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lunes, 4 de julio de 2016

La última entrevista 1


El hombre cansado de estudiar dormir sobre los libros Foto de archivo - 37149333




Lorenzo Ayscarddi, se resiste a creerlo.  La solicitud enviada por él  al eminente y laureado escritor ha sido respondida. ¡El maestro ha aceptado recibirlo!

Tratando de contener su euforia y con la carta en la mano se dirige a comunicarle a su jefe la buena noticia. Al conocerla, este también manifiesta su complacencia:

–¡Caramba, señor Ayscarddi, ha conseguido  usted lo que nadie había  logrado en años! La vida de este escritor ha estado sumida en el más profundo silencio y hermetismo desde hace mucho tiempo. Ha interpuesto entre su vida personal y el mundo un muro impenetrable. Dígame, ¿cómo lo convenció?

–No creo haberle dicho nada especial, jefe, solamente le dije que era un profesional joven,  que estaba haciendo mis primeros pinitos en el periodismo y que ansiaba al igual que lo hizo él y otros grandes de la literatura, dar luego el  gran salto para convertirme en un escritor de renombre.  Quizá fue mi insignificancia, mi candidez la que lo conmovió, ¿no lo cree usted?

–Puede ser… sí, quizá fue eso.  ¿Cómo podemos saber qué tiene en su corazón un hombre tan brillante, pero  ya anciano y completamente aislado del mundo? Le deseo suerte señor Ayscarddi. Esta puede convertirse en su  mejor entrevista.  Hable con mi secretaria para que vaya con un fotógrafo. Necesitamos unas tomas. ¡Adelante!

Al día siguiente, a la hora acordada el periodista acude en compañía del fotógrafo del periódico  hasta la residencia del escritor. Un empleado correctamente vestido  le abre la puerta y le saluda amablemente.

–Buenas tardes, señor Ayscarddi, pase por favor, el maestro ya lo está esperando.

–Gracias, responde Lorenzo y al ver  que el empleado hace un gesto como diciendo, “solo usted”, añade– José viene conmigo, él también trabaja en el periódico. Su presencia es necesaria para la entrevista. 

Con un gesto dubitativo, el empleado los conduce por el corredor hasta un amplio cuarto de estudio. Allí, en medio de estanterías repletas de libros está el escritor, sentado en una silla reclinomática frente a un inmenso televisor. 

Eufórico, Lorenzo se aproxima y estrecha calurosamente la mano que el escritor le extiende a modo de saludo con una sonrisa un tanto  irónica.

–Buenas tardes mi joven amigo –dice, mirando la tarjeta que Lorenzo le entrega– Dígame, señor Ayscarddi, el señor que lo acompaña es un fotógrafo?

–Sí, lo es –contesta Lorenzo y añade– ¿Le molesta acaso?

– No, no es molestia precisamente lo que siento, es más bien pudor. Puede usted observar, amigo periodista que mi aspecto puede ser desconcertante,  para quien ha dejado de verme todos estos años.  Le ruego  –añade dirigiéndose al fotógrafo– tomar solo una o dos fotos como para satisfacer la curiosidad de los lectores y luego le agradecería se retire, por favor.   No quiero más tomas. 

–Como usted desee  –replica Lorenzo y dirigiéndose al fotógrafo que ha escuchado todo, le aconseja el mejor ángulo para tomar esas dos únicas fotografías.  

El aspecto del escritor es en verdad sorprendente. Nada en él revela esa elegancia y esa prestancia que lo distinguió siempre. Viste unos pantalones amplios, guayabera blanca y sandalias. Está delgado, muy delgado. Su cabello, antes corto y negro,  es ahora blanco  y largo  y lo lleva recogido  en la nuca. Una barba también canosa cubre en parte  los profundos surcos de su rostro. El hombre recio de hace unos años se ha convertido en un anciano, solo sus ojos conservan la pasada y enérgica vivacidad.  

En tanto el fotógrafo alista su cámara, Lorenzo pasea la vista por la habitación. El piso está casi por completo cubierto por una colorida alfombra persa;  en el amplio ventanal, un cortinaje pesado que no permite ver la luz de la calle; al centro del cuarto un escritorio de fina madera labrada sobre el que solo se ve un  computador portátil y una maceta florida. libros, muchos libros, estanterías repletas de  ellos. Empotrado en la pared un gigantesco televisor y al frente, varios sillones y la silla reclinomática en donde se encuentra en ese momento el escritor.

Lorenzo no puede evitar un sensación de sorpresa al observar el programa de televisión que acapara la atención  del maestro: Los tres mosqueteros. Aparta su mirada al darse cuenta de que este  lo observa con expresión un tanto burlona:

–Siéntese por favor, señor Ayscarddi. Veo que le sorprende el programa que estaba viendo. Sí, estoy siguiendo esa serie. Muy buena por cierto. Es difícil compilar en tan poco espacio de tiempo una obra de aventuras tan interesante y tan llena de facetas y personajes como esta de mi admirado Dumas, pero el director ha logrado hacer un buen trabajo. Este aparato, señor Ayscarddi es una verdadera maravilla. Me he aficionado. ¿Puede usted creerlo?

–Este invento hace parte de los tiempos que nos ha tocado vivir maestro. Pero sí, no se lo niego, me sorprende un poco esa afición, yo me lo imaginaba escribiendo su próxima obra o inmerso en alguno de los muchos libros que se publican actualmente.

–Sí, ¿verdad? Eso es lo que la gente imagina. Pero sabe usted una cosa? A mi vida llegó un día el hastío.  Sabe usted lo que es el hastío, señor Ayscarddi?

–Claro maestro, apatía, desgana de hacer algo.

–Exactamente. Es una especie de fastidio, de tedio, una gran fatiga interior.  Eso me ha ocurrido, señor Ayscarddi. 

–¿Fatiga de escribir, maestro ?

–Yo lo llamaría fatiga de vivir. Un hastío que lo  invade todo. Pero cuénteme de usted señor Ayscarddi, es por eso que he aceptado recibirlo. Quiero que me diga lo que está haciendo, cuál es su propósito al escribir, qué espera alcanzar después  de todo su esfuerzo. 

–Poco es lo que puedo yo contarle, maestro, soy tan solo un recién graduado en comunicaciones que empieza a abrirse paso en el mundo periodístico. Mi más ardiente deseo, sin embargo, es seguir sus pasos. Sé que usted  empezó su vida literaria en un periódico y luego se convirtió en el gran escritor que es ahora. Yo anhelo hacer lo mismo…

–Loable propósito. La redacción de los periódicos es en verdad  uno de los mejores ambientes para un escritor. Pocos recuerdos tan gratos como los que tengo del tiempo que trabajé en el periódico hace ya tantos años. Me veo reflejado en ti muchacho,  joven,  soñador, con ideales. 

–Sí, maestro, pero mi sueño no es quedarme ahí; aspiro a  convertirme en  un escritor de prestigio. No tan grande como usted, claro, no ambiciono tanto, pero sí llegar a ser un excelente escritor. Un autor que tenga el respeto de la crítica y el favoritismo de sus lectores.

–Voy a decirte algo, muchacho. No sé qué tan buen escritor podrás llegar a ser. Ni sé cuánto talento, cuánta inspiración y cuánta perseverancia posees para lograrlo. ¡No, no, no saques nada, por favor! –se apresura a decir el anciano al ver que el joven se dispone  a abrir su maletín–  Si me has traído algún texto tuyo, lamento decirte que no podré leerlo. Luego comprenderás. Pero si puedo asegurarte algo, si llegas a convertirte en un escritor de prestigio, añoraras por siempre estos años de tus inicios. Este es mi consejo: Disfrútalos. En ocasiones, los escritores por el ansia de escribir, dejamos de vivir. 

La entrevista con el maestro está tomando un giro que a Lorenzo Ayscarddi no le agrada. Es él quien está siendo entrevistado. Tiene que  tratar de saber el motivo de este destierro voluntario, de este silencio que envuelve  ahora la vida del escritor.

–Dígame, maestro –dice tratando de retomar el protagonismo de la conversación– ha escrito usted algo en estos últimos años?

–Lo poco que escribí hace un tiempo, lo destruí. Eran ya textos sin alma. Lo único que sobrevivirá de estos años es mi testamento. Interesante por cierto, hay  una buena tajada para repartir y pocos, muy pocos los merecedores de recibir algo. Más de uno quedará defraudado.  Lo único que se ha escapado de la pira y que creo ha alcanzado cierta notoriedad es una poesía que escribí reflejando en ella mi estado de ánimo, las cosas que me hubiera gustado hacer y no hice. Unos versos anónimos. Nada especial. Unos se la atribuyeron a Borges y otros, a una escritora portuguesa, pero era mía. De todos modos no tiene importancia, nada de eso me interesa ya. 

–Maestro, a pesar de este ostracismo voluntario en el que se encuentra sigue siendo usted una voz muy respetada en la literatura, me gustaría que compartiera conmigo los títulos de esos  libros que fueron los que  más influyeron en su obra o los últimos que ha leído.  Pienso que para mi sería útil recorrer ese mismo camino. Seguir sus pasos.

–Es bueno que sepas que dos escritores no recorren nunca el mismo camino aunque lo intenten. Grábate eso. En estas estanterías están la mayor parte de  los libros que he leído. Cientos. Observarlos me hace reflexionar seriamente en todo el tiempo que les he dedicado. La mayoría no valieron la pena. Me caes bien muchacho y por otra parte he perdido ya el apego por todo. Antes de que te vayas, es mi deseo que tomes de mi biblioteca todos los libros que se te antoje. Todos los que puedas llevar en tus brazos. Te aconsejo que prefieras los clásicos. Son los mejores, no te decepcionan nunca. Solía tener la costumbre de hacer anotaciones al margen. Te sorprenderán.

– Muchísimas gracias Maestro, pero,  esa actitud suya me atemoriza,  piensa usted acaso que va a morir pronto? Está usted enfermo?

– Sí así fuera,  sería  algo natural, predecible y hasta cierto punto deseable. La muerte muchacho, así tratemos de no pensar en ella, nos ronda desde el nacimiento. Siempre la he tenido como una especie de premio a la existencia.  La recompensa  que nos espera al final del camino.   No, no tengo ningún mal  físico si a eso te refieres. Pero desde luego, no hace falta estar enfermo para morir. Lo mío, me temo, es mucho más grave que una enfermedad física. Con los años, uno termina muriendo de muchas maneras aunque la muerte física tarde en llegar.  

– ¿Me desconcierta usted, maestro, podría decirme de qué se trata?

–Ya te hablé de ello hace un momento, muchacho. Sufro de hastío. Una condición que se ha apoderado de mi espíritu y para la que no he encontrado cura. Quizá porque no deseo tenerla. Un hastío total hacia la literatura y hacia el ambiente mezquino y falso que la rodea.  Sí amigo periodista, soy como aquel payaso que hacía reír a todos mientras  que  él se consumía de tristeza. Yo, que he escrito tantos libros, que he hecho tanta crítica y que he sido tan premiado y homenajeado por mis obras, he  perdido el interés por la literatura y por su entorno.  Pero hay algo más grave aun.

–¿Más grave, maestro?

– Sí, mucho más grave: ya no me gusta leer.

– ¿Dice usted que ya no le gusta leer, maestro?

– Tal como lo oyes. En un principio, cuando empecé a notar que no podía pasar de las cuatro  primeras páginas de un libro, intenté analizar qué me pasaba, traté de vencerme a mi mismo y continuar leyendo, pero poco a poco esa condición se fue tornando más y más  aguda. En vano intenté  superar esa extraña situación. Me repetía hasta el cansancio que seguramente era algo pasajero, que un día volvería a mi ese deseo insaciable por la lectura que me acompañó a lo largo de la vida.  Pero fui inútil. Y un día, muy a pesar mío, debí reconocerlo. Había perdido irremediablemente el gusto por la lectura. Ningún libro concitaba ya mi interés.

 Esa es la trágica verdad. Ningún libro me interesa ya. No puedo pasar de las tres primeras páginas de ningún libro. Todo me suena a la misma cantinela repetida intermitentemente a lo largo del tiempo. No encuentro notas nuevas. No encuentro nuevos arpegios. Es más, creo  que me he vuelto alérgico a la lectura, muchacho.  Esa es mi gran verdad. Soy un hombre de letras que ya no lee. Que aborrece leer y que aborrece más aún el ambiente literario.

–Sorprendente esto que usted me cuenta, maestro. Increíble, diría yo. Estoy seguro que debe ser una situación pasajera. Un estado especial de su espíritu, agobiado quizá por tanto asedio mediático, por tantas actividades literarias.

–Convengo en que sí, que quizá todo eso haya influido en este infinito cansancio, en lo que no convengo es en que es algo pasajero. No. Sé que ya no volveré a escribir y hace ya tiempo tuve  la certeza de que ya no volvería a leer nada. Si espera usted convertirse en un escritor, señor Ayscarddy  y me traía algo suyo para leer y comentar, ya sabe que no será posible. He perdido la facultad de interesarme por un texto. 

–Maestro, estoy sinceramente consternado por lo que le pasa. ¿Me permite que le haga una pregunta?

–Tienes mi permiso.

–¿Cómo se siente, maestro? Pienso que tiene que experimentar usted en estos momentos una gran frustración.

–A ver mi joven amigo, los halagos, homenajes, reuniones sociales y comentarios elogiosos no valen ni siquiera un pensamiento de mi parte, todo eso no tiene ningún valor para mi, pero perder el amor por la lectura si fue un poco duro, Ayscarddi, como perder el corazón. A todo, sin embargo, se acaba acostumbrando uno. La vida da  giros sorprendentes. 

–Me deja usted sin habla, maestro no me esperaba algo así. ¿Desea usted que publique esta entrevista? No lo haré si usted no lo desea. Me siento halagado por  haber sido parte de una confidencia tan delicada  y privada como esta.

–Nunca me han interesado mucho los comentarios acerca de mi persona, pero en este momento me interesan menos todavía  –replicó el escritor con gesto adusto dando por terminada la entrevista– Dejo a su criterio, señor Ayscarddi lo que desee publicar.

El escritor apretó un timbre y acudió de inmediato el empleado que hacía las veces de mayordomo.

–James, el señor Ayscarddi tiene mi autorización para llevarse de la biblioteca los libros que desee. Ayúdale a transportarlos a su automóvil. Hasta la vista, amigo periodista, tal vez le interese saber  que esta  que hemos tenido, será mi última entrevista.

–Me asusta usted, maestro.

–No hay motivo para eso, muchacho. Será la última porque el personaje que viniste a entrevistar, ya no existe. 

 Conmovido, Lorenzo Ayscarddi,  extiende su mano para despedirse, pero el anciano se levanta de la silla y lo sorprende con un afectuoso abrazo de despedida. 

–Recuerda – le repite– no importa que tanto te guste escribir, no te olvides de vivir. 

sin prestar ya atención a lo que ocurre a su alrededor, vuelve a sumergirse por completo en su programa favorito de televisión.

Lorenzo Ayscarddi se marcha de la lujosa residencia con el corazón rebosante y los brazos cargados de libros de un valor para él inestimable. Está contento. Fue una entrevista corta, pero sorprendente. Muy sorprendente. 

En medio de su euforia, el rostro surcado de arrugas  del anciano escritor y sus palabras de despedida vuelven de pronto  a su mente. Un pensamiento le asalta: ¿estará quizá el maestro pensando en suicidarse? No le extrañaría. Su vida ahora no parece tener objetivo. Si así fuera no se perdonaría no haber hecho algo para disuadirlo. Su alegría se empaña. Su corazón ya no palpita de contento. Con un profundo suspiro se dirige al periódico.

Entretanto, al  interior de la residencia el escritor se arrellana en su silla para observar cómodamente una película de aventuras.


–James – dice a su empleado que se encuentra sentado a su lado– pide que nos envíen una pizza grande a domicilio y un tarro de helado de chocolate; conversar con ese joven reportero me abrió el apetito. Es un buen chico, me cayó bien. Ojalá no cometa los mismos errores que yo. Esta noche hay una excelente programación. Creo que me acostaré tarde. Y mañana, apréstate para que demos un largo paseo por la campiña. Deseo visitar aquellas amigas tuyas tan divertidas.  Después de todo, la vida es bella.



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lunes, 30 de mayo de 2016

La esencia


LA ESENCIA

Era la víspera de Navidad  y las calles estaban congestionadas y bulliciosas. Sorteando el tránsito y los peatones Oderay llegó hasta la barriada suburbana. Disminuyó la marcha del vehículo y fue buscando con atención la dirección exacta. Estaba ansiosa.

Aquella mañana, se había levantado con el apremiante deseo  de organizar  su apartamento  y sobre todo, de poner  en orden el  aparatoso tsunami de papeles acumulados encima de su escritorio. Sin contemplaciones y sin  meditarlo dos veces, fue botando  agendas, cuadernos repletos de citas y apuntes, recibos, recortes de periódico, fotografías, artículos…

De pronto,  se topó con una vieja libreta de teléfonos que hacía tiempo había perdido de vista. Su primer impulso fue echarla también sin titubear  en la bolsa de reciclaje, pero cuando iba a hacerlo, experimentó un apremiante deseo por volver a recorrer sus páginas. Estaba ya un tanto cansada  y aprovechó para hacer  un alto en su labor y echarle una ojeada.

Ante sus ojos fueron desfilando una heterogénea variedad de nombres cada uno con un recuerdo diferente. Pensativa y nostálgica llegó a la letra zeta. Había allí  muy pocos nombres y estaba ya por lanzar la libreta a la funda de basura, cuando de improviso sus ojos se toparon con un nombre que ya creía olvidado: Alberto Zaldívar. Los recuerdos inundaron su  mente.

Quince  años atrás habían compartido  un taller sobre meditación y espiritualidad dictado por un reconocido maestro hindú radicado  momentáneamente en el país. Adrián, era un  joven atractivo e inteligente aunque a su parecer,  un tanto introvertido y  enigmático. Por aquellos días, trabajaba como ingeniero biológico en un laboratorio de renombre. Cuando se reunían  antes de ingresar al salón de meditación, solía hablarle con entusiasmo de los descubrimientos que realizaba constantemente en su trabajo. A Oderay siempre le pareció que su conocimiento y entusiasmo estaban desaprovechados al trabajar en un país tercermundista que pocas oportunidades podía brindarle para desarrollar sus hallazgos.

El taller que compartió con él  duró un año. Aunque esa forma de encontrar la serenidad a través de la respiración  se quedaría profundamente arraigada en la vida y costumbres de Oderay, la joven no podía menos que admirar el estado de total abstracción en el que se sumergía Adrián en cada una de las sesiones. Realmente su compañero vivía a través de la meditación una profunda y al parecer, muy placentera experiencia.

Lo de ella  era la ejecución superficial de una técnica milenaria, algo a lo que había acudido para contrarrestar el estrés de la vida cotidiana, pero en  Adrián ese aprendizaje fue el hallazgo de algo trascendental, un camino y una filosofía a seguir por el resto de su vida.

Al terminar el taller todos los participantes anotaron sus  respectivos teléfonos y se despidieron  con la misma efusividad con la que se despiden unos de otros  los viajeros que han compartido un viaje de turismo, manifestando con entusiasmo  el deseo de volver a verse pronto y continuar por siempre su naciente amistad. Vale acotar, que tal  como suele ocurrir con los compañeros de viaje, Oderay no volvió a encontrarse ni comunicarse con ninguno de los participantes en dicho curso.

 Entre Adrián y ella por lo contrario  había surgido una sincera amistad. Al despedirse, el joven  le manifestó su deseo de abandonarlo todo y marcharse con rumbo a la India y al Tibet a fin de  continuar allí el camino espiritual que había iniciado.

–¡A la India!  ¡Al Tibet! ¿Lo has pensado bien Adrián? ¿Y tu trabajo, y tu futuro?

–Sí, no creas, yo también he pensado en todo eso con un poco de temor pero este deseo es más fuerte que mis dudas. Estoy decidido. Voy en busca de mi verdad, quiero encontrar el sentido de la existencia, la esencia de la vida. Nada aquí me llena ya. Percibo que hay algo que debo descubrir. Y es allá, en esos lugares remotos donde pienso que lo encontraré.

Se despidieron con un abrazo deseándose suerte. Aunque solo se encontraban en el taller durante las sesiones de meditación, habían simpatizado mucho.

–Te escribiré –le dijo Adrián al despedirse– Sabrás si al fin encuentro lo que busco. Te lo prometo.

 – Espero que cumplas tu promesa– replicó Oderay  sonriendo y moviendo su cabeza como diciéndole: “¡Qué loco estás!”.

No volvieron a verse, pero cada año, durante la temporada navideña,  Oderay recibía  una tarjeta  de Adrián con mensajes enigmáticos y escuetos: “Descubriendo lo incognosible”. “Por fin, uno con el todo”.  “Adentrándome en la esencia”. 

 “Sí, pensaba  al recibir esos mensajes, “Adrián al final se salió con la suya. Anda por esos lejanos lugares profundizando en prácticas milenarias  y paseando su mente por quién sabe cuántos laberintos”.

 Hacía ya dos años sin embargo que no había vuelto a tener noticias suyas.  Inmersa en su trajín cotidiano, su recuerdo pasó a ser cada vez más  esporádico hasta esa mañana al encontrar su nombre en la vieja libreta de teléfonos.

Los recuerdos habían tornado a su mente. Sentía el apremiante impulso de volver a hablar con su amigo. Algo que había aprendido en sus encuentros con las filosofías orientales era que para un efecto existe siempre  una causalidad. Que todo ocurre por algo aunque al principio no lo percibamos. Por algún motivo había vuelto a recordar a Adrián. "Sí, se decía, por algún motivo he vuelto a recordarlo".

Sabía que era inútil, que él estaba muy lejos, que su número de teléfono seguro ya no existía y que nadie respondería a su llamado,  y sin embargo, pulsó con emoción cada uno de los números.

El teléfono repicó varias veces, y cuando ya se aprestaba a colgar, consciente de lo absurdo de esa llamada,  una voz  le respondió al otro lado de la línea:

 –¿Sí?

A pesar del tiempo transcurrido y aunque la voz se sentía lejana,  a Oderay le  pareció reconocerla,  ¡era Adrián!

–¡Adrián, eres tú?  – preguntó eufórica.

Silencio.

–¡Adrián, eres tú? –repitió inquieta.

–Sí, soy yo –contestó la misma voz.

–¡Qué gusto Adrián! ¿Cómo estás?¡Qué ha sido de tu vida?

–Es difícil de explicar. No lo entenderías.

 –¡Vaya, gracias. Bonito favor le haces a mi inteligencia!

–Hay realidades demasiado profundas, algún día tú también las conocerás.

–Podrías explicármelas, ¿no crees? Oye, ¿cuánto tiempo te vas a quedar aquí? Me gustaría verte.  Mañana es Navidad, ¿por qué no vienes a cenar conmigo?

–Mañana comprenderás que eso es imposible. Debo continuar mi viaje, amiga. Es un viaje largo y falta todavía un buen trecho. Has tenido siempre un sitio en mi pensamiento. A tu lado me inicié en lo que transformó mi vida.

–Dime al menos, si estás bien, si al final encontraste lo que tanto buscabas.

–No podría estar mejor. Y sí,  amiga, lo encontré: la esencia es el amor.   Ahora, adiós.

–¡Pero por favor,  no te vayas, así! ¡Adrián, Adrián!  ¿estás allí?

Pero ya nadie contestó.

Esa  llamada la dejó sumamente inquieta. Todo lo que habían hablado le parecía extraño. Y luego, esa despedida tan abrupta. Oderay estaba realmente intrigada. Buscó la vieja libreta y sí, allí al lado del teléfono estaba la dirección de Adrián. Alguna vez, mientras compartían el taller, lo había acercado a su casa en su automóvil. Vagamente recordaba donde era.  Por un momento pensó que quizá era mejor dejar todo así, pero era terca y estaba obstinada en  volver a ver a su amigo. Adrián no podría negarse a recibirla.

Y allí estaba ahora. Frente a la residencia de Adrián. Era aquel un barrio de casas pequeñas y modestas todas muy similares aunque la de su amigo se veía un tanto más abandonada que las otras. Después de estacionar su automóvil tocó a la puerta.

–¿Sí, quién es? – preguntó desde adentro una voz de mujer.

–Por favor –contestó la joven. Quisiera ver a Adrián,  puede decirle si es tan amable que su amiga Oderay está aquí?
       
La puerta se abrió y en el umbral apareció una mujer de mediana edad, de aspecto desapacible.

–¿Qué Adrián? – preguntó con gesto entre sorprendido y disgustado.

–Adrián Alberto Zaldívar, señora, ¿ es usted pariente?

–Soy su tía. ¿Para qué lo busca?

–Quiero darle un saludo por Navidad. Fuimos compañeros en un taller hace años y esta mañana me dijo que no iba a quedarse mucho tiempo acá, por eso quiero verlo antes de que se vaya.

–¿Está usted burlándose de mi? ¿Cómo que esta mañana habló con él?

–No sé por qué piensa usted eso, señora.

–Porque Adrián falleció hace ya un año. Murió en un lugar remoto del Tibet, sufrió un ataque al corazón. Nos dijeron que eso le ocurrió mientras realizaba una de sus profundas y cada vez más largas meditaciones.

 ¡Oiga, señorita ¿Qué le pasa? ¿Le ocurre algo?

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