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sábado, 17 de octubre de 2015

El último botín CUENTO


Everardo Piñuel, más conocido por la policía por el sobrenombre de "Rafles",  se prepara esa tarde para realizar la operación que llevará a cabo esa madrugada. Ha estudiado cuidadosamente el objetivo y sabe que lo de esa noche será algo sencillo, sin sorpresas. No puede imaginar sin embargo,  la que la vida le tiene reservada. 

 De aspecto agradable, muy pulcro y bien presentado y dejando siempre tras sí el aroma a madera de su colonia predilecta, Everardo  resulta  muy atractivo entre las damiselas alegres que frecuenta. A lo largo de los años pasó, de  vulgar ratero a  carterista y  de carterista a roba carros,  hasta que un buen día se dio cuenta de que el negocio no estaba en la calle sino en  las residencias y  apartamentos. Se dedicó entonces a aprender con gran minuciosidad los tejemanejes del oficio  y logró convertirse en un hábil “apartamentero”. El mejor.

Su apodo se lo puso  un policía en recuerdo de Rafles, el ladrón de las manos de seda, el personaje creado por E.W Hornung, cuñado de Arthur Conan Doyle. Se ganó ese sobrenombre por su forma sorprendentemente hábil de abrir cerraduras y cajas fuertes, desconectar alarmas y penetrar a los lugares más inaccesibles con singular rapidez, sigilo  y efectividad; pero también, por su forma caballerosa de comportarse al realizar sus atracos, algo poco corriente entre los de  su oficio en el que fue imprimiendo su sello personal: le gusta actuar solo, no asalta a personas de escasos recursos y no emplea  nunca  la  violencia. 

A esa altura de su vida, no tiene en realidad mayores ambiciones; se contenta con un buen golpe una sola vez al mes,  y pare de contar. Es sumamente cuidadoso y no corre riesgos. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, Everardo Piñuel viene sufriendo  una fuerte desazón; una crisis existencial que no lo abandona y que no le permite encontrar sosiego ni contento en nada. Y no es que alguna de sus actividades delictivas le  haya  salido mal. No. Otras son las cosas que  lo tienen pensativo. 

Próximo a cumplir cincuenta años, no ha podido menos que notar,  que su libido,  que él llegó a creer  inagotable y hasta motivo de presunción, ha disminuido de manera evidente en los últimos tiempos. En un principio, achacó ese falta de apetito a una unión marital muy fatigosa que se  prolongó  durante  cinco largos años. La atracción que experimentó por la que fue su compañera surgió al conocerla con tal  grado de arrechera y desbordamiento que llegó a creer  que  sería inextinguible, que continuaría así  per  secula seculorum. Pero para su sorpresa ese deseo obsesivo y aparentemente insaciable se fue marchitando y cotidianizando y sus encuentros amorosos disminuyendo  hasta llegar a un punto casi que simplemente de  trámite. En los últimos años su compañera y él ya no utilizaban la cama sino para dormir y  ver la televisión. En su dormitorio solo  ocurría  lo que ocurría en las películas.  Nunca pudo descubrir qué fue lo que pasó,  pero lo cierto es que a partir de algún momento, empezó  a ver a su mujer como una tía aburrida, cansona, regañona y muy poco excitante. Al final, no les quedo más remedio que ponerle fin a una relación en la que ya no solo los pingüinos sino hasta los osos polares y las focas parecían haberse apoderado de su lecho. La separación ocurrió  en buenos términos.

Al volver a quedarse solo, Everardo intentó retomar a su vida de soltero. Creía que eso volvería a brindarle nuevos motivos de excitación. Semanalmente acudía a los bares de la vecindad para disfrutar  buenos momentos con las chicas alegres que allí atendían. Tenía que reconocer que ellas  ponían todo su empeño en hacerle pasar un buen rato y con una que otra intentó revivir pasadas glorias.

Y sí, con unos cuantos tragos encima la cosa funcionaba aunque no con la presteza y rendimiento a que él estuvo acostumbrado en otros tiempos.  Por puro amor propio se resistía todavía a hacer uso de las populares pastillitas erectables que según algunos amigos eran la panacea para incrementar sus desgastados caballos de fuerza, volver a sentirse como un potro cerrero y  tener el gusto de repetir las heroicas gestas. No.  Él creía sinceramente que ese bajón hormonal  no se debía a  falla alguna de su parte sino a no haber encontrado todavía  la mujer que  volviera a poner las cosas en su sitio. O más bien dicho, que volviera a sacarlas de plomada.

Así las cosas, los primeros días de esa semana se distrajo preparando su próximo atraco. Algo sencillo.  Había puesto la mira en la lujosa  casa de una señora jubilada que solía pasar los fines de semana en casa de su hermana.  Una mujer mayor, a la cual solo había visto de lejos; muy elegante y enjoyada y dueña seguramente de un cofre de joyas espectacular. Algo fácil de deducir por su refinada presencia.  Durante dos semanas vigiló con disimulo la casa, comprobó la rutina  de la propietaria;  se enteró de que iría a pasar ese puente con su hermana residente en una ciudad  vecina  y constató también,  que por ser puente festivo la empleada de la casa iría a visitar ese fin de semana a sus familiares. La casa pues, se quedaría sola. Por último,  detalló con detenimiento el funcionamiento de la alarma y la forma de desconectarla y estudió la facilidad con la que podría penetrar al interior de la residencia por una tapia lateral que no ofrecía una visión propicia al vigilante de la cuadra. Llevaría su cometido esa noche en la madrugada.

En su lujosa residencia, Francesca Donofrío Bacharelli, se apresta a disfrutar un fin de semana tranquilo y solitario ocupándose de sus cosas: botar papeles, organizar su closet, ver  la televisión y hacer pereza, mucha pereza.  A última hora decidió no ir a casa de su hermana; se resistió a pasar otro fin de semana aburrido, escuchando las viejas y repetidas historias de sus achaques.  Gracias a Dios, tampoco  tendrá a la empleada siguiendo todos sus movimientos. Estará libre. Al fin podrá disfrutar su casa a sus anchas, en total privacidad. Solo tendrá la compañía de Panter, su gato, más independiente aun que ella.  Por el almuerzo y la cena no se preocupa, su nevera y su despensa se encuentran repletas de cosas ricas, pero  piensa  además, pedir comida a domicilio para ella y para el guarda del barrio que vigila también su casa. Algo que a ella le depara mucha tranquilidad.

 Francesca heredó de su madre italiana la hermosura y esa picardía y disfrute por la vida que la hacen ver situaciones positivas aun en los peores momentos.  Muy joven todavía, se casó y tuvo dos hijos. Cinco años antes quedó viuda al fallecer su esposo en un accidente automovilístico.  Una situación desconcertante en su vida pues su esposo, al momento de fallecer,  contaba solo sesenta años y acababa de jubilarse.  Ahora, próxima ella también a cumplir sesenta años, la vida sigue pareciéndole grata y digna de ser vivida. Sus hijos estudian en el exterior y ella, disfruta una vida muy independiente. Se conserva bastante bien y es sana y alegre. Le gusta contemplarse en el espejo completamente desnuda y ver el poco estrago que el tiempo parece haber causado a su cuerpo. Sus senos  siguen siendo  turgentes y sus piernas firmes y tersas. Continuamente la asedian pretendientes, casi todos mayores, pero ella no les da ninguna esperanza. Ninguno le gusta. No experimenta ninguna atracción.  Sus hormonas parecen haber tomado las de Villadiego. Y además,  ¿qué podría ofrecerle un hombre? ¿Y sobre todo, un hombre mayor? Solo problemas. Prefiere estar sola y en paz.  

Ese sábado se levanta tarde y luego de bañarse y arreglarse, se  dedica a trabajar un poco en su jardín; ama las plantas y es feliz cuando descubre en  ellas una flor o un brote  nuevo. Se ocupa luego  en revisar  fotografías viejas; bota muchas de ellas  que no le dicen  nada o que le traen malos recuerdos y muchos papeles que ni siquiera sabía que existían. Lee luego unas cuantas páginas de un libro que tenía empezado y terminando la tarde se da un baño de tina  con sales aromáticas; al salir, acaricia despacio su cuerpo  con crema fragante y  rocía sobre su piel su perfume predilecto; luego, se maquilla de forma muy rápida. Aunque no piensa salir ni recibir a nadie esas son costumbres que ha tenido toda la vida y no puede evitar. Tiene  que estar siempre fragante y arreglada aunque solo sea para ella misma. Siempre ha pensado  que de esa forma, si se presenta inesperadamente un terremoto  podrá salir al exterior sin problema. Y sobre todo, conseguirá alguien que quiera ayudarla. 

A todas estas, son ya casi las diez de la noche cuando se retira a su alcoba;  toma una taza de té caliente y así, desnuda como está se arrebuja entre las sábanas recién cambiadas. El sueño no llega, pero Francesca no se preocupa por eso. ¿Qué más da? Al día siguiente podrá quedarse todo el día en la cama. Disfruta varias películas y casi a las dos de la mañana acaba viendo una película de contenido fuertemente erótico, algo a lo que no está acostumbrada  y que la hace recordar y anhelar buenos momentos del pasado vividos junto a su esposo.  Las escenas son tan evidentes que para su sorpresa, termina excitada y húmeda. Sus largas y finas manos buscan anhelantes calmar su deseo.  Está realmente alterada.  De repente escucha un ruido en el comedor.

"Allí está Panter", piensa par sí, "y como siempre, llega  en el momento más inesperado. ¡Y más inoportuno!".

 "¡Panter! llama, ¡Panter, ven acá! Allí en la sala te deje tu leche, ¡Panteeer!

Se levanta para ver a su gato, pero para su sorpresa, no es Panter quien está ahí.  No. Allí en su sala, como salido de la nada, está un sujeto bien parecido portando en su mano una  linterna. 

Esa misma noche, cerca de la madrugada, Everardo Piñuel se dirige a la residencia elegida; estaciona su automóvil a dos cuadras de distancia  y luego, con toda naturalidad, se encamina hasta la lujosa mansión, y aprovechando el momento en el que el guarda inicia su recorrido en dirección contraria, asciende ágilmente por la tapia lateral  y penetra al jardín. Una vez allí, busca la conexión de la alarma y la desconecta. Lo demás, es un juego de niños. Abre hábilmente la puerta principal, atraviesa el hall de entrada y se encamina a la sala. No es conveniente  prender luces y enciende su linterna. Extrañado, ve que de una de las habitaciones sale un pequeño resplandor. ¿Habrá alguien allí? No contaba con eso. De pronto, tropieza  con algo. "¡Maldita sea!", murmura. Es un plato de leche colocado en el suelo, seguro para un gato.

En ese momento, escucha una voz femenina que sale de la habitación iluminada y seguidamente, hace su aparición en la puerta de la alcoba  una mujer completamente desnuda. Su desconcierto es total.

Francesca también siente un primer momento de desconcierto al observar al extraño  sujeto en su sala, pero es solo un momento. No experimenta ningún temor ni  tiene el menor deseo de cubrirse. Está demasiado alterada y la aparición allí de un hombre tan  atractivo, la toma como caída del cielo. Verlo allí, parado, con una linterna en la mano, le parece excitante en extremo. 

–¿Qué hace usted aquí? –le pregunta.

– Ahora que me lo pregunta, bella dama, no sé – contesta Everardo

Y ciertamente, no lo sabe. El propósito de aquel asalto ha quedado atrás. Está deslumbrado ante la belleza lozana y madura de Francesca. Vuelve  a sentir vibrar su cuerpo.  Algo que hacía mucho no le ocurría ni siquiera  frente  chicas bellas y jóvenes. Es una situación excitante al extremo. Ella, sin duda, debe ser la viuda millonaria, pero nunca la imaginó así. Extrañamente, no parece asustada ni prevenida.

“¿Qué hará ahora?, piensa Everardo,  “¿Llamará al guarda?”.

No,  Francesca no ha pensado hacer eso. Con voz sugestiva  y sin el menor gesto de querer cubrirse, se dirige a él:

–Ha entrado usted aquí a robar, ¿no es verdad? –le pregunta con una mirada insinuante–  Pues debe usted saber que mis objetos de mayor valor los guardo en mi alcoba. ¿Quiere usted pasar?

Y con un gesto lo invita a entrar a la habitación. Everardo la sigue y una vez junto a ella, en un impulso que no puede evitar, toma una de sus manos y la besa.

–Es usted muy bella, señora –le dice galante.

–Y  usted, muy atrevido... y atractivo –replica ella provocativa.

No necesitan hablar más. Sus miradas lo dicen todo. Entre ellos ha surgido una química irresistible. 

La mañana sorprende al caco y a la hermosa viuda  en medio de   apasionadas y  vehementes caricias. No experimentan cansancio ni sueño, no se sacian.  Los dos han soportado una  abstinencia demasiado larga.

Esa noche, ambos descubrieron cosas que nunca  hubieran imaginado:

Everardo Piñuel, el apartamentero: que los sábados podían reservarle sorpresas realmente inusitadas y que no estaba equivocado al pensar que todavía no necesitaba las dichosas pastillitas azules..., pero sobre todo, sobre todo, que el cofre de doña Francesca guardaba muchas más joyas de las que él nunca  se hubiera  imaginado. 

Y Francesca Donofrio Bacharelli, la hermosa y opulenta viuda: que definitivamente, había mejores programas para un fin de semana que escuchar las historias de los viejos achaques de su hermana, que sus hormonas seguían todavía vivitas y coleando y  sobre todo, sobre todo, que aquel atractivo ladrón que tan subrepticia y oportunamente entró esa madrugada a su casa, merecía en verdad ser llamado "Rafles, el ladrón de las manos de seda".

El domingo, después de almorzar, la pareja se despide.  Francesca es generosa y tiene el corazón rebosante, no deja marchar a su amante con las manos vacías. 

Por primera vez en mucho tiempo, Everardo baja la guardia. Fiel a sus principios, quiere salir de la casa como entró. Al bajar ágilmente la tapia de entrada, no observa al guarda que desde lejos lo divisa. Está distraído, peligrosamente distraído.Y no escucha a tiempo la voz que perentoria le conmina:

¡Alto, deténgase o disparo!




 Leonor María Fernández Riva
Santiago de Cali, Octubre 17 de 2015

 


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lunes, 14 de septiembre de 2015

El verano que nunca acabó



El verano que nunca acabó

Cuando el equipo de arqueólogos enviados por la potencia de turno, llegó a investigar  las desoladas ruinas de aquella ciudad sepultada en el olvido que hacía parte de ese desértico y violento país conocido por todos como la “Nueva Somalia” por campear en él la violencia más absoluta, se toparon, no sin cierta sorpresa, con la estatua ya bastante corroída de un caballero antiguo que colocado sobre una pequeña loma, señalaba a la distancia como queriendo indicar el camino de quienes un día se marcharon aprisa de tan aciago lugar. 

Eso al menos, fue lo que dedujeron los científicos  porque ya nadie podía informarles de qué se trataba. Para saberlo, habrían tenido que remontarse hasta un lejano verano...

Sí, hasta aquel fatídico año, en el cual el verano llegó  más pronto que de costumbre  y con él, amaneceres  soleados y brillantes iluminados  por  un sol espléndido y madrugador. "Demasiado madrugador", decían algunos.

Y es que en efecto, desde muy temprano en la mañana,  ya se podía ver su luz en el horizonte y luego, al alcanzar su cenit al  mediodía, era ya una fuente muy brillante de calor.  Los árboles todos, bajo el efecto fecundo de sus rayos se cubrieron ese año de flores, presentando un espectáculo multicolor.  Alfombras florecidas, fucsias, moradas, rosadas, amarillas tapizaban  las calles de la ciudad dándole un toque romántico y cautivador. Era la temporada veraniega y había un ambiente festivo y alegre.  Los estudiantes se despidieron de los colegios para disfrutar sus vacaciones y la ciudad toda entró en un periodo de relajación y de  sosiego.

Y pasaron los días,  y después de su alegre descanso los estudiantes volvieron a clases y los negocios  reanudaron su cotidiana actividad. La urbe retomaba su ritmo. Habían pasado ya, en teoría, los días cálidos del verano, la temporada invernal debía estar próxima. Pero el calor no amainaba. Parecía que el sol  se había olvidado de acudir a otros lugares.

Hacía un calor sofocante. Y no llovía.

Algunas personas, empezaron poco a poco a echar de menos la lluvia. "Se está tardando mucho", comentaba alguno. "Ya hace falta que caiga agüita", decía otro. "San Pedro se olvidó  de nosotros",  protestaban todos.  Y no era para menos. El clima cálido, intensificado por la falta de lluvia, se había tornado demasiado asfixiante.

Aquella ciudad había sido siempre  bendecida por el clima. Hiciera el calor que hiciera,  en las tardes una brisa fresca acariciaba las hojas de los árboles y ponía un detalle de picardía en las faldas y en el cabello de las mujeres. Aun  en el verano más caluroso, ocasionales lloviznas refrescaban el entorno. 

En ocasiones, es cierto, la lluvia  se había hecho desear un poco,  pero siempre llegaba. Y llegaba puntual y propicia  para  llenar de frescura y  de verdor  la profusa vegetación de la ciudad. 

Algo extraño sin embargo, ocurría esta vez.   Desde hacía ya cinco meses no había vuelto a caer una gota de agua. La vegetación y los árboles plantados en la ribera del  emblemático río, lucían exangües y mustios. Su follaje antes verde y rozagante se había tornado amarillo marrón.  Los árboles y plantas morían lentamente a la vista de todos los habitantes. Pero éstos, aunque alarmados y contritos,  no podían  hacer nada  para auxiliarlos. El río, que abastecía de agua a la población había dejado de serlo.  Solo piedras resecas se veían en el que  fuera su cauce. Y eso mismo ocurría con otros pequeños ríos de la gran ciudad. 

Conforme pasaban los días sin  que aparecieran en el firmamento  las ansiadas nubes, esa primera inquietud de unos pocos pobladores preocupados por la ausencia de lluvias, se fue extendiendo a todos los habitantes.  Las reservas de agua de la ciudad disminuían dramáticamente. Muchos barrios empezaron a sufrir su ausencia. Solo en las noches les llegaba un pequeño chorro de agua y ésta de un aspecto poco tranquilizador. 

 Aquella era una ciudad de clima cálido cuyos habitantes estaban acostumbrados  a bañarse hasta tres veces en el día, pero la  aguda escasez  y el racionamiento obligó a los pobladores a  retroceder a las primeras épocas de la colonia durante las cuales el baño entre los colonos españoles era algo excepcional. 

En un principio,  solo las comunas más pobres acusaron la falta absoluta de agua.  En los barrios pudientes, el agua continuó llegando aparentemente sin ningún problema. Las cosas estaban diseñadas en esa forma, tal como ocurre en todas las ciudades "bien planificadas" en las cuales las urbanizaciones costosas tienen todas las garantías y las de las personas carentes de recursos se construyen a la buena de Dios. 

No obstante, la sequía que agobiaba a  la ciudad era tan evidente que llegó un momento en que aun las lujosas urbanizaciones sufrieron racionamiento. Algo muy grave estaba pasando. La ciudad,  lentamente al principio, y luego, de forma acelerada,  se estaba quedando sin agua. Y entonces, empezaron para todos las restricciones del vital líquido. Quedó terminantemente prohibido  lavar  automóviles, regar jardines, limpiar ventanas, desperdiciar.

Los habitantes de las barrios  menos favorecidos, desesperados ante la carencia absoluta de agua, bajaron hasta los más elegantes a exigir que sus propietarios les compartieran el líquido que tenían en sus aljibes y cisternas.  En toda la ciudad ocurrió eso. Enjambres de personas sedientas acudían a los barrios y condominios que todavía tenían agua exigiendo ser socorridos. Y su aptitud no era conciliadora. Exigían su derecho  a la vida.

Los edificios de los barrios acomodados tenían en efecto, aljibes propios y hasta acueductos, pero esas reservas de agua se agotaron rápidamente ante la desmesurada exigencia de quienes la reclamaban con violencia. No pocas trifulcas se suscitaron. De nada servía la protesta de los guardias de seguridad quienes se veían impotentes para impedir el acceso de esa masa humana vociferante y desesperada.

 Y pasó un año y  la lluvia seguía sin llegar. Y el sol, en cambio, parecía calentar con mayor intensidad.  Las clases en los colegios habían terminado.  Las oficinas habían cerrado  Y lo mismo fue ocurriendo  con las fábricas y todos los negocios. No funcionaba ningún restaurante.  La hermosa vegetación de la ciudad era ya solo hojarasca mustia. Los árboles no tenían una sola hoja verde; se veían resecos, agostados. Los perros vagabundos y los habitantes de la calle empezaron a aparecer muertos por las esquinas desfallecidos de sed. Nadie  podía ya bañarse, ni lavar  la ropa. Si algo de agua llegaba era solo para tomar.  La ciudad empezó a oler mal. La gente olía mal. Todos se miraban con desconcierto. Nadie sabía qué hacer. Eso que estaba pasando era algo del todo inusitado. Algo que nunca había ocurrido. 

De otras ciudades empezaron a enviar carros tanques  repletos de agua, pero antes de que ésta llegara  a su destino para ser repartida equitativamente, los vehículos eran  asaltados por las muchedumbres sedientas.  Algunos vehículos  hasta  fueron volteados. En la refriega, se perdía su preciosa carga y el conductor  y los guardias del vehículo, la vida.  

Cuando se cumplieron tres años sin llover, empezó a ocurrir el éxodo. Era imposible resistir. Paulatinamente, la gente empezó a marcharse de la ciudad. Al principio algunos intentaban detener a los que huían: “Ya lloverá, decían”, “No hay que perder la fe”, insistían. Pero no había nada que hacer.  Primero fue una familia. Luego otra. Quienes disponían de medios, se marcharon a otras ciudades o a otros países. Querían dejar atrás tan ominosa realidad.  Pero al final,  todos debieron hacerlo.  Se volvió habitual ver camiones repletos de  trasteos de todo tipo.  Los pobladores se marchaban presurosos de la ciudad hacia lugares más amables. Y debían hacerlo a lugares distantes porque la sequía se iba tomando poco a poco los pueblos adyacentes.

Alguien en alguna parte advirtió que la posición del Sol y el ángulo de la Tierra estaban alineados de manera muy similar a 11.500 años atrás cuando se inició la desertificación del inmenso Sahara. Por alguna circunstancia desconocida el eje de la tierra había cambiado entre 22° y 24,5°, algo que solo debería pasar luego de miles de años. Y ahora,  la coordenadas fatídicas apuntaban a Suramérica. Estaba empezando a formarse otro gran desierto.

Sin Dios ni ley, la ciudad quedó a merced de los saqueadores quienes fueron desmontado rápidamente todas las viviendas y edificaciones. Las carreteras se veían embotelladas por el tránsito de camiones cargados de todo lo imaginable,  desde ladrillos y tejas  hasta jacuzzis y  aires acondicionados.

Y entonces, empezaron a ocurrir los incendios. Se quemaron las bibliotecas, los teatros, las distribuidoras de papel, las instalaciones de los supermercados, todo lo que podía arder.  Nunca se supo si fueron manos criminales. Todo ardió y se consumió hasta dejar la ciudad  convertida en un cascarón vacío.  

 Y no volvió a llover.  Porque aquel verano,  nunca acabó.



Leonor María Fernández Riva

Santiago de Cali, Septiembre de 2015



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