía.

–Joven guerrero, vas camino a las estrellas  –pensó.

Pero no era así. La esfera se dirigía hacía un continente desconocido allende el mar. Un continente poblado por tupidas selvas tropicales habitadas por nativos primitivos entre los cuales Enki, el dios de los sumerios, dejaría plantada la semilla del conocimiento... y Azur, el sumerio, grabadas en piedra, fascinantes historias.







OTROS RELATOS DE LA AUTORA


La esquiva suerte CUENTO
Una señorita de antaño
o       Drama bajo la carpa
·       Su mejor decisión
·       Génesis
·       El último conjuro
·       Un instante de lucidez
Un río llamado Nostalgia
  Vidas cruzadas







viernes, 12 de julio de 2013

Hermanos de sangre




niños arabe y judio abrazados

Hermanos de sangre
Leonor Fernández Riva



Aquella mañana Farid y su familia se levantaron un poco más temprano de lo usual. Ese día se celebraba en el mundo musulmán la festividad del Eid-al-Fitr con la cual los musulmanes ponían fin al ayuno del Ramadán.

Junto a su esposa Nadima y sus pequeños hijos, Farid entonó con especial fervor la oración del alba y luego, en un ambiente de mucha alegría, dieron cuenta del contundente y delicioso desayuno que Nadima había preparado para la ocasión: empanaditas de pollo, aceitunas, tahini de garbanzo y de berenjena, quipes, pan de pita, tabule... Según la tradición, sus hijos Fátima y Bassin de ocho y diez años recibieron también sus esperados regalos. Era esta una celebración que los niños musulmanes esperaban cada año con gran expectativa y alborozo. Aunque hacía ya más de quince años que Farid había emigrado de Palestina procuraba continuar cumpliendo con gran fidelidad las tradiciones musulmanas que habían hecho parte de su vida desde niño.
Como muchos otros jóvenes palestinos, Farid empezó a pensar en dejar su patria desde el momento en que el conflicto con Israel pareció no tener salida y el ambiente en su país se fue enrareciendo y colmándose de presagios cada vez más negativos y frustrantes. Con dolor había tenido que admitir que en su patria solo le aguardaba un futuro incierto. En tal estado de ánimo bastaba un pequeño empujón para decidirlo a viajar a otras tierras, y eso ocurrió cuando Hassan, un tío suyo hermano de su madre, quien se había radicado años antes en un país suramericano le propuso sufragar su viaje, con la condición de que le colaborara durante algún tiempo en la administración de uno de sus almacenes pues para esa labor no confiaba en la gente de aquel país.
Farid no lo pensó dos veces. Arregló sus cosas y viajó lleno de expectativa a su nuevo destino. El choque cultural no fue tan grande como había imaginado pues en esa tierra en apariencia tan diferente de la suya, encontró muchas similitudes tanto en la idiosincrasia de sus gentes como en sus costumbres. Desde luego, existían muchas diferencias culturales sobre todo, en su religión y en la forma de tratar a la mujer, pero Farid era joven y flexible y se adaptó a su nueva vida en poco tiempo.

Desde el primer momento se ocupó con gran diligencia de colaborar en todo lo que podía con su tío. Deseaba reintegrarle en el menor tiempo posible el dinero que había invertido en su viaje. Poco a poco, al paso del tiempo, fue conociendo las particularidades del negocio y proyectando expectativas para su vida futura.
Su tío, llegado a América varias décadas atrás, debió abrirse camino con mucho esfuerzo. En un principio vendió por las calles telas, hilos, peines, polvos para la cara, perfumes, pomadas, espejos, collares y un sinnúmero de variopintas mercaderías, hasta que con el paso de los años, pudo instalar su propio negocio. Los palestinos que llegaban ahora al país, como en el caso de Farid, tenían muchas circunstancias a su favor pues por lo general lo hacían como parte de las cadenas de ayuda que se formaban entre compatriotas ya residentes, y los amigos o parientes a los que invitaban a viajar y radicarse en el país con el fin de que les colaboraran en sus negocios.
A los cinco años de su llegada, Farid se casó con Nadima, bella joven perteneciente a una familia de prósperos inmigrantes libaneses. Fue un matrimonio realizado por amor pero que deparó a los contrayentes una alianza no solo sentimental sino también económica. A partir de ese día, Farid contó con suficiente capital para montar su propio negocio y hacer realidad el sueño que había ido albergando en su corazón durante todos esos años: dedicarse a la fabricación de zapatos en serie. Tenía algo de experiencia pues en Jenin, su tierra natal, había laborado en una fábrica de zapatos muy reconocida. En los siguientes cinco años montó su fábrica y de manera simultánea  abrió en el centro de la ciudad un almacén dedicado a la venta de sus productos. No tenía pretensiones, lo suyo era calzado bonito y económico para estratos medios y populares. Un nicho muy grande.

Al lado de su negocio había un muy bien surtido almacén de telas de propiedad de un ciudadano judío de nombre Amir el cual no le simpatizaba en lo absoluto.

Amir Neshem era un destacado empresario considerado en la comunidad judía askenazi a la cual pertenecía, como uno de sus mejores miembros y un esposo y padre ejemplar. Sus padres habían viajado a Suramérica  buscando  un lugar tranquilo para vivir a la espera de que terminaran en Europa los estragos producidos por la persecución antisemita durante la Segunda Guerra Mundial.

Aunque en un principio los Neshem pensaron que su estancia en aquel país sería circunstancial y solo mientras todo volvía a la normalidad, con el paso de los días se fueron adaptando y acostumbrando a su nuevo entorno; el tiempo fue pasando y las nuevas generaciones, llegadas muy pequeñas a ese nuevo destino sintieron ya esa tierra como propia. Eso había pasado con Amir.

Los padres de Amir  debieron recorrer un largo camino sembrado de dificultades antes de lograr instalar su propio negocio de venta de textiles. El almacén, ahora muy próspero, estaba situado en el centro de la ciudad en un sitio de mucho tránsito de personas. Un nicho estratégico.

Amir se había casado hacía ya quince años con Abigail, una bella joven perteneciente a la comunidad judía sefardita. Los dos guardaban con gran celo las costumbres hebreas de su pueblo basadas en el ordenamiento bíblico para cada una de las situaciones de la vida. Su matrimonio se realizó de acuerdo al rito tradicional en el que al final de la ceremonia se rompe un vaso envuelto en un pañuelo blanco para recordar que el Templo Sagrado está destruido. En su hogar se observaban con gran rigor las normas de la Torá en cuanto a la presentación y preparación de los alimentos y solo se consumían las carnes “kosher”. Cada semana los esposos Neshem asistían a la sinagoga en compañía de Ajshalom y Daniel, sus hijos, de catorce y doce años, circuncidados al nacer y a quienes habían educado de acuerdo  a las costumbres tradicionales judías. A los dos años los iniciaron en el aprendizaje del álef-bet, el alfabeto hebreo; en esas ocasiones solían ponerles miel en su lengua para enseñarles que aprender es dulce y vital. A los cinco años los introdujeron en la lectura de la Biblia y a los diez, en la del Misná, la tradición oral judía. Al cumplir los trece años de edad, Ajshalom celebró la ceremonia del Bar-mitsvah que lo convirtió en un judío adulto, responsable de sus actos.

Aquella mañana, Amir se levantó un poco más tarde de lo habitual pues la noche anterior había celebrado hasta pasada la media noche junto a su esposa Abigail, sus hijos y otros parientes y amigos la festividad del Rosh Hahaná o “comienzo del año judío” Luego de las oraciones vespertinas y del toque del corno o shofar de carnero en la sinagoga -tradición imprescindible en esa festividad- los invitados concurrieron a su hogar para degustar una cena digna de la ocasión compuesta por platos simbólicos como las manzanas, la miel, los dátiles, las espinacas, los fríjoles negros,  y otros más elaborados,  como el tabule, el falafel y el arroz con pollo y almendras en los que Abigail era toda una experta.

Comentando las últimas noticias llegadas de Israel acerca del grave peligro que corrían sus parientes y amigos, cercanos a la Franja de Gaza,  a causa de los numerosos y continuos proyectiles lanzados desde los enclaves Palestinos, les dieron las primeras horas de la madrugada. Estaban preocupados pero a la vez indignados y furiosos. La frase de la Primera Ministra Golda Meir quedó flotando en todas sus mentes:  “ Solo podremos tener paz con los árabes cuando éstos amen más a sus hijos de lo que nos odian a nosotros”.

Esa madrugada, el sol apareció muy temprano en el horizonte como presagio de una bonita mañana. Luego de la celebración del Eid-al-Fitr realizada en la mañana con su familia, Farid, el palestino,  se dirigió en auto a su almacén. Bassin, el mayor de sus hijos, insistió en acompañarlo. Algo que le complacía. Era bueno que su hijo fuera aprendiendo el negocio.

 A pesar de que a Farid le hubiera gustado quedarse en casa ese día, las ventas habían estado tan flojas en los últimos meses que no podía darse el lujo de descuidar ni un solo día su almacén de calzado. La competencia llegada de China era demasiado desigual. Por todas las calles se vendían zapatos chinos a precios irrisorios. Las personas ya no apreciaban la calidad. Lo único que querían era estrenar a bajo costo aunque lo que adquirieran no durara sino unos cuantos días.

Pero no era solo eso lo que le preocupaba. Las noticias llegadas de Palestina no eran tranquilizantes. El ejército israelita había incursionado en las poblaciones fronterizas y el día anterior se habían producido varios muertos y muchos heridos. Temía por familiares cercanos y amigos. Por unos momentos sintió de nuevo la nostalgia su tierra, de su gente...Volvió a ver el cauce sereno del río Jordán y sus orillas plantadas de lirios y de sauces. Lanzó un suspiro. Ya habían llegado. Estacionó su auto en el parqueadero y cruzó la calle con Bassin para ingresar a su negocio. Todavía no llegaban las empleadas. Se sentó detrás del mostrador, tomó su tasbih y empezó a pasar las cuentas: Allah, Dios; ar-Rajman, el Misericordioso; al-Malik, el Rey;  el Santo, al Quiddúsas Salám, la Paz; al-Mu´min, el Creyente…, los noventa y nueve nombres de Dios. Efraín,  entretanto, se puso a jugar con el computador.

A los pocos minutos vio entrar al parqueadero a su próspero vecino, el judío Amir. No pudo evitar un gesto de rabia. Por otros como él, sufría su pueblo. Por otros como él, vivían muriendo miles de compatriotas. Pero al judío Amir todos lo respetaban. "Al perro que tiene dinero, se le llama señor perro”, pensó con un sentimiento parecido al odio.

–Hola, baisano, –saludó sin embargo,  procurando suavizar su gesto al verlo pasar frente a su puerta.
–¡Shalom, paisano! –respondió Amir, con gesto impersonal. Al contrario de Farid, él sí pronunciaba sin acento el español. Abrió los candados y seguridades de su almacén de telas con la ayuda de uno de sus empleados que ya le estaba esperando y se dirigió a su escritorio.

– ¡Qué cosa tan incómoda, tener mi negocio al lado de este bastardo palestino que se ve que me odia! –pensó con rabia– Y tenemos que convivir así, tan cerca y vernos irremediablemente todos los días. Algo parecido a lo que les toca vivir a nuestros hermanos allá en Gaza. ¡En fin! No vale la pena dañar este día con pensamientos malsanos. Se concentró en las cuentas y trató de ignorar a su molesto vecino.

 De pronto escuchó una algarabía que venía del negocio de al lado. Era Farid, el palestino, quien angustiado increpaba a voz en cuello a un hombre de mala catadura que intentaba llevarse a la fuerza a Bassin en una motocicleta mientras otro le tenía amenazado con un revólver. Un secuestro, sin lugar a dudas. Los reflejos de Amir siempre en guardia respondieron de inmediato; sin pensarlo dos veces, sacó su revólver del escritorio y se dirigió rápidamente hasta el de la motocicleta que ya tenía al chico agarrado y listo para arrancar:

–¡Malnacido! ¡Suelta inmediatamente al niño o te parto de un tiro!

Su gesto decidido no dejaba lugar a dudas. Con un gesto de ira, el hombre soltó al chico que corrió llorando a los brazos de su padre.

Los dos hombres se dieron rápidamente a la fuga, pero no sin antes descerrajar dos tiros sobre Arin que cayó pesadamente al pavimento en medio de un reguero de sangre.

Despertó en la sala de cuidados intensivos del hospital. Había estado tres días  entre la vida y la muerte.
A su lado se encontraba el médico que le había atendido en los primeros momentos.

-¡Bienvenido! – le dijo con gesto de alegría. Casi se nos va. Perdió usted mucha sangre pero ya está fuera de peligro. Gracias a Dios, su hermano estaba aquí y pudo donarle su sangre. Una sangre difícil de conseguir. Fue providencial lo de su hermano.

–¿Mi hermano? –preguntó extrañado y con voz débil Amir.

–Sí. Creo que se llama Farid. Estaba muy angustiado por usted. ¿Es su hermano, verdad?

–Sí  -musitó Amir–.  Y  añadió con una sonrisa que iluminó su pálido rostro– Es mi hermano...


 


Amigos lectores: Sé que me leen en muchas partes del mundo, me gustaría conocer cómo les parecen mis cuentos. Les voy a agradecer mucho si me dejan un comentario o si me escriben a mi email que es: almaleonor@gmail.com    
 Gracias


Otros relatos de la autora:

  •                                                                Quizá todo empezó cuando...
  •                                                                             La promesa





 Un río llamado Nostalgia

-- 
              
·                --